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EL LIBRITO DE CUENTOS

Aquel montón de gruesos libros se burlaban continuamente de la poca seriedad del colorido librito de cuentos. Los niños lo habían pintarrajeado, roto algunas de sus hojas, incluso manchado de chocolate con sus manos pringosas tras la merienda.

Al cabo de unos años a aquellos pesados libros los metieron en una caja:

– Esta enciclopedia está desfasada – dijo el abuelo.

Y nadie, ni el de cuentos ni ningún otro libro, volvieron a verla.

Sin embargo, al pequeño librito de cuentos le pusieron un bonito forro de plástico con puntitos de colores y los nietos volvieron a pintarrajearlo, romperlo y mancharlo…un poquito más. Pero, sobre todo, siguió despertando sueños y sonrisas.

 

REFLEXIÓN:

No todo lo que parece serio lo es.

Los cuentos no son sólo para niños.

El saber, a veces, sí ocupa lugar.

Un cuento nunca pasa de moda, siempre emociona y despierta sonrisas.

 

 

En el Faro

Cuando quise darme cuenta estaba en lo alto de aquella extraña torre. “¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Dónde estoy?”, me pregunté.

Me sentía realmente desorientada. Paré unos instantes, respiré profundamente, cerré los ojos y, al volver a abrirlos, fui reconociendo, poco a poco, cuanto me rodeaba.

El mar, el infinito e inmenso mar frente a mí. Me giré, a mi espalda, la arena y, más atrás, las rocas que conducían al pueblo.

Desde pequeña deseaba subir al faro, lo admiraba asomada en mi ventana, majestuoso, sobresaliendo entre las escarpadas rocas, iluminando el oscuro y profundo océano en la noche.

Siempre había soñado con ese momento en el que podría contemplar todo mi mundo desde lo alto de aquella mágica y misteriosa torre. Curiosamente, no recordaba cómo había llegado hasta allí.

Volví a cerrar los ojos, esta vez durante un largo rato, inspirando profundamente. La fresca brisa marina me acariciaba las mejillas y el olor a sal me reconfortaba en cada aliento.

Entonces, poco a poco, fui recordando cada pequeño paso que había dado. Desde que salí de casa, decidida al fin a subir, atravesando el pueblo y las escarpadas rocas, caminando después sobre la húmeda arena para, a continuación, comenzar a subir, peldaño a peldaño, la retorcida escalera hasta llegar al balcón desde el cual el faro despedía aquellos hermosos destellos.

Si, entonces recordé que durante todo el camino nunca aparté la vista del faro, nunca miré atrás, avancé con calma disfrutando de cada paso, pues debía llegar al anochecer para deleitarme con la luz del faro en todo su esplendor.

Al fin estaba allí, en la oscuridad del mar en calma, junto aquella luz que en un instante alumbraba cálidamente cuánto me rodeaba y al instante siguiente parecía haberse marchado para siempre.

REFLEXIÓN:

A veces emprendemos caminos en busca de nuestros sueños y cuando llegamos a ellos, olvidamos que cada pequeño paso que dimos nos condujo allí y que fuimos nosotros mismos quienes dimos esos pasos.

Una vez en lo alto, una vez tocamos eso que tanto hemos anhelado, el miedo nos puede hacer sentir momentos de oscuridad, de no poder aceptar nosotros mismos eso que hemos conseguido, de no vernos merecedores de nuestros éxitos.

En esos instantes de oscuridad, si tienes paciencia y, sobre todo, no te olvidas de que fuiste tú quién dio cada paso para llegar allí, si no lo olvidad, entonces, tras la oscuridad, una cálida luz te anunciará que lo has conseguido.

Nunca renuncies a tus sueños, continúa caminando sin perder de vista tu objetivo a pesar de que haya momentos en que tengas que avanzar un poco a tientas. Y una vez lo hayas logrado, disfrútalo, date la enhorabuena y sonríe a la vida.

