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La Gallina Josefina

De todos es sabido que las gallinas son bastante cobardes pero Josefina era distinta. Desde pequeña deseaba salir del corral para vivir aventuras. Miraba a través de la valla,  soñando con picotear entre los limoneros que quedaban allí, lejos, al otro lado del mundo.

Cuando Josefina creció, un día, por fin, consiguió saltar la alambrada. Durante mucho tiempo se había estado preparando para ello, en realidad volar era fácil, sólo tenía que batir sus alas y apretar fuerte los ojos mientras se impulsaba con sus patitas.

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La Tortuga… ¡Panza arriba!

La tortuga Margarita continuamente acababa… ¡panza arriba! Desde muy pequeñita, cuando caminaba, a cada paso tropezaba, con una rama, una piedra e incluso un finísima hoja. Y es que a Margarita le encantaba admirar el paisaje allá donde pasaba; las flores con sus alegres colores, el cielo y las nubes con sus extrañas formas, los enormes troncos de los árboles y a todo ser viviente que se cruzaba. Claro que mirando de un lado a otro nunca estaba atenta de dónde pisaba lo cual se traducía en continuos tropiezos en los que la tortuguita acababa… ¡panza arriba!

Margarita siempre estaba rodeada de amigos pues era muy simpática y charlatana, amigos de cualquier tipo; gusanos, pájaros, lagartos, osos, ratones, zorros, moscas, arañas, abejas… Todos estaban siempre atentos y dispuestos para ayudarla en sus torpes y distraídos andares pues cuando la tortuguita acababa… ¡panza arriba!, con su enorme y abultado caparazón contra el suelo, por sí sola era incapaz de darse la vuelta.

 

Un día la pequeña tortuga se levantó tan temprano que todos sus amigos aún dormían. No obstante, decidió aventurarse y dar un grato paseo por el bosque para contemplar, en silencio, el amanecer. Pero claro, como es de suponer, Margarita tropezó y ¡zas! otra vez acabó… ¡panza arriba!, con sus cuatro patitas levantadas.

– ¡Qué desgracia! ¿Qué voy a hacer ahora? – se decía Margarita – pueden pasar horas hasta que alguien me encuentre y me ayude a darme la vuelta.

La primera hora la pasó llorando sin consuelo y lamentándose de su penosa situación.

Más tarde, cuando ya no le quedaban más lagrimas por llorar, empezó a aburrirse tremendamente. Además, el sol cada vez calentaba con más fuerza y su suave pancita se fue poniendo colorada…

– ¡Ay, cómo me pica mi pancita! – gritaba Margarita cada vez más desesperada.

Ante la impotencia de no poder rascarse su pancita, la tortuguita se puso muy furiosa y comenzó a agitar sus patitas y a gritar con todas sus fuerzas.

– ¡Socorro, socorro!

Pero nadie la oía, lo que le puso aún más furiosa…y sus patitas se agitaban sin parar, furiosas también, cada vez más y más rápido. Tal fue así que su abultado caparazón comenzó a girar y a girar, una vuelta tras otra, de acá para allá. ¡Margarita estaba fuera de control!, ¡no podía parar! Así continúo, girando a la velocidad de un rayo, un buen rato hasta que, de repente, ¡PATATUM! se estampó contra un árbol, dio dos volteretas en el aire y, se dio de bruces contra el suelo.

Cuando abrió los ojos estaba realmente mareada, todo lo que le rodeaba daba vueltas sin parar; los árboles, las nubes y hasta el mismo suelo se movían de forma descontrolada.

Una vez hubo recuperado el aliento y el mundo cesó de moverse, Margarita miró a su alrededor, se miró a sí misma, primero de arriba abajo  y luego de atrás a adelante.

– ¡Ohhh, increíble! ¡Maravilloso! – exlamó – ¡Estoy de nuevo sobre mis patitas!.

