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Hortensia es Pequeña

Hortensia a veces se mira y mira a su alrededor. Hortensia sabe que es pequeña. Los demás, casi todos los demás, son grandes…mayores. Hortensia se pregunta hasta cuánto crecerá ella. Yayo, el caracol, no ha dejado de crecer, ya es adulto pero su concha aumenta un poquito cada año. Hortensia se pregunta si ella seguirá creciendo cuando sea grande, si los mayores crecen cuando son mayores. 

La abuela de Hortensia es ya viejita, y es pequeñita. Cuando la abuela de Hortensia la abraza siente que su abuelita es más grande que todos los mayores que conoce, más grande hasta que el profe de gimnasia. Hortensia cree que su abuelita, igual que Yayo, aún crece aunque no se le note a simple vista. Hortensia sabe que hay muchos mayores que siguen creciendo, no sabe si todos. Son mayores que crecen y crecen hasta llegar al cielo a pesar de que otros mayores no puedan verlo. Hortensia y Yayo si lo ven o, al menos, así lo sienten.

Leonard, un Bicho Peculiar

Leonard era un bicho muy peculiar. No se parecía a ninguno de los que vivían en el valle. Tenía una boca rara y retorcida, unos ojos en forma de rombo y una nariz puntiaguda. Sus orejas no eran ni las de un lobo ni las de un elefante y su cuerpo era pequeño y redondo. Pero, eso sí, tenía la sonrisa más dulce, la mirada más tierna y sabía escuchar mejor que nadie. Su pelo, suave y blandito, era lo que más gustaba a los demás animales, tanto que sus abrazos eran los mejores de todo el valle… tiernos y calentitos.

A todos les encantaba abrazar a Leonard. Cuando alguien se sentía triste o cansado, o incluso cuando tenían miedo o estaban enfadados, se apresuraban en ir en busca de este bichito y le pedían un abrazo de esos tiernos y calentitos. Eran los abrazos más largos que nadie había conocido antes pues el afortunado se quedaba tan a gusto que no podía separarse, algunos hasta se quedaban dormidos.

Leonard, un bicho peculiar

Pero una fría noche de invierno se posó entre las ramas del árbol donde vivía Leonard, un gran búho blanco, con unos enormes ojos amarillos que lo observaban todo muy atentos desde las alturas. El búho se quedó mirando al bichito y comenzó a burlarse de él:

– ¡Mírate! – le gritó entre risas – no eres más que un bicho raro, ni siquiera eres un animal. Nadie sabe quiénes son tus padres, nadie sabe de dónde saliste. Yo prefiero que no te acerques a mí con esos abrazos pegajosos… ¡puaaagg!

Muchas más cosas feas le dijo el búho, tantas como uno pueda imaginarse, lo que hizo que Leonard sintiera tanta tristeza y tanta vergüenza que se metió en su agujerito del árbol, se hizo una bolita y no quiso volver a salir. Al día siguiente todos llamaron a su puerta en busca de sus abrazos pero él no quiso salir. Entonces se sintió más triste aún y se encerró aún más, por lo que se sintió más triste aún, y cada vez más y más débil.

 

Los días pasaron y los animales del valle se reunían cada mañana junto al árbol de Leonard para intentar convencerle de que saliese pero éste ni les contestaba. En una de esas reuniones, una pequeña hormiga se separó sigilosa del grupo y comenzó a rodear la puerta de la casita de Leonard hasta que, al fin, ¡encontró un agujero por el que colarse! Una vez dentro no se lo pensó dos veces, tomó a Leonard entre sus diminutas patitas y le dio un gran abrazo de hormiguita, de esos que hacen cosquillas y uno no puede parar de reír. Leonard rompió a carcajadas y moviendo todas sus patitas salió de su árbol muerto de risa. Todos se pusieron muy contento al verle y, como estaba muy débil y descuidado, prepararon una gran merienda junto al río, donde, después de comer, dieron un baño a Leonard y lo peinaron hasta que quedó igual de suave y blandito como que siempre.

Entonces Leonard, volvió a reír con su dulce y retorcida sonrisa, volvió a mirar con sus tiernos ojos de rombo, volvió a escuchar con sus orejas ni de lobo ni de elefante y, con su puntiaguda nariz, volvió a sentir el aroma de los buenos amigos.

Y así fue como Leonard recuperó sus calentitos abrazos.

En cuanto al búho burlón, cuentan que, días después, lo vieron con un ala rota y todo desplumado… parece ser que le hizo lo mismo que a Leonard a un león viejo y furioso.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

 

REFLEXIÓN:

Este cuento tiene muchas posibilidades de reflexión, yo voy a escoger una que es la de la necesidad de cuidar al cuidador. Leonard es querido por sus cálidos abrazos pero, en un momento de debilidad, también se encuentra necesitado del apoyo y calor de los demás animales.

A veces nos encontramos con personas especiales, que tienen un don para escucharnos, para vernos, para hacer que sintamos que podemos apoyarnos en ellas, dejarnos caer. En ocasiones, este tipo de personas pueden sentir momentos de profunda soledad pues para ellas es más difícil encontrar dónde caer y a veces sólo les queda recogerse a sí mismas.

No olvidemos que todas las personas por igual necesitamos la nutrición de un buen abrazo, una sonrisa, una caricia, una tierna mirada.

Abraza, sonríe, acaricia, mira, ama.