Archivo de la categoría: Animales

La Gallina Josefina

De todos es sabido que las gallinas son bastante cobardes pero Josefina era distinta. Desde pequeña deseaba salir del corral para vivir aventuras. Miraba a través de la valla,  soñando con picotear entre los limoneros que quedaban allí, lejos, al otro lado del mundo.

Cuando Josefina creció, un día, por fin, consiguió saltar la alambrada. Durante mucho tiempo se había estado preparando para ello, en realidad volar era fácil, sólo tenía que batir sus alas y apretar fuerte los ojos mientras se impulsaba con sus patitas.

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Camaleón quiere saber su Color

Camaleón, después de tantos y tantos cambios de color, llegó un momento que no recordaba cuál era su aspecto real.
Continuamente se amoldaba al color del animal o planta que tenía más cerca. Ya no sabía cuál de todos ellos era su auténtico aspecto.

Una buena mañana soleada salió decidido a conocer su verdadero color.

 

En primer lugar se encontró con el alegre canario, que cantaba feliz en la rama de un árbol.

– Amigo canario, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Claro que si – contestó el canario muy convencido -. Es muy fácil tu pregunta. Eres de un deslumbrante amarillo, tanto que despierta a cualquiera que este adormilado. Igualito que yo.

El canario sonrió satisfecho y comenzó a tararear una alegre melodía.

– Gracias – contestó Camaleón cabizbajo, pues sabía que ese no era su color real.

 

Continuó caminando y, un aroma dulce y fresco le inundó por completo. Estaba junto a su amiga la rosa.

– Hermosa y perfumada amiga, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Por supuesto, mi querido Camaleón -respondió la amable rosa-. Eres tan hermoso como yo, coloreado por un apasionado rojo.

– Mmm…gracias – contestó, de nuevo cabizbajo.

 

Un poco más adelante, el veloz conejo blanco le adelantó en su camino. Al advertir la presencia de su amigo, frenó en seco y se acercó a saludarlo.

– Buenos días, Camaleón. ¿Qué te trae por aquí?
– ¡Ay, mi querido amigo! ¿Tu podrías ayudarme a saber cuál es mi color?
– Muy sencilla es tu pregunta – contestó sonriente el conejo-. Tu y yo somos como hermanos, los dos blancos y esponjosos como la nieve.
– Gracias…- dijo Camaleón mientras se alejaba con la mirada fija en el suelo.

 

Caminando cabizbajo iba Camaleón cuando oyó una voz que le decía:
– No estés triste, amigo. Yo re comprendo

Aquella que hablaba era la vieja charca:
– Tu y yo tenemos mucho en común, por eso te entiendo perfectamente. Yo sólo soy el reflejo del que me mira…mi aspecto también depende de quién tengo frente a mí. Pero me consuela saber que en mis profundidades hay auténticas maravillas.
– Si… – contestó el Camaleón-Aunque no estaba muy convencido.

Mientras pensaba en todo aquello junto a la fresquita charca, por fin consiguió relajarse al tiempo que visualizaba todos los colores que conocía. Por un instante, sintió algo extraño y a la vez conocido, no sabía qué le estaba pasando pero algo lo impulsó a mirar su reflejo en el agua.

¡Si, ahí estaba! ¡Era él, ahora se recordaba!

Todos los colores del arco iris, trenzados de las formas más originales y dinámicas, podían ser contemplados en su cuerpo…siempre cambiante.

Y ese era su aspecto, siempre cambiante, pues no olvidemos que era… ¡un camaleón!

 

REFLEXIÓN:

Cada persona con la que interactuamos nos percibe según es, según su filtro, y, además, según nos mostramos.

Nuestro Yo está compuesto de muchos pequeños Yoes, que se combinan de una u otra forma según varían las personas o situaciones de nuestro entorno.

Camaleón es como lo ven sus amigos, es lo que hay en su interior y es cómo él se ve reflejado. Todo eso, es él.

