Archivo de la categoría: Explorando las emociones

Hortensia y la Cueva de los Suspiros

Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta. 

Hortensia a veces se siente sola. Hortensia quiere a todo el mundo. A todas las personas que conoce es capaz de encontrarle al menos tres cualidades positivas. Hortensia a veces no encuentra al menos tres cualidades positivas para ella misma.

Hortensia a veces está triste. Hortensia entonces se esconde en su cueva secreta donde se calma poco a poco. Es una de esas cuevas que curan los corazones. Hay muchas repartidas por todo el mundo, concretamente cada 10 metros. Hortensia sólo conoce una e intenta entrar cuando está triste. No siempre lo consigue sobretodo si se encuentra en la escuela o en casa de su prima o en cualquier parte lejos de su cuarto. Hay personas que ni tan siquiera pueden ver una de estas cuevas en su vida, es una pena porque curan muchísimo.

Desde que Hortensia conoce a Yayo el caracol ha podido ver muchas de estas cuevas ya que juntos pasean tan despacio que es capaz de percibir los leves destellos que las delatan. Además, con sus antenas, Yayo localiza las entradas de estas misteriosas madrigueras pues irradian pequeños rayos de sol de esos que les gusta perseguir a los de su especie.

Yayo le cuenta a Hortensia que se llaman las Cuevas de los Suspiros y que en realidad hay una para cada persona de este mundo, repletas de las cosas que mas les gusta a su destinatario; helados, peluches, bañeras, cuentos… 

Yayo también le muestra a Hortensia la salida de su cueva. Hortensia reconoce que a veces es difícil encontrarla. Esta vez, la abertura de la Cueva de los Suspiros de Hortensia apareció justo en la habitación de sus padres donde su madre la recibió con un fuerte abrazo.

Es así como Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta… la mayor parte de sus días.

Hortensia y Yayo en la Cueva de los Suspiros
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Llorando Estrellas

La niña se subió al tejado y, sentada en la chimenea, lloró. Lloró tanto que la calle comenzó a inundarse, lloró tanto que el sol decidió esconderse, lloró tanto que la luna se despertó. Lloró tanto que se le agotaron las lágrimas y de sus ojos comenzaron a brotar estrellas.

Son esas cosas que pasan cuando alguien llora hasta quedarse sin lágrimas. Si es de noche y estás sobre un tejado empezarás a llorar estrellas, es así como nacen algunas. Primero son diminutas (claro que si no no podrían salir de los ojos) y luego van creciendo y creciendo hasta salir disparadas hacia el cielo infinito. Eso es lo que más les gusta a las estrellas, crecer e impulsarse en busca de un hogar, un hogar en el que pasar el resto de sus largas vidas brillando. Y con cada destello susurran el nombre de quien las lloró.

Las de aquella noche dicen en voz muy suave, casi imperceptible: Hortensia, Hortensia, Hortensia…

Hay Noches…

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Hay noches que no son para dormir…
sino para ver monstruos y escuchar siniestros sonidos…
¡Qué miedo!

Hay noches que no son para dormir…
sino para buscar tesoros en casa con una diminuta linterna.
¡Impresionante!

Hay noches que no son para dormir…
sino para recordar a aquellos que ya no están.
¡Qué penita!

Hay noches que no son para dormir…
sino para hacer un teatro de sombras en la pared.
¡Qué divertido!

Hay noches que no son para dormir…
sino para llamar a mamá y que te arrope.
¡Qué calorcito!

Y es que hay noches que no son para dormir…
pero todas, todas, SON PARA SOÑAR.

REFLEXIÓN:

Vivimos en una sociedad en la que se nos recalca continuamente la importancia de un sueño reparador por la noche, de dormir mínimo ocho horas.

Esta claro que, a nivel físico, es necesario descansar pero con este cuento quiero invitarte a ver la noche con otros ojos, unos ojos abiertos y curiosos como de un niño.

Observarte en el silencio, en la calma, en la oscuridad, en el miedo, en la melancolía que la noche nos trae cuando permanecemos despiertos mientras todos duermen.

La noche es también ese espacio donde se dan las mejores veladas con los amigos, la conversaciones más íntimas y sinceras, la entrega apasionada de los amantes…el aliento tras la intensa actividad del día.

