Hortensia es Pequeña

Hortensia a veces se mira y mira a su alrededor. Hortensia sabe que es pequeña. Los demás, casi todos los demás, son grandes…mayores. Hortensia se pregunta hasta cuánto crecerá ella. Yayo, el caracol, no ha dejado de crecer, ya es adulto pero su concha aumenta un poquito cada año. Hortensia se pregunta si ella seguirá creciendo cuando sea grande, si los mayores crecen cuando son mayores. 

La abuela de Hortensia es ya viejita, y es pequeñita. Cuando la abuela de Hortensia la abraza siente que su abuelita es más grande que todos los mayores que conoce, más grande hasta que el profe de gimnasia. Hortensia cree que su abuelita, igual que Yayo, aún crece aunque no se le note a simple vista. Hortensia sabe que hay muchos mayores que siguen creciendo, no sabe si todos. Son mayores que crecen y crecen hasta llegar al cielo a pesar de que otros mayores no puedan verlo. Hortensia y Yayo si lo ven o, al menos, así lo sienten.

Hortensia y la Cueva de los Suspiros

Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta. 

Hortensia a veces se siente sola. Hortensia quiere a todo el mundo. A todas las personas que conoce es capaz de encontrarle al menos tres cualidades positivas. Hortensia a veces no encuentra al menos tres cualidades positivas para ella misma.

Hortensia a veces está triste. Hortensia entonces se esconde en su cueva secreta donde se calma poco a poco. Es una de esas cuevas que curan los corazones. Hay muchas repartidas por todo el mundo, concretamente cada 10 metros. Hortensia sólo conoce una e intenta entrar cuando está triste. No siempre lo consigue sobretodo si se encuentra en la escuela o en casa de su prima o en cualquier parte lejos de su cuarto. Hay personas que ni tan siquiera pueden ver una de estas cuevas en su vida, es una pena porque curan muchísimo.

Desde que Hortensia conoce a Yayo el caracol ha podido ver muchas de estas cuevas ya que juntos pasean tan despacio que es capaz de percibir los leves destellos que las delatan. Además, con sus antenas, Yayo localiza las entradas de estas misteriosas madrigueras pues irradian pequeños rayos de sol de esos que les gusta perseguir a los de su especie.

Yayo le cuenta a Hortensia que se llaman las Cuevas de los Suspiros y que en realidad hay una para cada persona de este mundo, repletas de las cosas que mas les gusta a su destinatario; helados, peluches, bañeras, cuentos… 

Yayo también le muestra a Hortensia la salida de su cueva. Hortensia reconoce que a veces es difícil encontrarla. Esta vez, la abertura de la Cueva de los Suspiros de Hortensia apareció justo en la habitación de sus padres donde su madre la recibió con un fuerte abrazo.

Es así como Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta… la mayor parte de sus días.

Hortensia y Yayo en la Cueva de los Suspiros

Hortensia conoce a Yayo

Cuando Hortensia conoció a Yayo, ésta iba trotando sin rumbo y sin descanso. Primero vio las flores y se interesó por ellas. Olían de maravilla. Se dio cuenta de que formaban una hilera perfecta, parecían estar cada una en su propio lugar exclusivo y eso le resultó curioso. Por más rápido que quiso averiguar dónde acababa aquel florido desfile no lo consiguió. No podía remediar parar en cada flor a observar, a oler, a contemplar, sin más prisa ni preocupación. Todas tan iguales y tan diferentes. 

Al cabo de un rato y de un montón de vueltas, justo cuando menos lo esperaba, el hermoso caminito de flores cesó. Hortensia miró a su alrededor y fue entonces cuando vio asomar entre la hierba la cabeza de Yayo. 

A simple vista, Yayo parece un caracol como cualquier​ otro: con su concha blanca, su cuerpo viscoso y sus antenas curiosas. Yayo es lento como todos los caracoles. Lo que diferencia a Yayo del resto de su familia es su baba. Su baba es de color dorado y allá por donde pasa nacen flores. Hay muy pocos caracoles de su especie, muy pocos con esa hermosa cualidad. Hortensia se sintió afortunada.