 

Papel en Blanco

Estaba sentado en su escritorio, como cada mañana. Frente a él, aquel papel en blanco no parecía dispuesto a ponérselo fácil.

– ¿Dónde está mi inspiración? – se preguntaba.

A través de la ventana, el ruido de los coches, las voces de aquellos que caminaban por la calle y el sofocante calor, no le ayudaban a dejar volar su imaginación.

– Estoy realmente perdido – pensó.

Casi sin darse cuenta escribió en aquel papel en blanco: “ESTOY PERDIDO”. Se dejó llevar por no sabía qué impulso que le llevo a fabricar un avión, con aquella hoja, y lanzarlo a por la ventana.

 

El avión cayó a los pies del repartidor del supermercado de la esquina. Éste lo abrió y asintió con la cabeza al leer aquellas palabras. A continuación tomó el bolígrafo que llevaba tras la oreja y escribió:

– HOY ES MI ÚLTIMO DÍA DE TRABAJO.

 

El hombre rehízo el avión y, cuando subió a su camioneta, lo lazó por los aires. Éste planeó hasta caer sobre un banco del parque en el que se encontraba sentada una jovencita de ojos llorosos. La muchacha abrió el avión y leyó asintiendo con la cabeza. A continuación, buscó en su bolso algo para escribir, el lápiz de ojos le serviría, y añadió:

– ACABO DE ROMPER CON MI PAREJA.

 

La chica hizo de nuevo el avión y lo lazó. Al otro lado del parque, a un joven estudiante apresurado le cayó el avión de papel sobre la montaña de libros que sostenía entre sus brazos. El chico deshizo el avión y, tras leerlo asintiendo con su cabeza, escribió:

– NO ENCUENTRO MI VOCACIÓN.

 

El joven volvió a armar el avión y lo lanzó con fuerza por las alturas. En la calle frente al parque, una ancianita se encontraba, como de costumbre, sentada en su hamaca en la puerta de su casa, contemplando el paso de los coches y el vaivén de los niños. El avión llegó a sus pies. La mujer lo sostuvo extrañada entre sus manos y, entonces, apreció que en su interior llevaba algo escrito. Lo abrió y asintió con la cabeza al tiempo que leía aquellas frases. Entonces pidió a su nieto que le prestase un lápiz:

– TENGO 90 AÑOS. CADA DÍA ES UN REGALO PARA PERDERME, A TRAVÉS DEL TIEMPO, CONTEMPLANDO LA SENCILLEZ DEL MUNDO QUE ME RODEA.

 

La anciana no sabía hacer aviones de papel así que volvió a pedir ayuda a su nieto, esta vez para que rehiciera el avión y lo lanzase. El niño así lo hizo, aunque no pudo evitar decorar sus alas antes de lanzarlo:

– LÍNEAS AÉREAS DEL BARRIO DE SANTA FÉ.

 

Varios días después, un escritor paseaba por las calles de su barrio y tropezó con algo que le resultó familiar: ¡un avión de papel perdido! Lo agarró con una mano y con la otra lo desplegó. Leyó lo que sus vecinos habían escrito y, cómo no, asintió con la cabeza al tiempo que esbozaba una grata sonrisa.

 

REFLEXIÓN:

Paul Watzlawick, padre de la terapia familiar y sistémica, fue uno de los autores de la Teoría de la Comunicación humana. Uno de los cinco axiomas que el autor establece en su teoría dice así:

Es imposible no comunicarse: todo comportamiento es una forma de comunicación. Como no existe forma contraria al comportamiento (“no comportamiento” o “anticomportamiento”), tampoco existe “no comunicación”.

La historia del avión de papel nos ilustra este hecho que nos relataba Watzlawick, queramos o no, los seres humanos nos comunicamos entre nosotros más allá de lo que nuestra propia consciencia se percata. Estamos aquí, compartiendo espacios, tiempos, vidas, anhelos…

Este cuento nos invita a abrirnos al mundo… aunque sea para decir que estamos perdidos… aunque sea sin decir una sola palabra.