Y, por supuesto, lo mejor de la noche es ese puente que se nos brinda hacia nuestros sueños.

Nunca renuncies a tus sueños…mimalos cada noche.

La Poción de los Enfados

Había una vez una bruja que inventó una perversa poción: la Poción de los Enfados, que estaba elaborada a base de gritos, enfados, gruñidos, insultos, pataletas, rugidos y, como no, el tradicional aderezo de sapos y culebras.

La bruja Malos RollosCon sólo rociar un poco de esta mezcla sobre la cabeza de las personas, éstas acababan liadas en una aparatosa pelea. Claro que, tenía que hacerlo con dos personas a la vez pues el “efecto enfado” no funcionaba sobre una sola persona y, en esos casos, el afectado se quedaba inmediatamente dormido o le entraba un fuerte dolor de barriga. Pero la bruja Malos Rollos, que así se llamaba, tenía mucha destreza volando con su escoba y, planeando sobre las cabezas de sus víctimas, con ambas manos derramaba la poción sobre dos e, incluso, más personas.

Todos los habitantes del pueblo la temían y, cuando la veían llegar con su escoba, intentaban esconderse, solos, en algún rincón o debajo de una mesa. Aunque también es cierto que había algunos muchachos jóvenes que la buscaban deseosos de probar la poción, algo de lo que después, con el ojo morado y los puños inflamados, se arrepentían y lamentaban.

En ocasiones, la bruja Malos Rollos hacía tratos con hombres y mujeres que, ante el miedo de una pelea, le ofrecían todos sus bienes e incluso a sus propios hijos. Tal fue el caso del pequeño Oliver, que fue entregado a la bruja por sus padres, cuando apenas sabía caminar, a cambio de que ésta no esparciera su poción en el negocio del padre, la taberna del pueblo.

En un principio, la bruja pensó en comérselo guisado, igual que había hecho con otros tantos niños. Pero este era diferente, tenía una mirada que, incluso a esta vieja sin corazón, le producía un extraño calor en su pecho. Así que lo crio en su pocilga, entre pócimas, ratones y demás criaturas extrañas. Y así, el pequeño Oliver aprendió, escondido bajo la mesa, conjuros y recetas perversas que la bruja Malos Rollos preparaba cada día entre carcajadas, también perversas.

 

Un día, a la vieja hechicera no se le ocurrió otra cosa que pasar con su escoba por el patio del colegio y ¡zas!, vertió un montón de la Poción de los Enfados sobre unos niños que jugaban a la pelota. El pequeño Oliver se vio de repente en mitad de una nube de patadas, gritos e insultos. Entonces decidió que ese era el momento de probar el efecto de su antídoto, una poción que había estado preparando durante varias noches, mientras la bruja dormía: la Poción de la Armonía, que estaba hecha a base de abrazos, besos, lo sientos y sonrisas, aderezada con un poco de miel y otro poco de hierbabuena.

 

Desde entonces al pequeño Oliver se le conoce en el pueblo como el Conciliador pues nunca fue capaz de eliminar a la bruja Malos Rollos ni el efecto de su Poción de los Enfados pero, cuando se arma alguna bronca en el pueblo a causa de ésta, él acude raudo con su antídoto, la Poción de la Armonía. Unas veces los implicados acaban siendo amigos y riendo de sus malentendidos, otras simplemente se dan la mano y vuelven cada uno a su casa con el morro un poco torcido. Pero siempre, siempre, al menos se escuchan mientras toman la deliciosa poción del pequeño Oliver, el Conciliador.

 

REFLEXIÓN:

No podemos evitar los choques en la convivencia entre personas pues somos diferentes y es lícito que aparezcan malentendidos o desavenencias. Pero lo que está claro es que, a nadie le gusta el sabor de boca que deja una discusión o pelea.

Como vemos en el cuento, el primer paso para resolver nuestras diferencias con otras personas es acceder a tomar la Poción de la Armonía, es decir, estar dispuestos a llegar a un entendimiento. A partir de ahí, el siguiente paso es escucharnos. En ocasiones resolveremos alegremente y podemos ser amigos, en otras nos quedaremos en paz de haber tenido un acercamiento a pesar de que no podamos ser amigos.