 

Esta es la historia de cómo la tortuga Margarita aprendió a darse la vuelta en esas ocasiones en las que acababa… ¡panza arriba! Al principio le costó muchos chichones y tremendos mareos pero, cuando perfeccionó su técnica, en cuestión de pocos segundos, era capaz de girarse sobre sus patitas con una gracia tal que a todo el que la observaba dejaba con la boca abierta.

Claro que, siguió siendo despistada y algo torpe, y sus numerosos tropiezos seguían siendo continuos y algunos muy aparatosos, por lo que, de cuando en cuando, se dejaba ayudar por alguno de sus amigos que, encantados, le ayudaban a darse la vuelta cuando la tortuguita acababa… ¡panza arriba!

 

REFLEXIÓN:

La historia de esta tortuga es una historia de superación, de andar el camino del apoyo externo hacia el autoapoyo y de cómo una carencia, en el momento que menos esperamos, puede convertirnos en alguien especial.

Muchas veces en nuestra vida ciertos obstáculos que se nos presentan vienen acompañados de oportunas ayudas, de hermosos gestos de quiénes nos rodean y nos quieren. Pero cuidado con acostumbrarse a esos apoyos pues puede llegar un momento en que necesitemos echar mano de nuestra propia fuerza y no sepamos ni dónde está.

No te pases la vida lamentándote por tus tropiezos y estancándote en tus carencias, busca tu propia fuerza y apóyate en ella. Y no olvides ser lo suficientemente sincero contigo mismo como para discernir cuándo necesitas, de veras,  una ayuda externa.

La Ola

Papá y mamá me llevaron a conocer el mar:

– ¡Ohhh, impresionante!

 

No lo pensé dos veces y fui corriendo a meterme al agua.

– ¡Qué divertido!

– ¡Qué fresquita!

– ¡Qué salada!

¡Era lo más emocionante que había vivido nunca!

 

Me divertía como nunca cuando, de repente, una ola gigante pasó por encima de mi cabeza y me cubrió por completo. Comencé a chapotear, ¡no sabía nadar! Estaba muy asustada; movía mis piernas y mis brazos tan fuerte como podía. Las olas me tambaleaban de un lado a otro, sacaba la cabeza pero, el instante, volvía a hundirme. Luché con todas mis fuerzas pero no encontraba el modo de salir a la superficie.

Agotada… me dejé caer.

– ¡Me rindo!

Y me hundía, me hundía cada vez más.

Curiosamente, mientras bajaba a lo más profundo, iba encontrando un sinfín de pececitos y plantas que nadaban tranquilamente a mi alrededor. ¡Había vida allí abajo! Pero no podían ayudarme…

Me hundí hasta lo más profundo, dónde todo era de un azul oscuro y silencioso. Fue entonces cuando algo frenó mi caída. Sentí la arena, las plantas de mis pies se apoyaron con suavidad.

– ¡Ya lo tengo! – me dije

Apoyé completamente mis pies en la arena, flexioné mis rodillas y, con todas mis fuerzas, empujé hacia arriba.

Conseguí salir a la superficie, con los brazos bien abiertos. Me sentía victoriosa. Con una profunda inspiración saboreé el aire como nunca antes lo había hecho. Y, entonces, cuando recuperé el aliento por completo y mi corazón palpitaba más tranquilo, entonces, erguí todo mi cuerpo y ¡oh sorpresa!… ¡el agua apenas me llegaba a la cintura!

Miré hacia la orilla: papá y mamá me saludaban sonrientes.

 

REFLEXIÓN:

Sumergirse en lo más profundo de nuestro ser no es fácil; nos asusta lo que podemos encontrar, nos asusta pues ahí, en la sombra, guardamos todo aquello que nos resulta difícil, doloroso, incómodo… pero, al fin y al cabo, también somos eso. Lo escondemos hasta el punto de ni siquiera recordar lo que hemos ido guardando en nuestras profundidades. Arriesgarse a esta inmersión no es fácil pues nosotros mismos nos pondremos los impedimentos más difíciles de atravesar y, cada parte de ti, se negará a llegar hasta el fondo.

