¡Trágame tierra!

Quique era un niño muy tímido. No pasaba un solo día sin que sintiera vergüenza por algo.

– Cuando jugaba con sus amigos apenas hablaba.

– Cuando pasaban lista en clase, le temblaba toda la mano al levantarla para decir: “¡Presente!”

– Hasta se ruborizaba cuando mamá le alababa por sus dibujos.

En estas situaciones Quique notaba en cuestión de segundos como su cara se convertía en un auténtico infierno, se ponía colorado y le ardían las mejillas. Su respiración se aceleraba y notaba cierta presión en el pecho. No podía mantener la mirada y, automáticamente, bajaba la vista hacia el suelo. En esos momentos sentía que él encogía y el resto del mundo, cada vez más grande, le observaba. Todo le daba vergüenza, pensaba. Y, lo que es peor, su propia vergüenza le avergonzaba.

 

Un caluroso día de verano, en clase de geografía la maestra fue llamando a sus alumnos a la pizarra para que señalaran las partes del mapa que les preguntaba. Quique había estudiado más que nunca pero cada vez se escurría más en su silla para que la maestra no reparase en él y así evitar tener que hablar delante de todos los compañeros.

– Muy bien, continuemos – dijo la maestra – ¡Quique! Sal a la pizarra.

De camino a la tarima, Quique se repetía mentalmente la lección, se la sabía perfectamente. Pero una vez situado al lado de la maestra y con todos sus compañeros observando, volvió el sofocante calor a sus mejillas, apenas podía respirar y era incapaz de pronunciar una sola palabra. Quería desaparecer. Cerró sus ojos con fuerza y dijo para sus adentros: “¡Trágame tierra!”

Al tiempo que se decía estas palabras, algo empezó a tirar de sus pies y… ¡glub!, la tierra se lo tragó.

Cayó absorbido por un estrecho agujero, parecía viajando por un auténtico tornado. Fue cuestión de segundos pues al momento, ¡pum!, chocó contra el suelo.

– ¡Qué caída más tonta! – exclamó.

Se incorporó y, asombrado, pudo ver que ya no se encontraba en clase sino en mitad de una calle vacía, una calle que no recordaba haber visto nunca. Sacudió la cabeza pues creía que tenía visiones pero por más que la sacudía continuaba allí, en mitad de un lugar desconocido y solitario.

Entonces le pareció oír algo procedente del final de la calle así que se fue acercando para averiguar a qué correspondía aquel ruido. A medida que se adentraba en las casas vio un letrero:

“BIENVENIDO AL PAÍS QUE NUNCA EXISTIÓ”

– ¡Vaya!,  – exclamó – la maestra de geografía ha olvidado enseñarnos dónde queda este país.

Continúo andando y el ruido, cada vez más cercano, se fue convirtiendo en un auténtico escándalo; sonaba música de platillos y tambores, pitos, gritos, risas, palmadas, golpes… todo al mismo tiempo.

Al fin llegó al lugar de dónde surgía tal alboroto. Era una divertida casita pintada con todos los colores que se pueden llegar a imaginar. En la puerta un cartel decía así:

“GIMNASIO DE LA TORPEZA. ENTRENAMIENTO EN METEDURAS DE PATA”

“ABIERTO”

Traspasó la puerta y lo que allí se encontró le dejó con la boca abierta de par en par. ¡Ni juntando todos los circos del mundo podía encontrarse tanto disparate junto! Todas las personas que allí se encontraban vestían ropas de lo más extravagantes, con colores chillones y anchos sombreros llenos de objetos extraños tales como cucharas, tijeras, ruedas, madalenas, lápices, teléfonos, sombrillas, raspas de pescado, botes vacíos, flores y hasta pájaros revoloteando a su alrededor. Cada sombrero era como un auténtico collage.

 

Estaba paralizado en mitad de aquel alboroto cuando una mano se posó en su hombro con suavidad:

– ¡Hola Quique! – le saludó una ancianita – Hace días que te estaba esperando, ya pensaba que no te atrevías a venir – agregó con una sonrisa burlona. – Acompáñame.

– Pero… ¿cómo sabe mi nombre?

– No tenemos tiempo para preguntas y, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo importante es que has venido aquí a por algo, algo que hace tiempo vienes necesitando – contestó la anciana.

– Yo…

– ¡Shhh! – le interrumpió – Escucha atentamente, es importante que te quede todo muy claro pues no habrá tiempo para una segunda explicación.

Se acercó a una gran estantería llena de sombreros y cogió uno.

– Mira Quique, te voy a obsequiar con el sombrero de la dignidad, que te va a resultar muy útil en la situaciones en que deseas con todas tus ganas que te trague la tierra.

Justo en ese momento Quique se ruborizó y empezó a sentir como subía la temperatura de sus mejillas. Inmediatamente, la anciana le colocó el sombrero sobre su cabeza y, al momento, sintió que ese abrasador calor fue ascendiendo por su cara y salió, atravesando el sombrero, por encima de él.

– ¡Vaya!… – iba a preguntar algo cuando la anciana le volvió a interrumpir.

– Es importante que recuerdes estas palabras pues tendrás que decirlas cuando necesites usar tu sombrero:

“Vergüenza,

¡sinvergüenza!