En la medida en que somos capaces de ver esa multiplicidad de actores que se encuentran en nosotros, podemos desidentificarnos de esa idea un Yo rígido, estático y controlador.

Permítete ser en tu totalidad y, sobre todo, igual que Camaleón, haz lo que seas…

La Tortuga… ¡Panza arriba!

La tortuga Margarita continuamente acababa… ¡panza arriba! Desde muy pequeñita, cuando caminaba, a cada paso tropezaba, con una rama, una piedra e incluso un finísima hoja. Y es que a Margarita le encantaba admirar el paisaje allá donde pasaba; las flores con sus alegres colores, el cielo y las nubes con sus extrañas formas, los enormes troncos de los árboles y a todo ser viviente que se cruzaba. Claro que mirando de un lado a otro nunca estaba atenta de dónde pisaba lo cual se traducía en continuos tropiezos en los que la tortuguita acababa… ¡panza arriba!

Margarita siempre estaba rodeada de amigos pues era muy simpática y charlatana, amigos de cualquier tipo; gusanos, pájaros, lagartos, osos, ratones, zorros, moscas, arañas, abejas… Todos estaban siempre atentos y dispuestos para ayudarla en sus torpes y distraídos andares pues cuando la tortuguita acababa… ¡panza arriba!, con su enorme y abultado caparazón contra el suelo, por sí sola era incapaz de darse la vuelta.

 

Un día la pequeña tortuga se levantó tan temprano que todos sus amigos aún dormían. No obstante, decidió aventurarse y dar un grato paseo por el bosque para contemplar, en silencio, el amanecer. Pero claro, como es de suponer, Margarita tropezó y ¡zas! otra vez acabó… ¡panza arriba!, con sus cuatro patitas levantadas.

– ¡Qué desgracia! ¿Qué voy a hacer ahora? – se decía Margarita – pueden pasar horas hasta que alguien me encuentre y me ayude a darme la vuelta.

La primera hora la pasó llorando sin consuelo y lamentándose de su penosa situación.

Más tarde, cuando ya no le quedaban más lagrimas por llorar, empezó a aburrirse tremendamente. Además, el sol cada vez calentaba con más fuerza y su suave pancita se fue poniendo colorada…

– ¡Ay, cómo me pica mi pancita! – gritaba Margarita cada vez más desesperada.

Ante la impotencia de no poder rascarse su pancita, la tortuguita se puso muy furiosa y comenzó a agitar sus patitas y a gritar con todas sus fuerzas.

– ¡Socorro, socorro!

Pero nadie la oía, lo que le puso aún más furiosa…y sus patitas se agitaban sin parar, furiosas también, cada vez más y más rápido. Tal fue así que su abultado caparazón comenzó a girar y a girar, una vuelta tras otra, de acá para allá. ¡Margarita estaba fuera de control!, ¡no podía parar! Así continúo, girando a la velocidad de un rayo, un buen rato hasta que, de repente, ¡PATATUM! se estampó contra un árbol, dio dos volteretas en el aire y, se dio de bruces contra el suelo.

Cuando abrió los ojos estaba realmente mareada, todo lo que le rodeaba daba vueltas sin parar; los árboles, las nubes y hasta el mismo suelo se movían de forma descontrolada.

Una vez hubo recuperado el aliento y el mundo cesó de moverse, Margarita miró a su alrededor, se miró a sí misma, primero de arriba abajo  y luego de atrás a adelante.

– ¡Ohhh, increíble! ¡Maravilloso! – exlamó – ¡Estoy de nuevo sobre mis patitas!.

 

Esta es la historia de cómo la tortuga Margarita aprendió a darse la vuelta en esas ocasiones en las que acababa… ¡panza arriba! Al principio le costó muchos chichones y tremendos mareos pero, cuando perfeccionó su técnica, en cuestión de pocos segundos, era capaz de girarse sobre sus patitas con una gracia tal que a todo el que la observaba dejaba con la boca abierta.

