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Hortensia es Pequeña

Hortensia a veces se mira y mira a su alrededor. Hortensia sabe que es pequeña. Los demás, casi todos los demás, son grandes…mayores. Hortensia se pregunta hasta cuánto crecerá ella. Yayo, el caracol, no ha dejado de crecer, ya es adulto pero su concha aumenta un poquito cada año. Hortensia se pregunta si ella seguirá creciendo cuando sea grande, si los mayores crecen cuando son mayores. 

La abuela de Hortensia es ya viejita, y es pequeñita. Cuando la abuela de Hortensia la abraza siente que su abuelita es más grande que todos los mayores que conoce, más grande hasta que el profe de gimnasia. Hortensia cree que su abuelita, igual que Yayo, aún crece aunque no se le note a simple vista. Hortensia sabe que hay muchos mayores que siguen creciendo, no sabe si todos. Son mayores que crecen y crecen hasta llegar al cielo a pesar de que otros mayores no puedan verlo. Hortensia y Yayo si lo ven o, al menos, así lo sienten.

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

El Mundo de Mamá

Hace unos días una amiga, madre de tres hijos, me hablaba de cómo, de repente, en los últimos meses, su hijo tiene malos comportamientos; ha pasado de sacar muy buenas notas y ser obediente a bajar nota, contestar mal a los adultos y relacionarse en el colegio con los niños más traviesos y problemáticos.

Muy preocupada  me cuenta que no sabe cómo manejar la situación, lo que le produce mucha ansiedad. De los tres hijos, la más pequeña es un bebé de unos seis meses, que aún toma pecho, la mediana que tiene apenas tres años y el mayor que tiene seis. Además de sus ocupaciones como madre, trabaja por las mañana en una escuela infantil,  por las tardes acude a la universidad para sacarse la carrera de magisterio, lleva a sus hijos a sus respectivas actividades extraescolares y, entre tarea y tarea, acude a casa de sus padres que, debido a su avanzada edad siempre tienen alguna complicación. Su marido trabaja todo el día y cuando llega a casa hace la cena y ayuda con los niños.

Bien, a todo esto, como decía al principio, estos últimos meses se le suman los problemas de conducta de su hijo además de emocionales pues, de vez en cuando, se enrabieta o sufre de miedos nocturnos.

Durante la conversación me cuenta cómo está de estresada con la situación y cómo el comportamiento dificultoso de su hijo le aumenta ese estrés. No entiende por qué; habla con él, lo cual no le aclara nada. Refuerzos, castigos y demás intentos de corregir ese problema no funcionan. Mi amiga es consciente de que el niño lo está pasando mal desde el nacimiento de la hermana más pequeña, mostrando comportamientos regresivos y demandas de atención. Pero aun así, para ella, eso no explica la rabia, los enfados y los comportamientos ansiosos y desafiantes del niño.

Después de escucharla un buen rato me doy cuenta de algo. Todo el tiempo mientras hablábamos he estado empatizando con ella e intentando calmarla. Pero ¿y el niño? ¿Quién empatiza con él?

Ahí está la clave de por dónde empezar a ayudar al pequeño y es que su vida, en estos momentos, no es menos estresante que la de su madre. Acaba de tener una hermana, ahora que estaba empezando a superar el nacimiento de la otra que nació tras él y le robó un poquito de su espacio, único para él. Ahora tiene que hacer cosas de mayor, como ayudar a su hermana o echar una mano a mamá, aunque ella no lo pida. En la escuela ha pasado de infantil a primaria, con las exigencias y los cambios que eso conlleva, como bajar las notas (en una edad en la que no deberían existir aún) o como el cambio de maestra. Su madre está nerviosa, ansiosa y muy ocupada. Su padre también. Sus abuelos están viejitos. Su madre no puede con todo. Él lo sabe. Y, encima, todo lo que se le ocurre para calmar esa rabia y ese miedo sólo le trae problemas y decepciona a sus padres.

Y esta situación, ¿te parece estresante?

