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La Princesa de la Torre… otra vez

La princesa de la torre, cansada de los fallidos intentos del príncipe por rescatarla y, después de vivir media vida allí encerrada, decidió que tenía que hacer algo.

Conocía muy bien aquella torre, aquel castillo, los guardianes y los alrededores así que pasó tres noches en vela urdiendo un plan para que el príncipe la rescatara.
Su plan fue un éxito, el príncipe lo siguió al pie de la letra y, a la noche siguiente, la princesa cabalgaba a lomos de aquel caballo  fuertemente agarrada a su amado.

Al alba llegaron a un cruce de caminos y el príncipe se sintió indeciso:

– ¿Qué camino he de tomar para llegar al castillo? – preguntó.

– Por allí – señaló la princesa.

Y continuaron cabalgando.

A la mañana siguiente llegaron a otro cruce de caminos:

-¿Qué camino he de tomar para llegar al castillo? – volvió a preguntar el príncipe. –

– Por allí – indicó la princesa.

Y continuaron cabalgando.

Al tercer día llegaron al tercer cruce de caminos, la princesa tenía dudas de si había decidido bien hasta entonces y se sentía realmente agotada. Bajó del caballo, miró a su amado príncipe fijamente y le dijo:

– Me vuelvo a la torre, cuando conozcas el camino al castillo, vuelve a por mi.

Y la princesa, triste, volvió a la paz de su torre a esperar un príncipe que supiera rescatarla y que conociera los caminos por los que cabalgar juntos.

 

REFLEXIÓN:

Tanto a nivel relacional como a nivel interno de cada uno de nosotros, podemos hablar de energías masculinas y femeninas, más allá de ser hombre o mujer y más allá de posiciones sexistas.

La energía femenina es receptiva, la masculina es activa, de acción. En ocasiones, estas energías se intercambian de una forma que no es sana, encontrando grandes dudas y miedos en el rol masculino que le llevan a la indecisión y de ahí a la paralización y, a su vez, un rol femenino que toma decisiones y actúa en pos de ambos, lo cual le supone cierto desgaste. Este tipo de situaciones se dan mucho en la actualidad, lo que nos lleva a unos roles que no son sanos tanto a nivel de relaciones como a nivel interno y psicológico de cada uno de nosotros.

La energía masculina necesita dirección, una meta y actuar en base a ella. La energía femenina necesita “estar” y desde su presencia, receptiva y expansiva, nutrirse y nutrir.

La danza del masculino y el femenino es una entrega por parte de ambos; el masculino se planta con fuerza y seguridad y toma la fuerza de la dirección y el femenino confía y se deja reposar en él y, a su vez, deja que este repose en él. Tanto a nivel de las relaciones humanas como a nivel interno, el masculino y el femenino pueden cabalgar juntos por el mundo nutriéndose mutuamente.

La Princesa y su Maleta

La princesa mayor tenía muchos juguetes, todos los que quería, pero lo que menos le gustaba era compartirlos con la princesa pequeña. Guardaba en su cuarto todos los juguetes del palacio. La princesa pequeña, por lo tanto, no tenía juguetes.

Un día, buscando algo con lo que jugar, la princesa pequeña encontró la vieja maleta del abuelo. Era una maleta de piel, desgastada por el uso, pero a la niña le parecía maravillosa pues estaba vacía y podría llenarla con lo que quisiera.

Desde entonces, la princesa pequeña, guardaba en su maleta objetos de todo tipo que encontraba por el palacio, la mayoría apilados en la puerta trasera de la casa, objetos que ya nadie quería y se disponían a tirar, desde libros roídos por algún bichito hasta velas desgastadas o trozos de tela de diferentes colores y texturas. A todo esto añadía objetos que encontraba en sus paseos por el jardín, como piedras de extrañas formas, hojas caídas de los árboles o conchas de caracoles.

Y así, la princesa pequeña, fue llenado su preciada maleta durante muchos años. De tarde en tarde, la abría e iba recordando dónde cogió cada objeto o inventaba qué historias encerraban. Su hermana, la princesa mayor, al principio se reía de ella: “¿Dónde irás con esa andrajosa maleta?”, le decía en un tono burlón mientras peinaba a sus hermosas muñecas. Pero con el tiempo empezó a sentir curiosidad, “¿qué guardará ahí dentro? Parece que se divierte mucho con esa apestosa maleta”, se decía la princesa mayor. Hasta que un día, dejó a un lado sus muñecas y, en un despiste de su hermana, la princesa mayor cogió la misteriosa maleta y se la llevó a su cuarto.