Claro que, siguió siendo despistada y algo torpe, y sus numerosos tropiezos seguían siendo continuos y algunos muy aparatosos, por lo que, de cuando en cuando, se dejaba ayudar por alguno de sus amigos que, encantados, le ayudaban a darse la vuelta cuando la tortuguita acababa… ¡panza arriba!

 

REFLEXIÓN:

La historia de esta tortuga es una historia de superación, de andar el camino del apoyo externo hacia el autoapoyo y de cómo una carencia, en el momento que menos esperamos, puede convertirnos en alguien especial.

Muchas veces en nuestra vida ciertos obstáculos que se nos presentan vienen acompañados de oportunas ayudas, de hermosos gestos de quiénes nos rodean y nos quieren. Pero cuidado con acostumbrarse a esos apoyos pues puede llegar un momento en que necesitemos echar mano de nuestra propia fuerza y no sepamos ni dónde está.

No te pases la vida lamentándote por tus tropiezos y estancándote en tus carencias, busca tu propia fuerza y apóyate en ella. Y no olvides ser lo suficientemente sincero contigo mismo como para discernir cuándo necesitas, de veras,  una ayuda externa.

La Mosca que vino a vivir Conmigo

Aquella mañana, como todas, Julián abrió la ventana para ventilar la casa… ¡y se colaron dos moscas! Era uno de esos soleados días de otoño en los que siempre aparece alguna mosca desorientada creyendo que el calor ha vuelto y, claro, prefieren quedarse en la casa de uno antes de quedarse tiesas de frío.

 

 

 

 

 

 

 

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El Grillo que no Sabía Cantar

Había una vez un pequeño grillo que no sabía cantar.

Durante todo el invierno, papá grillo, mamá grilla y todos sus amigos grillos le habían estado hablando del gran concierto nocturno en el que todos los animales del bosque se reunían  junto al gran roble para escuchar el concierto de grillos que anunciaba el inicio del verano. Este iba a ser su primera actuación y estaba realmente preocupado pues el pequeño grillo no sabía cantar.

Decidió pedir ayuda a los animales que mejor cantaban y, en primer lugar, fue a visitar al canario que todas las mañanas entonaba hermosas melodías en las ramas del roble.

– Amigo canario – dijo el pequeño grillo – ¿me podrías enseñar a cantar?

– ¡Uy, claro! – contestó el Canario – es muy fácil. Sólo tienes que levantar bien alta la cabeza, coger mucho aire y poner el pico así, hacia arriba, como un embudo – y el pajarillo comenzó a trinar una hermosa canción.

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El Pulpito Pepito

El pulpito Pepito siempre tenía algo entre manos. A lo largo de su vida fue guardando objetos en sus ocho largas patitas. Unos eran objetos escogidos con esmero de cada uno de los momentos más importantes que iba viviendo y otros  los llevaba consigo por si algún día le hacían falta.

 

Cuando era pequeño tenía un sonajero con el que pasaba una hora tras otra moviéndolo entre sus patitas y que, cuando por las noches no podía dormir, lo ponía cerca de su carita y enseguida le venía un agradable sueño. Así que decidió llevarlo siempre bien agarrado porque le recordaba esos juegos de cuándo era un bebé y le daba fuerzas cuando algo le asustaba.

Pepito fue creciendo y comenzó a ir al colegio. Lo que más le gustaba era la clase de dibujo, para la cual le compraron una caja de 30 lápices de colores. Entonces decidió llevar siempre consigo, en otra de sus patitas, su hermosa caja de lápices para cuando encontrase algo hermoso que dibujar.

Al pequeño pulpo, le encantaba jugar al fútbol en los recreos y, claro, metía muchos goles pues siempre tenía alguna pata libre con la que golpear el balón. Jugaron una pequeña liga entre los colegios del mar y a Pepito le obsequiaron con un trofeo de máximo goleador. Trofeo que decidió llevar siempre en otra de sus patitas para presumir de su gran talento futbolístico.