Si lo es, y mucho. En el mundo del niño esta situación es lo más parecido a la de su madre. Ambos están en el mismo nivel de ansiedad y exigencia, ambos tienen que hacer frente a situaciones nuevas en las que han de dar más cada día, ambos tienen momentos de sentirse impotentes, ambos tienen miedo a decepcionar a los que les quieren, ambos están realmente asustados a no poder estar a la altura de la situación. El niño vive a través de la madre y ve el mundo cómo ella lo muestra. Si, además, sus situaciones son parecidas pueden llegar a vivenciarlas de modo muy similar. En este caso ambos sufren un gran estrés y mucha frustración ante la sensación de no llegar.

Entonces, ¿por qué no darle a tu hijo lo mismo que tú necesitas? Cariño, paciencia, compasión, mimos, empatía, confianza, amor, comprensión, entre otras muchas cosas nutritivas que se te ocurran. Y, sobre todo, no etiquetarlo, no identificarlo con el problema actual. Ahora es ahora; ahora es una situación delicada y mamá también estará aquí queriéndote y confiando en ti, igual que cuando estás relajado y te portas bien.

Ahora, démosle otra vuelta más. Y a ti, ¿eres capaz de darte todo eso? ¿Eres capaz de quererte y confiar en ti ante una situación delicada igual que lo haces cuando estás feliz y relajada?

Regalos de niño

El Corazón Colgante

Le dolía tanto sentir que, siendo aún apenas un niño, se arrancó el corazón y lo metió en un botecito de cristal que colgó de su cuello. Ya no le dolería más el pecho, ya no le faltaría la respiración por las noches, ya no creería morir escuchando el latido acelerado de su corazón. Ahora podría cuidarlo mejor, ahora podría tenerlo controlado todo el día, ahora sólo escucharía la calma.

El Corazón ColganteEl niño fue creciendo y, gracias al botecito de cristal, su corazón permanecía intacto. Sólo que para protegerlo de posibles choques tuvo que dejar de hacer algunas cosas…empezó dejando de dar abrazos pues podrían chafarle el botecito, después dejó de dar besos pues estos siempre iban acompañados de abrazos, hasta que al fin, dejó de relacionarse con otras personas pues era probable que cualquier mínima conversación pudiera acabar en besos, abrazos o un simple apretón de manos. Todo suponía un peligro potencial para su preciado botecito de cristal y, por tanto, para su corazón.

Se convirtió en un joven y apuesto muchacho que se refugiaba en un pequeño apartamento; vivía solo, comía solo, dormía solo. De vez en cuando tomaba su botecito entre sus manos y recordaba por qué había merecido la pena tantos sacrificios, entonces continuaba con su vida apartada de cualquier contacto humano.

Pero un día, uno de esos días de invierno que el sol brilla impulsando a la gente a salir a la calle, desde su habitación  escuchó, bajo su ventana, niños jugando, hombres hablando, mujeres abrazando a sus hijos, hombres besando a sus mujeres, niños saltando a los brazos de sus padres. Un terrible vacío sintió en lo más profundo de su pecho, algo deseaba, algo le faltaba y no sabía el qué. Se incorporó de la cama y pudo observar su torso desnudo reflejado en el espejo del armario. Entonces, por primera vez en muchos años, clavó su mirada en aquel botecito que pendía de su cuello. Se lo descolgó, lo abrió y, cerrando suavemente los ojos, tomó su corazón entre sus manos. Aún estaba caliente. Con un profundo y largo suspiro volvió a colocarlo, delicadamente, en su pecho. Sintió correr la sangre por todo su cuerpo, sintió alegría, placer, tristeza, miedo. Y volvió a escuchar ese latido pom-pom, pom-pom, que, desde ese día, le acompañó en cada abrazo, beso o apretón de manos.

 

REFLEXIÓN:

¿Cuántas veces desearíamos dejar de sentir tras un acontecimiento doloroso? Muchas. Y, desgraciadamente, las experiencias desagradables van haciendo que cada vez sea más difícil llegar a nuestro corazón. La mente nos dice que es mejor no sentir, que duele. La mente nos dice que estamos mejor así, en nuestro pequeño cerco alejados del resto del mundo.

Lo triste es que si dejamos de sentir no sólo dejaremos de padecer dolor, miedo o tristeza sino también dejaremos de reír, de disfrutar y de amar.

Cómo dice un buen amigo: “Cuando el corazón se abre la mente se acalla”.

Dejemos pues que el corazón se abra pues él mismo es capaz de sanar nuestras heridas.

