Archivo de la categoría: Metáforas de vida

Más Allá del Bosque

Rodeando el pueblo había un sendero por el que la gente solía salir a pasear. Era un caminito de tierra, con barandilla de madera y un bonito paisaje de árboles y montañas. El sendero terminaba en un espeso bosque. Cuando alguien paseaba por allí, al llegar al bosque siempre se daban la vuelta y regresaban al pueblo.

Amanecer en el bosquePero a ella, desde bien pequeña, le había parecido entrever que el sendero continuaba, haciendo zigzag entre los opulentos árboles. Todos le decían que era fruto de su elevada imaginación, que el bosque era peligroso y en él no había ningún sendero ni nada parecido por donde caminar. Es más, todo el que en él se había aventurado no había vuelto jamás.

Aun así, cada vez que llegaban al filo del bosque y tenían que dar la vuelta, ella seguía apreciando como el camino continuaba serpenteando entre los árboles. Por eso, cuando fue lo bastante mayor como para poder pasear sola, un día decidió adentrarse en el bosque.

En efecto, una fina vereda continuaba por entre los árboles. Y caminó durante horas. El sendero era oscuro y silencioso, apenas algún rayo de sol conseguía atravesar la espesa vegetación, apenas algún crujir de ramas acompañaba sus pasos.

Comenzaba a anochecer, hacía frío, pero llegado este punto, sólo tenía dos opciones: regresar sobre sus pasos a aquel lugar donde le esperaba el calor humano o continuar hacia delante corriendo el riesgo de caminar siempre sola. Continuó caminando pues, a pesar de que la soledad le quemaba por dentro, una brisa fresca le aliviaba ese calor a medida que avanzaba. Por momentos, no le seguía ni su propia sombra, sólo la soledad.

Después de tres días y tres noches en los cuales el miedo fue su única compañía, de repente un día, cuando el sol empezaba a asomar, el bosque acabó. Era como si hubiera sido cortado por una sierra, una línea recta perfecta de cientos de kilómetros. El amanecer le dio la bienvenida a aquel precioso lugar que se abrió ante sus ojos. Llano, limpio, luminoso. Un horizonte infinito custodiado por el sol.

A lo lejos pudo reconocer a personas, algunos rostros le resultaron familiares, hombres y mujeres desaparecidos de su pueblo años atrás, otros eran completos desconocidos para ella. Pero lo que todos tenían en común era que habían visto un camino donde otros sólo vieron árboles.

REFLEXIÓN:

A veces hay q tomar caminos en los q dejamos atrás personas y lugares queridos, caminos en los que nos sentimos solos, caminos que nos asustan. Pero a veces no nos queda otra pues lo que hasta ahora conocíamos no nos llena, no nos sirve. Y si continuamos, a pesar del miedo a la soledad, encontraremos ese lugar en el que poder descansar, ese nuevo amanecer, que, una vez encontrado, nos acompañará dentro de nosotros allá donde vayamos.

Esa recompensa de un lugar mágico, sólo está disponible para aquellos que ven más allá de la obviedad, para aquellos que ven el sendero entre los árboles, para aquellos que no se creen todo lo que les dicen y deciden caminar por sí mismos.

Todo final conlleva un principio, todo principio conlleva un final.

 

¿Qué nos dicen los cuentos sobre… EL BOSQUE?

El bosque y yoLos cuentos nos dicen que un día te adentrarás en el bosque y que en él, te perderás. Te perderás en un lugar oscuro, sombrío y repleto de animales salvajes que acechan desde la penumbra.

Los cuentos nos dicen que un día saldrás de la comodidad de tu hogar y te sumergirás en la incertidumbre de lo desconocido, en un oscuro y espeso bosque donde cada paso que des será crucial para tu destino.

Los cuentos nos dicen que, a pesar de caminar por un lugar salvaje e inexplorado para ti, continuarás avanzando. Porque en los cuentos no hay marcha atrás ni rendición y el protagonista nunca se plantea perder.

Los cuentos nos dicen que salir del bosque con vida, triunfante y con una mayor autonomía y maduración es posible. Apartar ramas, ignorar ojos que observan, parar monstruos devoradores y engañar a brujas, ogros y lobos siendo más astutos que ellos son sólo algunas de las pruebas que nos esperan.

