Las Tijeras Mágicas

Rita se sentía realmente perdida. Pero no perdida como aquella vez que olvidó el camino hasta casa de su tía. No, esta vez era diferente. Sentía que toda su vida estaba patas arriba:

– Su mejor amiga se había mudado de pueblo.

– Su perro había escapado hace varias semanas.

– Sus compañeras de clase se burlaban de ella.

– La abuela falleció hace apenas dos meses.

– Y, para colmo, sus padres le repetían constantemente: “¡No hay quién te entienda, estás en la edad del pavo!”

No tenía nadie ni nada en qué apoyarse… ni siquiera le apetecía dibujar, ¡con lo que disfrutaba!

 

La inquietante historia de Rita comenzó un día que se sentía harta de que sus compañeras se burlaran de ella, triste porque había suspendido un examen, cansada porque se le había escapado el autobús y tuvo que volver a pie del colegio. Y, claro, sus padres le regañaron por llegar tarde a comer.

– ¡Estaba harta! ¡No aguantaba más!

Se encerró en su habitación, cerró los ojos con fuerza y deseó, con más fuerza aún, no haber existido nunca.

Cuando instantes después los volvió a abrir, asombrada comprobó que se encontraba en mitad de un calle vacía, una calle que no recordaba haber visto nunca. Se frotó los ojos y se pellizcó las mejillas pues creía que estaba soñando. No lo estaba, seguía allí, en mitad de un lugar desconocido y solitario.

A lo lejos habían algunas casas y comenzó a andar por la calle en dirección a ellas. Caminaba por el centro pues el miedo le acompañaba a ambos lados. A medida que se acercaba un letrero decía así:

“BIENVENIDO AL PAÍS QUE NUNCA EXISTIÓ”

– ¡Qué extraño! – se dijo – no recuerdo que estudiásemos este país en clase de geografía.

Continúo andando; todo vacío, no veía a nadie, no oía nada. A lo lejos vio un cartel iluminado:

– ¡Hombre, parece que hay algo de vida allí! Iré a echar un vistazo.

Se dirigió hacia aquella casa y, cuando estuvo delante, pudo leer el cartel:

“LA TRASTIENDA”

En el cristal otro cartelito que decía:

“Sin existencias”

– ¡Qué raro! ¿y para qué estará abierta? – se preguntó – Bueno, al menos puede que encuentre a alguien.

La campana de la puerta tintineó cuando la atravesó…eso fue todo lo que se podía escuchar en el interior de la vieja tienda. Estaba muy oscuro pero, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver una estantería tras otra. Eran de una madera tan vieja que parecía que, en cualquier momento, se desplomarían. Estaban llenas de cajas de madera, botes de cristal, libros y más objetos que era incapaz de distinguir. Lo único que reconocía era el polvo y lo viejo que resultaba todo.

Con miedo cruzó el largo pasillo de estanterías y, al fondo, pudo ver a una anciana tras un amplio y mugriento mostrador.

– Adelante Rita, hace días que te estaba esperando. Ya pensaba que te habías perdido – le dijo con una mueca que intentaba parecer una sonrisa.

– Pero… ¿cómo sabe mi nombre?

– No tenemos tiempo para preguntas y, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo importante es que has venido aquí a por algo, algo que hace tiempo vienes necesitando – contestó la anciana.

– Yo…

– ¡Shhh! – le interrumpió – Escucha atentamente, es importante que te quede todo muy claro pues no habrá tiempo para una segunda explicación.

La anciana cogió una sucia caja de madera de lo alto de un estante, le sopló para quitarle el polvo que la cubría y, a continuación, la abrió. Rita esperaba sin entender nada. De la caja sacó unas tijeras, no menos viejas que todo cuanto había en aquella tienda, estaban oxidadas como si nadie las hubiera usado durante siglos. La anciana se las ofreció. Cuando la chica iba a cogerlas, la mujer las apartó rápidamente de su mano y le dijo:

– Estas son unas tijeras mágicas. Con ellas podrás recortar todo cuanto desees.

Rita iba a hacerle una nueva pregunta cuando de nuevo le interrumpió:

– ¡Shhh! Escucha: es muy importante que escojas muy bien lo que recortas, no lo olvides.

Y a continuación canturreó unas palabras al tiempo que agitaba las tijeras:

 ¡Tijeras, tijeritas,

cortad todo lo que desee Rita!

 

Al fin le dio las tijeras. Ella continuaba sin entender nada pero la anciana le hizo un gesto con la mano indicándole que esperase. Sacó entonces de la caja una hermosa cadena dorada de la cual colgaba un precioso corazón, también de oro.

– Llévalo siempre alrededor de tu cuello, ¿entendido?

– Si – contestó Rita – pero yo…

La anciana le volvió a interrumpir, esta vez para ofrecerle un vaso de agua helada. Cuando la chica lo vio se le olvidaron sus dudas y sólo podía pensar en bebérselo… ¡Estaba realmente sedienta! ¡Hacía tanto calor! Rita se bebió el vaso casi de un solo trago. Apenas lo hubo dejado en el mostrador, miró a su alrededor y de nuevo se vio en su habitación… con la caja de madera en sus manos y el collar rodeando su cuello.

