Archivo de la etiqueta: aceptación

Camaleón quiere saber su Color

Camaleón, después de tantos y tantos cambios de color, llegó un momento que no recordaba cuál era su aspecto real.
Continuamente se amoldaba al color del animal o planta que tenía más cerca. Ya no sabía cuál de todos ellos era su auténtico aspecto.

Una buena mañana soleada salió decidido a conocer su verdadero color.

 

En primer lugar se encontró con el alegre canario, que cantaba feliz en la rama de un árbol.

– Amigo canario, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Claro que si – contestó el canario muy convencido -. Es muy fácil tu pregunta. Eres de un deslumbrante amarillo, tanto que despierta a cualquiera que este adormilado. Igualito que yo.

El canario sonrió satisfecho y comenzó a tararear una alegre melodía.

– Gracias – contestó Camaleón cabizbajo, pues sabía que ese no era su color real.

 

Continuó caminando y, un aroma dulce y fresco le inundó por completo. Estaba junto a su amiga la rosa.

– Hermosa y perfumada amiga, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Por supuesto, mi querido Camaleón -respondió la amable rosa-. Eres tan hermoso como yo, coloreado por un apasionado rojo.

– Mmm…gracias – contestó, de nuevo cabizbajo.

 

Un poco más adelante, el veloz conejo blanco le adelantó en su camino. Al advertir la presencia de su amigo, frenó en seco y se acercó a saludarlo.

– Buenos días, Camaleón. ¿Qué te trae por aquí?
– ¡Ay, mi querido amigo! ¿Tu podrías ayudarme a saber cuál es mi color?
– Muy sencilla es tu pregunta – contestó sonriente el conejo-. Tu y yo somos como hermanos, los dos blancos y esponjosos como la nieve.
– Gracias…- dijo Camaleón mientras se alejaba con la mirada fija en el suelo.

 

Caminando cabizbajo iba Camaleón cuando oyó una voz que le decía:
– No estés triste, amigo. Yo re comprendo

Aquella que hablaba era la vieja charca:
– Tu y yo tenemos mucho en común, por eso te entiendo perfectamente. Yo sólo soy el reflejo del que me mira…mi aspecto también depende de quién tengo frente a mí. Pero me consuela saber que en mis profundidades hay auténticas maravillas.
– Si… – contestó el Camaleón-Aunque no estaba muy convencido.

Mientras pensaba en todo aquello junto a la fresquita charca, por fin consiguió relajarse al tiempo que visualizaba todos los colores que conocía. Por un instante, sintió algo extraño y a la vez conocido, no sabía qué le estaba pasando pero algo lo impulsó a mirar su reflejo en el agua.

¡Si, ahí estaba! ¡Era él, ahora se recordaba!

Todos los colores del arco iris, trenzados de las formas más originales y dinámicas, podían ser contemplados en su cuerpo…siempre cambiante.

Y ese era su aspecto, siempre cambiante, pues no olvidemos que era… ¡un camaleón!

 

REFLEXIÓN:

Cada persona con la que interactuamos nos percibe según es, según su filtro, y, además, según nos mostramos.

Nuestro Yo está compuesto de muchos pequeños Yoes, que se combinan de una u otra forma según varían las personas o situaciones de nuestro entorno.

Camaleón es como lo ven sus amigos, es lo que hay en su interior y es cómo él se ve reflejado. Todo eso, es él.

En la medida en que somos capaces de ver esa multiplicidad de actores que se encuentran en nosotros, podemos desidentificarnos de esa idea un Yo rígido, estático y controlador.

Permítete ser en tu totalidad y, sobre todo, igual que Camaleón, haz lo que seas…

Anuncios

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

La Pequeña Palmera

Érase una vez una palmera, pequeña, apenas era una hojita que comenzaba a crecer. Sabía que su vida no sería fácil, sabía que podría no vivir más de un día o dos, lo sabía. La Gran Palmera lucía preciosa en el jardín pero ella no tuvo la fortuna de caer en aquella hermosa y frondosa zona donde flores y árboles servían de cobijo a los pájaros urbanos. Ella, en cambio, crecía en la estrecha línea que unía dos losas de las escaleras de entrada al parque. Nadie la veía, nadie sabía de su existencia pero la Pequeña Palmera no podía hacer otra cosa que continuar. Siempre hacia arriba, continuar. Una de sus compañeras se secó muy pronto, otra fue pisoteada y otra, simplemente, no consiguió hacerse el hueco suficiente entre las baldosas.