No siempre te resultará fácil sentarte a tomar la Poción de la Armonía pues esta sólo hace efecto cuando quién la toma lo hace sinceramente. En caso de que no estés preparado/a para tomarla, espera a que llegue el momento, tu estómago te indicará cuando es capaz de digerirla.

 

La Ola

Papá y mamá me llevaron a conocer el mar:

– ¡Ohhh, impresionante!

 

No lo pensé dos veces y fui corriendo a meterme al agua.

– ¡Qué divertido!

– ¡Qué fresquita!

– ¡Qué salada!

¡Era lo más emocionante que había vivido nunca!

 

Me divertía como nunca cuando, de repente, una ola gigante pasó por encima de mi cabeza y me cubrió por completo. Comencé a chapotear, ¡no sabía nadar! Estaba muy asustada; movía mis piernas y mis brazos tan fuerte como podía. Las olas me tambaleaban de un lado a otro, sacaba la cabeza pero, el instante, volvía a hundirme. Luché con todas mis fuerzas pero no encontraba el modo de salir a la superficie.

Agotada… me dejé caer.

– ¡Me rindo!

Y me hundía, me hundía cada vez más.

Curiosamente, mientras bajaba a lo más profundo, iba encontrando un sinfín de pececitos y plantas que nadaban tranquilamente a mi alrededor. ¡Había vida allí abajo! Pero no podían ayudarme…

Me hundí hasta lo más profundo, dónde todo era de un azul oscuro y silencioso. Fue entonces cuando algo frenó mi caída. Sentí la arena, las plantas de mis pies se apoyaron con suavidad.

– ¡Ya lo tengo! – me dije

Apoyé completamente mis pies en la arena, flexioné mis rodillas y, con todas mis fuerzas, empujé hacia arriba.

Conseguí salir a la superficie, con los brazos bien abiertos. Me sentía victoriosa. Con una profunda inspiración saboreé el aire como nunca antes lo había hecho. Y, entonces, cuando recuperé el aliento por completo y mi corazón palpitaba más tranquilo, entonces, erguí todo mi cuerpo y ¡oh sorpresa!… ¡el agua apenas me llegaba a la cintura!

Miré hacia la orilla: papá y mamá me saludaban sonrientes.

 

REFLEXIÓN:

Sumergirse en lo más profundo de nuestro ser no es fácil; nos asusta lo que podemos encontrar, nos asusta pues ahí, en la sombra, guardamos todo aquello que nos resulta difícil, doloroso, incómodo… pero, al fin y al cabo, también somos eso. Lo escondemos hasta el punto de ni siquiera recordar lo que hemos ido guardando en nuestras profundidades. Arriesgarse a esta inmersión no es fácil pues nosotros mismos nos pondremos los impedimentos más difíciles de atravesar y, cada parte de ti, se negará a llegar hasta el fondo.

Cuando tu mente, tu cuerpo y hasta tu emoción te dicen que no puedes más…sumérgete en lo más profundo de tu ser, date una ducha de agua fría y llora, grita, patalea… haz todo lo necesario hasta que, tu mente, tu cuerpo y tu emoción, agotados, no puedan seguir diciéndote que no puedes más. Según me dijo un gran amigo y terapeuta, es entonces cuando aparece lo que él llama el segundo aliento. El segundo aliento es esa fuerza tranquila y desconocida que aparece cuando creemos haber llegado al límite y nos da un nuevo impulso para continuar. Esa fuerza que aparece en nosotros cuando creemos que todo está perdido.

La mayoría de las veces nuestros límites están más allá de lo que somos capaces de percibir…

¿Cómo estás hoy?

Teresa despierta muy temprano esta mañana cuando su madre descorre las cortinas de su cuarto al tiempo que le dice:

– ¡Buenos días, Teresa! ¿Cómo estás hoy? Mira qué bonito día hace…seguro que estarás contenta.

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Detesto madrugar! Con lo a gusto y calentita que estaba en la cama…me quedaría aquí todo el día.”

 

Comienza el día de Teresa y, al llegar al colegio, la maestra le dice:

– ¡Vaya, Teresa! Hoy no ha venido Paula, tu compañera de pupitre. ¡Qué triste tienes que estar! ¡Cuánto la echarás de menos!

