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Camaleón quiere saber su Color

Camaleón, después de tantos y tantos cambios de color, llegó un momento que no recordaba cuál era su aspecto real.
Continuamente se amoldaba al color del animal o planta que tenía más cerca. Ya no sabía cuál de todos ellos era su auténtico aspecto.

Una buena mañana soleada salió decidido a conocer su verdadero color.

 

En primer lugar se encontró con el alegre canario, que cantaba feliz en la rama de un árbol.

– Amigo canario, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Claro que si – contestó el canario muy convencido -. Es muy fácil tu pregunta. Eres de un deslumbrante amarillo, tanto que despierta a cualquiera que este adormilado. Igualito que yo.

El canario sonrió satisfecho y comenzó a tararear una alegre melodía.

– Gracias – contestó Camaleón cabizbajo, pues sabía que ese no era su color real.

 

Continuó caminando y, un aroma dulce y fresco le inundó por completo. Estaba junto a su amiga la rosa.

– Hermosa y perfumada amiga, ¿podrías ayudarme a saber cuál es mi color?

– Por supuesto, mi querido Camaleón -respondió la amable rosa-. Eres tan hermoso como yo, coloreado por un apasionado rojo.

– Mmm…gracias – contestó, de nuevo cabizbajo.

 

Un poco más adelante, el veloz conejo blanco le adelantó en su camino. Al advertir la presencia de su amigo, frenó en seco y se acercó a saludarlo.

– Buenos días, Camaleón. ¿Qué te trae por aquí?
– ¡Ay, mi querido amigo! ¿Tu podrías ayudarme a saber cuál es mi color?
– Muy sencilla es tu pregunta – contestó sonriente el conejo-. Tu y yo somos como hermanos, los dos blancos y esponjosos como la nieve.
– Gracias…- dijo Camaleón mientras se alejaba con la mirada fija en el suelo.

 

Caminando cabizbajo iba Camaleón cuando oyó una voz que le decía:
– No estés triste, amigo. Yo re comprendo

Aquella que hablaba era la vieja charca:
– Tu y yo tenemos mucho en común, por eso te entiendo perfectamente. Yo sólo soy el reflejo del que me mira…mi aspecto también depende de quién tengo frente a mí. Pero me consuela saber que en mis profundidades hay auténticas maravillas.
– Si… – contestó el Camaleón-Aunque no estaba muy convencido.

Mientras pensaba en todo aquello junto a la fresquita charca, por fin consiguió relajarse al tiempo que visualizaba todos los colores que conocía. Por un instante, sintió algo extraño y a la vez conocido, no sabía qué le estaba pasando pero algo lo impulsó a mirar su reflejo en el agua.

¡Si, ahí estaba! ¡Era él, ahora se recordaba!

Todos los colores del arco iris, trenzados de las formas más originales y dinámicas, podían ser contemplados en su cuerpo…siempre cambiante.

Y ese era su aspecto, siempre cambiante, pues no olvidemos que era… ¡un camaleón!

 

REFLEXIÓN:

Cada persona con la que interactuamos nos percibe según es, según su filtro, y, además, según nos mostramos.

Nuestro Yo está compuesto de muchos pequeños Yoes, que se combinan de una u otra forma según varían las personas o situaciones de nuestro entorno.

Camaleón es como lo ven sus amigos, es lo que hay en su interior y es cómo él se ve reflejado. Todo eso, es él.

En la medida en que somos capaces de ver esa multiplicidad de actores que se encuentran en nosotros, podemos desidentificarnos de esa idea un Yo rígido, estático y controlador.

Permítete ser en tu totalidad y, sobre todo, igual que Camaleón, haz lo que seas…

Más Allá del Bosque

Rodeando el pueblo había un sendero por el que la gente solía salir a pasear. Era un caminito de tierra, con barandilla de madera y un bonito paisaje de árboles y montañas. El sendero terminaba en un espeso bosque. Cuando alguien paseaba por allí, al llegar al bosque siempre se daban la vuelta y regresaban al pueblo.

Amanecer en el bosquePero a ella, desde bien pequeña, le había parecido entrever que el sendero continuaba, haciendo zigzag entre los opulentos árboles. Todos le decían que era fruto de su elevada imaginación, que el bosque era peligroso y en él no había ningún sendero ni nada parecido por donde caminar. Es más, todo el que en él se había aventurado no había vuelto jamás.