Y llegó su hora. Aquella mañana una sombra la cubrió y sintió que la desgarraban por completo. Le dolió; parte de sus raíces quedaron en la tierra pero no quiso aferrarse demasiado para no morir en ese instante. Así se vio, volando, despidiéndose de una parte de ella que quedó entre las baldosas, le costaba respirar, todo era aire a su alrededor. Estaba asustada, muy asustada. Aturdida, muy aturdida. La Pequeña Palmera perdió el conocimiento.

El jardinero, arrancó la hermosa y minúscula palmerita, con el mayor cuidado que su experiencia le había enseñado.

–          ¡Vaya un sitio para nacer, pequeña! – dijo mientras se arrodillaba en las escaleras.

Unas horas más tarde, la Pequeña Palmera abrió los ojos, estiró sus raíces y se sintió máspalmeras libre que nunca. Estaba en lo alto de una gran plaza redonda donde, alegres y juguetones, los niños correteaban y los pájaros revoloteaban. A lo lejos podía distinguir cientos de palmeras, de todos los tamaños, formando grandes filas. Unos metros delante de ella un cartel decía así:

“BIENVENIDOS A LA URBANIZACIÓN LAS MIL PALMERAS”

Presidiendo la entrada de aquella residencia de la costa, vivió el resto de su vida nuestra Pequeña Palmera, creciendo muy muy alto, convirtiéndose así en una referencia para todo el que llegaba a aquel paraíso.

– ¡Mira, allí esta la urbanización de las palmeras! – gritaban señalándola, año tras año, miles de visitantes que la divisaban a lo lejos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

REFLEXIÓN:

Si, a veces las circunstancias de nuestro nacimiento no son fáciles, nuestro entorno, lo que nos es dado al nacer, y es difícil salir adelante. A veces, sólo nos queda aceptar, confiar y esperar hasta encontrar un sentido a nuestra existencia. Entonces, pueden ocurrir cosas maravillosas.

En momentos como esos pueden calmarnos frases motivadoras e, incluso, oraciones como esta que nos regaló La Madre Teresa de Calcuta:

¡Nunca te detengas!

Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
Los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.

¡¡¡Pero nunca te detengas!!!

La Madre Teresa de Calcuta

El Espejo

Aquella mañana, con las prisas, le dio un manotazo a su espejito de mesa, ese en el que se miraba para maquillarse y depilarse las cejas. El ruido de cristales contra el suelo le hizo pegar un pequeño saltito. Se agachó y recogió todas los trozos, que por suerte no eran más de media docena.

 

Tras la dura jornada de trabajo, exhausta, llegó a casa y, antes de quitarse el bolso, se tumbó en el sofá con los pies en alto. Entonces lo vio sobre la mesa, destrozado, y, haciendo un esfuerzo que no logró entender por qué, tomó el pegamento y se puso manos a la obra.

Comenzó a recomponerlo como si de un puzzle se tratase y, rodeada de un silencio de esos que pueden respirarse, pudo contemplar como, en aquel mudo reflejo, iba encajando cada parte de su rostro; sus ojos, su nariz, sus orejas, su boca.

Entre las grietas de aquel maltrecho espejo se observó como si fuera la primera vez que lo hacía. Se vio; sus ojos, su nariz, sus orejas, su boca.

el espejo

 

Desde entonces, cada vez que alguien va a casa a visitarla, le preguntan por qué no se deshace de ese viejo y estropeado espejo. Ella se limita a sonreír para sí misma y, con una cierta ironía, contesta:

“Es el único en el que puedo verme”.

 

REFLEXIÓN:

¡Cuántas veces nos miramos en el espejo y apenas nos vemos! A veces, algo se nos tiene que romper para obligarnos a parar y no tener más remedio que observarnos, parte por parte, a nosotros mismos.

Nos identificamos con nuestro rostro pero, ¿no es nuestro rostro más que una composición de ojos, nariz, boca, orejas…? Si, eso somos, un puzzle que de vez en cuando hay que recomponer, un puzzle al que hay que observar unas veces pieza por pieza y otras en su conjunto.

