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Las Tijeras Mágicas

Rita se sentía realmente perdida. Pero no perdida como aquella vez que olvidó el camino hasta casa de su tía. No, esta vez era diferente. Sentía que toda su vida estaba patas arriba:

– Su mejor amiga se había mudado de pueblo.

– Su perro había escapado hace varias semanas.

– Sus compañeras de clase se burlaban de ella.

– La abuela falleció hace apenas dos meses.

– Y, para colmo, sus padres le repetían constantemente: “¡No hay quién te entienda, estás en la edad del pavo!”

No tenía nadie ni nada en qué apoyarse… ni siquiera le apetecía dibujar, ¡con lo que disfrutaba!

 

La inquietante historia de Rita comenzó un día que se sentía harta de que sus compañeras se burlaran de ella, triste porque había suspendido un examen, cansada porque se le había escapado el autobús y tuvo que volver a pie del colegio. Y, claro, sus padres le regañaron por llegar tarde a comer.

– ¡Estaba harta! ¡No aguantaba más!

Se encerró en su habitación, cerró los ojos con fuerza y deseó, con más fuerza aún, no haber existido nunca.

Cuando instantes después los volvió a abrir, asombrada comprobó que se encontraba en mitad de un calle vacía, una calle que no recordaba haber visto nunca. Se frotó los ojos y se pellizcó las mejillas pues creía que estaba soñando. No lo estaba, seguía allí, en mitad de un lugar desconocido y solitario.

A lo lejos habían algunas casas y comenzó a andar por la calle en dirección a ellas. Caminaba por el centro pues el miedo le acompañaba a ambos lados. A medida que se acercaba un letrero decía así:

“BIENVENIDO AL PAÍS QUE NUNCA EXISTIÓ”

– ¡Qué extraño! – se dijo – no recuerdo que estudiásemos este país en clase de geografía.

Continúo andando; todo vacío, no veía a nadie, no oía nada. A lo lejos vio un cartel iluminado:

– ¡Hombre, parece que hay algo de vida allí! Iré a echar un vistazo.

Se dirigió hacia aquella casa y, cuando estuvo delante, pudo leer el cartel:

“LA TRASTIENDA”

En el cristal otro cartelito que decía:

“Sin existencias”

– ¡Qué raro! ¿y para qué estará abierta? – se preguntó – Bueno, al menos puede que encuentre a alguien.

La campana de la puerta tintineó cuando la atravesó…eso fue todo lo que se podía escuchar en el interior de la vieja tienda. Estaba muy oscuro pero, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver una estantería tras otra. Eran de una madera tan vieja que parecía que, en cualquier momento, se desplomarían. Estaban llenas de cajas de madera, botes de cristal, libros y más objetos que era incapaz de distinguir. Lo único que reconocía era el polvo y lo viejo que resultaba todo.

Con miedo cruzó el largo pasillo de estanterías y, al fondo, pudo ver a una anciana tras un amplio y mugriento mostrador.

– Adelante Rita, hace días que te estaba esperando. Ya pensaba que te habías perdido – le dijo con una mueca que intentaba parecer una sonrisa.

– Pero… ¿cómo sabe mi nombre?

– No tenemos tiempo para preguntas y, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo importante es que has venido aquí a por algo, algo que hace tiempo vienes necesitando – contestó la anciana.

– Yo…

– ¡Shhh! – le interrumpió – Escucha atentamente, es importante que te quede todo muy claro pues no habrá tiempo para una segunda explicación.

La anciana cogió una sucia caja de madera de lo alto de un estante, le sopló para quitarle el polvo que la cubría y, a continuación, la abrió. Rita esperaba sin entender nada. De la caja sacó unas tijeras, no menos viejas que todo cuanto había en aquella tienda, estaban oxidadas como si nadie las hubiera usado durante siglos. La anciana se las ofreció. Cuando la chica iba a cogerlas, la mujer las apartó rápidamente de su mano y le dijo:

– Estas son unas tijeras mágicas. Con ellas podrás recortar todo cuanto desees.