Aun así, cada vez que llegaban al filo del bosque y tenían que dar la vuelta, ella seguía apreciando como el camino continuaba serpenteando entre los árboles. Por eso, cuando fue lo bastante mayor como para poder pasear sola, un día decidió adentrarse en el bosque.

En efecto, una fina vereda continuaba por entre los árboles. Y caminó durante horas. El sendero era oscuro y silencioso, apenas algún rayo de sol conseguía atravesar la espesa vegetación, apenas algún crujir de ramas acompañaba sus pasos.

Comenzaba a anochecer, hacía frío, pero llegado este punto, sólo tenía dos opciones: regresar sobre sus pasos a aquel lugar donde le esperaba el calor humano o continuar hacia delante corriendo el riesgo de caminar siempre sola. Continuó caminando pues, a pesar de que la soledad le quemaba por dentro, una brisa fresca le aliviaba ese calor a medida que avanzaba. Por momentos, no le seguía ni su propia sombra, sólo la soledad.

Después de tres días y tres noches en los cuales el miedo fue su única compañía, de repente un día, cuando el sol empezaba a asomar, el bosque acabó. Era como si hubiera sido cortado por una sierra, una línea recta perfecta de cientos de kilómetros. El amanecer le dio la bienvenida a aquel precioso lugar que se abrió ante sus ojos. Llano, limpio, luminoso. Un horizonte infinito custodiado por el sol.

A lo lejos pudo reconocer a personas, algunos rostros le resultaron familiares, hombres y mujeres desaparecidos de su pueblo años atrás, otros eran completos desconocidos para ella. Pero lo que todos tenían en común era que habían visto un camino donde otros sólo vieron árboles.

REFLEXIÓN:

A veces hay q tomar caminos en los q dejamos atrás personas y lugares queridos, caminos en los que nos sentimos solos, caminos que nos asustan. Pero a veces no nos queda otra pues lo que hasta ahora conocíamos no nos llena, no nos sirve. Y si continuamos, a pesar del miedo a la soledad, encontraremos ese lugar en el que poder descansar, ese nuevo amanecer, que, una vez encontrado, nos acompañará dentro de nosotros allá donde vayamos.

Esa recompensa de un lugar mágico, sólo está disponible para aquellos que ven más allá de la obviedad, para aquellos que ven el sendero entre los árboles, para aquellos que no se creen todo lo que les dicen y deciden caminar por sí mismos.

Todo final conlleva un principio, todo principio conlleva un final.

 

¿Qué nos dicen los cuentos sobre…. EL REY y LA REINA?

Si nos quedamos con la superficie de los cuentos y los analizamos desde nuestra mente racional de adultos, cometeremos muchos errores y nos cebaremos en críticas sobre lo políticamente correcto. Y es que uno de los aspectos más criticados de los cuentos son las alusiones a la realeza puesto que hay  numerosos cuentos en los que aparecen reyes, reinas, príncipes, princesas, palacios… (también los hay en los que aparecen campesinos, zapateros, jornaleros, etc) Si nos limitamos a entenderlos desde nuestro adulto racional, que rige sobre todos los aspectos de nuestras vidas (o eso creemos), sólo veremos eso; la realeza  y claro, nos parecerán clasistas.

Ya es hora de que comprendamos que los cuentos no van dirigidos a los adultos, y por tanto, tampoco a nuestra mente adulta y racional sino a los niños y, de ahí, a nuestro niño interno, simbólico, que es quién los va a entender. Esto explica por qué a los niños les gustan tanto los cuentos y no entran en conflictos de formas. Todos llevamos dentro ese niño que fuimos, maravillosamente a todos nos siguen llegando los mensajes más ocultos de los cuentos. Te invito a que cuentes un cuento a adultos y observes sus caras… inexplicable. La crítica adulta viene después, cuando la mente racional se asusta de que la hayan dejado fuera y haber perdido el control durante los pocos segundos que duró la narración.

Volviendo a la realeza, quiero plantear la siguiente cuestión: ¿de qué nos hablan los cuentos cuando nos plantean una historia de un rey y una reina?

En un primer momento si nos hablan, literalmente, de esas figuras de autoridad, figuras que pueden tener que ver con los mandatarios de un país, pueblo o barrio. Pero eso no es todo, también nos hablan de cualquier figura que ejerza la autoridad en un momento dado; como un jefe, un maestro y, como no, papá y mamá. Bastante simple, ¿verdad?