¿Y si aplicamos esta concepción de nosotros como puzzle a algo más interno? En ese caso, podríamos decir que no somos más que un conjunto de “yoes” que encajan formando nuestro carácter; el yo madre, el yo padre, el yo trabajador, el yo juerguista, el yo perezoso, el yo ordenado… y que luchan por tener protagonismo en nuestra vida.

Te invito a ir más allá…

Somos múltiples yoes que encajan en nosotros pero tú no eres ni uno sólo ni la suma de todos sino ese observador que mira a través del espejo.

La Mosca que vino a vivir Conmigo

Aquella mañana, como todas, Julián abrió la ventana para ventilar la casa… ¡y se colaron dos moscas! Era uno de esos soleados días de otoño en los que siempre aparece alguna mosca desorientada creyendo que el calor ha vuelto y, claro, prefieren quedarse en la casa de uno antes de quedarse tiesas de frío.

 

 

 

 

 

 

 

Sigue leyendo La Mosca que vino a vivir Conmigo

Luz y Oscuridad

Desde que podía recordar, había esperado este momento, el momento que podría ser luz; sentir su calor, vibrar con ella, inundarse por completo con su claridad.

Sabía que esta luz podía durar segundos, como un fugaz destello o, tal vez, varias horas. Sabía que no sería para siempre. Sabía que cuánta más luz hubiese en ella, más se acercaría a la eterna y silenciosa oscuridad. Y, en esa oscuridad, descansaría para siempre con la satisfacción de haber prendido su llama.

Había nacido para ello. Era una vela.

 

REFLEXIÓN:

Tras la luz siempre hay oscuridad.

Vive tu oscuridad igual que tus momentos de claridad, con la misma consciencia. Y, cuando estés en ella, recuerda que también viste la luz.

 

Casi Princesa

Había una vez una pequeña princesita. Vivía en un precioso castillo con su padre, el rey, su madre, la reina y sus hermanos, el príncipe  y la princesa. El rey y la reina se llenaban de orgullo pues eran la primera monarquía que había existido nunca en ese pueblo, así que todos los habitantes los adoraban por ser la única, especial y la primera casa real que habían tenido.

Todos los miembros de la realeza eran realmente admirables, y destacaban por ser los únicos en esto, los primeros en aquello, por lo que se sentían realmente especiales. Bueno, todos excepto la pequeña princesita. Ella era la segunda princesa y cada día se esforzaba en encontrar cosas que la hicieran ser única y especial, ya que nunca sería la primera. Pero no había manera. No había nada que supiera hacer que no supiesen hacer alguno de sus hermanos o sus padres, no había nada que dijese que no hubieran dicho ya sus hermanos o sus padres, y, si a veces se le ocurría algo novedoso, siempre acababa metiendo la pata. Ella sólo deseaba ser  tan maravillosamente diferente en algo como todos los de su familia pero, por más que lo intentaba, nunca lo conseguía. Era casi única, casi especial y casi la primera en algo. Por eso, en el reino,  comenzaron a llamarla la princesita Casi.

La princesita estaba siempre triste pues sentía que no encajaba en el castillo ya que ella no destacaba por nada. Así que un día cogió sus cosas y se marchó a buscar la manera de poder ser única, especial y la primera en algo. Pasó muchos años vagando por el mundo y, en cada lugar que visitaba, aprendía algo nuevo.

– Aprendió a hacer los mejores y más grandes pasteles de chocolate.

– Aprendió a contar las historias más bellas.

– Aprendió a tejer con hilo de seda.

– Aprendió a hablar la lengua de los pájaros.

A pesar de todo lo que se esforzó durante esos años viajando, cuando volvió no consiguió sentirse única, especial y la primera pues, entre los ciudadanos ya había magníficos pasteleros, trovadores, costureras, encantadores de pájaros… nada de lo que ella había aprendido suponía novedad alguna en el reino.

 

La pequeña princesita perdió entonces la esperanza de ser única, especial y la primera en algo. Se sentía realmente triste pues no encajaba en ningún lugar del reino. Entonces decidió rendirse en su búsqueda y se internó en el bosque pues prefería estar sola. No sabía hacía donde ir, ya no había nada que pudiera hacer o aprender. Así que caminó sin rumbo durante tres días y tres noches hasta que llegó a un reino muy hermoso. Era diferente a todo lo que había visto antes y parecía acogedor así que decidió entrar.

BIENVENIDOS A UNICOLANDIA

“¡Vaya! –  pensó –  a ver qué me encuentro aquí.”

