El Corazón Colgante

Le dolía tanto sentir que, siendo aún apenas un niño, se arrancó el corazón y lo metió en un botecito de cristal que colgó de su cuello. Ya no le dolería más el pecho, ya no le faltaría la respiración por las noches, ya no creería morir escuchando el latido acelerado de su corazón. Ahora podría cuidarlo mejor, ahora podría tenerlo controlado todo el día, ahora sólo escucharía la calma.

El Corazón ColganteEl niño fue creciendo y, gracias al botecito de cristal, su corazón permanecía intacto. Sólo que para protegerlo de posibles choques tuvo que dejar de hacer algunas cosas…empezó dejando de dar abrazos pues podrían chafarle el botecito, después dejó de dar besos pues estos siempre iban acompañados de abrazos, hasta que al fin, dejó de relacionarse con otras personas pues era probable que cualquier mínima conversación pudiera acabar en besos, abrazos o un simple apretón de manos. Todo suponía un peligro potencial para su preciado botecito de cristal y, por tanto, para su corazón.

Se convirtió en un joven y apuesto muchacho que se refugiaba en un pequeño apartamento; vivía solo, comía solo, dormía solo. De vez en cuando tomaba su botecito entre sus manos y recordaba por qué había merecido la pena tantos sacrificios, entonces continuaba con su vida apartada de cualquier contacto humano.

Pero un día, uno de esos días de invierno que el sol brilla impulsando a la gente a salir a la calle, desde su habitación  escuchó, bajo su ventana, niños jugando, hombres hablando, mujeres abrazando a sus hijos, hombres besando a sus mujeres, niños saltando a los brazos de sus padres. Un terrible vacío sintió en lo más profundo de su pecho, algo deseaba, algo le faltaba y no sabía el qué. Se incorporó de la cama y pudo observar su torso desnudo reflejado en el espejo del armario. Entonces, por primera vez en muchos años, clavó su mirada en aquel botecito que pendía de su cuello. Se lo descolgó, lo abrió y, cerrando suavemente los ojos, tomó su corazón entre sus manos. Aún estaba caliente. Con un profundo y largo suspiro volvió a colocarlo, delicadamente, en su pecho. Sintió correr la sangre por todo su cuerpo, sintió alegría, placer, tristeza, miedo. Y volvió a escuchar ese latido pom-pom, pom-pom, que, desde ese día, le acompañó en cada abrazo, beso o apretón de manos.

 

REFLEXIÓN:

¿Cuántas veces desearíamos dejar de sentir tras un acontecimiento doloroso? Muchas. Y, desgraciadamente, las experiencias desagradables van haciendo que cada vez sea más difícil llegar a nuestro corazón. La mente nos dice que es mejor no sentir, que duele. La mente nos dice que estamos mejor así, en nuestro pequeño cerco alejados del resto del mundo.

Lo triste es que si dejamos de sentir no sólo dejaremos de padecer dolor, miedo o tristeza sino también dejaremos de reír, de disfrutar y de amar.

Cómo dice un buen amigo: “Cuando el corazón se abre la mente se acalla”.

Dejemos pues que el corazón se abra pues él mismo es capaz de sanar nuestras heridas.

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