Cuando tu mente, tu cuerpo y hasta tu emoción te dicen que no puedes más…sumérgete en lo más profundo de tu ser, date una ducha de agua fría y llora, grita, patalea… haz todo lo necesario hasta que, tu mente, tu cuerpo y tu emoción, agotados, no puedan seguir diciéndote que no puedes más. Según me dijo un gran amigo y terapeuta, es entonces cuando aparece lo que él llama el segundo aliento. El segundo aliento es esa fuerza tranquila y desconocida que aparece cuando creemos haber llegado al límite y nos da un nuevo impulso para continuar. Esa fuerza que aparece en nosotros cuando creemos que todo está perdido.

La mayoría de las veces nuestros límites están más allá de lo que somos capaces de percibir…

¿Qué nos dicen los cuentos sobre… EL LOBO?

Los cuentos nos dicen que en la vida te encontrarás, tarde o temprano, con el lobo.

Nos dicen que cuando vayas por tu camino tengas cuidado con él pues, una cosa está clara, el lobo siempre querrá comerte. No te confíes si en algún momento es amable, sólo sera una táctica para embaucarte. Los cuentos nos dicen que el lobo tiene hambre de nosotros y que, por más que lo intente, no podrá ocultar durante mucho tiempo sus garras, sus dientes y su apetito feroz.

Los cuentos nos dicen que cuando el lobo aparezca te pongas en guardia pues su intención última es engullirte. No le importa que seas alto o bajo, joven o viejo, listo o tonto, guapo o feo, buena o mala persona… Él sólo quiere saciar su hambre y tú serás su objetivo.

Los cuentos nos dicen que cuando te encuentres con el lobo agudices tu ingenio para crear una estrategia que te permita salir vivo. Nos dicen que si no estas aún maduro para enfrentarte a él te sentirás tan diminutoncomo el cabritillo que cabía en la caja del reloj. Ante el lobo todos nos sentimos pequeños e indefensos; es grande, peludo, con grandes garras, ojos intensos y dientes afilados. No es fácil salir de ahí ileso, pues sabe muy bien cómo anularnos.

Aun así, los cuentos también nos dicen que sí se puede, nos dicen que nos construyamos una casa tan sólida que él no pueda invadir ni derribar. Que pongamos esmero en nuestros cimientos que nadie nos pueda tambalear con malas tretas. Nos dicen que pidamos ayuda a nuestros hermanos, compañeros o figuras de autoridad. Nos dicen que también es valiente el que pide ayuda, el que reconoce que hay lobos ante los cuáles uno no esta preparado para plantarle cara aún.

Los cuentos nos dicen que los lobos existen,  que la vida no es de color de rosa y que a veces sentirás que unos ojos salvajes te observan, a veces sentirás que unas puntiagudas orejas te espían, a veces sentirás que unas garras te aprisionan, a veces sentirás que eres el objetivo para saciar un hambre feroz.

Los cuentos nos dicen, siempre, que todo saldrá bien. Nos dicen que vencerás al lobo. Nos dicen que no hay que apiadarse de él, que tiene que recibir un castigo por el daño causado porque el lobo es malo y lo será siempre.

Los cuentos nos dicen que podemos dormir tranquilos por la noche y caminar en paz por el día puesto que quién te acosaba y quería devorarte ya ha pasado a mejor vida o se ha ido tan lejos que nunca más se supo de él…nunca nunca.