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Qué descanso! Hoy Paula no se pasará en día molestando pidiéndome mis colores.”

 

Ya es mediodía y todo está listo para comer… ¡espinacas!

– Mira Teresa – dice mamá – Hoy comemos verduritas, tienen muchas vitaminas y te pondrás muy fuerte. Además, ¡sé que te encantan!

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Puag! ¡Qué asco! Me gustan las verduritas pero no la comida de vacas.

 

¡Papá ha traído un regalo para Teresa!

– ¡Sorpresa! – le dice – Como sé cuánto te gustan los perros… te he traído un perrito… ¡de peluche! Seguro que estás contenta, ¡eh!

-Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Menuda sorpresa! Yo lo que quiero es un perrito de verdad, ¡qué rollo!”

 

Todas las tardes Teresa va al parque con la abuela, pero esta tarde no ha podido venir a recogerla.

– Lo siento mucho, querida nieta – le dice la abuela al teléfono – Esta tarde te aburrirás en casa, con lo que te gusta pasear conmigo y mis amigas.

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Bien! Hoy podré pasar la tarde entera en mi cuarto, jugando con mis muñecas y pintando en mi cuaderno nuevo.”

 

Es hora de ir a dormir y mamá viene a la cama  de Teresa a darle las buenas noches.

– Que descanses hijita – le dice mientras le arropa – Pareces un poco asustada, no tengas miedo a la oscuridad, verás como pronto estás tranquilamente dormida.

– Si… – contesta Teresa

Cuando mamá cierra la puerta Teresa coge su nueva y preciosa linterna que guarda bajo la almohada y se pone en pie en la cama:

– ¡Empieza la diversión!

 

 

REFLEXIÓN:

 De pequeños nos enseñan a ser niños y niñas buenos…tenemos que adaptarnos al mundo adulto.

Esto, muchas veces, supone vivir más volcados hacia los demás que hacia nosotros mismos. Los demás deciden cómo nos sentimos, qué nos gusta o qué detestamos. Y nos dejamos llevar… todo por ser buenos niños y buenas niñas.

Vivimos en una sociedad en la que no siempre es adaptativo contestar o comportarnos sinceramente de cara a los demás. No obstante, en nuestro interior, siempre hay sitio para una emoción auténtica y nadie nos puede impedir ser sinceros, al menos, con nosotros mismos.

Y tu… ¿cómo estás hoy?

Nunca dejes de preguntarte…

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

Las Sonrisas Perdidas

Aquella noche, después de la función anual de teatro, tras una hermosa sesión, todos los habitantes de Villa Sentido, contentos y satisfechos, volvieron a sus casas. Todos menos uno. Aquel ladronzuelo aprovechó que todos dormían para robarles lo más preciado que tenían: las sonrisas.

Desde ese día Villa Sentido se convirtió en un lugar silencioso, sus calles parecían desiertas y el cielo siempre estaba nublado. Las personas se cruzaban unas con otras y apenas levantaban la mano para saludarse, ya no habían palmadas en el hombro, ni besos en las mejillas, ni si quiera un “Hola, ¿qué tal la familia?”.

El pequeño Oliver, la alegría del pueblo, hasta dejó de comer. ¡Con lo que gustaba devorar las tortas de azúcar! Pero claro, las tortas de azúcar siempre le sacaban una gran sonrisa. Bueno, la comida en general le hacía tan feliz que siempre sonreía mientras comía.

Una mañana Oliver no podía más, estaba muerto de hambre y decidió buscar las sonrisas por todo Villa Sentido. Las buscó casa por casa, en cada árbol, en cada farola, en cada esquina. Pero nada. Por un momento perdió la esperanza, apenas tenía fuerzas después de tres semanas sin probar bocado. Sin su placentera sonrisa no tenía apetito. Triste y cabizbajo, se dirigió a la plaza del pueblo y se sentó al borde de la fuente. El olor del agua fresca le ayudó a respirar profundamente calmando su ansiedad y, sin pensarlo dos veces, comenzó a echarse agua por el rostro. Fue en ese momento cuando Oliver tuvo aquella idea. Caminó por todo el pueblo convocando, a viva voz, a todos los habitantes para reunirse en la fuente.