Cuando la princesa pequeña se percató de la falta de su maleta, se puso muy triste y comenzó a buscarla por todo el palacio. La princesa mayor nunca le dejaba entrar en su habitación pero, en un descuido de ésta, se coló dentro. Y fue entonces cuando descubrió, para su desagrado, que su maleta estaba allí, entre los juguetes de la princesa mayor, abierta y vacía. Al verla sintió ese mismo vacío como un pinchazo en su estómago. Miro a su alrededor y comprobó que todas sus cosas estaban sobre la cama de su hermana. Se apresuró hacia ellas corroborando que no faltaba nada, lo que le supuso un gran alivio.

Poco después le sorprendió allí la princesa mayor, rabiosa al ver a la princesa pequeña en su cuarto y, claro, nerviosa porque le había descubierto.

– ¡Vaya unos trastos estúpidos guardas en tu maleta! – gritó la princesa mayor – ¿para esto tanto misterio?

La princesa pequeña, entre sollozos, contestó:

– ¡No son trastos estúpidos! Mira… – dijo mientras cogía aquella piedra blanca en forma de estrella. Y, uno a uno, le fue contando dónde había obtenido cada objeto y que significaban para ella pues cada uno tenía su propia historia.

La princesa mayor se quedo boquiabierta:

– ¡Vaya! – exclamó – ¡Qué historias tan chulas! ¡Cuéntame la de esta velita!

 

Desde entonces, todos los sábados, las dos princesas se reunían en el cuarto de la princesa mayor, y la princesa pequeña narraba las hermosas historias que encerraban los objetos que cogía cada semana. Tras escuchar todas las nuevas anécdotas, la princesa mayor sacaba sus muñecas y, juntas, las peinaban y las vestían.

 

REFLEXIÓN:

Este cuento nos habla de “Celos”, esa emoción que todos sentimos en algún momento de nuestras vidas, bien con hermanos bien con personas que cumplen la función de hermano.

Podemos definir los celos como una respuesta normal a una sospechada y potencial amenaza de pérdida de afectos. Nos sentimos poseedores, que tenemos el derecho de tener esos afectos y alguien o algo amenaza con quitárnoslo. Aparecen en el primer año y medio de vida, es difícil se sientan antes y se suelen dar hasta los 7 años, entre niños. Se pueden observar a más edad pero son personas que los llevan arrastrando desde más pequeños

La envidia es peligrosa tanto el sentirla como el que la sientan hacia ti. Estaría por un lado la vergüenza de ser malo, de tener celoso, y por otro la de hacer las cosas bien, de ser objeto de envidia.

Los cuentos de los celos nos dicen que lo importante es decir que EXISTEN, que las personas tienen celos. El simple acto de escuchar o leer un cuento de celos ayuda a normalizar esa emoción y poder expresarla.

Por otro lado, este cuento también nos enseña la importancia de cultivar nuestra creatividad interior pues la maleta y las historias que encierran cada uno de sus objetos tienen más valor que los propios objetos.

Cosechemos de la vida eso que nadie nos pueda arrebatar.

 

 

El Príncipe y el Dragón

Para conseguir su corona, el príncipe debía enfrentarse a la temible bestia que habitaba en el castillo del dragón.

Una vez hubo traspasado el débil puente que atravesaba el foso, se encontró ante la entrada principal, una gran puerta adornada con pequeñas esculturas de piedra representando dragones y espadas. Ahora le tocaba a él luchar contra aquella terrible fiera que escupía fuego, tan temible que ningún príncipe antes había conseguido vencerle.

 

Se internó en el oscuro castillo y andaba preparado para cualquier peligro cuando se encontró ante una pared llena de puertas, una al lado de la otra, al menos diez. Miró a su alrededor y el único modo de salir de allí era a través de una de esas puertas. Sobre ellas una inscripción decía así: “Elige la puerta correcta”.

Todas estaban cerradas, debía escoger una para cruzar al otro lado pero ¿cuál era la correcta?, ¿en qué debía basarse para saberlo? Después de un largo rato andando de allá para acá, meditando sobre cuál sería la puerta acertada, se detuvo frente a una de ellas y, sin saber por qué, algo en su estómago le empujó a abrirla…así lo hizo.

