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Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

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Las Sonrisas Perdidas

Aquella noche, después de la función anual de teatro, tras una hermosa sesión, todos los habitantes de Villa Sentido, contentos y satisfechos, volvieron a sus casas. Todos menos uno. Aquel ladronzuelo aprovechó que todos dormían para robarles lo más preciado que tenían: las sonrisas.

Desde ese día Villa Sentido se convirtió en un lugar silencioso, sus calles parecían desiertas y el cielo siempre estaba nublado. Las personas se cruzaban unas con otras y apenas levantaban la mano para saludarse, ya no habían palmadas en el hombro, ni besos en las mejillas, ni si quiera un “Hola, ¿qué tal la familia?”.

El pequeño Oliver, la alegría del pueblo, hasta dejó de comer. ¡Con lo que gustaba devorar las tortas de azúcar! Pero claro, las tortas de azúcar siempre le sacaban una gran sonrisa. Bueno, la comida en general le hacía tan feliz que siempre sonreía mientras comía.

Una mañana Oliver no podía más, estaba muerto de hambre y decidió buscar las sonrisas por todo Villa Sentido. Las buscó casa por casa, en cada árbol, en cada farola, en cada esquina. Pero nada. Por un momento perdió la esperanza, apenas tenía fuerzas después de tres semanas sin probar bocado. Sin su placentera sonrisa no tenía apetito. Triste y cabizbajo, se dirigió a la plaza del pueblo y se sentó al borde de la fuente. El olor del agua fresca le ayudó a respirar profundamente calmando su ansiedad y, sin pensarlo dos veces, comenzó a echarse agua por el rostro. Fue en ese momento cuando Oliver tuvo aquella idea. Caminó por todo el pueblo convocando, a viva voz, a todos los habitantes para reunirse en la fuente.

Con una paciencia de tortuga, el niño aguardó a que todos estuvieran presentes. Entonces, se puso de pie en el borde de la fuente y comenzó a echarse agua por todo el cuerpo; comenzó por los pies, subiendo por las piernas, los brazos, los hombros, la cabeza, hasta terminar por su redondita cara.

Cuando el agua resbalaba por su rostro, una mueca se dibujó en sus labios: lo más parecido a una sonrisa que nadie había visto desde había mucho tiempo.

Uno por uno, todos los que allí se encontraban rodearon la fuente y comenzaron a tomar agua entre sus manos mojando así sus rostros. Se miraban unos a otros, asombrados, extrañados, como un niño que abre sus ojos por primera vez, observando la fina línea que dibujaban sus bocas.

Por un momento aquello parecía una fiesta como las de antes sólo que silenciosa y lenta, pues todos se miraban temerosos como si apenas se conociesen. Justo en el momento en que el último de los allí presentes mojó su rostro, justo en ese momento, las nubes grises que les habían acompañado esas tres últimas semanas se iluminaron con un relámpago seguido de un fuerte trueno. Comenzó a llover, una lluvia lenta, fina, fresca, que iba dejando su olor a tierra húmeda por todo el pueblo. Como si de un rayo se tratase, una sensación de alegría inundó los corazones de aquellas personas que rodeaban la fuente, haciéndoles sonreír a todos a la vez, una sonrisas suaves, silenciosas y placenteras. Y así fue como Villa Sentidos se convirtió en una única sonrisa, la sonrisa más grande del mundo.

 Sonrisas Encontradas

Bueno, he de decir que no todos los habitantes sonrieron aquella tarde. Hubo uno que lloró y pataleó. Podéis imaginad quién: aquel que semanas atrás robó las sonrisas para guardarlas en un cofre creyendo que así nunca estaría triste. Esa misma noche, todas las sonrisas robadas que guardaba bajo llave se convirtieron en burlas, gruñidos e incluso aullidos que le persiguieron durante aquella noche y volvían a sus oídos cada vez que intentaba robar sonrisas de nuevo.

 

REFLEXIÓN:

La pregunta no es quién ni cuándo te han robado una sonrisa. Eso es irrelevante pues ya pasó.