Claro que entonces nos podríamos preguntar por qué no aparece simplemente un alcalde, un padre o un profesor. Sencillo: de esta manera, a nivel simbólico, las figuras del rey y la reina engloban todas las figuras de autoridad, dejando libertad para que cada escuchante proyecte en ellas las que en ese momento gobiernan determinados aspectos de su vida. Por otro lado, si no olvidamos en ningún momento que el lenguaje de los cuentos es simbólico, podemos recurrir a los arquetipos de rey y reina, de los que podemos encontrar alusiones procedentes de diferentes culturas desde la antigüedad. Y es desde ahí desde donde los cuentos dan un paso más allá y le hablan a nuestra naturaleza más profunda.  Nos dicen que un rey o reina representan la mente iluminada, con su corona dorara cuyas puntas reciben la luz directamente del sol y de la luna. ¿Hay algo que alumbre más que el sol por el día y la luna por la noche? Por tanto, son personas que están conectadas con un saber ancestral que los conecta con la sabiduría tanto de la propia naturaleza como del más allá, de lo que se ve en el mundo material como de lo que no se ve en el mundo de las ideas, emociones y almas. Son personas que están abiertas a ver no conformase con las simples apariencias de las cosas.

Si todavía queremos dar un pasito más, un rey y una reina son personas que rigen sobre sus propias ideas, pues con es claridad que conocen el mundo también se conocen a sí mismos y son dueños de sus vidas, reinan en sus vidas. Han adquirido tal manejo de su mente racional y sus ideas que son capaces de gobernar sobre sus vidas haciendo uso de la más profunda sabiduría de las energías masculinas y femeninas que hay dentro de sí mismos, sin dejarse llevar por motivos que no sean justos para su reinado (los reyes de los cuentos tradicionales siempre son justos).

Partiendo de ahí, por lo tanto, un príncipe o una princesa no son más que reyes en potencia, pero en ellos entraremos en otro post.

Sirvámonos pues de frases que, gracias al inconsciente colectivo, aún conservamos y que, sin darnos cuenta, forman parte de la inteligencia simbólica popular al igual que los cuentos. Frases como “Ser rey/reina de su casa” o “Vivir como reyes” condensan, en cierto modo, todo lo que los cuentos nos dicen al respecto.

Dejemos pues los cuentos para lo que son, para contar y escuchar. Y las críticas políticas dejémoslas también para lo que son, para criticar acciones políticas.

Disfrutemos de los hermosos cuentos que nos ha dado la tradición popular sin otro afán que dejar volar a nuestro niño interior a ese dulce momento en que un día será coronado como rey de su vida.

 

¿Reinamos?Ahora yo te pregunto: ¿Te atreves a apropiarte de tu corona? ¿Qué te impide ser rey/reina de tu vida?

 

Algunos cuentos de reyes:

Cuentos de tradición oral: podemos encontrar versiones originales en los libros de Antonio Rodríguez Almodóvar “Cuentos al amor de la lumbre”, de Anaya y en los libros de los hermanos Grimm “Cuentos de niños y del hogar”.

> Cuentos enseñanza: numerosos libros sobre cuentos de diferentes culturas tienen cuentos en los que aparecen reyes. Muy recomendable: “Cuentos de reyes, magos, princesas y luciérnagas” de Julio Peradejordi, de Obelisco.

> Cuentos ilustrados: Los cuentos de la colección de la Pequeña Princesa del autor Tony Ross.


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El bosque y yoLos cuentos nos dicen que un día te adentrarás en el bosque y que en él, te perderás. Te perderás en un lugar oscuro, sombrío y repleto de animales salvajes que acechan desde la penumbra.

Los cuentos nos dicen que un día saldrás de la comodidad de tu hogar y te sumergirás en la incertidumbre de lo desconocido, en un oscuro y espeso bosque donde cada paso que des será crucial para tu destino.

Los cuentos nos dicen que, a pesar de caminar por un lugar salvaje e inexplorado para ti, continuarás avanzando. Porque en los cuentos no hay marcha atrás ni rendición y el protagonista nunca se plantea perder.

Los cuentos nos dicen que salir del bosque con vida, triunfante y con una mayor autonomía y maduración es posible. Apartar ramas, ignorar ojos que observan, parar monstruos devoradores y engañar a brujas, ogros y lobos siendo más astutos que ellos son sólo algunas de las pruebas que nos esperan.

Los cuentos nos dicen que dentro de nosotros hay un valor y un coraje que desconocemos. Sólo caminando y atravesando nuestros miedos, podremos nombrarlos y ponernos a prueba.