Con una paciencia de tortuga, el niño aguardó a que todos estuvieran presentes. Entonces, se puso de pie en el borde de la fuente y comenzó a echarse agua por todo el cuerpo; comenzó por los pies, subiendo por las piernas, los brazos, los hombros, la cabeza, hasta terminar por su redondita cara.

Cuando el agua resbalaba por su rostro, una mueca se dibujó en sus labios: lo más parecido a una sonrisa que nadie había visto desde había mucho tiempo.

Uno por uno, todos los que allí se encontraban rodearon la fuente y comenzaron a tomar agua entre sus manos mojando así sus rostros. Se miraban unos a otros, asombrados, extrañados, como un niño que abre sus ojos por primera vez, observando la fina línea que dibujaban sus bocas.

Por un momento aquello parecía una fiesta como las de antes sólo que silenciosa y lenta, pues todos se miraban temerosos como si apenas se conociesen. Justo en el momento en que el último de los allí presentes mojó su rostro, justo en ese momento, las nubes grises que les habían acompañado esas tres últimas semanas se iluminaron con un relámpago seguido de un fuerte trueno. Comenzó a llover, una lluvia lenta, fina, fresca, que iba dejando su olor a tierra húmeda por todo el pueblo. Como si de un rayo se tratase, una sensación de alegría inundó los corazones de aquellas personas que rodeaban la fuente, haciéndoles sonreír a todos a la vez, una sonrisas suaves, silenciosas y placenteras. Y así fue como Villa Sentidos se convirtió en una única sonrisa, la sonrisa más grande del mundo.

 Sonrisas Encontradas

Bueno, he de decir que no todos los habitantes sonrieron aquella tarde. Hubo uno que lloró y pataleó. Podéis imaginad quién: aquel que semanas atrás robó las sonrisas para guardarlas en un cofre creyendo que así nunca estaría triste. Esa misma noche, todas las sonrisas robadas que guardaba bajo llave se convirtieron en burlas, gruñidos e incluso aullidos que le persiguieron durante aquella noche y volvían a sus oídos cada vez que intentaba robar sonrisas de nuevo.

 

REFLEXIÓN:

La pregunta no es quién ni cuándo te han robado una sonrisa. Eso es irrelevante pues ya pasó.

La pregunta es ¿Qué haces para recuperar tu sonrisa?

Una pista: MÓJATE

 

El Hueso de Cereza

La niña y las cerezas

 

 

Había una vez una niña a la que le encantaba comer cerezas. Le gustaba su color rojo, su forma de corazón y, sobre todo, su dulce y a la vez ácido sabor.

 

 

 

 

Un día, mientras comía cerezas, le dieron una mala noticia. Y se puso tan triste y se asustó tanto que se le olvidó escupir el hueso de la cereza y… ¡se lo tragó! pero con tan mala suerte que se le quedó atascado en mitad de la garganta.

El hueso no le impedía comer, ni respirar, ni hablar… pero cuando alguien le daba una mala noticia, entonces éste parecía crecer y crecer en su garganta, tanto que no podía ni tragar saliva. Y pasaba un largo rato intentándolo pero no iba ni para dentro ni para fuera.
A veces, cuando la noticia le ponía muy triste, el hueso se hinchaba tanto que le dolía muchísimo la garganta y se ponía hasta colorada. Otras veces, cuando algo le asustaba mucho, el hueso subía de arriba abajo a lo largo de su garganta haciéndole toser e incluso vomitar.
Estaba claro que el hueso de cereza era un auténtico estorbo pero los años pasaron y la niña se acostumbró a vivir con él, ahí, en su garganta. Aprendió a evitar a toda costa las situaciones tristes o que le daban miedo para así evitar que el hueso se hinchase o se moviese.
Hasta que un día, uno de esos días grises que no para de llover, se resbaló en el mojado pavimento de la calle y ¡zas! cayó bruscamente al suelo dándose un fuerte golpe en el pecho…sintió mucho miedo y comenzó a llorar sin parar. Entonces, cuando comenzó a incorporarse de su aparatosa caída, pudo ver ahí, en el suelo, el pequeño hueso de cereza que tanto tiempo le había acompañado. Se quedó sentada en el suelo, miró a su alrededor y comenzó a reír sin parar.

