El Príncipe y el Dragón

Para conseguir su corona, el príncipe debía enfrentarse a la temible bestia que habitaba en el castillo del dragón.

Una vez hubo traspasado el débil puente que atravesaba el foso, se encontró ante la entrada principal, una gran puerta adornada con pequeñas esculturas de piedra representando dragones y espadas. Ahora le tocaba a él luchar contra aquella terrible fiera que escupía fuego, tan temible que ningún príncipe antes había conseguido vencerle.

 

Se internó en el oscuro castillo y andaba preparado para cualquier peligro cuando se encontró ante una pared llena de puertas, una al lado de la otra, al menos diez. Miró a su alrededor y el único modo de salir de allí era a través de una de esas puertas. Sobre ellas una inscripción decía así: “Elige la puerta correcta”.

Todas estaban cerradas, debía escoger una para cruzar al otro lado pero ¿cuál era la correcta?, ¿en qué debía basarse para saberlo? Después de un largo rato andando de allá para acá, meditando sobre cuál sería la puerta acertada, se detuvo frente a una de ellas y, sin saber por qué, algo en su estómago le empujó a abrirla…así lo hizo.

A continuación, ante el príncipe apareció una gran escalera. Por más que intentaba mirar hacia lo más alto no conseguía ver el final. Miro atrás, ya no podía volver, la puerta se había cerrado. Se sentó durante un rato en el primer peldaño y se lamentó de haber abierto aquella puerta. Imaginaba qué hubiera encontrado tras las otras pero ya no podía retroceder. Así que se puso en pie y comenzó a subir la escalera, pues no tenía otra alternativa.

Tras varias horas de subida, agotado, al fin pisó el último escalón. Levantó la vista y ante él pudo ver una amplia y oscura sala. En una de sus paredes tres puertas le esperaban, inmutables. Sobre ellas una inscripción decía así: “Nunca lo sabrás”

Esa frase le dejó de nuevo pensativo frente a las puertas. ¿Qué es lo que nunca sabría?, ¿se refería a que nunca sabría qué puerta era la correcta? Cada vez estaba más seguro de qué jamás estaría seguro de cual escoger pero estaba claro que debía elegir una y continuar. Al principio pensó que esta vez sería más fácil pues sólo eran tres puertas pero la duda le invadió del mismo modo que la vez anterior.

De nuevo se puso ante ellas y se dejó llevar por su estómago que le impulsó a abrir una de ellas. Tras la puerta apareció una sala enorme, muy oscura y repleta de muebles y extraños aparatos. Pero una vez se cerró la puerta, la oscuridad fue absoluta. Ahora no podía ver nada y temía seguir avanzando pues en su memoria habían quedado grabados numerosos obstáculos que se encontraban en esa habitación; cristales rotos por el suelo, extrañas máquinas con afilados cuchillos, jaulas… lo poco que pudo ver le resultó bastante peligroso. Apoyó su espalda en la pared, desesperado, y se imaginó allí encerrado para el resto de su vida.

Al cabo de un tiempo, el príncipe levantó la cabeza y se dio cuenta de que podía ir distinguiendo sombras en aquella sala. Esforzó un poco más su vista y, para su asombro, cada vez veía mejor en la oscuridad, al menos le parecía vislumbrar ciertos huecos por los que podría avanzar. Se aventuró a caminar hacia delante.

Tras un rato palpando y descubriendo el modo de avanzar a cada paso, una puerta apareció ante él. ¿Una sola puerta? Esta vez la ansiedad le inundó al no tener dónde elegir, no tenía más remedio que abrir aquella puerta sobre la cual una inscripción decía así: “El dragón te espera”. Al menos estaba claro que había llegado a su propósito, el dragón.

Tardó más que con ninguna en decidirse a abrirla, esta vez se sentía acorralado. No había nada qué decidir, sólo seguir adelante. Abrió la puerta y una intensa luz le cegó.

Cuando sus ojos se acostumbraron, esta vez a la luz, pudo comprobar que la sala estaba vacía, no había ningún dragón pero, además, esta vez tampoco había ninguna puerta, ni tan siquiera una ventana, excepto por donde había entrado, retrocedió hacia aquella puerta pero ya estaba cerrada. Comenzó a dar vueltas, desesperado, buscando cualquier posible salida y sin éxito, rendido, se durmió en aquel frío suelo.

Al despertar, acostado boca arriba, dirigió su mirada al techo de aquella habitación y entonces apreció lo que parecía una nueva inscripción: “Este es tu camino, lo elegiste, conoces la salida”.

Esta frase le desconcertó pues él no conocía la salida. Iba a levantarse para seguir buscando cualquier hueco en aquella sala cuando tropezó con algo en el suelo. Bajó la mirada y pudo ver el tirador de una especie de trampilla. Tiró con fuerza y ésta se abrió dando paso a una extraña terraza. Saltó y, una vez se incorporó, pudo ver que se encontraba en un balcón.

 

Miró hacia arriba y, esculpido en la piedra del castillo le pareció ver unos ojos, miró hacia abajo y le pudo apreciar unas patas… era, sin duda, un dragón. Un enorme dragón de piedra…

 

Era, sin duda, el castillo del dragón.

 

REFLEXIÓN:

La lucha contra nuestros dragones, nuestro ego, nuestros miedos, nuestras partes negadas de nosotros mismos, no es fácil.

El príncipe de nuestra historia, sin saberlo, se encuentra atrapado dentro del dragón, el dragón al que busca para luchar… su ego. En su búsqueda tendrá que tomar varias decisiones que no le resultarán fáciles.

Cuando tomamos una decisión, nunca podemos saber al cien por cien si hemos elegido la opción correcta, pues una vez tomada no hay marcha atrás. A veces podemos rectificar, otras no. Pero sobre todo, nunca podemos retroceder, eso es imposible ya que el tiempo siempre nos lleva hacia delante.

Ante las numerosas puertas, el príncipe se deja llevar por su estómago para decidir, su intuición, ya que la mente no podía darle una clara solución. La mente, a veces, nos engaña más que el cuerpo.

Este cuento nos enseña también como, ante cada obstáculo que aparece en nuestro camino, como son aquí cada habitación (escalera, oscuridad y vacío), el tiempo nos da la solución y este es el camino del guerrero, continuar a pesar de los obstáculos y estar atentos a lo que el camino nos muestra. Como dice aquella frase de Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Al fin, el mayor miedo, el dragón, no es más que el castillo dónde el príncipe se encontraba encerrado. Los dragones nunca son cómo los imaginamos pero si andamos hacia ellos, si nos armamos de valor y los buscamos, entonces podremos comprobar cómo son en realidad.

Y tu… ¿conoces tus dragones?

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