Rita iba a hacerle una nueva pregunta cuando de nuevo le interrumpió:

– ¡Shhh! Escucha: es muy importante que escojas muy bien lo que recortas, no lo olvides.

Y a continuación canturreó unas palabras al tiempo que agitaba las tijeras:

 ¡Tijeras, tijeritas,

cortad todo lo que desee Rita!

 

Al fin le dio las tijeras. Ella continuaba sin entender nada pero la anciana le hizo un gesto con la mano indicándole que esperase. Sacó entonces de la caja una hermosa cadena dorada de la cual colgaba un precioso corazón, también de oro.

– Llévalo siempre alrededor de tu cuello, ¿entendido?

– Si – contestó Rita – pero yo…

La anciana le volvió a interrumpir, esta vez para ofrecerle un vaso de agua helada. Cuando la chica lo vio se le olvidaron sus dudas y sólo podía pensar en bebérselo… ¡Estaba realmente sedienta! ¡Hacía tanto calor! Rita se bebió el vaso casi de un solo trago. Apenas lo hubo dejado en el mostrador, miró a su alrededor y de nuevo se vio en su habitación… con la caja de madera en sus manos y el collar rodeando su cuello.

– ¡Qué extraño es todo hoy!

Miró el reloj de su mesita y, ¡madre mía! Eran las nueve de la mañana, llegaría tarde a clase.

 

Ese día volvió del colegio no menos molesta que el anterior así que, en cuanto llegó a casa, subió a su habitación y sacó las tijeras de la caja.

– Recortó las palabras burlonas de sus compañeras de clase…y ya nunca más se metieron con ella.

– Recortó su nostalgia por la marcha de su amiga… y nunca más la echó de menos.

– Recortó la tristeza por la muerte de la abuela… y nunca más la recordó.

– Recortó las regañinas de sus padres… y nunca más discutieron.

– Recortó la rabia de haber perdido a su perro… y nunca más quiso acariciar uno.

¡Vaya, se sentía mucho mejor!

 

El tiempo pasó y Rita recortaba cada vez más cosas que no le gustaban o que le dañaban: exámenes, maestras, personas que le herían, palabras mal sonantes, postres que no le gustaban, películas que le daban miedo y un sinfín de cosas que iba encontrando en su camino.

Hasta que un día, un día que estaba realmente harta de todo, un día de esos que una solo quiere desaparecer, un día… ¡se recortó a sí misma! Estaba tan cansada de todo, de todos y hasta de ella misma, ¡se sentía tan desdichada! Se recortó y se colocó en el hueco de un árbol en medio de un frondoso bosque.

Al principio estaba muy a gusto.

– Ahora sí que nadie puede molestarme o dañarme.

Disfrutaba del silencio y la paz de estar sola pero, con el paso de los días, ese silencio se convirtió en ruidos internos, en pensamientos que no entendía, estaba llena de palabras y palabras pero ¿a quién podía decírselas? Fue entonces cuando esa paz se convirtió en una profunda soledad. ¡Volvía a sentirse desdichada!

– ¡Me siento sola! ¡He cortado demasiado!

Comenzó a llorar desconsolada y en esas que echó mano al colgante dorado y, con una furia que le asustó hasta a ella misma, estampó el corazón contra el suelo:

– ¡Estúpido corazón! – gritó

Al golpear contra el suelo, el corazón se abrió por la mitad. En realidad era una diminuta cajita con forma de corazón. Rita se quedó extrañada. Al volver a cogerlo, ahora abierto de par en par, vio que dentro guardaba una aguja y un hilo de plata y en el dorso una inscripción que decía:

“Aguja e hilo de plata

coserás con dedicación

lo que anhele tu corazón”

 

No tuvo que parar un segundo para que Rita entendiera la inscripción. Cogió la aguja y comenzó a coserse, en primer lugar a sí misma, con un precioso hilo de plata que ahora la unía al mundo.