Desde ese día Yayo es el mejor amigo de Hortensia y Hortensia la mejor amiga de Yayo. Yayo le enseña a Hortensia a caminar despacio y disfrutar del paisaje. Y Hortensia le enseña a Yayo a trotar por el campo. A veces parece que Yayo está viendo una función mientras pasea con Hortensia y ella bailotea delante suyo. Hortensia informa a Yayo de dónde está más lindo el camino, por donde vienen las nubes y por donde se esconde el sol . Esto los une aún más pues ya se sabe que los caracoles necesitan sacar sus cuernos al sol para poder caminar. Y si es de la especie de Yayo, aún más, pues su baba dorada son en verdad pedacitos de sol que Yayo deja muy suavemente sobre la hierba. 

Hortensia y Yayo

Llorando Estrellas

La niña se subió al tejado y, sentada en la chimenea, lloró. Lloró tanto que la calle comenzó a inundarse, lloró tanto que el sol decidió esconderse, lloró tanto que la luna se despertó. Lloró tanto que se le agotaron las lágrimas y de sus ojos comenzaron a brotar estrellas.

Son esas cosas que pasan cuando alguien llora hasta quedarse sin lágrimas. Si es de noche y estás sobre un tejado empezarás a llorar estrellas, es así como nacen algunas. Primero son diminutas (claro que si no no podrían salir de los ojos) y luego van creciendo y creciendo hasta salir disparadas hacia el cielo infinito. Eso es lo que más les gusta a las estrellas, crecer e impulsarse en busca de un hogar, un hogar en el que pasar el resto de sus largas vidas brillando. Y con cada destello susurran el nombre de quien las lloró.

Las de aquella noche dicen en voz muy suave, casi imperceptible: Hortensia, Hortensia, Hortensia…

EL LIBRITO DE CUENTOS

Aquel montón de gruesos libros se burlaban continuamente de la poca seriedad del colorido librito de cuentos. Los niños lo habían pintarrajeado, roto algunas de sus hojas, incluso manchado de chocolate con sus manos pringosas tras la merienda.

Al cabo de unos años a aquellos pesados libros los metieron en una caja:

– Esta enciclopedia está desfasada – dijo el abuelo.

Y nadie, ni el de cuentos ni ningún otro libro, volvieron a verla.

Sin embargo, al pequeño librito de cuentos le pusieron un bonito forro de plástico con puntitos de colores y los nietos volvieron a pintarrajearlo, romperlo y mancharlo…un poquito más. Pero, sobre todo, siguió despertando sueños y sonrisas.

 

REFLEXIÓN:

No todo lo que parece serio lo es.

Los cuentos no son sólo para niños.

El saber, a veces, sí ocupa lugar.

Un cuento nunca pasa de moda, siempre emociona y despierta sonrisas.

 

 

Hay Noches…

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Hay noches que no son para dormir…
sino para ver monstruos y escuchar siniestros sonidos…
¡Qué miedo!

Hay noches que no son para dormir…
sino para buscar tesoros en casa con una diminuta linterna.
¡Impresionante!

Hay noches que no son para dormir…
sino para recordar a aquellos que ya no están.
¡Qué penita!

Hay noches que no son para dormir…
sino para hacer un teatro de sombras en la pared.
¡Qué divertido!

Hay noches que no son para dormir…
sino para llamar a mamá y que te arrope.
¡Qué calorcito!

Y es que hay noches que no son para dormir…
pero todas, todas, SON PARA SOÑAR.

REFLEXIÓN:

Vivimos en una sociedad en la que se nos recalca continuamente la importancia de un sueño reparador por la noche, de dormir mínimo ocho horas.

Esta claro que, a nivel físico, es necesario descansar pero con este cuento quiero invitarte a ver la noche con otros ojos, unos ojos abiertos y curiosos como de un niño.

Observarte en el silencio, en la calma, en la oscuridad, en el miedo, en la melancolía que la noche nos trae cuando permanecemos despiertos mientras todos duermen.

La noche es también ese espacio donde se dan las mejores veladas con los amigos, la conversaciones más íntimas y sinceras, la entrega apasionada de los amantes…el aliento tras la intensa actividad del día.

Y, por supuesto, lo mejor de la noche es ese puente que se nos brinda hacia nuestros sueños.

Nunca renuncies a tus sueños…mimalos cada noche.