Y ahora yo te pregunto: ¿Qué lobo o lobos te persiguen? ¿puedes nombrarlos? ¿dónde viven…fuera o dentro de tí? Y, por último, ¿eres capaz de sacarlos de tu vida, con o sin ayuda?

wpid-wp-1443969545654.jpegAlgunos cuentos con lobos:
Cuentos de tradición oral:
> Los tres cerditos, los siete cabritillos, caperucita roja (busca siempre versiones originales)
Cuentos ilustrados:
> Un lobo así de grande, de Natalie Louis-Lucas y Kristen Aertssen, editorial Océano Travesía
> Monstruo pequeño dice ¡No!, de Áslaug Jónsdóttir, Rakel Helmsdal y Kalle Güettler, editorial Sushi Books (no aparece el lobo pero a nivel simbólico es el mismo arquetipo y ayuda a proyectar las amenazas tales como las del lobo)


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Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

El Mundo de Mamá

Hace unos días una amiga, madre de tres hijos, me hablaba de cómo, de repente, en los últimos meses, su hijo tiene malos comportamientos; ha pasado de sacar muy buenas notas y ser obediente a bajar nota, contestar mal a los adultos y relacionarse en el colegio con los niños más traviesos y problemáticos.

Muy preocupada  me cuenta que no sabe cómo manejar la situación, lo que le produce mucha ansiedad. De los tres hijos, la más pequeña es un bebé de unos seis meses, que aún toma pecho, la mediana que tiene apenas tres años y el mayor que tiene seis. Además de sus ocupaciones como madre, trabaja por las mañana en una escuela infantil,  por las tardes acude a la universidad para sacarse la carrera de magisterio, lleva a sus hijos a sus respectivas actividades extraescolares y, entre tarea y tarea, acude a casa de sus padres que, debido a su avanzada edad siempre tienen alguna complicación. Su marido trabaja todo el día y cuando llega a casa hace la cena y ayuda con los niños.

Bien, a todo esto, como decía al principio, estos últimos meses se le suman los problemas de conducta de su hijo además de emocionales pues, de vez en cuando, se enrabieta o sufre de miedos nocturnos.

Durante la conversación me cuenta cómo está de estresada con la situación y cómo el comportamiento dificultoso de su hijo le aumenta ese estrés. No entiende por qué; habla con él, lo cual no le aclara nada. Refuerzos, castigos y demás intentos de corregir ese problema no funcionan. Mi amiga es consciente de que el niño lo está pasando mal desde el nacimiento de la hermana más pequeña, mostrando comportamientos regresivos y demandas de atención. Pero aun así, para ella, eso no explica la rabia, los enfados y los comportamientos ansiosos y desafiantes del niño.

Después de escucharla un buen rato me doy cuenta de algo. Todo el tiempo mientras hablábamos he estado empatizando con ella e intentando calmarla. Pero ¿y el niño? ¿Quién empatiza con él?

Ahí está la clave de por dónde empezar a ayudar al pequeño y es que su vida, en estos momentos, no es menos estresante que la de su madre. Acaba de tener una hermana, ahora que estaba empezando a superar el nacimiento de la otra que nació tras él y le robó un poquito de su espacio, único para él. Ahora tiene que hacer cosas de mayor, como ayudar a su hermana o echar una mano a mamá, aunque ella no lo pida. En la escuela ha pasado de infantil a primaria, con las exigencias y los cambios que eso conlleva, como bajar las notas (en una edad en la que no deberían existir aún) o como el cambio de maestra. Su madre está nerviosa, ansiosa y muy ocupada. Su padre también. Sus abuelos están viejitos. Su madre no puede con todo. Él lo sabe. Y, encima, todo lo que se le ocurre para calmar esa rabia y ese miedo sólo le trae problemas y decepciona a sus padres.

Y esta situación, ¿te parece estresante?

Si lo es, y mucho. En el mundo del niño esta situación es lo más parecido a la de su madre. Ambos están en el mismo nivel de ansiedad y exigencia, ambos tienen que hacer frente a situaciones nuevas en las que han de dar más cada día, ambos tienen momentos de sentirse impotentes, ambos tienen miedo a decepcionar a los que les quieren, ambos están realmente asustados a no poder estar a la altura de la situación. El niño vive a través de la madre y ve el mundo cómo ella lo muestra. Si, además, sus situaciones son parecidas pueden llegar a vivenciarlas de modo muy similar. En este caso ambos sufren un gran estrés y mucha frustración ante la sensación de no llegar.