¡Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”

– Y ahora – añadió la anciana – sal  al recibidor donde cada uno de mis ayudantes adornará tu sombrero con alguno de sus objetos mágicos antiruborizantes. ¡No desprecies ninguno!

La vieja le hizo un gesto con la mano para que se diera prisa en salir y Quique asintió con la cabeza. Una vez entró en aquel salón, con saltos, volteretas, gritos y palmadas, cada una de las personas que allí se encontraban, jaleando sin descanso, se desprendió de algún adorno de su sombrero para ofrecérselo a Quique, que los aceptaba con mucho gusto, les daba las gracias y se lo colocaba según caían en su enorme sombrero. Entre todo el alboroto, el chico podía distinguir la frase que le había dicho la anciana al tiempo que sacudían todo su cuerpo:

“Vergüenza,

¡sinvergüenza!

¡Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”

El último ayudante que se le acercó le ofreció un vaso de agua helada para que se lo bebiese. Cuando Quique lo vio se le olvidaron sus ganas de hacer preguntas, sólo podía pensar en bebérselo… ¡Estaba realmente sediento! ¡Hacía tanto calor! Se bebió el vaso casi de un solo trago. Apenas había acabado el último sorbo cuando miró a su alrededor y de nuevo se vio en clase, en medio de la tarima, delante del mapa, con la maestra y todos sus compañeros esperando sus respuestas.

Quique no dudó un momento y murmuró las palabras mágicas:

“Vergüenza,

¡sinvergüenza!

¡Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”

Al tiempo que decía estas palabras, su cuerpo se sacudía desde la punta de los dedos hasta el último pelo de su cabeza……¡¡brrrrrrr!!

El sombrero se le posó suavemente sobre el cabello y fue sintiendo de nuevo como el ardiente rubor le ascendía por la cabeza y traspasaba el sombrero hasta que desaparecía por completo.

Entonces, Quique, asombrándose a sí mismo, fue capaz de decir la lección mejor que lo habría hecho la propia maestra. Ésta le dio la enhorabuena y todos los compañeros, como embaucados por él, asentían y le felicitaban.

El chico bajó de la tarima y se dirigía a su mesa cuando se acordó del sombrero. “¡Esto si que es vergonzoso, todos me han visto con el estrafalario sombrero en la cabeza!, ¡con razón me sonreían!”

Se sentó en su pupitre y le preguntó a su amigo:

– ¿Qué te parece mi sombrero, Felipe?

– ¿Qué sombrero? – le dijo extrañado.

Quique se llevó las manos a la cabeza y, en efecto, el sombrero había desaparecido.

 

Desde ese día, cuando Quique tenía que hacer frente a una situación bochornosa, murmuraba las palabras mágicas, “Vergüenza, ¡sinverguenza! Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”, y el sombrero, automáticamente, se posaba sobre él absorbiendo el rubor de su cara y expulsándolo hacia arriba.

A veces, el sombrero, sólo permanecía un instante en su cabeza, como cuando Claudia, esa niña tan guapa que se sentaba detrás de él en clase de música, le dio un beso en la mejilla y salió corriendo. En esa ocasión Quique murmuró las palabras y el sombrero apenas se mantuvo sobre él  unos segundos pues desapareció justo cuando la niña se giró y, entonces él, le sonrió.

 

REFLEXIÓN:

 La vergüenza es esa timidez que una persona siente ante determinadas situaciones y que le impide hacer o decir una cosa. Es un sentimiento que nos indica que algo sucede entre nosotros y el resto del mundo acompañado de pensamientos sobre uno mismo en los que solemos desvalorizarnos. Necesitamos desconectarnos del exterior por un momento y revisar qué nos está pasando. En la medida en que no somos capaces de recuperar esa conexión con el mundo nos puede llevar a situaciones de aislamiento y rechazo de nosotros mismos.

En el cuento, el acto de ponerse el sombrero y pronunciar esas palabras sobre su vergüenza ayuda a nuestro protagonista a hacer frente a las situaciones que le paralizan. Por un lado, el sombrero, igual que una corona, es símbolo de poder, por lo que inconscientemente le proporciona seguridad para manejar la situación. Para Jung, el fundador de la psicología analítica, cambiar de sombrero es cambiar de ideas, adoptar otra visión del mundo. Además, al chico, le hace consciente de las sensaciones corporales que le producen estas situaciones pero no le deja enganchado a ellas sino que las siente, las escucha y se va, y es entonces cuando es capaz de volver a conectarse con el mundo.

En cuanto a la frase mágica, en momentos en que sentimos vergüenza, a veces simplemente  expresándola (“¡qué vergüenza!”) sentimos, con alivio, como se va disipando, tomamos conciencia de ella y nos ayuda a no quedarnos enganchados ahí  recuperando así la conexión con el otro. Una conexión que no siempre nos tiene que llevar a actuar por encima de nuestras capacidades y necesidades pero nos permite estar presentes en la situación y, de este modo, también en nuestra vida.

Sé consciente de tu pudor, escúchalo, exprésalo o no, vibra con él y, sobre todo, no te avergüences de tu vergüenza. A veces meter la pata es lo más sabio y sano que podemos hacer.

 

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