Volvió corriendo a casa donde todo estaba vacío y silencioso… ¡claro, los había recortado a todos!

Abrió la caja de madera donde, sin saber en su momento por qué lo hizo, había ido guardando todas y cada una de las cosas, personas, lugares, sentimientos y pensamientos que hace mucho recortó , algunas de las cuales ahora añoraba profundamente y deseaba volver a ver o sentir.

Cosió a su madre y a su padre, cosió aquel lugar junto al río que tanto le gustaba, a su amiga Margarita, el recuerdo de los besos de la abuela, el de los ladridos de su perro, sus dibujos…

 

Durante tres días y tres noches se dedicó a coser sin parar, con el mayor esmero que pudo, cada uno de los retales de su vida. Ahora ésta se parecía bastante a su vida anterior. Excepto por un detalle; las puntadas de planta que fue dando en entre un recorte y otro no eran del todo perfectas pues ella no era una experta costurera, así que, de vez en cuando, se descosía algún punto. Entonces ella decidía entre arreglarlo y volverlo a coserlo o… recortarlo para siempre.

 

REFLEXIÓN:

A menudo, en nuestra vida tenemos que cortar con esto o aquello, otras coser con dedicación lo que deseamos conservar y otras veces, simplemente, quedarán los huecos vacíos.

El sufismo, nos habla de un hilo de plata que existe dentro de cada persona, un hilo que emerge de la fisura de nuestra máscara y que conecta el mundo exterior con la esencia. Cuando escribí este cuento desconocía este simbolismo…ahora un precioso hilo de plata me une a la tradición sufí.

La Ventana Infinita

Paloma era una niña con una gran fantasía. Desde pequeña le encantaba inventar juegos e historias llenos de magia. Su vida no había sido nada fácil, diversos acontecimientos le sucedieron que fueron creando una gran melancolía en lo más profundo de su ser. Ante cada pérdida, separación o evento doloroso, Paloma se encerraba en su cuarto y se refugiaba en su colorida imaginación. Allí se sentía a salvo de todo, nada ni nadie podían dañarla. Inventaba mundos extraños con mágicas criaturas, viajaba a lugares asombrosos con paisajes deslumbrantes, encontraba amigos que le acompañaban en sus juegos y aventuras.

Tanto fue así que Paloma ya no era feliz en el mundo real donde sentía un gran dolor y frustración. Se protegió del mundo de afuera con su rico mundo interior. Ni siquiera necesitaba encerrarse en su habitación para dejar volar su imaginación pues también podía hacerlo ante cualquier persona o situación y en cualquier lugar. Nadie podía entrar en su mente, allí nadie podía dañarle, nada podía frustrarle ya que era ella la que decidía. Se sentía a salvo de todos y de todo, era su refugio, su intimidad.

Claro que, la niña, cada vez se relacionaba menos con sus compañeros de clase, apenas salía a la calle a jugar con sus vecinos y con su familia siempre permanecía callada.

 

Sólo había un lugar en el mundo real que le gustaba de verdad: el viejo castillo abandonado en lo alto del pueblo. A menudo se dirigía hacia allí dando un bonito paseo y se sentaba en una hermosa ventana a través de la cual sólo se apreciaba el mar hasta donde alcanzaban sus ojos. Le gustaba pensar que era una ventana infinita pues parecía no acabar nunca. Era su rincón favorito del mundo exterior, donde pasaba largas horas soñando con qué habría más allá del horizonte.