El abuelo pulpo era un gran músico, el mejor trompetista de jazz de todo el océano. Enseñó a su nieto a tocar la trompeta y sus amigos siempre lo llamaban para amenizar las fiestas con sus alegres melodías. Cuando el abuelo murió dejó en herencia a Pepito su mejor trompeta, y éste decidió  llevarla agarrada en otra de sus patitas. Tenía para él un gran valor pues le recordaba las tardes que pasó tocando jazz con el abuelo y, de este modo, estaba siempre preparado para cualquier ocasión que se le presentase deleitar con alguna melodía.

En otra de sus patitas el pequeño pulpo llevaba, muy bien sujeta, aquella foto de su décimo cumpleaños en la que aparecía toda la familia Pulpaez alrededor de una deliciosa tarta. Tenía un gran valor sentimental para él y, de vez en cuando, le gustaba mirarla y recordar así a toda la familia.

¡Qué guapo salía Pepito en la orla del colegio! Estaba muy orgulloso de haber terminado sus estudios en el Colegio del Mar y, además, salían todos sus compañeros de clase. Por eso, decidió enmarcar su apreciada orla y llevarla en otra de sus patitas.

Como Pepito era un pulpo muy goloso siempre llevaba consigo una bolsa de golosinas porque en cualquier momento le podía dar hambre y lo pasaba muy mal si tenía que esperar.

Sólo le quedaba una patita libre y era con la que hacía todo lo demás. Hasta que un día, adentrados en los arrecifes de coral, la Pulpita Paulita le dio un inesperado beso para despedirse de él antes de partir en su viaje a través del inmenso océano. Pepito no sabía si la volvería a ver algún día así que decidió que su última patita libre sería para guardar ese hermoso beso.

 

Así quedaron pues las ocho patas de Pepito:

– En una agarraba aquel sonajero que le evocaba sus juegos y sueños de recién nacido.

– En otra su gran caja de lápices pues bajo el mar siempre había lugares preciosos que dibujar.

– Su trofeo de máximo goleador lo alzaba bien alto y orgulloso con otra patita.

– Nunca olvidaba al abuelo pues otra de sus patitas sujetaba con fuerza su preciada trompeta.

– La foto de la familia Pulpaez le recordaba aquellos buenos momentos en familia.

– La orla de su colegio le satisfacía cuando la miraba pues comprobaba que sus esfuerzos merecieron la pena.

– En otra patita asía con fuerza sus dulces tentempiés.

– Y, en último lugar, agarraba con todo su cariño el beso de Paulita.

 

Claro que Pepito no imaginó como podía resultar aquello:

Cuando quería pintar no tenía con qué agarrar los lápices, ya no metía goles pues no tenía patas libres para chutar y tampoco podía tocar la trompeta,  la bolsa de golosinas se le gastó y no encontró la manera de volver a llenarla. Pero lo peor sucedió cuando, después de 5 años, la pulpita Paulita volvió de su viaje transoceánico. Estaba tan guapa que Pepito solo deseaba abrazarla pero no sabía cómo pues tenía todas sus patitas bien ocupadas.

 

Se fue corriendo a casa, necesitaba desprenderse de algo y no sabía qué escoger:

– El sonajero era el primer juguete que había tenido y era como su talismán. Además, quería guardarlo para sus futuros hijos.

– Con los lápices podría pintar hermosos retratos de Paulita.

– El trofeo de máximo goleador era de lo que más orgulloso estaba.

– La trompeta tenía un gran valor sentimental para él y soltarla era como traicionar al abuelo.

– Lo mismo le ocurría con la foto de la familia pues no podía apartarlos de su vida.

– La orla de sus estudios era lo que más le honraba y le daba un buen puesto en la sociedad marítima.

– La bolsa de golosinas tenía que llenarla… ¿y si se moría de hambre?

– Entonces pensó en el beso que guardaba en su última patita y entendió que debía guardarlo con mucho cariño pues seguramente nunca más recibiría algo tan hermoso.