A continuación, ante el príncipe apareció una gran escalera. Por más que intentaba mirar hacia lo más alto no conseguía ver el final. Miro atrás, ya no podía volver, la puerta se había cerrado. Se sentó durante un rato en el primer peldaño y se lamentó de haber abierto aquella puerta. Imaginaba qué hubiera encontrado tras las otras pero ya no podía retroceder. Así que se puso en pie y comenzó a subir la escalera, pues no tenía otra alternativa.

Tras varias horas de subida, agotado, al fin pisó el último escalón. Levantó la vista y ante él pudo ver una amplia y oscura sala. En una de sus paredes tres puertas le esperaban, inmutables. Sobre ellas una inscripción decía así: “Nunca lo sabrás”

Esa frase le dejó de nuevo pensativo frente a las puertas. ¿Qué es lo que nunca sabría?, ¿se refería a que nunca sabría qué puerta era la correcta? Cada vez estaba más seguro de qué jamás estaría seguro de cual escoger pero estaba claro que debía elegir una y continuar. Al principio pensó que esta vez sería más fácil pues sólo eran tres puertas pero la duda le invadió del mismo modo que la vez anterior.

De nuevo se puso ante ellas y se dejó llevar por su estómago que le impulsó a abrir una de ellas. Tras la puerta apareció una sala enorme, muy oscura y repleta de muebles y extraños aparatos. Pero una vez se cerró la puerta, la oscuridad fue absoluta. Ahora no podía ver nada y temía seguir avanzando pues en su memoria habían quedado grabados numerosos obstáculos que se encontraban en esa habitación; cristales rotos por el suelo, extrañas máquinas con afilados cuchillos, jaulas… lo poco que pudo ver le resultó bastante peligroso. Apoyó su espalda en la pared, desesperado, y se imaginó allí encerrado para el resto de su vida.

Al cabo de un tiempo, el príncipe levantó la cabeza y se dio cuenta de que podía ir distinguiendo sombras en aquella sala. Esforzó un poco más su vista y, para su asombro, cada vez veía mejor en la oscuridad, al menos le parecía vislumbrar ciertos huecos por los que podría avanzar. Se aventuró a caminar hacia delante.

Tras un rato palpando y descubriendo el modo de avanzar a cada paso, una puerta apareció ante él. ¿Una sola puerta? Esta vez la ansiedad le inundó al no tener dónde elegir, no tenía más remedio que abrir aquella puerta sobre la cual una inscripción decía así: “El dragón te espera”. Al menos estaba claro que había llegado a su propósito, el dragón.

Tardó más que con ninguna en decidirse a abrirla, esta vez se sentía acorralado. No había nada qué decidir, sólo seguir adelante. Abrió la puerta y una intensa luz le cegó.

Cuando sus ojos se acostumbraron, esta vez a la luz, pudo comprobar que la sala estaba vacía, no había ningún dragón pero, además, esta vez tampoco había ninguna puerta, ni tan siquiera una ventana, excepto por donde había entrado, retrocedió hacia aquella puerta pero ya estaba cerrada. Comenzó a dar vueltas, desesperado, buscando cualquier posible salida y sin éxito, rendido, se durmió en aquel frío suelo.

Al despertar, acostado boca arriba, dirigió su mirada al techo de aquella habitación y entonces apreció lo que parecía una nueva inscripción: “Este es tu camino, lo elegiste, conoces la salida”.

Esta frase le desconcertó pues él no conocía la salida. Iba a levantarse para seguir buscando cualquier hueco en aquella sala cuando tropezó con algo en el suelo. Bajó la mirada y pudo ver el tirador de una especie de trampilla. Tiró con fuerza y ésta se abrió dando paso a una extraña terraza. Saltó y, una vez se incorporó, pudo ver que se encontraba en un balcón.

 

Miró hacia arriba y, esculpido en la piedra del castillo le pareció ver unos ojos, miró hacia abajo y le pudo apreciar unas patas… era, sin duda, un dragón. Un enorme dragón de piedra…

 

Era, sin duda, el castillo del dragón.

 

REFLEXIÓN:

La lucha contra nuestros dragones, nuestro ego, nuestros miedos, nuestras partes negadas de nosotros mismos, no es fácil.

El príncipe de nuestra historia, sin saberlo, se encuentra atrapado dentro del dragón, el dragón al que busca para luchar… su ego. En su búsqueda tendrá que tomar varias decisiones que no le resultarán fáciles.

Cuando tomamos una decisión, nunca podemos saber al cien por cien si hemos elegido la opción correcta, pues una vez tomada no hay marcha atrás. A veces podemos rectificar, otras no. Pero sobre todo, nunca podemos retroceder, eso es imposible ya que el tiempo siempre nos lleva hacia delante.