Un día Paloma llegó a su ventana cargando más que nunca con su vieja melancolía, se sentía triste y sola, apartada de todo ser viviente pero no encontraba el modo de acercarse a las personas que le rodeaban para compartir esa tristeza. Deseó con todas sus fuerzas salir volando por la hermosa ventana infinita, hasta el lugar dónde solo está el mar, más allá del horizonte. Cerró con fuerza los ojos imaginando como sería ese viaje a surcando los mares pero cuando los abrió… se encontró apenas unos centímetros por encima del agua, sobrevolando el inmenso océano. Apenas se sorprendió pues estaba acostumbrada a este tipo de viajes imaginarios. No viajaba a gran velocidad pero podía sentir como la brisa marina le acariciaba sus mejillas y ondeaba su cabello. Con sólo estirar un poco los brazos hacia abajo podía rozar, con la punta de sus dedos, la fresca agua del mar y su olor le llenó de vida en un instante.

Vio cabezas de delfines, asomando en la superficie, que parecían saludarle agitando sus aletas, vio gaviotas pescando pececillos y hermosos arrecifes de coral. Hasta que, a lo lejos, en el horizonte, fue asomando lo que parecía una isla rodeada de palmeras.

La suave brisa marina posó a la niña en la orilla que se quedó maravillada ante la preciosidad de aquel lugar.

“Vaya, esto sí es un hermoso sueño”, dijo para sí.

Se adentró entre las palmeras, deleitándose con el intenso color verde que le rodeaba y el canto de unos extraños pajarillos que la observaban desde las ramas de viejos y enormes árboles. De repente, para su asombro, en mitad de aquel salvaje lugar, apareció una extensa e interminable calle, desierta, con preciosas casitas blancas a ambos lados. Comenzó a caminar por la calle y, al principio de esta, un cartel decía:

“BIENVENIDOS AL PAIS QUE NUNCA EXISTIÓ”

– ¡Qué extraño! Este sueño tiene vida propia, no puedo controlarlo – dijo en voz alta mientras se preguntaba si realmente aquello era producto de su imaginación al tiempo que se pellizcaba con fuerza en sus mejillas. – ¡Ay! ¡Esto me ha dolido!…realmente extraño.

Todo parecía desierto hasta que, en la distancia, comenzó a oír una suave música. Se acercó al lugar dónde procedía aquel sonido y se encontró ante una casa que aparentaba estar habitada, era una especie de café.

“IN-IMAGINARIO – CAFÉ TERTULIA”

“Contamos historias reales, vivimos historias inventadas.”

– Impresionante…

Era un lugar acogedor, con mesitas alumbradas por velas dónde personas conversaban de un modo sereno y en el centro un pequeño escenario dónde un chico parecía narrar asombrosas historias que todos escuchaban con atención. Detrás estaba el mostrador, donde alguien parecía llamarla haciendo un gesto con su mano. Se aproximó y pudo comprobar que era una ancianita que decía su nombre.

– Acércate Paloma, te estaba esperando.

-Claro, como que todo esto es producto de mi imaginación.

– Te equivocas, muchacha – dijo la anciana en un tono severo – No te creas tan poderosa, existen mundos más allá de tu imaginación, aquí cada uno tenemos el nuestro…

– Pero…

-No tenemos tiempo para preguntas y, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo importante es que has venido aquí a por algo, algo que hace tiempo vienes necesitando.

– Yo…

– ¡Shhh! – le interrumpió – Escucha atentamente, es importante que te quede todo muy claro pues no habrá tiempo para una segunda explicación.

La anciana si inclinó tras el mostrador y sacó un hermoso cuaderno, cuyas tapas estaban laboriosamente bordadas con hilo que parecía de seda, y una pluma estilográfica.

– Estos objetos que te voy a regalar son realmente mágicos – dijo muy seria – Esta pluma escribe con tinta de oro, una tinta que es imposible recargar… pero si le das un buen uso nunca se gastará.

– ¿Qué uso? – preguntó Paloma incrédula.

– Sólo podrás utilizarla sobre este cuaderno en el que escribirás tus mundos de fantasía. Pero cada historia que aquí plasmes no podrá permanecer por mucho tiempo pues tendrás que arrancar esas hojas o si no, la historia, desaparecerá para siempre, incluso de tu cabeza ¿Entiendes?