La Poción de los Enfados

Había una vez una bruja que inventó una perversa poción: la Poción de los Enfados, que estaba elaborada a base de gritos, enfados, gruñidos, insultos, pataletas, rugidos y, como no, el tradicional aderezo de sapos y culebras.

La bruja Malos RollosCon sólo rociar un poco de esta mezcla sobre la cabeza de las personas, éstas acababan liadas en una aparatosa pelea. Claro que, tenía que hacerlo con dos personas a la vez pues el “efecto enfado” no funcionaba sobre una sola persona y, en esos casos, el afectado se quedaba inmediatamente dormido o le entraba un fuerte dolor de barriga. Pero la bruja Malos Rollos, que así se llamaba, tenía mucha destreza volando con su escoba y, planeando sobre las cabezas de sus víctimas, con ambas manos derramaba la poción sobre dos e, incluso, más personas.

Todos los habitantes del pueblo la temían y, cuando la veían llegar con su escoba, intentaban esconderse, solos, en algún rincón o debajo de una mesa. Aunque también es cierto que había algunos muchachos jóvenes que la buscaban deseosos de probar la poción, algo de lo que después, con el ojo morado y los puños inflamados, se arrepentían y lamentaban.

En ocasiones, la bruja Malos Rollos hacía tratos con hombres y mujeres que, ante el miedo de una pelea, le ofrecían todos sus bienes e incluso a sus propios hijos. Tal fue el caso del pequeño Oliver, que fue entregado a la bruja por sus padres, cuando apenas sabía caminar, a cambio de que ésta no esparciera su poción en el negocio del padre, la taberna del pueblo.

En un principio, la bruja pensó en comérselo guisado, igual que había hecho con otros tantos niños. Pero este era diferente, tenía una mirada que, incluso a esta vieja sin corazón, le producía un extraño calor en su pecho. Así que lo crio en su pocilga, entre pócimas, ratones y demás criaturas extrañas. Y así, el pequeño Oliver aprendió, escondido bajo la mesa, conjuros y recetas perversas que la bruja Malos Rollos preparaba cada día entre carcajadas, también perversas.

 

Un día, a la vieja hechicera no se le ocurrió otra cosa que pasar con su escoba por el patio del colegio y ¡zas!, vertió un montón de la Poción de los Enfados sobre unos niños que jugaban a la pelota. El pequeño Oliver se vio de repente en mitad de una nube de patadas, gritos e insultos. Entonces decidió que ese era el momento de probar el efecto de su antídoto, una poción que había estado preparando durante varias noches, mientras la bruja dormía: la Poción de la Armonía, que estaba hecha a base de abrazos, besos, lo sientos y sonrisas, aderezada con un poco de miel y otro poco de hierbabuena.

 

Desde entonces al pequeño Oliver se le conoce en el pueblo como el Conciliador pues nunca fue capaz de eliminar a la bruja Malos Rollos ni el efecto de su Poción de los Enfados pero, cuando se arma alguna bronca en el pueblo a causa de ésta, él acude raudo con su antídoto, la Poción de la Armonía. Unas veces los implicados acaban siendo amigos y riendo de sus malentendidos, otras simplemente se dan la mano y vuelven cada uno a su casa con el morro un poco torcido. Pero siempre, siempre, al menos se escuchan mientras toman la deliciosa poción del pequeño Oliver, el Conciliador.

 

REFLEXIÓN:

No podemos evitar los choques en la convivencia entre personas pues somos diferentes y es lícito que aparezcan malentendidos o desavenencias. Pero lo que está claro es que, a nadie le gusta el sabor de boca que deja una discusión o pelea.

Como vemos en el cuento, el primer paso para resolver nuestras diferencias con otras personas es acceder a tomar la Poción de la Armonía, es decir, estar dispuestos a llegar a un entendimiento. A partir de ahí, el siguiente paso es escucharnos. En ocasiones resolveremos alegremente y podemos ser amigos, en otras nos quedaremos en paz de haber tenido un acercamiento a pesar de que no podamos ser amigos.

No siempre te resultará fácil sentarte a tomar la Poción de la Armonía pues esta sólo hace efecto cuando quién la toma lo hace sinceramente. En caso de que no estés preparado/a para tomarla, espera a que llegue el momento, tu estómago te indicará cuando es capaz de digerirla.

