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¿Qué nos dicen los cuentos sobre… EL BOSQUE?

El bosque y yoLos cuentos nos dicen que un día te adentrarás en el bosque y que en él, te perderás. Te perderás en un lugar oscuro, sombrío y repleto de animales salvajes que acechan desde la penumbra.

Los cuentos nos dicen que un día saldrás de la comodidad de tu hogar y te sumergirás en la incertidumbre de lo desconocido, en un oscuro y espeso bosque donde cada paso que des será crucial para tu destino.

Los cuentos nos dicen que, a pesar de caminar por un lugar salvaje e inexplorado para ti, continuarás avanzando. Porque en los cuentos no hay marcha atrás ni rendición y el protagonista nunca se plantea perder.

Los cuentos nos dicen que salir del bosque con vida, triunfante y con una mayor autonomía y maduración es posible. Apartar ramas, ignorar ojos que observan, parar monstruos devoradores y engañar a brujas, ogros y lobos siendo más astutos que ellos son sólo algunas de las pruebas que nos esperan.

Los cuentos nos dicen que dentro de nosotros hay un valor y un coraje que desconocemos. Sólo caminando y atravesando nuestros miedos, podremos nombrarlos y ponernos a prueba.

Los cuentos nos dicen que, para sobrevivir en el bosque, la mejor estrategia es continuar, siempre adelante y sin mirar atrás. Y así, llegarás a tu nuevo estado, a tu nuevo hogar, a tu final feliz.

Tan sólo una advertencia: posiblemente, cuando hayas atravesado el bosque, ya no serás la misma persona, igual has crecido uno o dos centímetros. No te asustes, sigues siendo Tú.

>>>Y ahora te pregunto:¿Cómo es tu bosque?, ¿qué peligros hay en él? y, como no, ¿te atreves a entrar?<<<<

Algunos cuentos del bosque:

Cuentos de tradición oral: Hay numerosos cuentos en los que el bosque aparece: Hansel y Gretel, cpaerucita roja, ricitos de oro, los tres cerditos, el príncipe durmiente, el príncipe sapo, pulgarcito, entre otros.

Cuentos ilustrados: El camino que no iba a ninguna parte, de Gianni Rodari


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Veo, veo

PanchitaDicen que los perros se parecen a sus dueños. La verdad es que, como amante de los animales, siempre me ha gustado fijarme en esto y si, así es. Pero esto es sólo una pequeña afirmación de una más grande, que sería afirmar que el mundo se parece a las personas.

Cada cosa que poseemos, ya sean mascotas, coches, móviles, casas… y un largo etcétera, se nos parece. Elegimos lo que nos rodea en base a lo que nos resulta más familiar y que se ajusta más a nuestro estilo. Entendemos el mundo según lo perciben nuestros sentidos, vemos según nuestros ojos, lo que hace que todo lo que entra en nuestro campo de visión o percepción sea filtrado por nosotros mismos. No resulta nada extraño decir que cada uno vemos el mundo a través de nuestras propias gafas, algunas vienen de nacimiento, otras se van ajustando según la edad.

Si nos plantamos aquí,  parece algo bastante sencillo pero, entonces, ¿qué hay de la verdad? ¿Cómo saber cuándo algo es verdad para todos y no sólo para uno mismo?

A medida que uno se va conociendo más y se sumerge más y más en las capas de su propia profundidad, se da cuenta de que los seres humanos, inevitablemente, tenemos un punto igual en nuestra visión, aunque sólo sea porque compartimos genética.

Lo difícil es saber cuándo tengo que quitarme mis gafas y mirar al mundo sólo con los ojos. Una vez que sabes eso, una vez que sabes que en infinidad de momentos un alto porcentaje de lo que percibes eres tú, empiezas a acercarte a la verdad, pues ya no entiendes le mundo según tus percepciones solamente sino también según las de los que te rodean. El campo de visión se amplia.

La gran pregunta entonces es aún más sencilla, a la vez que escurridiza: ¿quieres saber la verdad? … Y, para saberla, ¿estás dispuesto a conocer tu verdad?

Si la respuesta es negativa seguirás viendo un mundo filtrado, en tu mundo, pero si es afirmativa, entonces, comenzarás a ver el mundo tal y como es.

Donde empieza tu verdad empieza el mundo real.

Arco Iris

Y el juego dice así:

–          ¡Veo, veo!

–          ¿Qué ves?

Ahora contesta tú.

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

Más Atención, Más Responsabilidad

¿Qué hay detrás de la falta de compromiso y responsabilidad cada vez más acusada en nuestra sociedad? Entre otros muchos factores, podemos decir que somos novatos en el manejo de nuestra atención, algo que encontramos en el origen de este tipo de problemas.