La pregunta es ¿Qué haces para recuperar tu sonrisa?

Una pista: MÓJATE

 

El Reino de La Equivocación

Hubo una vez un país en el que todos cometían errores a cada instante.

Un día, les visitó el monarca del reino vecino, La Perfección. El rey de La Equivocación, con su corona a modo de pulsera y su reloj como corona, le llevó de paseo para mostrarle la ciudad.

 

A medida que avanzaban por las calles, el rey de La Perfección se asombraba un poco más al ver que todo estaba repleto de errores.

– ¡Cuánta gente con los zapatos cambiados! – se asombró el rey de la Perfección – El derecho en el izquierdo y el izquierdo en el derecho.

– Si – le respondió el rey de la Equivocación – Por eso hay tantos bancos por las calles; las personas se sientan a cambiar sus zapatos de pie y, ya de paso, conversan un rato entre ellos.

 

Continuando con su paseo llegaron a una avenida muy peculiar:

– ¡Un árbol en medio de la calle y un semáforo en mitad de la plaza! – exclamó el rey de La Perfección.

– Si – contestó el rey de la Equivocación – se equivocaron al colocarlos pero los dejamos así porque el árbol sirve de sombra al policía que dirige el tráfico y el semáforo, en el parque, regula los turnos de los columpios.

 

Entonces, vieron pasar un singular autobús:

– ¡El autobús es un barco con ruedas! – grito asombrado el rey de La Perfección.

– Si, – explicó el rey de La Equivocación – el conductor, en su primer día, se confundió y aparcó el autobús en el mar. Así que trajimos el barco para hacer su función y, mientras, en el fondo del mar, el autobús da cobijo a los delfines en la noche.

 

El rey de La Perfección, que no cabía dentro de sí al ver tanto disparate, se llevó las manos a la cabeza cuando vio una casa muy característica del lugar:

las ventanas del techo les mostraban cada noche la luna y las estrellas y servían de cobijo a los búhos

– ¡Una casa sin ventanas! – exclamó.

– Si, – contestó el rey de La Equivocación – cuando la construyeron se les olvidó colocarlas y se dieron cuenta cuando los obreros ya estaban haciendo el techo. Así que, para remediarlo, llenaron el tejado de ventanas. Desde entonces, a todas las casas que se construyen en el reino se les colocan ventanas en el techo…para poder ver las estrellas.

 

Al finalizar el paseo por la ciudad, el rey de La Equivocación le pidió a su vecino, el rey de La Perfección, que escribiera unas palabras en el libro de visitas, pues todas las personas importantes que venían al pueblo lo hacían. El rey de La Perfección, encantado, empezó a escribir en aquel libro.

Al cabo de un rato, se acercó un niño que observaba atentamente cómo éste escribía. Una vez el rey hubo finalizado su dedicatoria, el niño, tirando del brazo de su madre con una mano y con la otra señalando al rey de La Perfección, exclamó:

– ¡Mamá, mamá! ¡Ese señor no sabe escribir!… ¡No usa la goma de borrar!

 

REFLEXIÓN:

Dicen que es de sabios equivocarse. Y, es que, detrás de los grandes descubrimientos de la humanidad siempre hay fallos y continuas aproximaciones. Me viene a la mente el descubrimiento de América, por ejemplo. Es la experiencia lo que nos hace más sabios, el aprender de nuestros aciertos y nuestros errores. Por eso, el hombre inventó el lápiz y, a continuación, la goma de borrar.

Si fuésemos “perfectos”, y no cometiésemos errores, seríamos meras máquinas. Las máquinas también fallan y, cuando eso ocurre, son los humanos los que las arreglan pues también fueron sus creadores. Si la vida fuera perfecta, seríamos todos iguales y predecibles y nos perderíamos el encanto de descubrir a la otra persona y de vivir sin saber qué pasará.

Un niño no se asombra ante una equivocación pues somos los adultos los que le guiamos y le enseñamos lo que está bien y lo que está mal, lo que es correcto y lo que es incorrecto, algo que, además, depende mucho del contexto cultural.