Los cuentos nos dicen que, para sobrevivir en el bosque, la mejor estrategia es continuar, siempre adelante y sin mirar atrás. Y así, llegarás a tu nuevo estado, a tu nuevo hogar, a tu final feliz.

Tan sólo una advertencia: posiblemente, cuando hayas atravesado el bosque, ya no serás la misma persona, igual has crecido uno o dos centímetros. No te asustes, sigues siendo Tú.

>>>Y ahora te pregunto:¿Cómo es tu bosque?, ¿qué peligros hay en él? y, como no, ¿te atreves a entrar?<<<<

Algunos cuentos del bosque:

Cuentos de tradición oral: Hay numerosos cuentos en los que el bosque aparece: Hansel y Gretel, cpaerucita roja, ricitos de oro, los tres cerditos, el príncipe durmiente, el príncipe sapo, pulgarcito, entre otros.

Cuentos ilustrados: El camino que no iba a ninguna parte, de Gianni Rodari


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CUENTO: Más allá del bosque

Veo, veo

PanchitaDicen que los perros se parecen a sus dueños. La verdad es que, como amante de los animales, siempre me ha gustado fijarme en esto y si, así es. Pero esto es sólo una pequeña afirmación de una más grande, que sería afirmar que el mundo se parece a las personas.

Cada cosa que poseemos, ya sean mascotas, coches, móviles, casas… y un largo etcétera, se nos parece. Elegimos lo que nos rodea en base a lo que nos resulta más familiar y que se ajusta más a nuestro estilo. Entendemos el mundo según lo perciben nuestros sentidos, vemos según nuestros ojos, lo que hace que todo lo que entra en nuestro campo de visión o percepción sea filtrado por nosotros mismos. No resulta nada extraño decir que cada uno vemos el mundo a través de nuestras propias gafas, algunas vienen de nacimiento, otras se van ajustando según la edad.

Si nos plantamos aquí,  parece algo bastante sencillo pero, entonces, ¿qué hay de la verdad? ¿Cómo saber cuándo algo es verdad para todos y no sólo para uno mismo?

A medida que uno se va conociendo más y se sumerge más y más en las capas de su propia profundidad, se da cuenta de que los seres humanos, inevitablemente, tenemos un punto igual en nuestra visión, aunque sólo sea porque compartimos genética.

Lo difícil es saber cuándo tengo que quitarme mis gafas y mirar al mundo sólo con los ojos. Una vez que sabes eso, una vez que sabes que en infinidad de momentos un alto porcentaje de lo que percibes eres tú, empiezas a acercarte a la verdad, pues ya no entiendes le mundo según tus percepciones solamente sino también según las de los que te rodean. El campo de visión se amplia.

La gran pregunta entonces es aún más sencilla, a la vez que escurridiza: ¿quieres saber la verdad? … Y, para saberla, ¿estás dispuesto a conocer tu verdad?

Si la respuesta es negativa seguirás viendo un mundo filtrado, en tu mundo, pero si es afirmativa, entonces, comenzarás a ver el mundo tal y como es.

Donde empieza tu verdad empieza el mundo real.

Arco Iris

Y el juego dice así:

–          ¡Veo, veo!

–          ¿Qué ves?

Ahora contesta tú.

Más Atención, Más Responsabilidad

¿Qué hay detrás de la falta de compromiso y responsabilidad cada vez más acusada en nuestra sociedad? Entre otros muchos factores, podemos decir que somos novatos en el manejo de nuestra atención, algo que encontramos en el origen de este tipo de problemas.

De una manera sencilla se entiende la atención como la capacidad para observar lo que nos interesa y dejar de mirar lo que no queremos o no deseamos ver.

De entre los varios tipos de atención que los estudiosos del tema han clasificado, me gustaría señalar uno de los cuáles he observado y considerado relevante en nuestros procesos de crecimiento personal.

–          Atención interna o externa: se denomina así en la medida en que dicha capacidad esté dirigida hacia los propios procesos mentales o a todo tipo de estimulación interoceptiva, o bien hacia los estímulos que provienen del exterior.

En cuanto a la primera clasificación, si nos fijamos en un niño pequeño, éste tiene poco control sobre su atención externa, pues, está guiada por estímulos ajenos, principalmente, y no sabe cómo filtrar cuáles son los más relevantes para él. Es la madre quien tiene que ir indicándole por dónde caminar, cuándo cruzar la calle, etc. Por el contrario, el pequeño tiene una buena conexión con su atención interna; cuándo tiene hambre pide comida, cuando tiene sueño quiere dormir, cuando algo le agrada sonríe y quiere más, cuando algo no le gusta llora y se aleja, cuando algo le interesa lo demanda, etc. Su atención interna está en sintonía con sus necesidades incluso a pesar de no tener aún desarrollados del todo los procesos mentales…o gracias a eso quizá.