A medida que iba adentrándose por las calles, todos los habitantes la miraban con mucha curiosidad, ¿quién será?, ¿quién no será?, se decían unos a otros.

Todos se reunieron en la plaza del pueblo alrededor de ella y la observaban con atención. Entonces llegó el rey a darle la bienvenida. Y a continuación le contó la historia de Unicolandia, el primer país del mundo, algo que les hacía ser realmente especiales. Le contó también que, según las leyes que allí imperaban, cada uno de los habitantes debía ser único, especial y el primero en algo.

– Así que si quieres quedarte con nosotros tienes que ser única, especial y la primera en algo – le dijo el rey, mirándola con cara de curiosidad.

La princesita empezó a contarle todas las cosas que sabía hacer pero no había manera pues, en todas, ya había alguien del pueblo que lo hacía, antes que ella y mucho mejor.

– No se preocupen, me marcharé a otro lugar. Soy demasiado corriente para encajar aquí, en un país tan maravilloso.

Dijo la princesita alejándose cabizbaja.

– ¡Un momento! – gritó el viejo consejero real – ¿dices que no eres ni única, ni especial ni la primera en nada?

– Si, así es – contestó la princesita avergonzada.

– Te contaré algo – dijo el anciano – os contaré algo a todos. En tantos años que he vivido, y creedme que son bastantes, han  pasado por Unicolandia muchas personas. Algunas eran únicas por algo pero no especiales ni las primeras. Otras eran realmente especiales pero no únicas ni las primeras. Y otras han sido las primeras en algo pero no eran únicas ni tenían nada de especial. En cuanto a ti, princesita, – continuó el anciano – tu no eres ninguna de las tres cosas. ¡Eres la primera persona en Unicolanda que no eres única ni especial!

 

– Lo que te convierte en una persona especial por ser la única y la primera en no ser única, ni especial y ni la primera en nada. Así pues, sé bienvenida a nuestro reino – le dijo el rey mientras le tendía la mano.

 

La princesita, loca de contenta, se quedó con ellos para siempre. En un reino dónde le resultaba muy fácil vivir pues sólo tenía que ser ella misma.

 

 

 

REFLEXIÓN:

De igual modo que nuestra Casi Princesa, vivimos buscando metas e ideales a veces inalcanzables. Nos gusta sentirnos diferentes pues eso nos hace creer que así nos querrán y que, si no tenemos nada especial, nadie nos mirará.

Si de algo podemos estar seguros es de que todos somos seres únicos e irrepetibles pues nunca, nunca, ha existido ni existirá nadie como tú. Disfruta de tu propia singularidad, acéptate y muéstrate a los demás tal y como eres. No te compares, no te escondas, permítete la libertad se ser TU.  No te adornes con lo que los demás esperan de ti, no te adornes sin más con las últimas tendencias, no te adornes… eres un ser hermoso tal y como eres.

No hay mayor belleza que la frescura y la sencillez de ser como uno es.

“ERES COMO ERES

Intenta ser tu mismo, con todas tus fortalezas y debilidades.

Quien reposa en sí mismo puede expandirse hacia todas partes”

(Masaru Emoto, Los Mensajes del Agua)

La jirafa que no daba la talla

Rosita era una jirafa muy bajita. Cuando era joven todas le decían que, tarde o temprano, su cuello acabaría dando un estirón y sería tan esbelta como ellas. Pero el esperado estirón no llegó.

Nunca estaría a la altura de las demás jirafas de la manada. Nunca llegaría a los tiernos brotes de la copa de los árboles. Nunca escucharía los cuchicheos de las demás, allá en las alturas.

Si algo caracterizaba a Rosita era su carácter, amable y tranquilo, y el empeño que dedicaba a cada cosa que se proponía.


Cuando Rosita era muy pequeña, la abuela jirafa le enseñó unos enrevesados estiramientos de cuello para que éste creciera. Y, aunque no le sirvieron de mucho para ganar altura, la diminuta jirafa, cada mañana, cuando amanecía, realizaba con gran dedicación sus estiramientos de cuello. Claro que éstos resultaban realmente graciosos al resto de las jirafas:

– ¡Ya está Rosita saludando al sol! – decían entre carcajadas.