Los cuentos nos dicen que dentro de nosotros hay un valor y un coraje que desconocemos. Sólo caminando y atravesando nuestros miedos, podremos nombrarlos y ponernos a prueba.

Los cuentos nos dicen que, para sobrevivir en el bosque, la mejor estrategia es continuar, siempre adelante y sin mirar atrás. Y así, llegarás a tu nuevo estado, a tu nuevo hogar, a tu final feliz.

Tan sólo una advertencia: posiblemente, cuando hayas atravesado el bosque, ya no serás la misma persona, igual has crecido uno o dos centímetros. No te asustes, sigues siendo Tú.

>>>Y ahora te pregunto:¿Cómo es tu bosque?, ¿qué peligros hay en él? y, como no, ¿te atreves a entrar?<<<<

Algunos cuentos del bosque:

Cuentos de tradición oral: Hay numerosos cuentos en los que el bosque aparece: Hansel y Gretel, cpaerucita roja, ricitos de oro, los tres cerditos, el príncipe durmiente, el príncipe sapo, pulgarcito, entre otros.

Cuentos ilustrados: El camino que no iba a ninguna parte, de Gianni Rodari


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CUENTO: Más allá del bosque

El Tiempo se paró 

Hay momentos en los que el tiempo se para. El dolor es tan profundo que las manecillas del reloj se quedan sujetándolo, agarrando el punto de origen para que el mundo no se desmorone.

Hay momentos en los que el tiempo se para. La mente se quedo allí, con el dolor. No sabe qué día es, no sabe dónde está, no entiende cuanto le hablan. 

Hay momentos en los que el tiempo se para. Todo está en blanco. Tan sólo queda dejarse caer sobre el reloj vacío y esperar a que vuelva el tic tac. Un nuevo tic tac. 

  

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

La Pequeña Palmera

Érase una vez una palmera, pequeña, apenas era una hojita que comenzaba a crecer. Sabía que su vida no sería fácil, sabía que podría no vivir más de un día o dos, lo sabía. La Gran Palmera lucía preciosa en el jardín pero ella no tuvo la fortuna de caer en aquella hermosa y frondosa zona donde flores y árboles servían de cobijo a los pájaros urbanos. Ella, en cambio, crecía en la estrecha línea que unía dos losas de las escaleras de entrada al parque. Nadie la veía, nadie sabía de su existencia pero la Pequeña Palmera no podía hacer otra cosa que continuar. Siempre hacia arriba, continuar. Una de sus compañeras se secó muy pronto, otra fue pisoteada y otra, simplemente, no consiguió hacerse el hueco suficiente entre las baldosas.

Y llegó su hora. Aquella mañana una sombra la cubrió y sintió que la desgarraban por completo. Le dolió; parte de sus raíces quedaron en la tierra pero no quiso aferrarse demasiado para no morir en ese instante. Así se vio, volando, despidiéndose de una parte de ella que quedó entre las baldosas, le costaba respirar, todo era aire a su alrededor. Estaba asustada, muy asustada. Aturdida, muy aturdida. La Pequeña Palmera perdió el conocimiento.

El jardinero, arrancó la hermosa y minúscula palmerita, con el mayor cuidado que su experiencia le había enseñado.

–          ¡Vaya un sitio para nacer, pequeña! – dijo mientras se arrodillaba en las escaleras.

Unas horas más tarde, la Pequeña Palmera abrió los ojos, estiró sus raíces y se sintió máspalmeras libre que nunca. Estaba en lo alto de una gran plaza redonda donde, alegres y juguetones, los niños correteaban y los pájaros revoloteaban. A lo lejos podía distinguir cientos de palmeras, de todos los tamaños, formando grandes filas. Unos metros delante de ella un cartel decía así:

“BIENVENIDOS A LA URBANIZACIÓN LAS MIL PALMERAS”

Presidiendo la entrada de aquella residencia de la costa, vivió el resto de su vida nuestra Pequeña Palmera, creciendo muy muy alto, convirtiéndose así en una referencia para todo el que llegaba a aquel paraíso.