A medida que vamos creciendo aprendemos a focalizar nuestra atención externa pues sabemos por dónde caminar y cuándo cruzar la calle. Pero nuestra atención interna se va degradando cada vez más, nos cuesta escuchar lo que nuestro organismo nos demanda y decidir qué pensamientos o necesidades fisiológicas merecen la pena ser foco de nuestro interés. Nos encontramos entonces, en nuestra adultez, con grandes bloqueos y crisis a las que nos enfrentamos fruto de dudas e indecisiones que surgen, la mayoría, de no saber escuchar a nuestro interno, más allá de los pensamientos que ocupan toda nuestra atención.

Siguiendo en esta línea, una de las funciones de la atención es la de estructurar la actividad humana; facilita la motivación consciente hacia el desarrollo de habilidades, determinando así la dirección de dicha atención. Teniendo en cuenta esto, más lo expuesto anteriormente, nos encontramos, pues, viviendo en un mundo repleto de personas que no cumplen con sus obligaciones o que hacen daño a otras “sin querer”, no hay mala intención pues ha sido un descuido, algo que “puede pasarle a cualquiera”. Este tipo de situaciones que tanto se repiten, este “fue sin querer” o “me olvidé”, nos aleja cada vez más de nuestras responsabilidades. Por lo tanto, parte del problema de inmadurez que encontramos en adultos radica en esta falta de atención, pues ésta es la que precede al interés y a la intención. Es decir, es la que enciende la mecha de la acción.

atenciónA veces,  hasta lo que más nos interesa se nos olvida pues nuestra mecanicidad no quiere salir de la llamada “zona de confort” impidiéndonos el control sobre nuestra propia voluntad. Por eso, para ejercitar la voluntad hay que ir poco a poco, observándonos y conociéndonos y, desde ahí, poner atención. Ser conscientes de que nuestra máquina querrá volver a sus automatismos e intentar ir por delante de ella, ser más listos y rápidos que ella. Pero, ¿cómo? A veces puede ser a partir de algo tan sencillo como ponernos una alarma en el móvil, un post it en el espejo del baño o el clásico recordatorio trazado en nuestra mano con un bolígrafo… “llamar a Pepe”, “cumpleaños Juan”, “comprar el pan”, “escribir”, “cantar”…

Si sabemos que nuestra atención nos fallará, ayudémosla a focalizarse y a centrarse, como si se tratase de ese niño que cogemos de la mano para cruzar la calle. Pero, sobre todo, no lo abandonemos sólo porque un día se nos olvidó atenderlo: vuelve a intentarlo, vuelve a interesarte, vuelve a prestarle atención, vuelve a mirarlo y a escucharlo porque no hay nada peor que olvidarse de sí mismo. Y esto si es una gran responsabilidad.

 

El Sendero de Sofía

Érase una vez un camino. Un camino antes de ser camino.

En medio de la jungla se escondía un hermoso lago repleto de frondosa vegetación, y una gran cascada, y un claro donde poder ver las estrellas, o eso decían. Había tantos árboles hasta el lago que ninguna persona había llegado nunca. Todos en el poblado conocían la existencia de los oasis o lugares mágicos ocultos en la selva pero nade se atrevía a adentrarse para buscarlos. Nadie excepto Sofía.

Sofía paseaba entre las espesura de aquellos árboles desde que sus padres le permitieron hacerlo con la compañía de Libre, su fiel y hermoso perro. Cada día la niña iba un poquito más lejos… y volvía. Andaba un pasito y memorizaba sus huellas, eligiendo, en  cada tramo, algo que le sirviera de señal, un árbol, una madriguera, una piedra… Después volvía sobre sus pasos. Y así, durante muchas semanas, semanas que se convirtieron en meses y éstos, a su vez, en años.

