La Princesa de la Torre… otra vez

La princesa de la torre, cansada de los fallidos intentos del príncipe por rescatarla y, después de vivir media vida allí encerrada, decidió que tenía que hacer algo.

Conocía muy bien aquella torre, aquel castillo, los guardianes y los alrededores así que pasó tres noches en vela urdiendo un plan para que el príncipe la rescatara.
Su plan fue un éxito, el príncipe lo siguió al pie de la letra y, a la noche siguiente, la princesa cabalgaba a lomos de aquel caballo  fuertemente agarrada a su amado.

Al alba llegaron a un cruce de caminos y el príncipe se sintió indeciso:

– ¿Qué camino he de tomar para llegar al castillo? – preguntó.

– Por allí – señaló la princesa.

Y continuaron cabalgando.

A la mañana siguiente llegaron a otro cruce de caminos:

-¿Qué camino he de tomar para llegar al castillo? – volvió a preguntar el príncipe. –

– Por allí – indicó la princesa.

Y continuaron cabalgando.

Al tercer día llegaron al tercer cruce de caminos, la princesa tenía dudas de si había decidido bien hasta entonces y se sentía realmente agotada. Bajó del caballo, miró a su amado príncipe fijamente y le dijo:

– Me vuelvo a la torre, cuando conozcas el camino al castillo, vuelve a por mi.

Y la princesa, triste, volvió a la paz de su torre a esperar un príncipe que supiera rescatarla y que conociera los caminos por los que cabalgar juntos.

 

REFLEXIÓN:

Tanto a nivel relacional como a nivel interno de cada uno de nosotros, podemos hablar de energías masculinas y femeninas, más allá de ser hombre o mujer y más allá de posiciones sexistas.

La energía femenina es receptiva, la masculina es activa, de acción. En ocasiones, estas energías se intercambian de una forma que no es sana, encontrando grandes dudas y miedos en el rol masculino que le llevan a la indecisión y de ahí a la paralización y, a su vez, un rol femenino que toma decisiones y actúa en pos de ambos, lo cual le supone cierto desgaste. Este tipo de situaciones se dan mucho en la actualidad, lo que nos lleva a unos roles que no son sanos tanto a nivel de relaciones como a nivel interno y psicológico de cada uno de nosotros.

La energía masculina necesita dirección, una meta y actuar en base a ella. La energía femenina necesita “estar” y desde su presencia, receptiva y expansiva, nutrirse y nutrir.

La danza del masculino y el femenino es una entrega por parte de ambos; el masculino se planta con fuerza y seguridad y toma la fuerza de la dirección y el femenino confía y se deja reposar en él y, a su vez, deja que este repose en él. Tanto a nivel de las relaciones humanas como a nivel interno, el masculino y el femenino pueden cabalgar juntos por el mundo nutriéndose mutuamente.

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