La jirafa que no daba la talla

Rosita era una jirafa muy bajita. Cuando era joven todas le decían que, tarde o temprano, su cuello acabaría dando un estirón y sería tan esbelta como ellas. Pero el esperado estirón no llegó.

Nunca estaría a la altura de las demás jirafas de la manada. Nunca llegaría a los tiernos brotes de la copa de los árboles. Nunca escucharía los cuchicheos de las demás, allá en las alturas.

Si algo caracterizaba a Rosita era su carácter, amable y tranquilo, y el empeño que dedicaba a cada cosa que se proponía.


Cuando Rosita era muy pequeña, la abuela jirafa le enseñó unos enrevesados estiramientos de cuello para que éste creciera. Y, aunque no le sirvieron de mucho para ganar altura, la diminuta jirafa, cada mañana, cuando amanecía, realizaba con gran dedicación sus estiramientos de cuello. Claro que éstos resultaban realmente graciosos al resto de las jirafas:

– ¡Ya está Rosita saludando al sol! – decían entre carcajadas.

Pero ella no hacía ni caso pues siempre estaba muy concentrada cuando hacía sus estiramientos. Además, le resultaban tan reconfortantes que seguía haciéndolos  cada amanecer.

 

Un día durante el almuerzo, Jirafo, el jefe de la manada, para su desgracia, quedó atrapado entre las ramas más altas de un gigantesco árbol. Todas las jirafas estaban alarmadas, ¡su cuello estaba hecho un auténtico nudo!

Se creó un gran revuelo en la manada y, entre todas, intentaron liberar al jefe: unas le tiraban de las patas traseras al tiempo que otras le empujaban la cabeza. Pero no dio resultado…sólo consiguieron hacerle más daño si cabe.

El pánico entre las jirafas iba aumentando:

– ¿Qué hacemos ahora?

– ¡No podemos dejarle aquí para siempre!

– ¿Cómo sabremos hacia dónde dirigirnos?

Entonces, la abuela jirafa, con la tranquilidad y la sabiduría que le daban los años vividos, dijo:

– La única de todas nosotras que puede liberar al jefe Jirafo es la pequeña Rosita.

Todas comenzaron a reír incrédulas:

– ¿Rosita?, pero si no nos llega ni a las rodillas…

No obstante Rosita sabía lo que tenía que hacer y, al oír las palabras de la sabia abuela, se puso manos a la obra.

En primer lugar, realizó un calentamiento especial con los estiramientos más extravagantes que jamás una jirafa hubiera imaginado.

Las risas no cesaban:

– ¡Ahí va! ¡Ya está otra vez saludando al sol!

Rosita no perdía su concentración y, seguidamente, se impulsó con la ayuda de las raíces del enorme árbol y, en menos de un segundo, se colocó en las ramas inferiores de éste.

Por último, comenzó a retorcer su cuello entre esta y aquella rama cual serpiente en un laberinto hasta que se encontró cara a cara con el jefe…hocico con hocico. El rostro de Jirafo mostraba una mezcla de sorpresa y alivio al mismo tiempo. Rosita le empujó suavemente en el hocico y, con sus diminutos cuernecitos de jirafa, le fue guiando hasta que éste consiguió desliar su cuello por completo, sacudiendo todo su cuerpo con una sonora carcajada.

Todas las altas jirafas, desde sus altos cuellos, sacudieron sus altas cabezas, abrieron  al máximo sus altos ojos y exclamaron, asombradas, con sus altas bocas…

– ¡Ohhhh!

 

Al día siguiente, el jefe Jirafo publicó un bando de obligado cumplimiento:

– “Se convoca a todas las jirafas de esta manada a saludar al sol cada mañana bajo las directrices de nuestra querida y valiente Rosita.”

Y así se hizo, claro que no todas las jirafas conseguían manejar con facilidad su cuello durante los estiramientos pues eran… ¡demasiado altas!

De este modo fue como nuestra amiga Rosita se convirtió en un ejemplo a seguir entre su manada y fue recordada, por mucho tiempo y en muchos lugares, como la jirafa que saludaba al sol.

 

 

REFLEXIÓN:

Con este cuento he querido ilustrar como algo que en un momento podemos considerar un defecto, con disciplina y entrega, puede llegar a ser una cualidad que está a nuestro favor y no en nuestra contra.

¿Quién no ha sentido alguna vez no estar a la altura en alguna situación o ante determinadas personas? “No estar a la altura de”, esta sentencia con tintes negativos, depende de quienes lo dicen y desde dónde lo dicen y depende de quienes lo escuchan y desde dónde lo escuchan.

No dejes que tus cualidades se conviertan en defectos, sé constante y cuidadoso en tus propósitos, pon tu corazón en lo que haces y anda consciente tu camino.

Y, sobre todo, no olvides saludar al sol cada mañana.

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3 comentarios en “La jirafa que no daba la talla

  1. Gracias María por este cuento. Me ha llegado muy profundo y más en el día de hoy que tengo una prueba con “jirafas de cuello largo”.

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