Pero ella no hacía ni caso pues siempre estaba muy concentrada cuando hacía sus estiramientos. Además, le resultaban tan reconfortantes que seguía haciéndolos  cada amanecer.

 

Un día durante el almuerzo, Jirafo, el jefe de la manada, para su desgracia, quedó atrapado entre las ramas más altas de un gigantesco árbol. Todas las jirafas estaban alarmadas, ¡su cuello estaba hecho un auténtico nudo!

Se creó un gran revuelo en la manada y, entre todas, intentaron liberar al jefe: unas le tiraban de las patas traseras al tiempo que otras le empujaban la cabeza. Pero no dio resultado…sólo consiguieron hacerle más daño si cabe.

El pánico entre las jirafas iba aumentando:

– ¿Qué hacemos ahora?

– ¡No podemos dejarle aquí para siempre!

– ¿Cómo sabremos hacia dónde dirigirnos?

Entonces, la abuela jirafa, con la tranquilidad y la sabiduría que le daban los años vividos, dijo:

– La única de todas nosotras que puede liberar al jefe Jirafo es la pequeña Rosita.

Todas comenzaron a reír incrédulas:

– ¿Rosita?, pero si no nos llega ni a las rodillas…

No obstante Rosita sabía lo que tenía que hacer y, al oír las palabras de la sabia abuela, se puso manos a la obra.

En primer lugar, realizó un calentamiento especial con los estiramientos más extravagantes que jamás una jirafa hubiera imaginado.

Las risas no cesaban:

– ¡Ahí va! ¡Ya está otra vez saludando al sol!

Rosita no perdía su concentración y, seguidamente, se impulsó con la ayuda de las raíces del enorme árbol y, en menos de un segundo, se colocó en las ramas inferiores de éste.

Por último, comenzó a retorcer su cuello entre esta y aquella rama cual serpiente en un laberinto hasta que se encontró cara a cara con el jefe…hocico con hocico. El rostro de Jirafo mostraba una mezcla de sorpresa y alivio al mismo tiempo. Rosita le empujó suavemente en el hocico y, con sus diminutos cuernecitos de jirafa, le fue guiando hasta que éste consiguió desliar su cuello por completo, sacudiendo todo su cuerpo con una sonora carcajada.

Todas las altas jirafas, desde sus altos cuellos, sacudieron sus altas cabezas, abrieron  al máximo sus altos ojos y exclamaron, asombradas, con sus altas bocas…

– ¡Ohhhh!

 

Al día siguiente, el jefe Jirafo publicó un bando de obligado cumplimiento:

– “Se convoca a todas las jirafas de esta manada a saludar al sol cada mañana bajo las directrices de nuestra querida y valiente Rosita.”

Y así se hizo, claro que no todas las jirafas conseguían manejar con facilidad su cuello durante los estiramientos pues eran… ¡demasiado altas!

De este modo fue como nuestra amiga Rosita se convirtió en un ejemplo a seguir entre su manada y fue recordada, por mucho tiempo y en muchos lugares, como la jirafa que saludaba al sol.

 

 

REFLEXIÓN:

Con este cuento he querido ilustrar como algo que en un momento podemos considerar un defecto, con disciplina y entrega, puede llegar a ser una cualidad que está a nuestro favor y no en nuestra contra.

¿Quién no ha sentido alguna vez no estar a la altura en alguna situación o ante determinadas personas? “No estar a la altura de”, esta sentencia con tintes negativos, depende de quienes lo dicen y desde dónde lo dicen y depende de quienes lo escuchan y desde dónde lo escuchan.

No dejes que tus cualidades se conviertan en defectos, sé constante y cuidadoso en tus propósitos, pon tu corazón en lo que haces y anda consciente tu camino.

Y, sobre todo, no olvides saludar al sol cada mañana.

El gusano kamikaze

El gusano Nito, Gusanito para sus amigos, vivía en un precioso prado verde. Su vida no podía ser más placentera. Se levantaba con la luz del sol y todo el día lo dedicaba a pasear tranquilamente, arrastrando su larga panza, al tiempo que comía un poco de esta hoja y otro poco de esta otra. Durante estos nutritivos paseos, se iba encontrando con otros gusanos, sus amigos, y se paraba a charlar un poco de esto y un poco de lo otro.