– Creo que sí – contestó la niña.

– Como te decía – continuó la anciana – una vez hayas arrancado las hojas escritas deberás lanzarlas a través de la ventana del castillo, aquella por la que llegaste hasta aquí. En el momento en que no lo hagas como te digo, y te guardes los escritos en el cuaderno, la pluma dejará de funcionar. Además, no podrás escribir con ella en otros cuadernos pues sólo funciona sobre este y del modo en que te digo. Si lo haces así, ni las hojas del cuaderno ni la tinta de la pluma se agotarán jamás.

– ¿Y por qué voy a molestarme en hacer todo eso? – preguntó Paloma desconcertada.

– Si haces lo que te digo y usas bien estos objetos, esa melancolía que te ahoga se irá disolviendo poco a poco – y, de pronto, añadío – ¡Ah, lo olvidaba!, cuando lances al mar las hojas escritas recuerda siempre decir estas palabras:

FANTASÍA Y REALIDAD

AHORA VOLAD JUNTAS

SOBRE EL MAR

Paloma se quedó observaba en silencio aquellos misteriosos objetos que ahora tenía en sus manos mientras se preguntaba qué había de realidad en todo esto y qué era producto de su imaginación.

La voz de la anciana la sacó de sus pensamientos, esta vez para ofrecerle un vaso de agua helada. Cuando la niña lo vio se le olvidaron sus dudas y sólo podía pensar en bebérselo… ¡Estaba realmente sedienta! ¡Hacía tanto calor! Paloma se bebió el vaso casi de un solo trago. Apenas lo hubo dejado en el mostrador, miró a su alrededor y de nuevo se vio en la ventana del castillo…con el cuaderno en una mano y la pluma en la otra.

– ¡Qué extraño es todo hoy! – exclamó.

 

Paloma regresó a casa corriendo, deseando estrenar su nuevo y misterioso cuaderno con aquella pluma de tinta dorada. Aunque no le gustaba nada la idea de tener que desprenderse de sus apreciadas historias. Dudó, miró el cuaderno y observó, detenidamente, lo que tenía grabado en la tapa:

“LA FANTASÍA ES MI MUNDO

EL MUNDO ES MI COBIJO”

Y en la tapa posterior:

“DEJA VOLAR TUS SUEÑOS,

PORQUE LO CREO, LO CREO”

Al leer esto, sin saber por qué, algo le empujó a escribir. Plasmó en aquellas hermosas hojas la historia de la ventana infinita y de cómo había llegado al “País que nunca existió”. Ciertamente dudaba de si lo que le había sucedido aquel día era real o un nuevo producto de su imaginación. No obstante, decidió escribirlo pues, real o no, era una bonita aventura. Y, mientras lo hacía, se sintió más viva que nunca.

Cuando terminó de escribir recordó las palabras de la anciana sobre arrancar las hojas y tirarlas al mar. ¿Ahora debía arrancar esas hermosas páginas escritas con tinta dorada? ¿Debía desprenderse de esa bella historia, su historia? No le gustaba nada la idea pero, efectivamente, comprobó que la pluma ya no escribía y que no podía pasar las siguientes páginas del cuaderno ¡Esto si que era magia! Así que decidió hacer lo que la anciana le dijo…al menos podría llevar aquella historia, para siempre, en su cabeza. Arrancó las hojas, corrió hacia la ventana del castillo y, mirando al mar, pronucnió aquellas palabras – “Fantasía y realidad/ ahora volad juntas/ sobre el mar –  y entonces le pareció que las propias hojas se desprendían de sus manos para emprender su vuelo sobre el infinito océano.

 

Cuando las perdió de vista, de repente, se sintió muy hambrienta. Volvió a casa y, a medida que se acercaba, pudo apreciar el aroma de esa sabrosa sopa que preparaba su madre. Entró en la cocina, papá y mamá se disponían a comer. Mamá le dio un fuerte abrazo.

