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Hortensia y la Cueva de los Suspiros

Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta. 

Hortensia a veces se siente sola. Hortensia quiere a todo el mundo. A todas las personas que conoce es capaz de encontrarle al menos tres cualidades positivas. Hortensia a veces no encuentra al menos tres cualidades positivas para ella misma.

Hortensia a veces está triste. Hortensia entonces se esconde en su cueva secreta donde se calma poco a poco. Es una de esas cuevas que curan los corazones. Hay muchas repartidas por todo el mundo, concretamente cada 10 metros. Hortensia sólo conoce una e intenta entrar cuando está triste. No siempre lo consigue sobretodo si se encuentra en la escuela o en casa de su prima o en cualquier parte lejos de su cuarto. Hay personas que ni tan siquiera pueden ver una de estas cuevas en su vida, es una pena porque curan muchísimo.

Desde que Hortensia conoce a Yayo el caracol ha podido ver muchas de estas cuevas ya que juntos pasean tan despacio que es capaz de percibir los leves destellos que las delatan. Además, con sus antenas, Yayo localiza las entradas de estas misteriosas madrigueras pues irradian pequeños rayos de sol de esos que les gusta perseguir a los de su especie.

Yayo le cuenta a Hortensia que se llaman las Cuevas de los Suspiros y que en realidad hay una para cada persona de este mundo, repletas de las cosas que mas les gusta a su destinatario; helados, peluches, bañeras, cuentos… 

Yayo también le muestra a Hortensia la salida de su cueva. Hortensia reconoce que a veces es difícil encontrarla. Esta vez, la abertura de la Cueva de los Suspiros de Hortensia apareció justo en la habitación de sus padres donde su madre la recibió con un fuerte abrazo.

Es así como Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta… la mayor parte de sus días.

Hortensia y Yayo en la Cueva de los Suspiros

Llorando Estrellas

La niña se subió al tejado y, sentada en la chimenea, lloró. Lloró tanto que la calle comenzó a inundarse, lloró tanto que el sol decidió esconderse, lloró tanto que la luna se despertó. Lloró tanto que se le agotaron las lágrimas y de sus ojos comenzaron a brotar estrellas.

Son esas cosas que pasan cuando alguien llora hasta quedarse sin lágrimas. Si es de noche y estás sobre un tejado empezarás a llorar estrellas, es así como nacen algunas. Primero son diminutas (claro que si no no podrían salir de los ojos) y luego van creciendo y creciendo hasta salir disparadas hacia el cielo infinito. Eso es lo que más les gusta a las estrellas, crecer e impulsarse en busca de un hogar, un hogar en el que pasar el resto de sus largas vidas brillando. Y con cada destello susurran el nombre de quien las lloró.

Las de aquella noche dicen en voz muy suave, casi imperceptible: Hortensia, Hortensia, Hortensia…

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

Amor en el aire

El jilguero y la golondrina se conocieron sin apenas verse. Una tarde soleada ella sobrevoló la rama del árbol donde él se encontraba entonando una hermosa melodía. Una fresca brisa le rozó en la cara al jilguero cuando la golondrina paso por su lado desprendiendo un dulce olor que él no olvidaría jamás. Ella, al escuchar ese hermoso canto, se posó en la rama de al lado. Se enamoraron en cuestión de segundos.

Desde ese día, compartían románticos vuelos sobre la puesta de sol y alegres melodías cada amanecer. Decidieron no separarse jamás.

Cuando llegó la primavera, con mucha ilusión, se dispusieron a construir un nido, un lugar para los dos, para compartir sus vidas y criar a sus polluelos.

 

Pero no se entendían. Para confeccionar su anhelado hogar, él seleccionaba las más fuertes y cómodas ramitas que tejía y entrelazaba con esmero, y ella, moldeaba los pegotitos de barro más perfectos y relucientes que colocaba uno sobre otro con gran dedicación.

De este modo, el nido, no se ajustaba del todo, pues cada uno tenía un modo tan diferente de construirlo que no ofrecía ninguna seguridad para criar a sus deseados pajarillos.  Llegó la primavera y no lo acabaron a tiempo, así que decidieron esperar a la primavera siguiente para volver a intentarlo. Mientras tanto, dormían acurrucados en su híbrido nido.

 

La primavera siguiente llegó, pero ocurrió lo mismo que la anterior. Intentaron ponerse de acuerdo pero su instinto les llevaba a cada uno a hacer el nido de la manera en que venían haciendo, durante toda la vida, todos los de su especie. Él con ramitas, ella con pegotitos de barro.

 

Finalmente, decidieron emprender vuelos separados. Se amaban como el primer día pero tenían claro que nunca podrían tener un hogar para los dos, pues eran de especies diferentes.  El invierno llegó de nuevo y, con mucha tristeza, cada uno voló en una dirección distinta, en busca de tierras más cálidas.

Desde entonces, cuando la primavera les llevaba de nuevo a aquel lugar, a veces una fresca brisa le brindaba al jilguero el dulce olor de su amada golondrina. Y, en ese instante, a ella, desde su nido de barro, una hermosa melodía le envolvía el corazón.

 

REFLEXIÓN:

El amor debería acabar como empezó, con amor.

Hay ocasiones en que la relación entre dos personas se hace complicada pues cada uno tiene “instintos”, deseos, sueños, caminos, diferentes. Ocasiones en que los comportamientos y entendimientos de cada uno de los miembros de la pareja están muy lejos uno del otro y, del mismo modo que los pajarillos del cuento, parecen de especies distintas.

En estas ocasiones solemos desgastar la relación, intentando una y otra vez encajar las piezas de un puzzle que no encaja. Hacemos todo lo posible por continuar unidos, rompiendo esas partes que no encajan, olvidando esos deseos, sueños, caminos, que nos distancian. Y mantenemos la relación a fuerza de olvidarnos de nosotros mismos. Hasta que un día, la tensión de esas dos piezas encajadas a presión estalla y, desde la rabia y el rencor, se separan para no verse jamás.

Una separación desde el amor se hace más consciente, no se puede escapar del dolor ante la pérdida. Ese dolor se vivirá, igual que vivimos el placer, con auténtica conciencia, convirtiéndose así en una dulce tristeza. Resulta más fácil, aparentemente, acabar con una relación a través del odio pues mientras amas a una persona siempre desearás sujetarla, amarrarla, moldearla, amoldarte. Pero recuerda:

El amor debería acabar como empezó, con amor.