De una manera sencilla se entiende la atención como la capacidad para observar lo que nos interesa y dejar de mirar lo que no queremos o no deseamos ver.

De entre los varios tipos de atención que los estudiosos del tema han clasificado, me gustaría señalar uno de los cuáles he observado y considerado relevante en nuestros procesos de crecimiento personal.

–          Atención interna o externa: se denomina así en la medida en que dicha capacidad esté dirigida hacia los propios procesos mentales o a todo tipo de estimulación interoceptiva, o bien hacia los estímulos que provienen del exterior.

En cuanto a la primera clasificación, si nos fijamos en un niño pequeño, éste tiene poco control sobre su atención externa, pues, está guiada por estímulos ajenos, principalmente, y no sabe cómo filtrar cuáles son los más relevantes para él. Es la madre quien tiene que ir indicándole por dónde caminar, cuándo cruzar la calle, etc. Por el contrario, el pequeño tiene una buena conexión con su atención interna; cuándo tiene hambre pide comida, cuando tiene sueño quiere dormir, cuando algo le agrada sonríe y quiere más, cuando algo no le gusta llora y se aleja, cuando algo le interesa lo demanda, etc. Su atención interna está en sintonía con sus necesidades incluso a pesar de no tener aún desarrollados del todo los procesos mentales…o gracias a eso quizá.

A medida que vamos creciendo aprendemos a focalizar nuestra atención externa pues sabemos por dónde caminar y cuándo cruzar la calle. Pero nuestra atención interna se va degradando cada vez más, nos cuesta escuchar lo que nuestro organismo nos demanda y decidir qué pensamientos o necesidades fisiológicas merecen la pena ser foco de nuestro interés. Nos encontramos entonces, en nuestra adultez, con grandes bloqueos y crisis a las que nos enfrentamos fruto de dudas e indecisiones que surgen, la mayoría, de no saber escuchar a nuestro interno, más allá de los pensamientos que ocupan toda nuestra atención.

Siguiendo en esta línea, una de las funciones de la atención es la de estructurar la actividad humana; facilita la motivación consciente hacia el desarrollo de habilidades, determinando así la dirección de dicha atención. Teniendo en cuenta esto, más lo expuesto anteriormente, nos encontramos, pues, viviendo en un mundo repleto de personas que no cumplen con sus obligaciones o que hacen daño a otras “sin querer”, no hay mala intención pues ha sido un descuido, algo que “puede pasarle a cualquiera”. Este tipo de situaciones que tanto se repiten, este “fue sin querer” o “me olvidé”, nos aleja cada vez más de nuestras responsabilidades. Por lo tanto, parte del problema de inmadurez que encontramos en adultos radica en esta falta de atención, pues ésta es la que precede al interés y a la intención. Es decir, es la que enciende la mecha de la acción.

atenciónA veces,  hasta lo que más nos interesa se nos olvida pues nuestra mecanicidad no quiere salir de la llamada “zona de confort” impidiéndonos el control sobre nuestra propia voluntad. Por eso, para ejercitar la voluntad hay que ir poco a poco, observándonos y conociéndonos y, desde ahí, poner atención. Ser conscientes de que nuestra máquina querrá volver a sus automatismos e intentar ir por delante de ella, ser más listos y rápidos que ella. Pero, ¿cómo? A veces puede ser a partir de algo tan sencillo como ponernos una alarma en el móvil, un post it en el espejo del baño o el clásico recordatorio trazado en nuestra mano con un bolígrafo… “llamar a Pepe”, “cumpleaños Juan”, “comprar el pan”, “escribir”, “cantar”…

Si sabemos que nuestra atención nos fallará, ayudémosla a focalizarse y a centrarse, como si se tratase de ese niño que cogemos de la mano para cruzar la calle. Pero, sobre todo, no lo abandonemos sólo porque un día se nos olvidó atenderlo: vuelve a intentarlo, vuelve a interesarte, vuelve a prestarle atención, vuelve a mirarlo y a escucharlo porque no hay nada peor que olvidarse de sí mismo. Y esto si es una gran responsabilidad.

 

El Sendero de Sofía

Érase una vez un camino. Un camino antes de ser camino.

En medio de la jungla se escondía un hermoso lago repleto de frondosa vegetación, y una gran cascada, y un claro donde poder ver las estrellas, o eso decían. Había tantos árboles hasta el lago que ninguna persona había llegado nunca. Todos en el poblado conocían la existencia de los oasis o lugares mágicos ocultos en la selva pero nade se atrevía a adentrarse para buscarlos. Nadie excepto Sofía.

Sofía paseaba entre las espesura de aquellos árboles desde que sus padres le permitieron hacerlo con la compañía de Libre, su fiel y hermoso perro. Cada día la niña iba un poquito más lejos… y volvía. Andaba un pasito y memorizaba sus huellas, eligiendo, en  cada tramo, algo que le sirviera de señal, un árbol, una madriguera, una piedra… Después volvía sobre sus pasos. Y así, durante muchas semanas, semanas que se convirtieron en meses y éstos, a su vez, en años.