Algunos días, la muchacha, caminaba largos tramos…los cuáles eran más difíciles memorizar, otros caminaba pequeñas distancias pues se encontraba con alguna dificultad, otros llegaba a donde el día anterior y no avanzaba, sino que se limitaba a descansar allí y disfrutar de cuánto le rodeaba. Otros, incluso, se paraba mucho antes, observando orgullosa lo que ya conocía, a veces se deleitaba con buenos olores, o bellos colores,  o simplemente añoranzas de unos días atrás. También había días en los que  Sofía no podía caminar porque algo le impedía siquiera salir del poblado… una enfermedad, la escuela, un cumpleaños o una intensa lluvia. Pero esos días la niña no olvidaba su sendero y, desde la ventana de su habitación, alumbrado por la luna, sentía poder distinguirlo a la salida del poblado. En las oscuras noches de invierno, Sofía lo trazaba, paso por paso, en su imaginación y, mientras lo recorría, se quedaba profundamente dormida.

El sendero de SofíaMuchos años trascurrieron hasta que, al fin, Sofía llegó al lago. Era realmente hermoso, más de lo que había imaginado. Una parte de ella sentía que ese era su sitio. Y la sensación de paz al mirar hacia delante y sentir que lo había logrado, era lo que más le satisfacía.

Aquel lugar fue un secreto para Sofía durante muchos años, hasta que un día su amiga Clara andaba muy afligida por la pérdida reciente de su padre. La chica no lo dudó un instante, la tomó de la mano y la llevó a allí, por su sendero, sobre sus pasos, hasta su lago. Lo que allí pasó sólo lo saben ellas pero Clara recuperó el color de sus mejillas.

Desde entonces, Sofía continúa tomando de la mano a diversas personas y las conduce a su lago escondido, por su secreto sendero, pisando sobre sus pasos. A veces lleva a algún amigo, pariente o conocido que  ella presiente que le irá bien. Algunos tan solo caminan un rato pues se cansan pronto o simplemente les reconforta tanto el hecho de andar sobre las huellas de la chica, conociendo los misterios de la senda misteriosa, que eso les fortalece lo suficiente. Otros se quedan mucho rato en el lago hasta que Sofía les ayuda a volver. Otros, los más atrevidos, deciden trazar su propio camino de vuelta. Otros, incluso,  se deciden a ir en busca de su propio oasis. Y otros, otros ni se atreven a pisarlo y se limitan a divisarlo desde el poblado…hasta que sea su momento.

*Dedicado a todas esas personas que alguna vez me han mostrado parte de su andadura en este mundo ayudándome a seguir adelante…y a aquellas otras que confían en que mi mano les muestre parte la mía.

REFLEXIÓN:

El camino propio sólo podemos crearlo nosotros mismos pero hay veces que es necesario dejarnos guiar por aquellos sabios que ya lo andaron, sabios no más porque “saben”, conocen el camino. Estos guías pueden ser desde terapeutas, maestros, abuelas, madres, padres, amigos o simplemente esa persona desconocida que un día, incluso sin conciencia, nos mostró por donde pisar.

Cuidando a nuestro Niño Interior

Todos hemos oído hablar de nuestro “Niño Interior”, pero ¿a qué nos referimos realmente?

En el ámbito de la psicología, fue Piaget quién, en sus estudios sobre el mundo psicológico infantil, estableció las etapas o períodos del desarrollo cognitivo. El autor nos habla del pensamiento mágico simbólico, característico de la etapa comprendida entre los 2 y los 7 años, a la que denominó mágico-simbólica, y que más tarde pasaron a llamar pre-operacional (lo de mágico-simbólica parece que no lo consideraban un nombre muy serio). Según Piaget, en este período, el pensamiento del infante, entre otras cosas, es egocéntrico y mágico. Bien sabemos que el niño en esta edad se cree el centro de todos los sucesos, resultándole muy difícil ver las cosas desde otro punto de vista diferente al suyo. Y a esta cualidad se le añade el aspecto mágico, por lo que el niño cree que la magia puede producir acontecimientos, es más, muchos acontecimientos del día a día les pueden parecer productos de ésta, así como la lluvia, un horno que transforma una masa en magdalenas, la luna, un pájaro, una lupa, un teléfono, etc. De ahí que los cuentos de hadas les resulten muy atrayentes en estas edades pues les hablan en su propio lenguaje.

Estas características que Piaget atribuyó al pensamiento mágico-simbólico son las que podemos encontrar en nuestro niño interior. Todos, de un modo u otro, sentimos que dentro de nosotros albergamos a un niño, un niño que nos ha ido acompañando en nuestras experiencias vitales y que solemos sentir frágil, por lo que necesitamos cuidarlo y escucharlo, actuar con él como una madre que lo nutre y lo ampara.