Leonard, un Bicho Peculiar

Leonard era un bicho muy peculiar. No se parecía a ninguno de los que vivían en el valle. Tenía una boca rara y retorcida, unos ojos en forma de rombo y una nariz puntiaguda. Sus orejas no eran ni las de un lobo ni las de un elefante y su cuerpo era pequeño y redondo. Pero, eso sí, tenía la sonrisa más dulce, la mirada más tierna y sabía escuchar mejor que nadie. Su pelo, suave y blandito, era lo que más gustaba a los demás animales, tanto que sus abrazos eran los mejores de todo el valle… tiernos y calentitos.

A todos les encantaba abrazar a Leonard. Cuando alguien se sentía triste o cansado, o incluso cuando tenían miedo o estaban enfadados, se apresuraban en ir en busca de este bichito y le pedían un abrazo de esos tiernos y calentitos. Eran los abrazos más largos que nadie había conocido antes pues el afortunado se quedaba tan a gusto que no podía separarse, algunos hasta se quedaban dormidos.

Leonard, un bicho peculiar

Pero una fría noche de invierno se posó entre las ramas del árbol donde vivía Leonard, un gran búho blanco, con unos enormes ojos amarillos que lo observaban todo muy atentos desde las alturas. El búho se quedó mirando al bichito y comenzó a burlarse de él:

– ¡Mírate! – le gritó entre risas – no eres más que un bicho raro, ni siquiera eres un animal. Nadie sabe quiénes son tus padres, nadie sabe de dónde saliste. Yo prefiero que no te acerques a mí con esos abrazos pegajosos… ¡puaaagg!

Muchas más cosas feas le dijo el búho, tantas como uno pueda imaginarse, lo que hizo que Leonard sintiera tanta tristeza y tanta vergüenza que se metió en su agujerito del árbol, se hizo una bolita y no quiso volver a salir. Al día siguiente todos llamaron a su puerta en busca de sus abrazos pero él no quiso salir. Entonces se sintió más triste aún y se encerró aún más, por lo que se sintió más triste aún, y cada vez más y más débil.

 

Los días pasaron y los animales del valle se reunían cada mañana junto al árbol de Leonard para intentar convencerle de que saliese pero éste ni les contestaba. En una de esas reuniones, una pequeña hormiga se separó sigilosa del grupo y comenzó a rodear la puerta de la casita de Leonard hasta que, al fin, ¡encontró un agujero por el que colarse! Una vez dentro no se lo pensó dos veces, tomó a Leonard entre sus diminutas patitas y le dio un gran abrazo de hormiguita, de esos que hacen cosquillas y uno no puede parar de reír. Leonard rompió a carcajadas y moviendo todas sus patitas salió de su árbol muerto de risa. Todos se pusieron muy contento al verle y, como estaba muy débil y descuidado, prepararon una gran merienda junto al río, donde, después de comer, dieron un baño a Leonard y lo peinaron hasta que quedó igual de suave y blandito como que siempre.

Entonces Leonard, volvió a reír con su dulce y retorcida sonrisa, volvió a mirar con sus tiernos ojos de rombo, volvió a escuchar con sus orejas ni de lobo ni de elefante y, con su puntiaguda nariz, volvió a sentir el aroma de los buenos amigos.

Y así fue como Leonard recuperó sus calentitos abrazos.

En cuanto al búho burlón, cuentan que, días después, lo vieron con un ala rota y todo desplumado… parece ser que le hizo lo mismo que a Leonard a un león viejo y furioso.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

 

REFLEXIÓN:

Este cuento tiene muchas posibilidades de reflexión, yo voy a escoger una que es la de la necesidad de cuidar al cuidador. Leonard es querido por sus cálidos abrazos pero, en un momento de debilidad, también se encuentra necesitado del apoyo y calor de los demás animales.

A veces nos encontramos con personas especiales, que tienen un don para escucharnos, para vernos, para hacer que sintamos que podemos apoyarnos en ellas, dejarnos caer. En ocasiones, este tipo de personas pueden sentir momentos de profunda soledad pues para ellas es más difícil encontrar dónde caer y a veces sólo les queda recogerse a sí mismas.

No olvidemos que todas las personas por igual necesitamos la nutrición de un buen abrazo, una sonrisa, una caricia, una tierna mirada.

Abraza, sonríe, acaricia, mira, ama.