– ¡Mira, allí esta la urbanización de las palmeras! – gritaban señalándola, año tras año, miles de visitantes que la divisaban a lo lejos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

REFLEXIÓN:

Si, a veces las circunstancias de nuestro nacimiento no son fáciles, nuestro entorno, lo que nos es dado al nacer, y es difícil salir adelante. A veces, sólo nos queda aceptar, confiar y esperar hasta encontrar un sentido a nuestra existencia. Entonces, pueden ocurrir cosas maravillosas.

En momentos como esos pueden calmarnos frases motivadoras e, incluso, oraciones como esta que nos regaló La Madre Teresa de Calcuta:

¡Nunca te detengas!

Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
Los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.

¡¡¡Pero nunca te detengas!!!

La Madre Teresa de Calcuta

El Sendero de Sofía

Érase una vez un camino. Un camino antes de ser camino.

En medio de la jungla se escondía un hermoso lago repleto de frondosa vegetación, y una gran cascada, y un claro donde poder ver las estrellas, o eso decían. Había tantos árboles hasta el lago que ninguna persona había llegado nunca. Todos en el poblado conocían la existencia de los oasis o lugares mágicos ocultos en la selva pero nade se atrevía a adentrarse para buscarlos. Nadie excepto Sofía.

Sofía paseaba entre las espesura de aquellos árboles desde que sus padres le permitieron hacerlo con la compañía de Libre, su fiel y hermoso perro. Cada día la niña iba un poquito más lejos… y volvía. Andaba un pasito y memorizaba sus huellas, eligiendo, en  cada tramo, algo que le sirviera de señal, un árbol, una madriguera, una piedra… Después volvía sobre sus pasos. Y así, durante muchas semanas, semanas que se convirtieron en meses y éstos, a su vez, en años.

Algunos días, la muchacha, caminaba largos tramos…los cuáles eran más difíciles memorizar, otros caminaba pequeñas distancias pues se encontraba con alguna dificultad, otros llegaba a donde el día anterior y no avanzaba, sino que se limitaba a descansar allí y disfrutar de cuánto le rodeaba. Otros, incluso, se paraba mucho antes, observando orgullosa lo que ya conocía, a veces se deleitaba con buenos olores, o bellos colores,  o simplemente añoranzas de unos días atrás. También había días en los que  Sofía no podía caminar porque algo le impedía siquiera salir del poblado… una enfermedad, la escuela, un cumpleaños o una intensa lluvia. Pero esos días la niña no olvidaba su sendero y, desde la ventana de su habitación, alumbrado por la luna, sentía poder distinguirlo a la salida del poblado. En las oscuras noches de invierno, Sofía lo trazaba, paso por paso, en su imaginación y, mientras lo recorría, se quedaba profundamente dormida.

El sendero de SofíaMuchos años trascurrieron hasta que, al fin, Sofía llegó al lago. Era realmente hermoso, más de lo que había imaginado. Una parte de ella sentía que ese era su sitio. Y la sensación de paz al mirar hacia delante y sentir que lo había logrado, era lo que más le satisfacía.

Aquel lugar fue un secreto para Sofía durante muchos años, hasta que un día su amiga Clara andaba muy afligida por la pérdida reciente de su padre. La chica no lo dudó un instante, la tomó de la mano y la llevó a allí, por su sendero, sobre sus pasos, hasta su lago. Lo que allí pasó sólo lo saben ellas pero Clara recuperó el color de sus mejillas.

Desde entonces, Sofía continúa tomando de la mano a diversas personas y las conduce a su lago escondido, por su secreto sendero, pisando sobre sus pasos. A veces lleva a algún amigo, pariente o conocido que  ella presiente que le irá bien. Algunos tan solo caminan un rato pues se cansan pronto o simplemente les reconforta tanto el hecho de andar sobre las huellas de la chica, conociendo los misterios de la senda misteriosa, que eso les fortalece lo suficiente. Otros se quedan mucho rato en el lago hasta que Sofía les ayuda a volver. Otros, los más atrevidos, deciden trazar su propio camino de vuelta. Otros, incluso,  se deciden a ir en busca de su propio oasis. Y otros, otros ni se atreven a pisarlo y se limitan a divisarlo desde el poblado…hasta que sea su momento.

