El Pulpito Pepito

El pulpito Pepito siempre tenía algo entre manos. A lo largo de su vida fue guardando objetos en sus ocho largas patitas. Unos eran objetos escogidos con esmero de cada uno de los momentos más importantes que iba viviendo y otros  los llevaba consigo por si algún día le hacían falta.

 

Cuando era pequeño tenía un sonajero con el que pasaba una hora tras otra moviéndolo entre sus patitas y que, cuando por las noches no podía dormir, lo ponía cerca de su carita y enseguida le venía un agradable sueño. Así que decidió llevarlo siempre bien agarrado porque le recordaba esos juegos de cuándo era un bebé y le daba fuerzas cuando algo le asustaba.

Pepito fue creciendo y comenzó a ir al colegio. Lo que más le gustaba era la clase de dibujo, para la cual le compraron una caja de 30 lápices de colores. Entonces decidió llevar siempre consigo, en otra de sus patitas, su hermosa caja de lápices para cuando encontrase algo hermoso que dibujar.

Al pequeño pulpo, le encantaba jugar al fútbol en los recreos y, claro, metía muchos goles pues siempre tenía alguna pata libre con la que golpear el balón. Jugaron una pequeña liga entre los colegios del mar y a Pepito le obsequiaron con un trofeo de máximo goleador. Trofeo que decidió llevar siempre en otra de sus patitas para presumir de su gran talento futbolístico.

El abuelo pulpo era un gran músico, el mejor trompetista de jazz de todo el océano. Enseñó a su nieto a tocar la trompeta y sus amigos siempre lo llamaban para amenizar las fiestas con sus alegres melodías. Cuando el abuelo murió dejó en herencia a Pepito su mejor trompeta, y éste decidió  llevarla agarrada en otra de sus patitas. Tenía para él un gran valor pues le recordaba las tardes que pasó tocando jazz con el abuelo y, de este modo, estaba siempre preparado para cualquier ocasión que se le presentase deleitar con alguna melodía.

En otra de sus patitas el pequeño pulpo llevaba, muy bien sujeta, aquella foto de su décimo cumpleaños en la que aparecía toda la familia Pulpaez alrededor de una deliciosa tarta. Tenía un gran valor sentimental para él y, de vez en cuando, le gustaba mirarla y recordar así a toda la familia.

¡Qué guapo salía Pepito en la orla del colegio! Estaba muy orgulloso de haber terminado sus estudios en el Colegio del Mar y, además, salían todos sus compañeros de clase. Por eso, decidió enmarcar su apreciada orla y llevarla en otra de sus patitas.

Como Pepito era un pulpo muy goloso siempre llevaba consigo una bolsa de golosinas porque en cualquier momento le podía dar hambre y lo pasaba muy mal si tenía que esperar.

Sólo le quedaba una patita libre y era con la que hacía todo lo demás. Hasta que un día, adentrados en los arrecifes de coral, la Pulpita Paulita le dio un inesperado beso para despedirse de él antes de partir en su viaje a través del inmenso océano. Pepito no sabía si la volvería a ver algún día así que decidió que su última patita libre sería para guardar ese hermoso beso.

 

Así quedaron pues las ocho patas de Pepito:

– En una agarraba aquel sonajero que le evocaba sus juegos y sueños de recién nacido.

– En otra su gran caja de lápices pues bajo el mar siempre había lugares preciosos que dibujar.

– Su trofeo de máximo goleador lo alzaba bien alto y orgulloso con otra patita.

– Nunca olvidaba al abuelo pues otra de sus patitas sujetaba con fuerza su preciada trompeta.

– La foto de la familia Pulpaez le recordaba aquellos buenos momentos en familia.

– La orla de su colegio le satisfacía cuando la miraba pues comprobaba que sus esfuerzos merecieron la pena.

– En otra patita asía con fuerza sus dulces tentempiés.

– Y, en último lugar, agarraba con todo su cariño el beso de Paulita.

 

Claro que Pepito no imaginó como podía resultar aquello:

Cuando quería pintar no tenía con qué agarrar los lápices, ya no metía goles pues no tenía patas libres para chutar y tampoco podía tocar la trompeta,  la bolsa de golosinas se le gastó y no encontró la manera de volver a llenarla. Pero lo peor sucedió cuando, después de 5 años, la pulpita Paulita volvió de su viaje transoceánico. Estaba tan guapa que Pepito solo deseaba abrazarla pero no sabía cómo pues tenía todas sus patitas bien ocupadas.

 

Se fue corriendo a casa, necesitaba desprenderse de algo y no sabía qué escoger:

– El sonajero era el primer juguete que había tenido y era como su talismán. Además, quería guardarlo para sus futuros hijos.

– Con los lápices podría pintar hermosos retratos de Paulita.

– El trofeo de máximo goleador era de lo que más orgulloso estaba.

– La trompeta tenía un gran valor sentimental para él y soltarla era como traicionar al abuelo.

– Lo mismo le ocurría con la foto de la familia pues no podía apartarlos de su vida.

– La orla de sus estudios era lo que más le honraba y le daba un buen puesto en la sociedad marítima.

– La bolsa de golosinas tenía que llenarla… ¿y si se moría de hambre?

– Entonces pensó en el beso que guardaba en su última patita y entendió que debía guardarlo con mucho cariño pues seguramente nunca más recibiría algo tan hermoso.

 

Estaba muy triste cuando apareció su vecino, Don Cangrejo Ermitaño, y le preguntó la causa de su enorme pena. Pepito le contó su gran dilema; le explicó cómo no podía abrazar a Paulita pues sus patas estaban todas ocupadas de cosas muy valiosas y necesarias para su vida.

Varios días después, Don Cangrejo le obsequió con una hermosa caracola:

– Mira, aquí podrás guardar todas esas cosas de las que no te quieres deshacer. Verás que no es necesario que las lleves siempre contigo pues los recuerdos siempre te acompañarán en lo más profundo de ti. Claro que siempre podrás regresar a tu caracola cuando necesites uno de tus objetos e, incluso, podrás llevártelos un rato o guardar alguno más.

– ¡Si, parece buena idea! – exclamó el pulpo.

Pepito guardo en la hermosa caracola blanca, los objetos de sus ocho patitas y, entonces, fue corriendo a dar la bienvenida a Paulita con un envolvente abrazo de ocho patas.

 

Paulita y Pepito vivieron felices para siempre. De vez en cuando se mudaban a una caracola más grande dónde poder guardar sus recuerdos más preciados.

 

Y siempre, siempre tenían sus ocho patitas libres para explorar las profundidades del océano… con sus patas entrelazadas.

 

 

 

 

 

REFLEXIÓN:

Las experiencias de nuestra vida nos ayudan a formar una personalidad y saber de dónde venimos. Pero identificarse con lo que hemos vivido nos puede hacer olvidar quiénes somos.

A veces nos agarramos a recuerdos y vivimos a través de ellos, otras nos enorgullecemos tanto de nuestros logros que no nos permiten seguir avanzando y otras nos asusta desprendernos de aquello que nos puede hacer falta en un futuro. Pero el presente es aquí y ahora.

Busca una hermosa caracola en la que guardar lo más preciado y recurre a ella cada vez que necesites recordar de dónde vienes. No permanezcas ahí para siempre ni cargues en tu día a día con lastres de tu pasado o miedos sobre tu futuro y, por supuesto, no te quedes anclado en las cimas que has conquistado.

Suelta lastres y permítete vivir cada día con todos tus sentidos.

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2 comentarios en “El Pulpito Pepito

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