 

REFLEXIÓN:

A veces hay malas noticias, situaciones tristes, dolorosas o que nos producen miedo que se nos quedan atascadas pues en el momento de recibirlas nos quedamos bloqueados. Hasta el punto de que tenemos que sufrir algún golpe, literal o metafórico, para desbloquearnos.

¿Quién no ha sentido alguna vez ese nudo en la garganta? Ese nudo en la garganta nos está indicando que algo está atascado, que algo tiene que salir. A veces evitamos llorar o incluso gritar porque creemos que es de débiles llorar o estar asustados o porque no queremos que los demás nos vean vulnerables… hay tantas razones como personas.

Una vez más te invito a expresar. Observa cuándo se te queda ese hueso atascado en la garganta y busca la manera de sacarlo fuera, a veces puede ser pidiendo ayuda, otras estando a solas… también hay tantas como personas.

El Corazón Colgante

Le dolía tanto sentir que, siendo aún apenas un niño, se arrancó el corazón y lo metió en un botecito de cristal que colgó de su cuello. Ya no le dolería más el pecho, ya no le faltaría la respiración por las noches, ya no creería morir escuchando el latido acelerado de su corazón. Ahora podría cuidarlo mejor, ahora podría tenerlo controlado todo el día, ahora sólo escucharía la calma.

El Corazón ColganteEl niño fue creciendo y, gracias al botecito de cristal, su corazón permanecía intacto. Sólo que para protegerlo de posibles choques tuvo que dejar de hacer algunas cosas…empezó dejando de dar abrazos pues podrían chafarle el botecito, después dejó de dar besos pues estos siempre iban acompañados de abrazos, hasta que al fin, dejó de relacionarse con otras personas pues era probable que cualquier mínima conversación pudiera acabar en besos, abrazos o un simple apretón de manos. Todo suponía un peligro potencial para su preciado botecito de cristal y, por tanto, para su corazón.

Se convirtió en un joven y apuesto muchacho que se refugiaba en un pequeño apartamento; vivía solo, comía solo, dormía solo. De vez en cuando tomaba su botecito entre sus manos y recordaba por qué había merecido la pena tantos sacrificios, entonces continuaba con su vida apartada de cualquier contacto humano.

Pero un día, uno de esos días de invierno que el sol brilla impulsando a la gente a salir a la calle, desde su habitación  escuchó, bajo su ventana, niños jugando, hombres hablando, mujeres abrazando a sus hijos, hombres besando a sus mujeres, niños saltando a los brazos de sus padres. Un terrible vacío sintió en lo más profundo de su pecho, algo deseaba, algo le faltaba y no sabía el qué. Se incorporó de la cama y pudo observar su torso desnudo reflejado en el espejo del armario. Entonces, por primera vez en muchos años, clavó su mirada en aquel botecito que pendía de su cuello. Se lo descolgó, lo abrió y, cerrando suavemente los ojos, tomó su corazón entre sus manos. Aún estaba caliente. Con un profundo y largo suspiro volvió a colocarlo, delicadamente, en su pecho. Sintió correr la sangre por todo su cuerpo, sintió alegría, placer, tristeza, miedo. Y volvió a escuchar ese latido pom-pom, pom-pom, que, desde ese día, le acompañó en cada abrazo, beso o apretón de manos.

 

REFLEXIÓN:

¿Cuántas veces desearíamos dejar de sentir tras un acontecimiento doloroso? Muchas. Y, desgraciadamente, las experiencias desagradables van haciendo que cada vez sea más difícil llegar a nuestro corazón. La mente nos dice que es mejor no sentir, que duele. La mente nos dice que estamos mejor así, en nuestro pequeño cerco alejados del resto del mundo.

Lo triste es que si dejamos de sentir no sólo dejaremos de padecer dolor, miedo o tristeza sino también dejaremos de reír, de disfrutar y de amar.

Cómo dice un buen amigo: “Cuando el corazón se abre la mente se acalla”.

Dejemos pues que el corazón se abra pues él mismo es capaz de sanar nuestras heridas.