La Pradera de la Luz

Existió hace mucho tiempo un pueblo delimitado por dos grandes árboles, uno en la puerta delantera de sus murallas, la entrada, y otro en la puerta trasera, la salida.

El árbol de la entrada era muy frondoso, con un robusto tronco y unas ramas que casi rozaban el suelo. Todo el que se cobijaba bajo su sombra, se sentía arropado, protegido y tranquilo. Era El Árbol de los Recuerdos pues todo el que allí descansaba, inevitablemente viajaba por sus vivencias más profundas, evocaba las historias, los abrazos, los secretos y las caricias que un día le nutrieron. En ocasiones, quienes bajo este árbol se encontraba, se sentían tristes al rememorar a los que ya no estaban y otras, se sentían alegres de recordar tiempos hermosos.

Al otro extremo del pueblo, en la salida, había otro árbol. Éste era de tronco fino y  delgado, su sombra se extendía a lo largo de varios metros y sus ramas parecían tocar el cielo. Era El Árbol de los Sueños y todo el que en él se cobijaba se deleitaba viajando a través de sus más preciados anhelos. En ocasiones, quienes bajo este árbol se encontraban, se sentían tristes al advertir cuánto les quedaba aún por recorrer para conseguir sus sueños y otras, se sentían alegres al poder disfrutar, con su imaginación, de un mundo maravilloso.

La Pradera de la Luz

Entre los dos árboles, fuera de las murallas del pueblo, había una verde pradera. Nadie se fijaba en ella pues, al lado de los árboles, no llamaba la atención, sólo era un montón de tierra llena de hierba, lisa, sin ninguna característica especial. Pero había unos pocos que, en ocasiones, tras echar una siesta en el Árbol de los Recuerdos y refrescarse otro poco en el Árbol de los Sueños, se dirigían a la pradera, se tumbaban en cualquier punto sobre la hierba y dejaban que el sol les inundase por completo. Algunos se cegaban y tenían que volver enseguida a refugiarse en uno de los árboles, otros se abrasaban y volvían corriendo al pueblo a darse un baño de agua fría y otros, simplemente respiraban y se dejaban llenar por los cálidos rayos del sol esperando, pacientes, la brisa fresca que, durante la noche, traería la Luna. Esta era, sin duda, La Pradera de La Luz.

 

REFLEXIÓN:

La Pradera de la Luz es ese lugar en nuestro interior que, a veces, en instantes tan breves como el latir de un corazón, nos hacer sentir que estamos aquí y ahora y que estamos vivos, nos hace ser conscientes que estamos donde estamos porque elegimos un camino que nos trajo hasta aquí.

A veces, la cotidianeidad nos impide ver lo hermoso que hay en las pequeñas cosas, en la sencillez de lo “normal”. No es fácil aprender a vivir en el presente, no es fácil aprender a ver la luz que a veces ilumina el mundo y nos permite ver nuestra alma y la de los que nos rodean. Por eso existe la noche, para seguir iluminándonos desde la oscuridad.

Ya sea en la luz, ya sea en la sombra, nunca dejes de ver.

 

“Vivimos para un futuro, un futuro que pronto se convierte en pasado, un pasado que forma nuestro ser, que nos llena de recuerdos, unos recuerdos que revivimos continuamente mientras el presente pasa desapercibido.” (María Valgo)

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2 comentarios en “La Pradera de la Luz

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