En la Cuerda Floja

Hubo una vez un país dónde no existía suelo sobre el que andar o, al menos, sus habitantes ya no podían verlo. Hacía muchos años que comenzaron a pensar que estarían mejor cuanto más cerca del cielo que era lo más bello y les acercaba a lo divino. Así pues, las personas que allí vivían se movían por las alturas. En lo más elevado de sus calles tenían cuerdas a través de las cuales caminaban de un sitio para otro.

Cuando un niño aprendía a caminar sus padres lo llevaban agarrado a un cordel para evitar las caídas en sus primeros pasos. Más tarde, al llegar a la escuela, en clase de educación física perfeccionaban su técnica para andar en la cuerda floja.

Los habitantes de este país tenían tal maestría en caminar sobre las largas y finas cuerdas que pendían de cada rincón que, raramente, alguien se precipitaba al vacío por accidente. Paseaban, conversaban, bailaban e incluso comían, siempre con precaución, sobre los delgados cordeles. Todos tenían miedo a caer pues, seguramente, el infierno y las sombras más desconocidas y tenebrosas les esperaban al final de la caída.

El rey y la reina velaban a todas horas por sus ciudadanos para que nadie cometiera imprudencias sobre las cuerdas. A veces algunas personas cometían locuras como saltar o dar volteretas sobre un cordel e incluso colgarse boca abajo. En estas ocasiones se les prescribían medicinas pues, claramente, eran casos de locura y si aún así persistían los internaban en un psiquiátrico.

 

No obstante, existió en este país un grupo de personas que, de vez en cuando, se salían de la cuerda de las maneras más creativas, divertidas y bellas que lograban imaginar. Este grupo de personas eran admiradas por todos los habitantes que los contemplaban con gran devoción.

¡ES UN ARTISTA! – decían

 

 

REFLEXIÓN:

Vivimos en un mundo de cordura en el que nos desplazamos por la cuerda floja y cuando alguien se desmarca por un instante de lo que esperamos y conocemos les llamamos locos o inestables. Personas que tras estar cada día manteniendo el equilibrio sobre la cuerda floja, en algún momento de su vida pierden la estabilidad ante la fina hebra de la cordura.
En el fondo creo que todos tenemos un poco de envidia de esos momentos de enajenación, de esos momentos de dejar la cabeza, las normas, la educación y todas esas cosas que nos alinean, y poder así expresarnos sin límites.

Rompe un plato, grita en medio de la calle, manda al carajo a esa persona, besa a esa otra sin más, dile a ese desconocido que le amas, llora desconsolada en el supermercado, baila en medio de la plaza, sonríe a cuantos te cruces en tu camino…quién nunca haya si no cometido al menos  fantaseado con alguno de estos actos o parecidos que levante la mano.

“La autenticidad es no cambiar lo que uno es y acotar lo que uno tiene. Es la capacidad de manifestarse tal y como se es, sin ocultamientos. Lo auténtico es y tiene valor.” La locura lo cura, GUILLERMO BORJA

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