Desde siempre han existido personas que intentan recomponer los traumas y daños emocionales que tenemos los seres humanos pero a veces no basta con una explicación psicológica pues en ocasiones es ese niño interior el que está dañado. Este se aferra, es cabezota como ese chiquito empeñado en un helado, y nos resulta difícil desviar su atención. Lo que nos lleva a repetir patrones que sabemos que no queremos o que no nos gustan, como enamorarnos siempre del mismo tipo de personas o que otras personas nos engañen siempre en las mismas situaciones. Esto sucede porque las cosas pasan por el niño interno, que no es nada lógico ni razonable y que sigue atascándose en las mismas cosas, equivocándose en lo mismo. Como niño que es, necesita un poco de atención, que lo calmen y que lo mimen. Para que se sienta escuchado y cuidado hay que hablarle en su lenguaje, por medio de mensajes simbólicos que llegan a nuestro inconsciente, lugar dónde vive el pensamiento mágico-simbólico. Él mismo se comunica con nosotros a su manera, a través de los sueños o pesadillas, que a veces se convierten en recurrentes pues no se siente escuchado e insiste, como cualquier niño que necesita que el adulto, nuestro adulto, escuche sus problemas y le ayude a solucionarlos.

¿Y cuáles son esos mensajes simbólicos? Los cuentos son, como ya sabemos, los mensajes preferidos de este niño interior, pues están escritos desde un niño para otro niño. De ahí que, como he podido comprobar cuando cuento cuentos, tanto a los más pequeños como a los que ya no lo somos, nos dejan embobados, curiosos, atentos, y nos dibuja una especie de sonrisa que sólo sabe sacarnos un niño, el nuestro.

No obstante, podemos encontrar muchos más mensajes tranquilizadores que nos hablan desde lo simbólico… y suelen ser las cosas que nos dan placer pero que consideramos más absurdas o simples y no les damos importancia, como pasear al perro, dibujar, darnos un baño de espuma, tomarnos un helado de chocolate, bailar, reír porque sí…y tantas formas y maneras como personitas aún existen dentro de nosotros.

Cuentos

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo.

ImagenDesde que comenzó a andar, cuando el sol brillaba con más intensidad, en su sombra se apreciaba algo extraño. A medida que fue creciendo, la sombra del niño se volvía cada vez más monstruosa…orejas puntiagudas, pezuñas y rabo de animal, un par de cuernos que crecían cada año y gordo, cada vez más gordo y alto.  Así que el niño comenzó a encerrarse en casa cuando era de día, sólo salía de noche.

El niño creció y se hizo hombre. Un hombre que había pasado toda su vida encerrado en la más oscura soledad del sótano de su casa. Un hombre que no había cruzado palabra con nadie desde que sus padres murieron. Un hombre que sólo salía de casa por las noches y, como no había tiendas abiertas, se alimentaba de restos que encontraba en las basuras hasta que empezó a cazar ratas, gatos y cualquier bicho viviente. Un horrible monstruo decían. Un horrible monstruo que andaba encorvado, despeinado, desdentado, sucio y maloliente que hasta gruñía si por error alguien se cruzaba en su camino. Un horrible monstruo al que todos temían.

Una noche de luna llena salió a buscar alimento y, en medio de un pequeño solar donde solía cazar gatos, encontró a una niña.

– ¡Hola! – le dijo con una cálida sonrisa – ¿me ayudas a buscar a Pancho? Es un perrito muy travieso y ha desaparecido entre las ramas persiguiendo un gatito.

Y la niña le extendió la mano con dulzura para que le acompañara. Él, asombrado, le preguntó:

– Pero, ¿cómo? ¿No ves que soy un monstruo?

– Si – contestó la niña despreocupada mientras insistía con su mano para que le acompañase.

– Y… ¿no te doy miedo?

La niña bajó su mano y se puso muy seria. Entonces lo miró de arriba abajo mientras él aguantaba sus ganas de salir corriendo. Después lo rodeo lentamente escudriñándolo con sus infantiles ojitos curiosos y le dijo:

– ¿Miedo? – contestó la niña – Miedo, no. Un monstruo con sombra de niño no me da ningún miedo – añadió como si nada mientras se agachaba para recibir a su perrito.

Él se estremeció por un segundo, bajó la mirada hacia su sombra que lucía más oscura que nunca ante aquella luna llena. Y si, allí estaba, ese niño que hace tiempo tuvo sombra de monstruo.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

 

REFLEXIÓN:

A veces ponemos tanta atención a eso que no nos gusta de nosotros que olvidamos por completo lo que nos gusta, identificándonos sólo con nuestros aspectos negativos.