– Hija, estábamos preocupados. Déjame que te vea…tienes muy buen aspecto. Dime… ¿dónde has estado?

– ¿Quieres oír mi historia? – dijo Paloma emocionada.

– Por supuesto, mi querida Palomita – contestó mamá mientras la subía a su regazo.

 

 

Y así fue como Paloma lleno el mundo real con la magia de sus historias.

 

 

 

 

 

REFLEXIÓN:

La historia de Paloma nos advierte de los peligros de refugiarse en la mente y la fantasía cuando el mundo real es demasiado frustrante. Este refugio, llevado al extremo, puede llegar a aislarnos por completo de la realidad convirtiéndose en una anestesia, una evasión.

Es bueno estar atentos de los peligros de perderse en la mente y observar la magia que cada día nos trae el mundo real, pues fantasía y realidad se nutren mutuamente, una sin la otra no tienen cabida.

No lo puedo ocultar, este cuento habla de mí y de cómo con cada historia que escribo me siento viva por dentro. Ahora, al compartirlas aquí contigo, lector/a, mis historias toman un lugar en el mundo real y con ellas, a través de ti, yo también tomo mi lugar en el mundo real.

Gracias

¡Trágame tierra!

Quique era un niño muy tímido. No pasaba un solo día sin que sintiera vergüenza por algo.

– Cuando jugaba con sus amigos apenas hablaba.

– Cuando pasaban lista en clase, le temblaba toda la mano al levantarla para decir: “¡Presente!”

– Hasta se ruborizaba cuando mamá le alababa por sus dibujos.

En estas situaciones Quique notaba en cuestión de segundos como su cara se convertía en un auténtico infierno, se ponía colorado y le ardían las mejillas. Su respiración se aceleraba y notaba cierta presión en el pecho. No podía mantener la mirada y, automáticamente, bajaba la vista hacia el suelo. En esos momentos sentía que él encogía y el resto del mundo, cada vez más grande, le observaba. Todo le daba vergüenza, pensaba. Y, lo que es peor, su propia vergüenza le avergonzaba.

 

Un caluroso día de verano, en clase de geografía la maestra fue llamando a sus alumnos a la pizarra para que señalaran las partes del mapa que les preguntaba. Quique había estudiado más que nunca pero cada vez se escurría más en su silla para que la maestra no reparase en él y así evitar tener que hablar delante de todos los compañeros.

– Muy bien, continuemos – dijo la maestra – ¡Quique! Sal a la pizarra.

De camino a la tarima, Quique se repetía mentalmente la lección, se la sabía perfectamente. Pero una vez situado al lado de la maestra y con todos sus compañeros observando, volvió el sofocante calor a sus mejillas, apenas podía respirar y era incapaz de pronunciar una sola palabra. Quería desaparecer. Cerró sus ojos con fuerza y dijo para sus adentros: “¡Trágame tierra!”

Al tiempo que se decía estas palabras, algo empezó a tirar de sus pies y… ¡glub!, la tierra se lo tragó.

Cayó absorbido por un estrecho agujero, parecía viajando por un auténtico tornado. Fue cuestión de segundos pues al momento, ¡pum!, chocó contra el suelo.

– ¡Qué caída más tonta! – exclamó.

Se incorporó y, asombrado, pudo ver que ya no se encontraba en clase sino en mitad de una calle vacía, una calle que no recordaba haber visto nunca. Sacudió la cabeza pues creía que tenía visiones pero por más que la sacudía continuaba allí, en mitad de un lugar desconocido y solitario.

Entonces le pareció oír algo procedente del final de la calle así que se fue acercando para averiguar a qué correspondía aquel ruido. A medida que se adentraba en las casas vio un letrero:

“BIENVENIDO AL PAÍS QUE NUNCA EXISTIÓ”

– ¡Vaya!,  – exclamó – la maestra de geografía ha olvidado enseñarnos dónde queda este país.

