La Tortuga… ¡Panza arriba!

La tortuga Margarita continuamente acababa… ¡panza arriba! Desde muy pequeñita, cuando caminaba, a cada paso tropezaba, con una rama, una piedra e incluso un finísima hoja. Y es que a Margarita le encantaba admirar el paisaje allá donde pasaba; las flores con sus alegres colores, el cielo y las nubes con sus extrañas formas, los enormes troncos de los árboles y a todo ser viviente que se cruzaba. Claro que mirando de un lado a otro nunca estaba atenta de dónde pisaba lo cual se traducía en continuos tropiezos en los que la tortuguita acababa… ¡panza arriba!

Margarita siempre estaba rodeada de amigos pues era muy simpática y charlatana, amigos de cualquier tipo; gusanos, pájaros, lagartos, osos, ratones, zorros, moscas, arañas, abejas… Todos estaban siempre atentos y dispuestos para ayudarla en sus torpes y distraídos andares pues cuando la tortuguita acababa… ¡panza arriba!, con su enorme y abultado caparazón contra el suelo, por sí sola era incapaz de darse la vuelta.

 

Un día la pequeña tortuga se levantó tan temprano que todos sus amigos aún dormían. No obstante, decidió aventurarse y dar un grato paseo por el bosque para contemplar, en silencio, el amanecer. Pero claro, como es de suponer, Margarita tropezó y ¡zas! otra vez acabó… ¡panza arriba!, con sus cuatro patitas levantadas.

– ¡Qué desgracia! ¿Qué voy a hacer ahora? – se decía Margarita – pueden pasar horas hasta que alguien me encuentre y me ayude a darme la vuelta.

La primera hora la pasó llorando sin consuelo y lamentándose de su penosa situación.

Más tarde, cuando ya no le quedaban más lagrimas por llorar, empezó a aburrirse tremendamente. Además, el sol cada vez calentaba con más fuerza y su suave pancita se fue poniendo colorada…

– ¡Ay, cómo me pica mi pancita! – gritaba Margarita cada vez más desesperada.

Ante la impotencia de no poder rascarse su pancita, la tortuguita se puso muy furiosa y comenzó a agitar sus patitas y a gritar con todas sus fuerzas.

– ¡Socorro, socorro!

Pero nadie la oía, lo que le puso aún más furiosa…y sus patitas se agitaban sin parar, furiosas también, cada vez más y más rápido. Tal fue así que su abultado caparazón comenzó a girar y a girar, una vuelta tras otra, de acá para allá. ¡Margarita estaba fuera de control!, ¡no podía parar! Así continúo, girando a la velocidad de un rayo, un buen rato hasta que, de repente, ¡PATATUM! se estampó contra un árbol, dio dos volteretas en el aire y, se dio de bruces contra el suelo.

Cuando abrió los ojos estaba realmente mareada, todo lo que le rodeaba daba vueltas sin parar; los árboles, las nubes y hasta el mismo suelo se movían de forma descontrolada.

Una vez hubo recuperado el aliento y el mundo cesó de moverse, Margarita miró a su alrededor, se miró a sí misma, primero de arriba abajo  y luego de atrás a adelante.

– ¡Ohhh, increíble! ¡Maravilloso! – exlamó – ¡Estoy de nuevo sobre mis patitas!.

 

Esta es la historia de cómo la tortuga Margarita aprendió a darse la vuelta en esas ocasiones en las que acababa… ¡panza arriba! Al principio le costó muchos chichones y tremendos mareos pero, cuando perfeccionó su técnica, en cuestión de pocos segundos, era capaz de girarse sobre sus patitas con una gracia tal que a todo el que la observaba dejaba con la boca abierta.

Claro que, siguió siendo despistada y algo torpe, y sus numerosos tropiezos seguían siendo continuos y algunos muy aparatosos, por lo que, de cuando en cuando, se dejaba ayudar por alguno de sus amigos que, encantados, le ayudaban a darse la vuelta cuando la tortuguita acababa… ¡panza arriba!

 

REFLEXIÓN:

La historia de esta tortuga es una historia de superación, de andar el camino del apoyo externo hacia el autoapoyo y de cómo una carencia, en el momento que menos esperamos, puede convertirnos en alguien especial.

Muchas veces en nuestra vida ciertos obstáculos que se nos presentan vienen acompañados de oportunas ayudas, de hermosos gestos de quiénes nos rodean y nos quieren. Pero cuidado con acostumbrarse a esos apoyos pues puede llegar un momento en que necesitemos echar mano de nuestra propia fuerza y no sepamos ni dónde está.

No te pases la vida lamentándote por tus tropiezos y estancándote en tus carencias, busca tu propia fuerza y apóyate en ella. Y no olvides ser lo suficientemente sincero contigo mismo como para discernir cuándo necesitas, de veras,  una ayuda externa.

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2 comentarios en “La Tortuga… ¡Panza arriba!

  1. Seguro que esa mañana sus amigos se habían puesto de acuerdo para no aparecer por allí. A veces tiene que ser así. Por cierto que las vidas de las tortugas son muy emocionantes, aunque no lo parecen porque todo sucede bastante lento.

    1. Pues si, a veces tenemos que dar las gracias a las circunstancias adversas que pueden sacar a la luz lo mejor de nosotros. Ah y quien dijo que lo lento no sea emocionante? 😉

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