 

Estaba muy triste cuando apareció su vecino, Don Cangrejo Ermitaño, y le preguntó la causa de su enorme pena. Pepito le contó su gran dilema; le explicó cómo no podía abrazar a Paulita pues sus patas estaban todas ocupadas de cosas muy valiosas y necesarias para su vida.

Varios días después, Don Cangrejo le obsequió con una hermosa caracola:

– Mira, aquí podrás guardar todas esas cosas de las que no te quieres deshacer. Verás que no es necesario que las lleves siempre contigo pues los recuerdos siempre te acompañarán en lo más profundo de ti. Claro que siempre podrás regresar a tu caracola cuando necesites uno de tus objetos e, incluso, podrás llevártelos un rato o guardar alguno más.

– ¡Si, parece buena idea! – exclamó el pulpo.

Pepito guardo en la hermosa caracola blanca, los objetos de sus ocho patitas y, entonces, fue corriendo a dar la bienvenida a Paulita con un envolvente abrazo de ocho patas.

 

Paulita y Pepito vivieron felices para siempre. De vez en cuando se mudaban a una caracola más grande dónde poder guardar sus recuerdos más preciados.

 

Y siempre, siempre tenían sus ocho patitas libres para explorar las profundidades del océano… con sus patas entrelazadas.

 

 

 

 

 

REFLEXIÓN:

Las experiencias de nuestra vida nos ayudan a formar una personalidad y saber de dónde venimos. Pero identificarse con lo que hemos vivido nos puede hacer olvidar quiénes somos.

A veces nos agarramos a recuerdos y vivimos a través de ellos, otras nos enorgullecemos tanto de nuestros logros que no nos permiten seguir avanzando y otras nos asusta desprendernos de aquello que nos puede hacer falta en un futuro. Pero el presente es aquí y ahora.

Busca una hermosa caracola en la que guardar lo más preciado y recurre a ella cada vez que necesites recordar de dónde vienes. No permanezcas ahí para siempre ni cargues en tu día a día con lastres de tu pasado o miedos sobre tu futuro y, por supuesto, no te quedes anclado en las cimas que has conquistado.

Suelta lastres y permítete vivir cada día con todos tus sentidos.

La jirafa que no daba la talla

Rosita era una jirafa muy bajita. Cuando era joven todas le decían que, tarde o temprano, su cuello acabaría dando un estirón y sería tan esbelta como ellas. Pero el esperado estirón no llegó.

Nunca estaría a la altura de las demás jirafas de la manada. Nunca llegaría a los tiernos brotes de la copa de los árboles. Nunca escucharía los cuchicheos de las demás, allá en las alturas.

Si algo caracterizaba a Rosita era su carácter, amable y tranquilo, y el empeño que dedicaba a cada cosa que se proponía.


Cuando Rosita era muy pequeña, la abuela jirafa le enseñó unos enrevesados estiramientos de cuello para que éste creciera. Y, aunque no le sirvieron de mucho para ganar altura, la diminuta jirafa, cada mañana, cuando amanecía, realizaba con gran dedicación sus estiramientos de cuello. Claro que éstos resultaban realmente graciosos al resto de las jirafas:

– ¡Ya está Rosita saludando al sol! – decían entre carcajadas.

Pero ella no hacía ni caso pues siempre estaba muy concentrada cuando hacía sus estiramientos. Además, le resultaban tan reconfortantes que seguía haciéndolos  cada amanecer.

 

Un día durante el almuerzo, Jirafo, el jefe de la manada, para su desgracia, quedó atrapado entre las ramas más altas de un gigantesco árbol. Todas las jirafas estaban alarmadas, ¡su cuello estaba hecho un auténtico nudo!

Se creó un gran revuelo en la manada y, entre todas, intentaron liberar al jefe: unas le tiraban de las patas traseras al tiempo que otras le empujaban la cabeza. Pero no dio resultado…sólo consiguieron hacerle más daño si cabe.

El pánico entre las jirafas iba aumentando:

– ¿Qué hacemos ahora?

– ¡No podemos dejarle aquí para siempre!