*Dedicado a todas esas personas que alguna vez me han mostrado parte de su andadura en este mundo ayudándome a seguir adelante…y a aquellas otras que confían en que mi mano les muestre parte la mía.

REFLEXIÓN:

El camino propio sólo podemos crearlo nosotros mismos pero hay veces que es necesario dejarnos guiar por aquellos sabios que ya lo andaron, sabios no más porque “saben”, conocen el camino. Estos guías pueden ser desde terapeutas, maestros, abuelas, madres, padres, amigos o simplemente esa persona desconocida que un día, incluso sin conciencia, nos mostró por donde pisar.

Los Pájaros del Alma

Cuenta una leyenda que existe un pájaro por cada alma humana. Hay personas que no ven al suyo en toda su vida, quizá porque no miran al cielo, quizá porque no están preparadas, o quizá porque no lo necesitan. Sin embargo, hay personas que, en un momento de su vida, su pájaro se presenta ante ellas.

 

>>Acababa de entrar en la habitación, la enfermera la acomodó en su cama.

– Tendrás el cuarto para ti sola – le dijo – ha sido una operación complicada y la recuperación ha de ser lo más tranquila posible.

Aún no estaba del todo despierta, el último rumor de la anestesia recorría su cuerpo produciéndole un agradable cosquilleo. Fuera llovía a cántaros.

Con los ojos entornados pudo ver a aquel amable señor de bata blanca que, unas semanas antes, le explicaba los detalles de la operación.

– Todo ha ido bien – le dijo –  Ahora descansa.

Cerró los ojos y durmió con una tranquilidad que hacía meses dejó de sentir.

 

Al cabo de unas horas un ruido sordo la despertó. Abrió perezosa los ojos. Él estaba sentado a su lado, en aquel incómodo sillón, echando una cebezada. El grueso libro descansaba sobre su pecho.

– ¡Toc! – otra vez aquel ruido.

Apenas podía distinguir su procedencia, se sentía aún demasiado aturdida. De nuevo lo escuchó.

– ¡Toc!

Esta vez acertó a reconocer un golpe en el cristal de la ventana. Giró su cabeza hacia la derecha y entonces lo vio. Un diminuto pájaro, de un negro brillante cuyo pecho lucía blanco como si de una elegante camisa se tratase. El animalito se golpeaba, tozudo, contra la ventana. Una y otra vez revoloteaba para volver a encontrarse con el crital.

Le pareció curioso. Pobrecito, pensó, no se dará cuenta de que no puede traspasar la cristalera  . Y volvió a quedarse dormida.

 

Cuando despertó ya era otro día. Había salido el sol.

– ¡Mira, ya está aquí otra vez! – exclamó su madre señalando la ventana con la cabeza – El animalito lleva toda la mañana chocando contra el cristal. ¡Pobrecito!

Ella miró hacia la ventana y comprobó como, insistente, aquel diminuto ser, continuaba golpeándose del mismo modo que hacía apenas unas horas.

 

Fueron cinco días los que estuvo en aquella habitación, cinco días en los que aquel pajarito llamaba su atención hacia el exterior cada mañana. El viernes despertó y lo primero que hizo fue mirar a la ventana. Su diminuto amigo ya no estaba. Igual se ha dañado de tanto golpe, pensó.

Apenas unos minutos después el doctor vino como cada mañana.

– Recoge tus cosas que te vas a casa – le dijo con aquella cálida sonrisa.

– Pero, ¿cómo? – replicó ella asombrada – ¿Tan pronto? ¿Está usted seguro? ¿No sería mejor que me quedase aquí algún día más?

– Querida, en tu sofá, con tu niña correteando alrededor, estarás mucho mejor.

Los pájaros del alma

 

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Confiaba en el criterio del doctor pero le asustaba salir del hospital cuando apenas podía levantarse de la cama. Entonces, con un suspiro, miró hacia la ventana. El sol le cegó por un instante. A medida que podía ver con claridad pudo distinguirlo. Allí estaba, su pajarillo. Sus plumas brillaban más que ningún día. Esta vez no se golpeaba contra el cristal. Apoyado sobre sus finas patitas descansaba en la repisa de la ventana, mirando hacia las montañas. Movió con ligereza la cabeza, de un lado a otro y, tras piar un par de veces, emprendió un lento y suave vuelo. Ella lo observó alejarse, planeando, hasta que su vista lo perdió entre el paisaje.