A veces es muy sano recuperar esa falta de asombro del niño que llevamos dentro ante los extraordinarios acontecimientos de la vida, aceptándola tal y como es, imperfecta, impredecible y maravillosa.

El Ladrón de las Palabras

Existió una vez un ladrón muy peculiar en un mundo muy peculiar.

No era un vulgar ladronzuelo pues su motín estaba repleto de palabras que usurpaba a las personas.

Por aquel entonces, los hombres y mujeres que habitaban este planeta, en muchas de sus conversaciones, daban largos tragos de saliva para evitar que salieran algunas palabras. Entonces, el ladrón, que siempre estaba atento a este tipo de situaciones, se apresuraba para atrapar esas palabras que ya nunca podrían ser expresadas. Su ambición era tal que no solía prestar mucha atención a las palabras que robaba, sólo deseaba tener más y más. Así que se limitaba a echarlas en su gran saco negro y llevarlas a su guarida. Apilaba los sacos uno sobre otro, cerrados y guardados bajo llave en un gran sótano sombrío.

el ladón robo al joven un “te quiero”

 

Al fin, la Policía de los Secretos, tras seguirle la pista muy de cerca, lo atrapó cometiendo uno de sus robos, esta vez a un joven enamorado.

Llevaron al ladrón al Tribunal de las Letras donde fue juzgado por el Juez del Diálogo. En primer lugar abrieron cada uno de los sacos en los que el ladrón almacenaba su motín.  Después el juez le hizo escuchar una a una cada palabra robada. Fue una sorpresa para todos descubrir que las palabras que más abundaban eran palabrotas, “lo sientos” y “te quieros”.

La condena para el ladrón de las palabras fue clara: devolver a todas las personas las palabras que les había robado.

 

Os preguntareis qué pasó con las palabrotas. Los devolvió también pues tras ellas siempre había un “lo siento” o un “te quiero” que, además, les ganaban en número. Además, a medida que iban siendo expresadas en su momento se hacían cada vez más pequeñas y si se las quedaban dentro por mucho tiempo se hacían tan grandes que un día explortaban dentro de su dueño.

Desde entonces, en aquel mundo, de vez en cuando se escuchaban palabrotas, a menudo se perdonaban entre ellos  y, sobre todo, se amaron cada día hasta que ya no hubo mundo.

 

REFLEXIÓN:

Este cuento es un llamamiento a la expresión.

En muchas ocasiones tragamos para nuestros adentros palabras que se nos quedan atascadas en la garganta, palabras que, una vez pasado el momento, ya no tienen lugar. Nos arrepentimos día tras día de no haber dicho esto o aquello, siempre con muy buenas justificaciones.

Las relaciones entre las personas están cargadas de momentos en los que nos sentimos inseguros ante el otro y por eso preferimos callar. Hay situaciones en las que más vale expresar una palabrota y dejar que salga la rabia, a tragarla y dejar que se haga más grande convirtiéndose en ira. En otras situaciones lo mejor es olvidar nuestro orgullo y pedir perdón. Y, ante todo, en todas y cada una tenemos que poner todo nuestro amor. Amar cada instante que vivimos.

Cierto es que a veces hay que ser prudente, en tus manos dejo saber discernir cuándo hablar y cuándo callar… he aquí una pista: cuando sientas que tienes que tragar mucha saliva… ¡suéltalo! Pues está claro que esa palabra necesita volar.

El Reino de Cabezonia

Hubo una vez un país dónde sólo vivían cabezas. Sus habitantes eran fervientes devotos de la mente y pensaban tanto y tanto que, durante generaciones, fueron creando una raza de personas dominada por su inmensa inteligencia. Las calles del Reino de Cabezonia estaban siempre repletas de cabezas.

los cabezonios andaban sobre sus enormes zapatos y con sus brazos extendidos para no perder el equilibrio

 

Tenían unas cabezas enormes que suponían las 2/3 partes de la totalidad de su cuerpo. No les resultaba fácil andar ya que había tal desproporción de tamaño entre su cabeza y su cuerpo que perdían el equilibrio. Pero como los cabezonios eran tan listos, inventaban mil maneras para no caer, desde usar unos simples bastones hasta desplazarse sobre unas tablas motorizadas o usar enormes zapatos.