Entonces, ¿por qué no darle a tu hijo lo mismo que tú necesitas? Cariño, paciencia, compasión, mimos, empatía, confianza, amor, comprensión, entre otras muchas cosas nutritivas que se te ocurran. Y, sobre todo, no etiquetarlo, no identificarlo con el problema actual. Ahora es ahora; ahora es una situación delicada y mamá también estará aquí queriéndote y confiando en ti, igual que cuando estás relajado y te portas bien.

Ahora, démosle otra vuelta más. Y a ti, ¿eres capaz de darte todo eso? ¿Eres capaz de quererte y confiar en ti ante una situación delicada igual que lo haces cuando estás feliz y relajada?

Regalos de niño

La Pequeña Palmera

Érase una vez una palmera, pequeña, apenas era una hojita que comenzaba a crecer. Sabía que su vida no sería fácil, sabía que podría no vivir más de un día o dos, lo sabía. La Gran Palmera lucía preciosa en el jardín pero ella no tuvo la fortuna de caer en aquella hermosa y frondosa zona donde flores y árboles servían de cobijo a los pájaros urbanos. Ella, en cambio, crecía en la estrecha línea que unía dos losas de las escaleras de entrada al parque. Nadie la veía, nadie sabía de su existencia pero la Pequeña Palmera no podía hacer otra cosa que continuar. Siempre hacia arriba, continuar. Una de sus compañeras se secó muy pronto, otra fue pisoteada y otra, simplemente, no consiguió hacerse el hueco suficiente entre las baldosas.

Y llegó su hora. Aquella mañana una sombra la cubrió y sintió que la desgarraban por completo. Le dolió; parte de sus raíces quedaron en la tierra pero no quiso aferrarse demasiado para no morir en ese instante. Así se vio, volando, despidiéndose de una parte de ella que quedó entre las baldosas, le costaba respirar, todo era aire a su alrededor. Estaba asustada, muy asustada. Aturdida, muy aturdida. La Pequeña Palmera perdió el conocimiento.

El jardinero, arrancó la hermosa y minúscula palmerita, con el mayor cuidado que su experiencia le había enseñado.

–          ¡Vaya un sitio para nacer, pequeña! – dijo mientras se arrodillaba en las escaleras.

Unas horas más tarde, la Pequeña Palmera abrió los ojos, estiró sus raíces y se sintió máspalmeras libre que nunca. Estaba en lo alto de una gran plaza redonda donde, alegres y juguetones, los niños correteaban y los pájaros revoloteaban. A lo lejos podía distinguir cientos de palmeras, de todos los tamaños, formando grandes filas. Unos metros delante de ella un cartel decía así:

“BIENVENIDOS A LA URBANIZACIÓN LAS MIL PALMERAS”

Presidiendo la entrada de aquella residencia de la costa, vivió el resto de su vida nuestra Pequeña Palmera, creciendo muy muy alto, convirtiéndose así en una referencia para todo el que llegaba a aquel paraíso.

– ¡Mira, allí esta la urbanización de las palmeras! – gritaban señalándola, año tras año, miles de visitantes que la divisaban a lo lejos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

REFLEXIÓN:

Si, a veces las circunstancias de nuestro nacimiento no son fáciles, nuestro entorno, lo que nos es dado al nacer, y es difícil salir adelante. A veces, sólo nos queda aceptar, confiar y esperar hasta encontrar un sentido a nuestra existencia. Entonces, pueden ocurrir cosas maravillosas.

En momentos como esos pueden calmarnos frases motivadoras e, incluso, oraciones como esta que nos regaló La Madre Teresa de Calcuta:

¡Nunca te detengas!

Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
Los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.

¡¡¡Pero nunca te detengas!!!

La Madre Teresa de Calcuta

El Sendero de Sofía

Érase una vez un camino. Un camino antes de ser camino.