Continúo andando y el ruido, cada vez más cercano, se fue convirtiendo en un auténtico escándalo; sonaba música de platillos y tambores, pitos, gritos, risas, palmadas, golpes… todo al mismo tiempo.

Al fin llegó al lugar de dónde surgía tal alboroto. Era una divertida casita pintada con todos los colores que se pueden llegar a imaginar. En la puerta un cartel decía así:

“GIMNASIO DE LA TORPEZA. ENTRENAMIENTO EN METEDURAS DE PATA”

“ABIERTO”

Traspasó la puerta y lo que allí se encontró le dejó con la boca abierta de par en par. ¡Ni juntando todos los circos del mundo podía encontrarse tanto disparate junto! Todas las personas que allí se encontraban vestían ropas de lo más extravagantes, con colores chillones y anchos sombreros llenos de objetos extraños tales como cucharas, tijeras, ruedas, madalenas, lápices, teléfonos, sombrillas, raspas de pescado, botes vacíos, flores y hasta pájaros revoloteando a su alrededor. Cada sombrero era como un auténtico collage.

 

Estaba paralizado en mitad de aquel alboroto cuando una mano se posó en su hombro con suavidad:

– ¡Hola Quique! – le saludó una ancianita – Hace días que te estaba esperando, ya pensaba que no te atrevías a venir – agregó con una sonrisa burlona. – Acompáñame.

– Pero… ¿cómo sabe mi nombre?

– No tenemos tiempo para preguntas y, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo importante es que has venido aquí a por algo, algo que hace tiempo vienes necesitando – contestó la anciana.

– Yo…

– ¡Shhh! – le interrumpió – Escucha atentamente, es importante que te quede todo muy claro pues no habrá tiempo para una segunda explicación.

Se acercó a una gran estantería llena de sombreros y cogió uno.

– Mira Quique, te voy a obsequiar con el sombrero de la dignidad, que te va a resultar muy útil en la situaciones en que deseas con todas tus ganas que te trague la tierra.

Justo en ese momento Quique se ruborizó y empezó a sentir como subía la temperatura de sus mejillas. Inmediatamente, la anciana le colocó el sombrero sobre su cabeza y, al momento, sintió que ese abrasador calor fue ascendiendo por su cara y salió, atravesando el sombrero, por encima de él.

– ¡Vaya!… – iba a preguntar algo cuando la anciana le volvió a interrumpir.

– Es importante que recuerdes estas palabras pues tendrás que decirlas cuando necesites usar tu sombrero:

“Vergüenza,

¡sinvergüenza!

¡Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”

– Y ahora – añadió la anciana – sal  al recibidor donde cada uno de mis ayudantes adornará tu sombrero con alguno de sus objetos mágicos antiruborizantes. ¡No desprecies ninguno!

La vieja le hizo un gesto con la mano para que se diera prisa en salir y Quique asintió con la cabeza. Una vez entró en aquel salón, con saltos, volteretas, gritos y palmadas, cada una de las personas que allí se encontraban, jaleando sin descanso, se desprendió de algún adorno de su sombrero para ofrecérselo a Quique, que los aceptaba con mucho gusto, les daba las gracias y se lo colocaba según caían en su enorme sombrero. Entre todo el alboroto, el chico podía distinguir la frase que le había dicho la anciana al tiempo que sacudían todo su cuerpo:

“Vergüenza,

¡sinvergüenza!

¡Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”

El último ayudante que se le acercó le ofreció un vaso de agua helada para que se lo bebiese. Cuando Quique lo vio se le olvidaron sus ganas de hacer preguntas, sólo podía pensar en bebérselo… ¡Estaba realmente sediento! ¡Hacía tanto calor! Se bebió el vaso casi de un solo trago. Apenas había acabado el último sorbo cuando miró a su alrededor y de nuevo se vio en clase, en medio de la tarima, delante del mapa, con la maestra y todos sus compañeros esperando sus respuestas.