Estaban muy orgullosos de lo que eran pues era el reino cuyas personas poseían el mayor coeficiente intelectual de todo el planeta. En este Reino nacieron importantes científicos, lectores empedernidos, inventores y grandísimos pensadores. Conocían el por qué de todas las cosas.

 

Un día sucedió algo espantoso que alteró la paz que tenían sobre sus cabezas. Nació un niño cuya cabeza sólo suponía una séptima parte de su cuerpo, es decir, estaba proporcionado como los primeros habitantes del Reino de Cabezonia, cuando aún no habían desarrollado tanto sus cerebros.

Todos estaban espantados ante la noticia.

“Señora, está claro que su bebé padece una horrible malformación, lo mejor sería mantenerlo hospitalizado y darle medicación para ayudar a su cabeza a crecer. Si se lo lleva a casa puede que no sobreviva”

La madre se negó a dejarlo en el hospital y decidió llevarlo a casa aunque tuviera que dedicarse a darle cuidados especiales día y noche.

Alain fue creciendo enfrentándose en su vida a continuas dificultades. Todos pensaban, a simple vista, que no era inteligente pues sólo había que ver el tamaño de su minúscula cabeza. En Cabezonia era considerado un bicho raro pues continuamente se le veía haciendo ejercicio o llorando y riendo de una extrañísima manera, sin motivo aparente.

A pesar de vivir un poco al margen de todos, había a la que le producía tanta curiosidad su comportamiento que lo observaban con gran admiración hasta el punto de comenzar a considerarlo un maestro.  Alain les mostraba experiencias carentes de por qués.

– Les mostraba las maravillas que podía hacer con su cuerpo y les enseñaba a hacer ejercicios.

– Les contaba historias que no estaban en los libros, que hablaban de la naturaleza y que a veces les hacían reír y otras les hacían llorar.

– Les ponía a escuchar la música de forma que esta penetrase por todo su cuerpo.

– Les enseñó a mirarse a los ojos, en silencio, y ver más allá de lo que éstos le mostraban.

Sus seguidores siempre le avasallaban a preguntas:

– Maestro, ¿por qué a veces corres sin parar?

– Maestro, ¿por qué a veces respiras con los ojos cerrados?

– Maestro, ¿por qué estiras tanto su cuerpo por las mañanas?

O también preguntas del tipo:

– Maestro, ¿por qué lloras y ríes sin motivo?

– Maestro, ¿por qué gritas y te enfureces?

– Maestro, ¿por qué te sientas a contemplar el mar?

A todas ellas Alain se limitaba a contestar: PORQUE ESTOY VIVO.

Los cabezonios no entendían nada pero había algo en él que les atraía enormemente. El simple hecho de su compañía les producía una paz y serenidad desconocidas para ellos hasta entonces.

 

Alain tenía cada vez más amigos y seguidores algo que, como era de esperar, no gustó nada a las autoridades del país y lo acusaron de promover hábitos de vida no saludables. Fue un largo juicio lleno de por qués a los que él se limitaba a contestar: PORQUE ESTOY VIVO. Finalmente lo condenaron al exilio por sus ideas y comportamientos carentes de explicaciones.

No volvieron a verle jamás pero algo ya había cambiado en Cabezonia. Un grupo de personas recogieron sus prácticas y enseñanzas las cuales  se transmitieron de generación en generación. Estas personas se reunían para hacer ejercicio, para escuchar música, para reír, para pintar, para llorar, para gritar, para bailar… para hacer todas esas cosas carentes de por qués. Los gobernantes nunca llegaron a aceptar esa forma de vida pero se llegó a extender tanto que ya no podían detenerlos.

Al cabo de muchos años los descendientes de este grupo de personas fueron naciendo con sus cabezas más pequeñas. Por supuesto seguían existiendo  personas con gran cabeza los cuales se podían encontrar principalmente en la clase política y banqueros… personas que seguían ocupados y preocupados en aumentar sus cabezas. Pero en un gran número de rincones del país se podía leer aquella frase de Alain: “PORQUE ESTOY VIVO”.