– ¿Cómo sabremos hacia dónde dirigirnos?

Entonces, la abuela jirafa, con la tranquilidad y la sabiduría que le daban los años vividos, dijo:

– La única de todas nosotras que puede liberar al jefe Jirafo es la pequeña Rosita.

Todas comenzaron a reír incrédulas:

– ¿Rosita?, pero si no nos llega ni a las rodillas…

No obstante Rosita sabía lo que tenía que hacer y, al oír las palabras de la sabia abuela, se puso manos a la obra.

En primer lugar, realizó un calentamiento especial con los estiramientos más extravagantes que jamás una jirafa hubiera imaginado.

Las risas no cesaban:

– ¡Ahí va! ¡Ya está otra vez saludando al sol!

Rosita no perdía su concentración y, seguidamente, se impulsó con la ayuda de las raíces del enorme árbol y, en menos de un segundo, se colocó en las ramas inferiores de éste.

Por último, comenzó a retorcer su cuello entre esta y aquella rama cual serpiente en un laberinto hasta que se encontró cara a cara con el jefe…hocico con hocico. El rostro de Jirafo mostraba una mezcla de sorpresa y alivio al mismo tiempo. Rosita le empujó suavemente en el hocico y, con sus diminutos cuernecitos de jirafa, le fue guiando hasta que éste consiguió desliar su cuello por completo, sacudiendo todo su cuerpo con una sonora carcajada.

Todas las altas jirafas, desde sus altos cuellos, sacudieron sus altas cabezas, abrieron  al máximo sus altos ojos y exclamaron, asombradas, con sus altas bocas…

– ¡Ohhhh!

 

Al día siguiente, el jefe Jirafo publicó un bando de obligado cumplimiento:

– “Se convoca a todas las jirafas de esta manada a saludar al sol cada mañana bajo las directrices de nuestra querida y valiente Rosita.”

Y así se hizo, claro que no todas las jirafas conseguían manejar con facilidad su cuello durante los estiramientos pues eran… ¡demasiado altas!

De este modo fue como nuestra amiga Rosita se convirtió en un ejemplo a seguir entre su manada y fue recordada, por mucho tiempo y en muchos lugares, como la jirafa que saludaba al sol.

 

 

REFLEXIÓN:

Con este cuento he querido ilustrar como algo que en un momento podemos considerar un defecto, con disciplina y entrega, puede llegar a ser una cualidad que está a nuestro favor y no en nuestra contra.

¿Quién no ha sentido alguna vez no estar a la altura en alguna situación o ante determinadas personas? “No estar a la altura de”, esta sentencia con tintes negativos, depende de quienes lo dicen y desde dónde lo dicen y depende de quienes lo escuchan y desde dónde lo escuchan.

No dejes que tus cualidades se conviertan en defectos, sé constante y cuidadoso en tus propósitos, pon tu corazón en lo que haces y anda consciente tu camino.

Y, sobre todo, no olvides saludar al sol cada mañana.

El gusano kamikaze

El gusano Nito, Gusanito para sus amigos, vivía en un precioso prado verde. Su vida no podía ser más placentera. Se levantaba con la luz del sol y todo el día lo dedicaba a pasear tranquilamente, arrastrando su larga panza, al tiempo que comía un poco de esta hoja y otro poco de esta otra. Durante estos nutritivos paseos, se iba encontrando con otros gusanos, sus amigos, y se paraba a charlar un poco de esto y un poco de lo otro.

>> ¡Si, esto es vida! – se decía

Al comienzo de la primavera, todo empezó a florecer y el prado estaba realmente hermoso. Pero, cada día que pasaba, había menos gusanos en el prado por lo que Gusanito comenzó a sentirse solo. Preguntaba por este o aquel amigo:

>>“Ahora es un capullo”, le contestaban.

Un día descubrió el Valle de los Capullos…y se quedó pálido del susto. Era un gran valle lleno de troncos secos y podridos en cuyos huecos había cientos de capullos.