– ¡En cuanto lleguemos a casa tienes que arreglarme estos pelos! – le reclamó a su hermana.

 

REFLEXIÓN:

La vida está repleta de cuentos, este es uno más de los tantos que voy encontrando por mi camino.

La vida también está repleta de pájaros…obsérvalos, uno puede ser el tuyo.

La Pradera de la Luz

Existió hace mucho tiempo un pueblo delimitado por dos grandes árboles, uno en la puerta delantera de sus murallas, la entrada, y otro en la puerta trasera, la salida.

El árbol de la entrada era muy frondoso, con un robusto tronco y unas ramas que casi rozaban el suelo. Todo el que se cobijaba bajo su sombra, se sentía arropado, protegido y tranquilo. Era El Árbol de los Recuerdos pues todo el que allí descansaba, inevitablemente viajaba por sus vivencias más profundas, evocaba las historias, los abrazos, los secretos y las caricias que un día le nutrieron. En ocasiones, quienes bajo este árbol se encontraba, se sentían tristes al rememorar a los que ya no estaban y otras, se sentían alegres de recordar tiempos hermosos.

Al otro extremo del pueblo, en la salida, había otro árbol. Éste era de tronco fino y  delgado, su sombra se extendía a lo largo de varios metros y sus ramas parecían tocar el cielo. Era El Árbol de los Sueños y todo el que en él se cobijaba se deleitaba viajando a través de sus más preciados anhelos. En ocasiones, quienes bajo este árbol se encontraban, se sentían tristes al advertir cuánto les quedaba aún por recorrer para conseguir sus sueños y otras, se sentían alegres al poder disfrutar, con su imaginación, de un mundo maravilloso.

La Pradera de la Luz

Entre los dos árboles, fuera de las murallas del pueblo, había una verde pradera. Nadie se fijaba en ella pues, al lado de los árboles, no llamaba la atención, sólo era un montón de tierra llena de hierba, lisa, sin ninguna característica especial. Pero había unos pocos que, en ocasiones, tras echar una siesta en el Árbol de los Recuerdos y refrescarse otro poco en el Árbol de los Sueños, se dirigían a la pradera, se tumbaban en cualquier punto sobre la hierba y dejaban que el sol les inundase por completo. Algunos se cegaban y tenían que volver enseguida a refugiarse en uno de los árboles, otros se abrasaban y volvían corriendo al pueblo a darse un baño de agua fría y otros, simplemente respiraban y se dejaban llenar por los cálidos rayos del sol esperando, pacientes, la brisa fresca que, durante la noche, traería la Luna. Esta era, sin duda, La Pradera de La Luz.

 

REFLEXIÓN:

La Pradera de la Luz es ese lugar en nuestro interior que, a veces, en instantes tan breves como el latir de un corazón, nos hacer sentir que estamos aquí y ahora y que estamos vivos, nos hace ser conscientes que estamos donde estamos porque elegimos un camino que nos trajo hasta aquí.

A veces, la cotidianeidad nos impide ver lo hermoso que hay en las pequeñas cosas, en la sencillez de lo “normal”. No es fácil aprender a vivir en el presente, no es fácil aprender a ver la luz que a veces ilumina el mundo y nos permite ver nuestra alma y la de los que nos rodean. Por eso existe la noche, para seguir iluminándonos desde la oscuridad.

Ya sea en la luz, ya sea en la sombra, nunca dejes de ver.