 

REFLEXIÓN:

Vivimos en un mundo lleno de mente y justificaciones. Incluso nosotros mismos nos encontramos dominados por ella y sus por qués. La mayoría de las enfermedades mentales vienen del inmenso poder que le damos al tiempo que nos olvidamos de que también somos cuerpo y corazón, sensaciones y emoción.

La inteligencia no sólo está en la mente sino también en nuestros sentidos y sentimientos, en vivir una vida en la que nuestros tres centros (cuerpo, mente y emoción) se alternen y se equilibrien.

Con este cuento os invito a escuchar también al cuerpo y al corazón pues la vida está llena de por qués que la mente nunca entenderá.

Démosle al pensamiento el lugar que le corresponde, no vamos a tirar la mente a la basura sino usarla para nuestro beneficio en la medida en que es saludable. Pues la vida en sí misma encierra un gran por qué al que nunca encontraremos respuesta.

En la Cuerda Floja

Hubo una vez un país dónde no existía suelo sobre el que andar o, al menos, sus habitantes ya no podían verlo. Hacía muchos años que comenzaron a pensar que estarían mejor cuanto más cerca del cielo que era lo más bello y les acercaba a lo divino. Así pues, las personas que allí vivían se movían por las alturas. En lo más elevado de sus calles tenían cuerdas a través de las cuales caminaban de un sitio para otro.

Cuando un niño aprendía a caminar sus padres lo llevaban agarrado a un cordel para evitar las caídas en sus primeros pasos. Más tarde, al llegar a la escuela, en clase de educación física perfeccionaban su técnica para andar en la cuerda floja.

Los habitantes de este país tenían tal maestría en caminar sobre las largas y finas cuerdas que pendían de cada rincón que, raramente, alguien se precipitaba al vacío por accidente. Paseaban, conversaban, bailaban e incluso comían, siempre con precaución, sobre los delgados cordeles. Todos tenían miedo a caer pues, seguramente, el infierno y las sombras más desconocidas y tenebrosas les esperaban al final de la caída.

El rey y la reina velaban a todas horas por sus ciudadanos para que nadie cometiera imprudencias sobre las cuerdas. A veces algunas personas cometían locuras como saltar o dar volteretas sobre un cordel e incluso colgarse boca abajo. En estas ocasiones se les prescribían medicinas pues, claramente, eran casos de locura y si aún así persistían los internaban en un psiquiátrico.

 

No obstante, existió en este país un grupo de personas que, de vez en cuando, se salían de la cuerda de las maneras más creativas, divertidas y bellas que lograban imaginar. Este grupo de personas eran admiradas por todos los habitantes que los contemplaban con gran devoción.

¡ES UN ARTISTA! – decían

 

 

REFLEXIÓN:

Vivimos en un mundo de cordura en el que nos desplazamos por la cuerda floja y cuando alguien se desmarca por un instante de lo que esperamos y conocemos les llamamos locos o inestables. Personas que tras estar cada día manteniendo el equilibrio sobre la cuerda floja, en algún momento de su vida pierden la estabilidad ante la fina hebra de la cordura.
En el fondo creo que todos tenemos un poco de envidia de esos momentos de enajenación, de esos momentos de dejar la cabeza, las normas, la educación y todas esas cosas que nos alinean, y poder así expresarnos sin límites.

Rompe un plato, grita en medio de la calle, manda al carajo a esa persona, besa a esa otra sin más, dile a ese desconocido que le amas, llora desconsolada en el supermercado, baila en medio de la plaza, sonríe a cuantos te cruces en tu camino…quién nunca haya si no cometido al menos  fantaseado con alguno de estos actos o parecidos que levante la mano.

“La autenticidad es no cambiar lo que uno es y acotar lo que uno tiene. Es la capacidad de manifestarse tal y como se es, sin ocultamientos. Lo auténtico es y tiene valor.” La locura lo cura, GUILLERMO BORJA