Ante las numerosas puertas, el príncipe se deja llevar por su estómago para decidir, su intuición, ya que la mente no podía darle una clara solución. La mente, a veces, nos engaña más que el cuerpo.

Este cuento nos enseña también como, ante cada obstáculo que aparece en nuestro camino, como son aquí cada habitación (escalera, oscuridad y vacío), el tiempo nos da la solución y este es el camino del guerrero, continuar a pesar de los obstáculos y estar atentos a lo que el camino nos muestra. Como dice aquella frase de Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Al fin, el mayor miedo, el dragón, no es más que el castillo dónde el príncipe se encontraba encerrado. Los dragones nunca son cómo los imaginamos pero si andamos hacia ellos, si nos armamos de valor y los buscamos, entonces podremos comprobar cómo son en realidad.

Y tu… ¿conoces tus dragones?

El Príncipe del Sueño

En aquellos tiempos lejanos existieron un príncipe y una princesa que vivían en reinos vecinos, separados únicamente por un enorme y salvaje río. Un hermoso día de verano, bajo un sol radiante, ambos coincidieron asomados a sus altas torres y fue así como se enamoraron.

 

Por mucho tiempo mantuvieron su amor en la distancia, escribiéndose cartas llenas de promesas de amor, enviándose los más bellos presentes y observándose, cada día, a través de sus ventanas.

 

Al cabo de unos años, los reyes de ambos reinos decidieron construir un puente de plata por encima del río para unir ambos castillos y que así sus hijos pudieran estar juntos.

La desdicha llegó el día en que la princesa cruzó el puente para visitar a su amado pues cuando llegó hasta él, éste cayó en un profundo sueño. Apenada, la princesa volvió a su castillo dónde más tarde recibió una carta del príncipe que le contaba el hechizo que una malvada bruja le hizo siendo él apenas un niño:

“Cuando encuentres a la mujer amada, no podrás estar junto a ella despierto. Sólo tu podrás deshacer este encantamiento, nadie podrá hacerlo por ti.”

 

Durante mucho tiempo continuaron con su relación en la distancia, a través de las ventanas o susurrándose a través de gruesos muros de piedra. La princesa comenzó a sentirse triste y sóla así que decidió intentarlo todo para romper el hechizo: empezando por zarandear al príncipe durante sus sueños, tirar cohetes a su lado, echarle cubos de agua fría, hasta intentó crear ella misma el antídoto mezclando diferentes potingues. Pero nada dio resultado y la princesa, envuelta en una gran pena, cada vez se asomaba menos por su ventana.

El príncipe no podía soportar perder a su amada princesa así que decidió viajar por el mundo en busca del modo de romper el hechizo: viajó por tierra y a mar a mundos desconocidos, luchó contra un dragón de 7 cabezas y conoció a todos los magos y brujas que existían. Pero nada ni nadie consiguieron quitar el encantamiento pues, cuando volvió junto a su amada, otra vez volvió aquel profundo sueño.

 

Un día se volvieron a encontrar en sus ventanas y el príncipe le dijo a la princesa:

– Aún nos queda una última opción: ¡durmamos juntos para siempre!

– ¡No! – gritó la princesa furiosa y, lanzando una enorme piedra desde su ventana, rompió el puente de plata que antes les unía.

Muy apenado quedó el príncipe ante esta catástrofe pues ahora la princesa apenas se dejaba ver. Desesperado quiso hacer un último esfuerzo por estar con su amada, salió de su castillo y corriendo a través de lo que quedaba de puente intentó saltar al otro lado. Pero cuál fue su desgracia que no lo consiguió y se precipitó al vacío cayendo en el salvaje río que discurría entre ambos castillos.

 

La princesa lloró su pérdida durante tres días con sus tres noches y entonces, al tercer día de luchar contra el bravo y caudaloso río, el príncipe regresó ante ella. Tomó a la princesa en sus brazos y esta vez el sueño no se apoderó de él. ¡El hechizo se había disuelto entre las aguas del río!

 

El príncipe y la princesa se casaron, reconstruyeron el puente de plata donde, cada noche bajo las estrellas, contemplaban la hermosura de un río que un día les separó y que ahora les había unido para siempre.

 

Y vivieron…y durmieron, felices y juntos, para siempre.

 

 

 

REFLEXIÓN:

Hablando en términos simbólicos, el masculino es la presencia y el femenino la receptividad.