>> ¡Si, esto es vida! – se decía

Al comienzo de la primavera, todo empezó a florecer y el prado estaba realmente hermoso. Pero, cada día que pasaba, había menos gusanos en el prado por lo que Gusanito comenzó a sentirse solo. Preguntaba por este o aquel amigo:

>>“Ahora es un capullo”, le contestaban.

Un día descubrió el Valle de los Capullos…y se quedó pálido del susto. Era un gran valle lleno de troncos secos y podridos en cuyos huecos había cientos de capullos.

>> ¡Espeluznante! – exclamó

Se fue acercando a ellos y, poniendo todos sus sentidos en el empeño, iba reconociendo a todos sus amigos desaparecidos.

>>¡Así fue como perdí a papá y mamá! – gritó Gusanito entre sollozos

Estaba aterrorizado. Imaginaba lo horrible que sería estar allí dentro, sin aire que respirar, sin hierba que comer, sin nadie con quién hablar.

Los pocos gusanos que quedaban en el prado le decían que ese también era su destino, que en la vida de un gusano llega el día en que uno tiene que tejer su propio capullo. Pero Gusanito se negaba a aceptar ese horrible destino.

Y llegó el día en que desaparecieron todos los gusanos del verde prado y Gusanito se quedó completamente solo. Una profunda tristeza le recorría su largo y pegajoso cuerpo. Prefería morir a pasar el resto de su vida encerrado como un capullo.

Gusanito intentó tirarse por un precipicio pero…no vió el árbol que le salvó la vida

Así que… ¡decidió quitarse la vida!

Lo probó todo:

– Se ponía bajo las pezuñas de las vacas pero… era tan pequeño y resbaladizo que siempre se escurría por algún hueco.

– Se enterraba todo lo hondo que podía pero… volvía a salir a la superficie por otro agujero.

– Bailaba delante de los pajaritos mostrándoles su jugoso cuerpecito pero… se divertían tanto con él que no se lo comían.

¡No había manera! De un modo u otro siempre salía ileso.

Una noche, cansado y sin esperanza, se rindió. Se dirigió al Valle de los Capullos y allí, arrodillado, exclamó:

>>¡Me rindo!, sólo soy un sucio y asqueroso gusano. Mi destino es morir como un capullo.

Respiró profundamente y dedicó toda la noche a tejer su capullo. Lo hizo con gran esmero, suave y bonito, pues iba a ser lo único que le acompañase el resto de su vida. Una vez acabo de tejerlo, se metió dentro y se dijo:

>> El fin de mis días ha llegado. Ahora, esperaré paciente mi muerte en la soledad de mi silencio y mi propia compañía.

Gusanito pasó muchos días en un profundo letargo; un sueño sin sueños, una muerte sin muerte… pues, al cabo de tres semanas, despertó.

Abrió los ojos repentinamente y se asustó; hacía mucho que se daba por muerto y lo único que recordaba de sus días de capullo era el silencio y su propia respiración. Se estiró y, casi sin darse cuenta, el capullo comenzó a agrietarse hasta que se rompió. Estiró su cuerpo todo lo que pudo para lanzarse al suelo y comenzar a arrastrarse y cuál fue su sorpresa cuando, al estirarse, se le desplegaron unas hermosas alas de mariposa, verdes y moradas. Empezó a agitarlas y, cuando quiso darse cuenta, estaba volando sobre el verde prado.

Estaba tan maravillado que era incapaz de decir una palabra…en realidad no tenía nada que decir tan sólo disfrutar de un precioso vuelo acompañado del silencio…y su propia respiración.

 

REFLEXIÓN:

Con un toque de humor, he querido reflejar en este cuento esos momentos en la vida que podemos llegar a comportarnos, por así decirlo, un poco kamikazes, como nuestro amigo Gusanito. Esto es, través de comportamientos que sabemos que no son saludables para nosotros, como fumar, comer en exceso, dormir poco…o soportando situaciones o personas que, en el fondo, sabemos que nos perjudican ya sea en el trabajo, con la pareja, los amigos, la familia…

Detrás de esta actitud autodestructiva hay un profundo miedo a la soledad y el vacío interior. De ahí que podemos llegar a pasar nuestra vida huyendo constantemente de nosotros mismos sin apenas darnos la oportunidad de una metamorfosis. Una metamorfosis que sólo es posible tras un verdadero reencuentro con nosotros mismos y nos lleva a una maduración integral de nuestro ser…

…aunque, a veces, creamos que madurar es ser un poco… capullo.