La Mosca que vino a vivir Conmigo

Aquella mañana, como todas, Julián abrió la ventana para ventilar la casa… ¡y se colaron dos moscas! Era uno de esos soleados días de otoño en los que siempre aparece alguna mosca desorientada creyendo que el calor ha vuelto y, claro, prefieren quedarse en la casa de uno antes de quedarse tiesas de frío.

 

 

 

 

 

 

 

Julián abrió la ventana, amablemente, para que salieran. Sólo se fue una, la gorda, ¡menos mal! La pequeña se quedó. Intentó echarla, también amablemente, pero, claro, era tan diminuta que rápidamente desaparecía y se escondía en rincones insospechados. Entonces el muchacho se enfadó e intentó echarla, esta vez no tan cordialmente, y comenzó a sacudir el trapo de la cocina por toda la habitación, mostrándole la salida. Pero esto tampoco sirvió de nada. Julián se enfadó aún más, “¡Esta es mi casa! ¡Fuera!”, le gritó a la mosca y, a continuación, agarró fuerte el trapo, esta vez para golpearla. Tampoco así tuvo éxito pues ésta se escurría como buena mosca que era.

Al final se rindió, abandonó su lucha y se tumbó a ver la tele. La descarada intrusa, con su sordo zumbido, pasaba por delante de sus narices restregándole su victoria. Julián, que ya había aceptado su derrota, se dijo resignado: “Bueno chaval, al menos estás acompañado”. Tristemente sabía que esa era la cruda realidad: su única compañía, una mosca.

La noche siguiente, cuando Julián volvió de un duro día en la oficina, se tumbó en el sofá, rendido, y allí estaba, descarada como siempre, su pequeña amiga disfrutando del calor de la tele. Irónicamente era la única que le esperaba al llegar a casa.

Varios días siguieron este juego. Julián le abría la ventana todas las mañana pero ella se resistía a marcharse y después, por la noche, ella lo recibía con sus mejores zumbidos. Era pesada y algo asquerosa, diminuta y horriblemente molesta. De vez en cuando le pasaba por delante, casi rozándole la nariz y, entonces, Julián le decía de todo. Otras veces la tranquilidad de su ausencia le preocupaba y la buscaba tirada por el suelo, pensando que habría muerto, pues él bien sabía que una mosca, en invierno y dentro de una casa, tiene poco futuro.

Al cabo de unos tres días, como era de esperar, la mosca apareció tirada en el suelo con sus patitas hacia arriba, sin vida. Julián sintió una mezcla de pena y alivio, la cogió con un papel y la tiró al cubo de la basura.

Otro día te contaré cómo vivió la mosca aquellos tres días de convivencia con Julián. Por lo pronto puedo adelantarte que a ella sólo le venía un pensamiento: “¡Mmmm, el calor de una estufa!”

REFLEXIÓN:

En un tono de humor he querido reflejar eso que en nuestra vida a veces resulta tan molesto como un auténtico moscardón. Y aquí te planteo dos tipos de moscardones, los de fuera y los de dentro.

Están, por una parte, los moscardones de fuera, los que nos aparecen en nuestras relaciones humanas pues, a veces, nos encontramos con personas pesadas cual insecto incordioso pero nos vemos incapaces de apartarlas de nuestra vida de un manotazo, bien porque preferimos esa compañía a estar solos, bien porque son personas que, por ciertas circunstancias, no nos queda otra que relacionarnos con ellas, o bien porque, en el fondo, acabamos cogiéndoles cariño y acostumbrándonos a ese recurrente zumbido.

Por otro lado, como ya he anunciado anteriormente, están los moscardones internos. Esos zumbidos que llevamos dentro de nosotros, esas ideas recurrentes que vienen una y otra vez a nuestra mente y que no podemos quitarnos de encima ni siquiera cuando dormimos. La mayoría de las veces son pensamientos que nos machacan, que nos duelen, que nos marean, pensamientos del tipo “no valgo nada”, “todo lo hago mal”, “no gusto a nadie”, “no voy a dar la talla”, “haré el ridículo”, “nadie me quiere”… todos tienen la misma raíz: un niño herido que nos recuerda lo que más nos duele. Con este tipo de moscas también tenemos que aprender a vivir pues es difícil echarlas de nuestra mente. En la medida en que las vamos escuchando con aceptación, su zumbido va siento cada vez más suave y menos molesto, como un ruido constante al cual nuestros oídos acaban por acostumbrarse.

Y tú… ¿cuáles son tus zumbidos?

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4 comentarios en “La Mosca que vino a vivir Conmigo

  1. Me ha gustado mucho este cuento. Yo también tengo zumbidos, de ambas clases 😉 los más molestos son los moscardones internos, son los que más duelen. Pero al final optas por no hacerles caso, porque aunque estén dentro de ti no significa que lleven razón, tienes que escucharlos, entenderlos y decirles : ” Ok capto el mensaje, pero yo, sigo adelante, porque sé que puedo hacerlo”.
    Y los moscardones externos son más llevaderos porque de algún modo puedes desconectar más de ellos. 😀
    Como siempre gracias por tus cuentos, un beso grade !

    1. Muchas gracias a ti Noelia, un comentario muy acertado, veo que estamos en la misma onda…ver, reconocer y escuchar a esos moscardones internos y, sobre todo, seguir adelante…con o sin ellos!
      Un fuerte abrazo!

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