En el príncipe del cuento encontramos un masculino dormido, cuya falta de presencia, en un principio intenta suplir el femenino buscando mil maneras de romper el hechizo. Pero esa presencia necesaria del masculino no puede ser cubierta desde la acción del femenino.

El masculino (príncipe) se busca a sí mismo fuera pero, ante la pérdida del femenino, no le queda otra opción que caer por el precipicio y entregarse a las inseguras aguas de la emoción. Es en esa apertura al mundo emocional y a la vulnerabilidad que ello supone, donde el masculino puede despertar y recuperar su presencia. Presencia que permite la unión con un femenino receptivo.

Este cuento podemos entenderlo desde la polaridad masculina- femenina que existe dentro de cada uno de nosotros o también desde las relaciones entre hombres y mujeres, masculinos y femeninos que, en la sociedad actual, pierden su energía vital. Pues, al margen de la condición sexual de cada persona, vivimos en un mundo repleto de mujeres que asumen roles masculinos olvidando su energía femenina y de hombres eternamente dormidos, olvidando así su energía masculina.

Casi Princesa

Había una vez una pequeña princesita. Vivía en un precioso castillo con su padre, el rey, su madre, la reina y sus hermanos, el príncipe  y la princesa. El rey y la reina se llenaban de orgullo pues eran la primera monarquía que había existido nunca en ese pueblo, así que todos los habitantes los adoraban por ser la única, especial y la primera casa real que habían tenido.

Todos los miembros de la realeza eran realmente admirables, y destacaban por ser los únicos en esto, los primeros en aquello, por lo que se sentían realmente especiales. Bueno, todos excepto la pequeña princesita. Ella era la segunda princesa y cada día se esforzaba en encontrar cosas que la hicieran ser única y especial, ya que nunca sería la primera. Pero no había manera. No había nada que supiera hacer que no supiesen hacer alguno de sus hermanos o sus padres, no había nada que dijese que no hubieran dicho ya sus hermanos o sus padres, y, si a veces se le ocurría algo novedoso, siempre acababa metiendo la pata. Ella sólo deseaba ser  tan maravillosamente diferente en algo como todos los de su familia pero, por más que lo intentaba, nunca lo conseguía. Era casi única, casi especial y casi la primera en algo. Por eso, en el reino,  comenzaron a llamarla la princesita Casi.

La princesita estaba siempre triste pues sentía que no encajaba en el castillo ya que ella no destacaba por nada. Así que un día cogió sus cosas y se marchó a buscar la manera de poder ser única, especial y la primera en algo. Pasó muchos años vagando por el mundo y, en cada lugar que visitaba, aprendía algo nuevo.

– Aprendió a hacer los mejores y más grandes pasteles de chocolate.

– Aprendió a contar las historias más bellas.

– Aprendió a tejer con hilo de seda.

– Aprendió a hablar la lengua de los pájaros.

A pesar de todo lo que se esforzó durante esos años viajando, cuando volvió no consiguió sentirse única, especial y la primera pues, entre los ciudadanos ya había magníficos pasteleros, trovadores, costureras, encantadores de pájaros… nada de lo que ella había aprendido suponía novedad alguna en el reino.

 

La pequeña princesita perdió entonces la esperanza de ser única, especial y la primera en algo. Se sentía realmente triste pues no encajaba en ningún lugar del reino. Entonces decidió rendirse en su búsqueda y se internó en el bosque pues prefería estar sola. No sabía hacía donde ir, ya no había nada que pudiera hacer o aprender. Así que caminó sin rumbo durante tres días y tres noches hasta que llegó a un reino muy hermoso. Era diferente a todo lo que había visto antes y parecía acogedor así que decidió entrar.

BIENVENIDOS A UNICOLANDIA

“¡Vaya! –  pensó –  a ver qué me encuentro aquí.”

A medida que iba adentrándose por las calles, todos los habitantes la miraban con mucha curiosidad, ¿quién será?, ¿quién no será?, se decían unos a otros.

Todos se reunieron en la plaza del pueblo alrededor de ella y la observaban con atención. Entonces llegó el rey a darle la bienvenida. Y a continuación le contó la historia de Unicolandia, el primer país del mundo, algo que les hacía ser realmente especiales. Le contó también que, según las leyes que allí imperaban, cada uno de los habitantes debía ser único, especial y el primero en algo.

– Así que si quieres quedarte con nosotros tienes que ser única, especial y la primera en algo – le dijo el rey, mirándola con cara de curiosidad.

La princesita empezó a contarle todas las cosas que sabía hacer pero no había manera pues, en todas, ya había alguien del pueblo que lo hacía, antes que ella y mucho mejor.