Quique no dudó un momento y murmuró las palabras mágicas:

“Vergüenza,

¡sinvergüenza!

¡Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”

Al tiempo que decía estas palabras, su cuerpo se sacudía desde la punta de los dedos hasta el último pelo de su cabeza……¡¡brrrrrrr!!

El sombrero se le posó suavemente sobre el cabello y fue sintiendo de nuevo como el ardiente rubor le ascendía por la cabeza y traspasaba el sombrero hasta que desaparecía por completo.

Entonces, Quique, asombrándose a sí mismo, fue capaz de decir la lección mejor que lo habría hecho la propia maestra. Ésta le dio la enhorabuena y todos los compañeros, como embaucados por él, asentían y le felicitaban.

El chico bajó de la tarima y se dirigía a su mesa cuando se acordó del sombrero. “¡Esto si que es vergonzoso, todos me han visto con el estrafalario sombrero en la cabeza!, ¡con razón me sonreían!”

Se sentó en su pupitre y le preguntó a su amigo:

– ¿Qué te parece mi sombrero, Felipe?

– ¿Qué sombrero? – le dijo extrañado.

Quique se llevó las manos a la cabeza y, en efecto, el sombrero había desaparecido.

 

Desde ese día, cuando Quique tenía que hacer frente a una situación bochornosa, murmuraba las palabras mágicas, “Vergüenza, ¡sinverguenza! Sal de mi cuerpo y mi cabeza!”, y el sombrero, automáticamente, se posaba sobre él absorbiendo el rubor de su cara y expulsándolo hacia arriba.

A veces, el sombrero, sólo permanecía un instante en su cabeza, como cuando Claudia, esa niña tan guapa que se sentaba detrás de él en clase de música, le dio un beso en la mejilla y salió corriendo. En esa ocasión Quique murmuró las palabras y el sombrero apenas se mantuvo sobre él  unos segundos pues desapareció justo cuando la niña se giró y, entonces él, le sonrió.

 

REFLEXIÓN:

 La vergüenza es esa timidez que una persona siente ante determinadas situaciones y que le impide hacer o decir una cosa. Es un sentimiento que nos indica que algo sucede entre nosotros y el resto del mundo acompañado de pensamientos sobre uno mismo en los que solemos desvalorizarnos. Necesitamos desconectarnos del exterior por un momento y revisar qué nos está pasando. En la medida en que no somos capaces de recuperar esa conexión con el mundo nos puede llevar a situaciones de aislamiento y rechazo de nosotros mismos.

En el cuento, el acto de ponerse el sombrero y pronunciar esas palabras sobre su vergüenza ayuda a nuestro protagonista a hacer frente a las situaciones que le paralizan. Por un lado, el sombrero, igual que una corona, es símbolo de poder, por lo que inconscientemente le proporciona seguridad para manejar la situación. Para Jung, el fundador de la psicología analítica, cambiar de sombrero es cambiar de ideas, adoptar otra visión del mundo. Además, al chico, le hace consciente de las sensaciones corporales que le producen estas situaciones pero no le deja enganchado a ellas sino que las siente, las escucha y se va, y es entonces cuando es capaz de volver a conectarse con el mundo.

En cuanto a la frase mágica, en momentos en que sentimos vergüenza, a veces simplemente  expresándola (“¡qué vergüenza!”) sentimos, con alivio, como se va disipando, tomamos conciencia de ella y nos ayuda a no quedarnos enganchados ahí  recuperando así la conexión con el otro. Una conexión que no siempre nos tiene que llevar a actuar por encima de nuestras capacidades y necesidades pero nos permite estar presentes en la situación y, de este modo, también en nuestra vida.

Sé consciente de tu pudor, escúchalo, exprésalo o no, vibra con él y, sobre todo, no te avergüences de tu vergüenza. A veces meter la pata es lo más sabio y sano que podemos hacer.