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Hortensia es Pequeña

Hortensia a veces se mira y mira a su alrededor. Hortensia sabe que es pequeña. Los demás, casi todos los demás, son grandes…mayores. Hortensia se pregunta hasta cuánto crecerá ella. Yayo, el caracol, no ha dejado de crecer, ya es adulto pero su concha aumenta un poquito cada año. Hortensia se pregunta si ella seguirá creciendo cuando sea grande, si los mayores crecen cuando son mayores. 

La abuela de Hortensia es ya viejita, y es pequeñita. Cuando la abuela de Hortensia la abraza siente que su abuelita es más grande que todos los mayores que conoce, más grande hasta que el profe de gimnasia. Hortensia cree que su abuelita, igual que Yayo, aún crece aunque no se le note a simple vista. Hortensia sabe que hay muchos mayores que siguen creciendo, no sabe si todos. Son mayores que crecen y crecen hasta llegar al cielo a pesar de que otros mayores no puedan verlo. Hortensia y Yayo si lo ven o, al menos, así lo sienten.

Llorando Estrellas

La niña se subió al tejado y, sentada en la chimenea, lloró. Lloró tanto que la calle comenzó a inundarse, lloró tanto que el sol decidió esconderse, lloró tanto que la luna se despertó. Lloró tanto que se le agotaron las lágrimas y de sus ojos comenzaron a brotar estrellas.

Son esas cosas que pasan cuando alguien llora hasta quedarse sin lágrimas. Si es de noche y estás sobre un tejado empezarás a llorar estrellas, es así como nacen algunas. Primero son diminutas (claro que si no no podrían salir de los ojos) y luego van creciendo y creciendo hasta salir disparadas hacia el cielo infinito. Eso es lo que más les gusta a las estrellas, crecer e impulsarse en busca de un hogar, un hogar en el que pasar el resto de sus largas vidas brillando. Y con cada destello susurran el nombre de quien las lloró.

Las de aquella noche dicen en voz muy suave, casi imperceptible: Hortensia, Hortensia, Hortensia…

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

La Pequeña Palmera

Érase una vez una palmera, pequeña, apenas era una hojita que comenzaba a crecer. Sabía que su vida no sería fácil, sabía que podría no vivir más de un día o dos, lo sabía. La Gran Palmera lucía preciosa en el jardín pero ella no tuvo la fortuna de caer en aquella hermosa y frondosa zona donde flores y árboles servían de cobijo a los pájaros urbanos. Ella, en cambio, crecía en la estrecha línea que unía dos losas de las escaleras de entrada al parque. Nadie la veía, nadie sabía de su existencia pero la Pequeña Palmera no podía hacer otra cosa que continuar. Siempre hacia arriba, continuar. Una de sus compañeras se secó muy pronto, otra fue pisoteada y otra, simplemente, no consiguió hacerse el hueco suficiente entre las baldosas.

Y llegó su hora. Aquella mañana una sombra la cubrió y sintió que la desgarraban por completo. Le dolió; parte de sus raíces quedaron en la tierra pero no quiso aferrarse demasiado para no morir en ese instante. Así se vio, volando, despidiéndose de una parte de ella que quedó entre las baldosas, le costaba respirar, todo era aire a su alrededor. Estaba asustada, muy asustada. Aturdida, muy aturdida. La Pequeña Palmera perdió el conocimiento.

El jardinero, arrancó la hermosa y minúscula palmerita, con el mayor cuidado que su experiencia le había enseñado.

–          ¡Vaya un sitio para nacer, pequeña! – dijo mientras se arrodillaba en las escaleras.

Unas horas más tarde, la Pequeña Palmera abrió los ojos, estiró sus raíces y se sintió máspalmeras libre que nunca. Estaba en lo alto de una gran plaza redonda donde, alegres y juguetones, los niños correteaban y los pájaros revoloteaban. A lo lejos podía distinguir cientos de palmeras, de todos los tamaños, formando grandes filas. Unos metros delante de ella un cartel decía así:

“BIENVENIDOS A LA URBANIZACIÓN LAS MIL PALMERAS”

Presidiendo la entrada de aquella residencia de la costa, vivió el resto de su vida nuestra Pequeña Palmera, creciendo muy muy alto, convirtiéndose así en una referencia para todo el que llegaba a aquel paraíso.

– ¡Mira, allí esta la urbanización de las palmeras! – gritaban señalándola, año tras año, miles de visitantes que la divisaban a lo lejos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

REFLEXIÓN:

Si, a veces las circunstancias de nuestro nacimiento no son fáciles, nuestro entorno, lo que nos es dado al nacer, y es difícil salir adelante. A veces, sólo nos queda aceptar, confiar y esperar hasta encontrar un sentido a nuestra existencia. Entonces, pueden ocurrir cosas maravillosas.

En momentos como esos pueden calmarnos frases motivadoras e, incluso, oraciones como esta que nos regaló La Madre Teresa de Calcuta:

¡Nunca te detengas!

Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
Los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.

¡¡¡Pero nunca te detengas!!!

La Madre Teresa de Calcuta