 

“Vivimos para un futuro, un futuro que pronto se convierte en pasado, un pasado que forma nuestro ser, que nos llena de recuerdos, unos recuerdos que revivimos continuamente mientras el presente pasa desapercibido.” (María Valgo)

Leonard, un Bicho Peculiar

Leonard era un bicho muy peculiar. No se parecía a ninguno de los que vivían en el valle. Tenía una boca rara y retorcida, unos ojos en forma de rombo y una nariz puntiaguda. Sus orejas no eran ni las de un lobo ni las de un elefante y su cuerpo era pequeño y redondo. Pero, eso sí, tenía la sonrisa más dulce, la mirada más tierna y sabía escuchar mejor que nadie. Su pelo, suave y blandito, era lo que más gustaba a los demás animales, tanto que sus abrazos eran los mejores de todo el valle… tiernos y calentitos.

A todos les encantaba abrazar a Leonard. Cuando alguien se sentía triste o cansado, o incluso cuando tenían miedo o estaban enfadados, se apresuraban en ir en busca de este bichito y le pedían un abrazo de esos tiernos y calentitos. Eran los abrazos más largos que nadie había conocido antes pues el afortunado se quedaba tan a gusto que no podía separarse, algunos hasta se quedaban dormidos.

Leonard, un bicho peculiar

Pero una fría noche de invierno se posó entre las ramas del árbol donde vivía Leonard, un gran búho blanco, con unos enormes ojos amarillos que lo observaban todo muy atentos desde las alturas. El búho se quedó mirando al bichito y comenzó a burlarse de él:

– ¡Mírate! – le gritó entre risas – no eres más que un bicho raro, ni siquiera eres un animal. Nadie sabe quiénes son tus padres, nadie sabe de dónde saliste. Yo prefiero que no te acerques a mí con esos abrazos pegajosos… ¡puaaagg!

Muchas más cosas feas le dijo el búho, tantas como uno pueda imaginarse, lo que hizo que Leonard sintiera tanta tristeza y tanta vergüenza que se metió en su agujerito del árbol, se hizo una bolita y no quiso volver a salir. Al día siguiente todos llamaron a su puerta en busca de sus abrazos pero él no quiso salir. Entonces se sintió más triste aún y se encerró aún más, por lo que se sintió más triste aún, y cada vez más y más débil.

 

Los días pasaron y los animales del valle se reunían cada mañana junto al árbol de Leonard para intentar convencerle de que saliese pero éste ni les contestaba. En una de esas reuniones, una pequeña hormiga se separó sigilosa del grupo y comenzó a rodear la puerta de la casita de Leonard hasta que, al fin, ¡encontró un agujero por el que colarse! Una vez dentro no se lo pensó dos veces, tomó a Leonard entre sus diminutas patitas y le dio un gran abrazo de hormiguita, de esos que hacen cosquillas y uno no puede parar de reír. Leonard rompió a carcajadas y moviendo todas sus patitas salió de su árbol muerto de risa. Todos se pusieron muy contento al verle y, como estaba muy débil y descuidado, prepararon una gran merienda junto al río, donde, después de comer, dieron un baño a Leonard y lo peinaron hasta que quedó igual de suave y blandito como que siempre.

Entonces Leonard, volvió a reír con su dulce y retorcida sonrisa, volvió a mirar con sus tiernos ojos de rombo, volvió a escuchar con sus orejas ni de lobo ni de elefante y, con su puntiaguda nariz, volvió a sentir el aroma de los buenos amigos.

Y así fue como Leonard recuperó sus calentitos abrazos.

En cuanto al búho burlón, cuentan que, días después, lo vieron con un ala rota y todo desplumado… parece ser que le hizo lo mismo que a Leonard a un león viejo y furioso.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

 

REFLEXIÓN:

Este cuento tiene muchas posibilidades de reflexión, yo voy a escoger una que es la de la necesidad de cuidar al cuidador. Leonard es querido por sus cálidos abrazos pero, en un momento de debilidad, también se encuentra necesitado del apoyo y calor de los demás animales.

A veces nos encontramos con personas especiales, que tienen un don para escucharnos, para vernos, para hacer que sintamos que podemos apoyarnos en ellas, dejarnos caer. En ocasiones, este tipo de personas pueden sentir momentos de profunda soledad pues para ellas es más difícil encontrar dónde caer y a veces sólo les queda recogerse a sí mismas.

No olvidemos que todas las personas por igual necesitamos la nutrición de un buen abrazo, una sonrisa, una caricia, una tierna mirada.

Abraza, sonríe, acaricia, mira, ama.