– No se preocupen, me marcharé a otro lugar. Soy demasiado corriente para encajar aquí, en un país tan maravilloso.

Dijo la princesita alejándose cabizbaja.

– ¡Un momento! – gritó el viejo consejero real – ¿dices que no eres ni única, ni especial ni la primera en nada?

– Si, así es – contestó la princesita avergonzada.

– Te contaré algo – dijo el anciano – os contaré algo a todos. En tantos años que he vivido, y creedme que son bastantes, han  pasado por Unicolandia muchas personas. Algunas eran únicas por algo pero no especiales ni las primeras. Otras eran realmente especiales pero no únicas ni las primeras. Y otras han sido las primeras en algo pero no eran únicas ni tenían nada de especial. En cuanto a ti, princesita, – continuó el anciano – tu no eres ninguna de las tres cosas. ¡Eres la primera persona en Unicolanda que no eres única ni especial!

 

– Lo que te convierte en una persona especial por ser la única y la primera en no ser única, ni especial y ni la primera en nada. Así pues, sé bienvenida a nuestro reino – le dijo el rey mientras le tendía la mano.

 

La princesita, loca de contenta, se quedó con ellos para siempre. En un reino dónde le resultaba muy fácil vivir pues sólo tenía que ser ella misma.

 

 

 

REFLEXIÓN:

De igual modo que nuestra Casi Princesa, vivimos buscando metas e ideales a veces inalcanzables. Nos gusta sentirnos diferentes pues eso nos hace creer que así nos querrán y que, si no tenemos nada especial, nadie nos mirará.

Si de algo podemos estar seguros es de que todos somos seres únicos e irrepetibles pues nunca, nunca, ha existido ni existirá nadie como tú. Disfruta de tu propia singularidad, acéptate y muéstrate a los demás tal y como eres. No te compares, no te escondas, permítete la libertad se ser TU.  No te adornes con lo que los demás esperan de ti, no te adornes sin más con las últimas tendencias, no te adornes… eres un ser hermoso tal y como eres.

No hay mayor belleza que la frescura y la sencillez de ser como uno es.

“ERES COMO ERES

Intenta ser tu mismo, con todas tus fortalezas y debilidades.

Quien reposa en sí mismo puede expandirse hacia todas partes”

(Masaru Emoto, Los Mensajes del Agua)

La Princesa de la Torre

La Princesa de la Torre estaba cansada de lanzar sus largas y doradas trenzas a los príncipes que se acercaban:

– Uno tiró tan fuerte que casi la deja sin pelo.

– Otro se lió con las trenzas y en que se vió para desenredarlo.

– Otro se dedicó a acariciar los cabellos suavemente y nunca llegó a subir.

Así que, cansada de esperar…

¡SE CORTÓ EL PELO!

Ante esta nueva situación, los príncipes no sabían qué hacer; ¿cómo trepar ahora la alta torre?

No obstante, con el paso de los días, los jóvenes muchachos empezaron a desarrollar su ingenio:

– Uno se puso ventosas en las rodillas y las manos para trepar pero, justo llegando, se le despegaron y cayó al suelo.

– Otro saltó sobre una cama elástica pero… se pasó.

– Otro intentó volar la torre por los aires… !qué miedo!

La princesa esperaba, cansada y aburrida de los absurdos intentos de los príncipes.

Hasta que, un bonito día, llegó un príncipe que le extendió sus brazos y le dijo:

¡SALTA, YO TE COGERÉ!

Así fue como la princesa, con la ayuda del apuesto joven, se liberó de la torre. Y, subidos en un hermoso caballo blanco, recorrieron el ancho mundo.

REFLEXIÓN:

El femenino es receptivo. Ser receptivo no es lo mismo que ser pasivo. De ahí que la princesa tome la decisión de cortarse la trenza y frenar el daño que el masculino le hacía con su fuerza o sus fallidas ideas para llegar hasta ella.

El masculino es la fuerza, la acción. Esta acción, si no se encamina sanamente puede dañar al femenino. Es decir, en el cuento la fuerza del masculino que se observa en el último príncipe esta en la presencia: pisar bien la tierra y sujetar al femenino.

Es una entrega por parte de ambos; el masculino se planta con fuerza y seguridad y el femenino confía y se deja reposar en él. Tanto a nivel de las relaciones humanas como a nivel interno de cada uno de nosotros, el masculino y el femenino pueden cabalgar juntos por el mundo nutriéndose mutuamente.