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Hortensia conoce a Yayo

Cuando Hortensia conoció a Yayo, ésta iba trotando sin rumbo y sin descanso. Primero vio las flores y se interesó por ellas. Olían de maravilla. Se dio cuenta de que formaban una hilera perfecta, parecían estar cada una en su propio lugar exclusivo y eso le resultó curioso. Por más rápido que quiso averiguar dónde acababa aquel florido desfile no lo consiguió. No podía remediar parar en cada flor a observar, a oler, a contemplar, sin más prisa ni preocupación. Todas tan iguales y tan diferentes. 

Al cabo de un rato y de un montón de vueltas, justo cuando menos lo esperaba, el hermoso caminito de flores cesó. Hortensia miró a su alrededor y fue entonces cuando vio asomar entre la hierba la cabeza de Yayo. 

A simple vista, Yayo parece un caracol como cualquier​ otro: con su concha blanca, su cuerpo viscoso y sus antenas curiosas. Yayo es lento como todos los caracoles. Lo que diferencia a Yayo del resto de su familia es su baba. Su baba es de color dorado y allá por donde pasa nacen flores. Hay muy pocos caracoles de su especie, muy pocos con esa hermosa cualidad. Hortensia se sintió afortunada.

Desde ese día Yayo es el mejor amigo de Hortensia y Hortensia la mejor amiga de Yayo. Yayo le enseña a Hortensia a caminar despacio y disfrutar del paisaje. Y Hortensia le enseña a Yayo a trotar por el campo. A veces parece que Yayo está viendo una función mientras pasea con Hortensia y ella bailotea delante suyo. Hortensia informa a Yayo de dónde está más lindo el camino, por donde vienen las nubes y por donde se esconde el sol . Esto los une aún más pues ya se sabe que los caracoles necesitan sacar sus cuernos al sol para poder caminar. Y si es de la especie de Yayo, aún más, pues su baba dorada son en verdad pedacitos de sol que Yayo deja muy suavemente sobre la hierba. 

Hortensia y Yayo
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Un Abrazo de Roble

El gran roble era muy admirado y respetado en el bosque en que vivía. Era sólido y robusto, su grueso tronco lo sostenía con gran firmeza y sus ramas, fuertes y a la vez ligeras, parecían danzar entre sus hojas.

Todo tipo de animales merodeaban a su alrededor; ardillas que recolectaban sus sabrosas bellotas, pájaros que construían sus perfectos nidos, búhos que vigilaban durante la noche, hormiguitas que le hacían cosquillas subiendo y bajando por su tronco y hasta gatos salvajes saltaban entre su copa. Incluso los excursionistas que visitaban el bosque se cobijaban bajo su sombra durante sus reparadores descansos mientras los niños jugaban en torno a él. El robusto roble parecía abrazar con sus ramas a todo aquel que se acercaba, dándole refugio y calor a quién lo necesitaba.

Pero aquel invierno fue realmente duro, y el robusto árbol se sentía débil. Había perdido muchas hojas y una de sus raíces estaba dañada, el frío la había helado y el roble comenzó a debilitarse ante la falta de apoyo de aquella raíz.

La ardilla roja que vivía en su tronco se sintió muy triste al ver el estado de su amigo y, aquella mañana, antes de que saliera el sol, cuando la escarcha aún cubría la hierba, fue en busca de todos los animales del bosque que, refugiándose del frío, se escondían en sus madrigueras durante el invierno.

Recorrió cada rincón contándoles a todos lo sucedido y, cuando el sol ya había salido por completo, el roble se despertó, para su sorpresa, rodeado de todo tipo de animales, aquellos a los cuáles en algún momento había servido de cobijo; ardillas, pájaros, hormigas, gatos, conejos… Entre todos formaron un gran círculo a su alrededor y le dieron un gran abrazo… ¡un abrazo de roble!

El grandioso árbol comenzó a sentir un agradable calor que circulaba por toda su savia y, entonces, sintió como su dañada raíz, poco a poco, recuperaba la vida. Claro que, esta dolorida raíz nunca volvió a ser la misma pues siempre se mostraba más débil que el resto. Y desde aquel momento, al menos una vez al día, cada uno de los animalitos del bosque se acercan a visitarlo. Él, recibía a sus amigos con gran alegría dándose ambos… ¡un gran abrazo de roble!

 

REFLEXIÓN:

En nuestra vida encontramos personas como este gran roble, que son fuente de apoyo para otras personas, son fuertes y firmes. En el momento en que estas personas se debilitan, los de su alrededor entran en pánico asustados ante la idea de perder ese gran apoyo. Pero, al fin y al cabo, estas fuertes personas también hay ocasiones en las que necesitan ayuda y dejarse reposar en unos brazos amigos.

Observa quién es para ti esa figura de roble y abrázalo de vez en cuando, muéstrale que tú también puedes ser fuente de apoyo o, si por el contrario, tú eres como el roble, fuerte, sólido y punto de apoyo para los demás, déjate acoger por esas personas que te quieren y descansa entre sus brazos.

Un abrazo de roble, fuerte y cálido, lo puede dar hasta una minúscula hormiga, sólo hay que pisar fuerte el suelo y, sobre todo, poner todo nuestro cariño.