– ¡Qué extraño es todo hoy!

Miró el reloj de su mesita y, ¡madre mía! Eran las nueve de la mañana, llegaría tarde a clase.

 

Ese día volvió del colegio no menos molesta que el anterior así que, en cuanto llegó a casa, subió a su habitación y sacó las tijeras de la caja.

– Recortó las palabras burlonas de sus compañeras de clase…y ya nunca más se metieron con ella.

– Recortó su nostalgia por la marcha de su amiga… y nunca más la echó de menos.

– Recortó la tristeza por la muerte de la abuela… y nunca más la recordó.

– Recortó las regañinas de sus padres… y nunca más discutieron.

– Recortó la rabia de haber perdido a su perro… y nunca más quiso acariciar uno.

¡Vaya, se sentía mucho mejor!

 

El tiempo pasó y Rita recortaba cada vez más cosas que no le gustaban o que le dañaban: exámenes, maestras, personas que le herían, palabras mal sonantes, postres que no le gustaban, películas que le daban miedo y un sinfín de cosas que iba encontrando en su camino.

Hasta que un día, un día que estaba realmente harta de todo, un día de esos que una solo quiere desaparecer, un día… ¡se recortó a sí misma! Estaba tan cansada de todo, de todos y hasta de ella misma, ¡se sentía tan desdichada! Se recortó y se colocó en el hueco de un árbol en medio de un frondoso bosque.

Al principio estaba muy a gusto.

– Ahora sí que nadie puede molestarme o dañarme.

Disfrutaba del silencio y la paz de estar sola pero, con el paso de los días, ese silencio se convirtió en ruidos internos, en pensamientos que no entendía, estaba llena de palabras y palabras pero ¿a quién podía decírselas? Fue entonces cuando esa paz se convirtió en una profunda soledad. ¡Volvía a sentirse desdichada!

– ¡Me siento sola! ¡He cortado demasiado!

Comenzó a llorar desconsolada y en esas que echó mano al colgante dorado y, con una furia que le asustó hasta a ella misma, estampó el corazón contra el suelo:

– ¡Estúpido corazón! – gritó

Al golpear contra el suelo, el corazón se abrió por la mitad. En realidad era una diminuta cajita con forma de corazón. Rita se quedó extrañada. Al volver a cogerlo, ahora abierto de par en par, vio que dentro guardaba una aguja y un hilo de plata y en el dorso una inscripción que decía:

“Aguja e hilo de plata

coserás con dedicación

lo que anhele tu corazón”

 

No tuvo que parar un segundo para que Rita entendiera la inscripción. Cogió la aguja y comenzó a coserse, en primer lugar a sí misma, con un precioso hilo de plata que ahora la unía al mundo.

Volvió corriendo a casa donde todo estaba vacío y silencioso… ¡claro, los había recortado a todos!

Abrió la caja de madera donde, sin saber en su momento por qué lo hizo, había ido guardando todas y cada una de las cosas, personas, lugares, sentimientos y pensamientos que hace mucho recortó , algunas de las cuales ahora añoraba profundamente y deseaba volver a ver o sentir.

Cosió a su madre y a su padre, cosió aquel lugar junto al río que tanto le gustaba, a su amiga Margarita, el recuerdo de los besos de la abuela, el de los ladridos de su perro, sus dibujos…

 

Durante tres días y tres noches se dedicó a coser sin parar, con el mayor esmero que pudo, cada uno de los retales de su vida. Ahora ésta se parecía bastante a su vida anterior. Excepto por un detalle; las puntadas de planta que fue dando en entre un recorte y otro no eran del todo perfectas pues ella no era una experta costurera, así que, de vez en cuando, se descosía algún punto. Entonces ella decidía entre arreglarlo y volverlo a coserlo o… recortarlo para siempre.

 

REFLEXIÓN:

A menudo, en nuestra vida tenemos que cortar con esto o aquello, otras coser con dedicación lo que deseamos conservar y otras veces, simplemente, quedarán los huecos vacíos.

El sufismo, nos habla de un hilo de plata que existe dentro de cada persona, un hilo que emerge de la fisura de nuestra máscara y que conecta el mundo exterior con la esencia. Cuando escribí este cuento desconocía este simbolismo…ahora un precioso hilo de plata me une a la tradición sufí.

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2 comentarios en “Las Tijeras Mágicas

  1. Empezaré a recortar con recuerdos que me hacen infeliz,aunque dejen huecos vacíos,será menos doloroso que tenerlos llenos de odio y ansías de venganza.

    1. Deja esos huecos vacíos pero cuidate de no llenarlos con otras cosas como tantas distracciones inútiles que encontramos hoy en día que llenan millones de vacíos de las personas (tv, adicciones…). Cada cosa tiene su lugar, nosotros decidimos si dejar ese hueco con el propio dolor que acompaña al vacío o coserlo con el propio dolor que también conlleva el recuerdo. Las experiencias desagradables firman parte también de lo que somos…sólo hay que darles el lugar que les pertenece. La vida, en si misma es dolorosa…como también amorosa. No hay luz sin sombra, no hay día sin noche, no hay vida sin muerte.

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