En medio de la jungla se escondía un hermoso lago repleto de frondosa vegetación, y una gran cascada, y un claro donde poder ver las estrellas, o eso decían. Había tantos árboles hasta el lago que ninguna persona había llegado nunca. Todos en el poblado conocían la existencia de los oasis o lugares mágicos ocultos en la selva pero nade se atrevía a adentrarse para buscarlos. Nadie excepto Sofía.

Sofía paseaba entre las espesura de aquellos árboles desde que sus padres le permitieron hacerlo con la compañía de Libre, su fiel y hermoso perro. Cada día la niña iba un poquito más lejos… y volvía. Andaba un pasito y memorizaba sus huellas, eligiendo, en  cada tramo, algo que le sirviera de señal, un árbol, una madriguera, una piedra… Después volvía sobre sus pasos. Y así, durante muchas semanas, semanas que se convirtieron en meses y éstos, a su vez, en años.

Algunos días, la muchacha, caminaba largos tramos…los cuáles eran más difíciles memorizar, otros caminaba pequeñas distancias pues se encontraba con alguna dificultad, otros llegaba a donde el día anterior y no avanzaba, sino que se limitaba a descansar allí y disfrutar de cuánto le rodeaba. Otros, incluso, se paraba mucho antes, observando orgullosa lo que ya conocía, a veces se deleitaba con buenos olores, o bellos colores,  o simplemente añoranzas de unos días atrás. También había días en los que  Sofía no podía caminar porque algo le impedía siquiera salir del poblado… una enfermedad, la escuela, un cumpleaños o una intensa lluvia. Pero esos días la niña no olvidaba su sendero y, desde la ventana de su habitación, alumbrado por la luna, sentía poder distinguirlo a la salida del poblado. En las oscuras noches de invierno, Sofía lo trazaba, paso por paso, en su imaginación y, mientras lo recorría, se quedaba profundamente dormida.

El sendero de SofíaMuchos años trascurrieron hasta que, al fin, Sofía llegó al lago. Era realmente hermoso, más de lo que había imaginado. Una parte de ella sentía que ese era su sitio. Y la sensación de paz al mirar hacia delante y sentir que lo había logrado, era lo que más le satisfacía.

Aquel lugar fue un secreto para Sofía durante muchos años, hasta que un día su amiga Clara andaba muy afligida por la pérdida reciente de su padre. La chica no lo dudó un instante, la tomó de la mano y la llevó a allí, por su sendero, sobre sus pasos, hasta su lago. Lo que allí pasó sólo lo saben ellas pero Clara recuperó el color de sus mejillas.

Desde entonces, Sofía continúa tomando de la mano a diversas personas y las conduce a su lago escondido, por su secreto sendero, pisando sobre sus pasos. A veces lleva a algún amigo, pariente o conocido que  ella presiente que le irá bien. Algunos tan solo caminan un rato pues se cansan pronto o simplemente les reconforta tanto el hecho de andar sobre las huellas de la chica, conociendo los misterios de la senda misteriosa, que eso les fortalece lo suficiente. Otros se quedan mucho rato en el lago hasta que Sofía les ayuda a volver. Otros, los más atrevidos, deciden trazar su propio camino de vuelta. Otros, incluso,  se deciden a ir en busca de su propio oasis. Y otros, otros ni se atreven a pisarlo y se limitan a divisarlo desde el poblado…hasta que sea su momento.

*Dedicado a todas esas personas que alguna vez me han mostrado parte de su andadura en este mundo ayudándome a seguir adelante…y a aquellas otras que confían en que mi mano les muestre parte la mía.

REFLEXIÓN:

El camino propio sólo podemos crearlo nosotros mismos pero hay veces que es necesario dejarnos guiar por aquellos sabios que ya lo andaron, sabios no más porque “saben”, conocen el camino. Estos guías pueden ser desde terapeutas, maestros, abuelas, madres, padres, amigos o simplemente esa persona desconocida que un día, incluso sin conciencia, nos mostró por donde pisar.