Te planteo la siguiente cuestión: ¿qué aspectos tuyos guardas más en la sombra? ¿Los que te ayudan o los que te hacen daño?

Recuerda que todo eso eres tu…sólo tienes que aprender juegos de luces y sombras.

 

Las Sonrisas Perdidas

Aquella noche, después de la función anual de teatro, tras una hermosa sesión, todos los habitantes de Villa Sentido, contentos y satisfechos, volvieron a sus casas. Todos menos uno. Aquel ladronzuelo aprovechó que todos dormían para robarles lo más preciado que tenían: las sonrisas.

Desde ese día Villa Sentido se convirtió en un lugar silencioso, sus calles parecían desiertas y el cielo siempre estaba nublado. Las personas se cruzaban unas con otras y apenas levantaban la mano para saludarse, ya no habían palmadas en el hombro, ni besos en las mejillas, ni si quiera un “Hola, ¿qué tal la familia?”.

El pequeño Oliver, la alegría del pueblo, hasta dejó de comer. ¡Con lo que gustaba devorar las tortas de azúcar! Pero claro, las tortas de azúcar siempre le sacaban una gran sonrisa. Bueno, la comida en general le hacía tan feliz que siempre sonreía mientras comía.

Una mañana Oliver no podía más, estaba muerto de hambre y decidió buscar las sonrisas por todo Villa Sentido. Las buscó casa por casa, en cada árbol, en cada farola, en cada esquina. Pero nada. Por un momento perdió la esperanza, apenas tenía fuerzas después de tres semanas sin probar bocado. Sin su placentera sonrisa no tenía apetito. Triste y cabizbajo, se dirigió a la plaza del pueblo y se sentó al borde de la fuente. El olor del agua fresca le ayudó a respirar profundamente calmando su ansiedad y, sin pensarlo dos veces, comenzó a echarse agua por el rostro. Fue en ese momento cuando Oliver tuvo aquella idea. Caminó por todo el pueblo convocando, a viva voz, a todos los habitantes para reunirse en la fuente.

Con una paciencia de tortuga, el niño aguardó a que todos estuvieran presentes. Entonces, se puso de pie en el borde de la fuente y comenzó a echarse agua por todo el cuerpo; comenzó por los pies, subiendo por las piernas, los brazos, los hombros, la cabeza, hasta terminar por su redondita cara.

Cuando el agua resbalaba por su rostro, una mueca se dibujó en sus labios: lo más parecido a una sonrisa que nadie había visto desde había mucho tiempo.

Uno por uno, todos los que allí se encontraban rodearon la fuente y comenzaron a tomar agua entre sus manos mojando así sus rostros. Se miraban unos a otros, asombrados, extrañados, como un niño que abre sus ojos por primera vez, observando la fina línea que dibujaban sus bocas.

Por un momento aquello parecía una fiesta como las de antes sólo que silenciosa y lenta, pues todos se miraban temerosos como si apenas se conociesen. Justo en el momento en que el último de los allí presentes mojó su rostro, justo en ese momento, las nubes grises que les habían acompañado esas tres últimas semanas se iluminaron con un relámpago seguido de un fuerte trueno. Comenzó a llover, una lluvia lenta, fina, fresca, que iba dejando su olor a tierra húmeda por todo el pueblo. Como si de un rayo se tratase, una sensación de alegría inundó los corazones de aquellas personas que rodeaban la fuente, haciéndoles sonreír a todos a la vez, una sonrisas suaves, silenciosas y placenteras. Y así fue como Villa Sentidos se convirtió en una única sonrisa, la sonrisa más grande del mundo.

 Sonrisas Encontradas

Bueno, he de decir que no todos los habitantes sonrieron aquella tarde. Hubo uno que lloró y pataleó. Podéis imaginad quién: aquel que semanas atrás robó las sonrisas para guardarlas en un cofre creyendo que así nunca estaría triste. Esa misma noche, todas las sonrisas robadas que guardaba bajo llave se convirtieron en burlas, gruñidos e incluso aullidos que le persiguieron durante aquella noche y volvían a sus oídos cada vez que intentaba robar sonrisas de nuevo.

 

REFLEXIÓN:

La pregunta no es quién ni cuándo te han robado una sonrisa. Eso es irrelevante pues ya pasó.

La pregunta es ¿Qué haces para recuperar tu sonrisa?

Una pista: MÓJATE