>> ¡Espeluznante! – exclamó

Se fue acercando a ellos y, poniendo todos sus sentidos en el empeño, iba reconociendo a todos sus amigos desaparecidos.

>>¡Así fue como perdí a papá y mamá! – gritó Gusanito entre sollozos

Estaba aterrorizado. Imaginaba lo horrible que sería estar allí dentro, sin aire que respirar, sin hierba que comer, sin nadie con quién hablar.

Los pocos gusanos que quedaban en el prado le decían que ese también era su destino, que en la vida de un gusano llega el día en que uno tiene que tejer su propio capullo. Pero Gusanito se negaba a aceptar ese horrible destino.

Y llegó el día en que desaparecieron todos los gusanos del verde prado y Gusanito se quedó completamente solo. Una profunda tristeza le recorría su largo y pegajoso cuerpo. Prefería morir a pasar el resto de su vida encerrado como un capullo.

Gusanito intentó tirarse por un precipicio pero…no vió el árbol que le salvó la vida

Así que… ¡decidió quitarse la vida!

Lo probó todo:

– Se ponía bajo las pezuñas de las vacas pero… era tan pequeño y resbaladizo que siempre se escurría por algún hueco.

– Se enterraba todo lo hondo que podía pero… volvía a salir a la superficie por otro agujero.

– Bailaba delante de los pajaritos mostrándoles su jugoso cuerpecito pero… se divertían tanto con él que no se lo comían.

¡No había manera! De un modo u otro siempre salía ileso.

Una noche, cansado y sin esperanza, se rindió. Se dirigió al Valle de los Capullos y allí, arrodillado, exclamó:

>>¡Me rindo!, sólo soy un sucio y asqueroso gusano. Mi destino es morir como un capullo.

Respiró profundamente y dedicó toda la noche a tejer su capullo. Lo hizo con gran esmero, suave y bonito, pues iba a ser lo único que le acompañase el resto de su vida. Una vez acabo de tejerlo, se metió dentro y se dijo:

>> El fin de mis días ha llegado. Ahora, esperaré paciente mi muerte en la soledad de mi silencio y mi propia compañía.

Gusanito pasó muchos días en un profundo letargo; un sueño sin sueños, una muerte sin muerte… pues, al cabo de tres semanas, despertó.

Abrió los ojos repentinamente y se asustó; hacía mucho que se daba por muerto y lo único que recordaba de sus días de capullo era el silencio y su propia respiración. Se estiró y, casi sin darse cuenta, el capullo comenzó a agrietarse hasta que se rompió. Estiró su cuerpo todo lo que pudo para lanzarse al suelo y comenzar a arrastrarse y cuál fue su sorpresa cuando, al estirarse, se le desplegaron unas hermosas alas de mariposa, verdes y moradas. Empezó a agitarlas y, cuando quiso darse cuenta, estaba volando sobre el verde prado.

Estaba tan maravillado que era incapaz de decir una palabra…en realidad no tenía nada que decir tan sólo disfrutar de un precioso vuelo acompañado del silencio…y su propia respiración.

 

REFLEXIÓN:

Con un toque de humor, he querido reflejar en este cuento esos momentos en la vida que podemos llegar a comportarnos, por así decirlo, un poco kamikazes, como nuestro amigo Gusanito. Esto es, través de comportamientos que sabemos que no son saludables para nosotros, como fumar, comer en exceso, dormir poco…o soportando situaciones o personas que, en el fondo, sabemos que nos perjudican ya sea en el trabajo, con la pareja, los amigos, la familia…

Detrás de esta actitud autodestructiva hay un profundo miedo a la soledad y el vacío interior. De ahí que podemos llegar a pasar nuestra vida huyendo constantemente de nosotros mismos sin apenas darnos la oportunidad de una metamorfosis. Una metamorfosis que sólo es posible tras un verdadero reencuentro con nosotros mismos y nos lleva a una maduración integral de nuestro ser…

…aunque, a veces, creamos que madurar es ser un poco… capullo.