 

La Gallina Josefina

De todos es sabido que las gallinas son bastante cobardes pero Josefina era distinta. Desde pequeña deseaba salir del corral para vivir aventuras. Miraba a través de la valla,  soñando con picotear entre los limoneros que quedaban allí, lejos, al otro lado del mundo.

Cuando Josefina creció, un día, por fin, consiguió saltar la alambrada. Durante mucho tiempo se había estado preparando para ello, en realidad volar era fácil, sólo tenía que batir sus alas y apretar fuerte los ojos mientras se impulsaba con sus patitas.

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Camaleón quiere saber su Color

Camaleón, después de tantos y tantos cambios de color, llegó un momento que no recordaba cuál era su aspecto real.
Continuamente se amoldaba al color del animal o planta que tenía más cerca. Ya no sabía cuál de todos ellos era su auténtico aspecto.

Una buena mañana soleada salió decidido a conocer su verdadero color.

 

En primer lugar se encontró con el alegre canario, que cantaba feliz en la rama de un árbol.

– Amigo canario, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Claro que si – contestó el canario muy convencido -. Es muy fácil tu pregunta. Eres de un deslumbrante amarillo, tanto que despierta a cualquiera que este adormilado. Igualito que yo.

El canario sonrió satisfecho y comenzó a tararear una alegre melodía.

– Gracias – contestó Camaleón cabizbajo, pues sabía que ese no era su color real.

 

Continuó caminando y, un aroma dulce y fresco le inundó por completo. Estaba junto a su amiga la rosa.

– Hermosa y perfumada amiga, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Por supuesto, mi querido Camaleón -respondió la amable rosa-. Eres tan hermoso como yo, coloreado por un apasionado rojo.

– Mmm…gracias – contestó, de nuevo cabizbajo.

 

Un poco más adelante, el veloz conejo blanco le adelantó en su camino. Al advertir la presencia de su amigo, frenó en seco y se acercó a saludarlo.

– Buenos días, Camaleón. ¿Qué te trae por aquí?
– ¡Ay, mi querido amigo! ¿Tu podrías ayudarme a saber cuál es mi color?
– Muy sencilla es tu pregunta – contestó sonriente el conejo-. Tu y yo somos como hermanos, los dos blancos y esponjosos como la nieve.
– Gracias…- dijo Camaleón mientras se alejaba con la mirada fija en el suelo.

 

Caminando cabizbajo iba Camaleón cuando oyó una voz que le decía:
– No estés triste, amigo. Yo re comprendo

Aquella que hablaba era la vieja charca:
– Tu y yo tenemos mucho en común, por eso te entiendo perfectamente. Yo sólo soy el reflejo del que me mira…mi aspecto también depende de quién tengo frente a mí. Pero me consuela saber que en mis profundidades hay auténticas maravillas.
– Si… – contestó el Camaleón-Aunque no estaba muy convencido.

Mientras pensaba en todo aquello junto a la fresquita charca, por fin consiguió relajarse al tiempo que visualizaba todos los colores que conocía. Por un instante, sintió algo extraño y a la vez conocido, no sabía qué le estaba pasando pero algo lo impulsó a mirar su reflejo en el agua.

¡Si, ahí estaba! ¡Era él, ahora se recordaba!

Todos los colores del arco iris, trenzados de las formas más originales y dinámicas, podían ser contemplados en su cuerpo…siempre cambiante.

Y ese era su aspecto, siempre cambiante, pues no olvidemos que era… ¡un camaleón!

 

REFLEXIÓN:

Cada persona con la que interactuamos nos percibe según es, según su filtro, y, además, según nos mostramos.

Nuestro Yo está compuesto de muchos pequeños Yoes, que se combinan de una u otra forma según varían las personas o situaciones de nuestro entorno.

Camaleón es como lo ven sus amigos, es lo que hay en su interior y es cómo él se ve reflejado. Todo eso, es él.

En la medida en que somos capaces de ver esa multiplicidad de actores que se encuentran en nosotros, podemos desidentificarnos de esa idea un Yo rígido, estático y controlador.

Permítete ser en tu totalidad y, sobre todo, igual que Camaleón, haz lo que seas…