Las Sonrisas Perdidas

Aquella noche, después de la función anual de teatro, tras una hermosa sesión, todos los habitantes de Villa Sentido, contentos y satisfechos, volvieron a sus casas. Todos menos uno. Aquel ladronzuelo aprovechó que todos dormían para robarles lo más preciado que tenían: las sonrisas.

Desde ese día Villa Sentido se convirtió en un lugar silencioso, sus calles parecían desiertas y el cielo siempre estaba nublado. Las personas se cruzaban unas con otras y apenas levantaban la mano para saludarse, ya no habían palmadas en el hombro, ni besos en las mejillas, ni si quiera un “Hola, ¿qué tal la familia?”.

El pequeño Oliver, la alegría del pueblo, hasta dejó de comer. ¡Con lo que gustaba devorar las tortas de azúcar! Pero claro, las tortas de azúcar siempre le sacaban una gran sonrisa. Bueno, la comida en general le hacía tan feliz que siempre sonreía mientras comía.

Una mañana Oliver no podía más, estaba muerto de hambre y decidió buscar las sonrisas por todo Villa Sentido. Las buscó casa por casa, en cada árbol, en cada farola, en cada esquina. Pero nada. Por un momento perdió la esperanza, apenas tenía fuerzas después de tres semanas sin probar bocado. Sin su placentera sonrisa no tenía apetito. Triste y cabizbajo, se dirigió a la plaza del pueblo y se sentó al borde de la fuente. El olor del agua fresca le ayudó a respirar profundamente calmando su ansiedad y, sin pensarlo dos veces, comenzó a echarse agua por el rostro. Fue en ese momento cuando Oliver tuvo aquella idea. Caminó por todo el pueblo convocando, a viva voz, a todos los habitantes para reunirse en la fuente.

Con una paciencia de tortuga, el niño aguardó a que todos estuvieran presentes. Entonces, se puso de pie en el borde de la fuente y comenzó a echarse agua por todo el cuerpo; comenzó por los pies, subiendo por las piernas, los brazos, los hombros, la cabeza, hasta terminar por su redondita cara.

Cuando el agua resbalaba por su rostro, una mueca se dibujó en sus labios: lo más parecido a una sonrisa que nadie había visto desde había mucho tiempo.

Uno por uno, todos los que allí se encontraban rodearon la fuente y comenzaron a tomar agua entre sus manos mojando así sus rostros. Se miraban unos a otros, asombrados, extrañados, como un niño que abre sus ojos por primera vez, observando la fina línea que dibujaban sus bocas.

Por un momento aquello parecía una fiesta como las de antes sólo que silenciosa y lenta, pues todos se miraban temerosos como si apenas se conociesen. Justo en el momento en que el último de los allí presentes mojó su rostro, justo en ese momento, las nubes grises que les habían acompañado esas tres últimas semanas se iluminaron con un relámpago seguido de un fuerte trueno. Comenzó a llover, una lluvia lenta, fina, fresca, que iba dejando su olor a tierra húmeda por todo el pueblo. Como si de un rayo se tratase, una sensación de alegría inundó los corazones de aquellas personas que rodeaban la fuente, haciéndoles sonreír a todos a la vez, una sonrisas suaves, silenciosas y placenteras. Y así fue como Villa Sentidos se convirtió en una única sonrisa, la sonrisa más grande del mundo.

 Sonrisas Encontradas

Bueno, he de decir que no todos los habitantes sonrieron aquella tarde. Hubo uno que lloró y pataleó. Podéis imaginad quién: aquel que semanas atrás robó las sonrisas para guardarlas en un cofre creyendo que así nunca estaría triste. Esa misma noche, todas las sonrisas robadas que guardaba bajo llave se convirtieron en burlas, gruñidos e incluso aullidos que le persiguieron durante aquella noche y volvían a sus oídos cada vez que intentaba robar sonrisas de nuevo.

 

REFLEXIÓN:

La pregunta no es quién ni cuándo te han robado una sonrisa. Eso es irrelevante pues ya pasó.

La pregunta es ¿Qué haces para recuperar tu sonrisa?

Una pista: MÓJATE