Algunos días, la muchacha, caminaba largos tramos…los cuáles eran más difíciles memorizar, otros caminaba pequeñas distancias pues se encontraba con alguna dificultad, otros llegaba a donde el día anterior y no avanzaba, sino que se limitaba a descansar allí y disfrutar de cuánto le rodeaba. Otros, incluso, se paraba mucho antes, observando orgullosa lo que ya conocía, a veces se deleitaba con buenos olores, o bellos colores,  o simplemente añoranzas de unos días atrás. También había días en los que  Sofía no podía caminar porque algo le impedía siquiera salir del poblado… una enfermedad, la escuela, un cumpleaños o una intensa lluvia. Pero esos días la niña no olvidaba su sendero y, desde la ventana de su habitación, alumbrado por la luna, sentía poder distinguirlo a la salida del poblado. En las oscuras noches de invierno, Sofía lo trazaba, paso por paso, en su imaginación y, mientras lo recorría, se quedaba profundamente dormida.

El sendero de SofíaMuchos años trascurrieron hasta que, al fin, Sofía llegó al lago. Era realmente hermoso, más de lo que había imaginado. Una parte de ella sentía que ese era su sitio. Y la sensación de paz al mirar hacia delante y sentir que lo había logrado, era lo que más le satisfacía.

Aquel lugar fue un secreto para Sofía durante muchos años, hasta que un día su amiga Clara andaba muy afligida por la pérdida reciente de su padre. La chica no lo dudó un instante, la tomó de la mano y la llevó a allí, por su sendero, sobre sus pasos, hasta su lago. Lo que allí pasó sólo lo saben ellas pero Clara recuperó el color de sus mejillas.

Desde entonces, Sofía continúa tomando de la mano a diversas personas y las conduce a su lago escondido, por su secreto sendero, pisando sobre sus pasos. A veces lleva a algún amigo, pariente o conocido que  ella presiente que le irá bien. Algunos tan solo caminan un rato pues se cansan pronto o simplemente les reconforta tanto el hecho de andar sobre las huellas de la chica, conociendo los misterios de la senda misteriosa, que eso les fortalece lo suficiente. Otros se quedan mucho rato en el lago hasta que Sofía les ayuda a volver. Otros, los más atrevidos, deciden trazar su propio camino de vuelta. Otros, incluso,  se deciden a ir en busca de su propio oasis. Y otros, otros ni se atreven a pisarlo y se limitan a divisarlo desde el poblado…hasta que sea su momento.

*Dedicado a todas esas personas que alguna vez me han mostrado parte de su andadura en este mundo ayudándome a seguir adelante…y a aquellas otras que confían en que mi mano les muestre parte la mía.

REFLEXIÓN:

El camino propio sólo podemos crearlo nosotros mismos pero hay veces que es necesario dejarnos guiar por aquellos sabios que ya lo andaron, sabios no más porque “saben”, conocen el camino. Estos guías pueden ser desde terapeutas, maestros, abuelas, madres, padres, amigos o simplemente esa persona desconocida que un día, incluso sin conciencia, nos mostró por donde pisar.

Las Sonrisas Perdidas

Aquella noche, después de la función anual de teatro, tras una hermosa sesión, todos los habitantes de Villa Sentido, contentos y satisfechos, volvieron a sus casas. Todos menos uno. Aquel ladronzuelo aprovechó que todos dormían para robarles lo más preciado que tenían: las sonrisas.

Desde ese día Villa Sentido se convirtió en un lugar silencioso, sus calles parecían desiertas y el cielo siempre estaba nublado. Las personas se cruzaban unas con otras y apenas levantaban la mano para saludarse, ya no habían palmadas en el hombro, ni besos en las mejillas, ni si quiera un “Hola, ¿qué tal la familia?”.

El pequeño Oliver, la alegría del pueblo, hasta dejó de comer. ¡Con lo que gustaba devorar las tortas de azúcar! Pero claro, las tortas de azúcar siempre le sacaban una gran sonrisa. Bueno, la comida en general le hacía tan feliz que siempre sonreía mientras comía.

Una mañana Oliver no podía más, estaba muerto de hambre y decidió buscar las sonrisas por todo Villa Sentido. Las buscó casa por casa, en cada árbol, en cada farola, en cada esquina. Pero nada. Por un momento perdió la esperanza, apenas tenía fuerzas después de tres semanas sin probar bocado. Sin su placentera sonrisa no tenía apetito. Triste y cabizbajo, se dirigió a la plaza del pueblo y se sentó al borde de la fuente. El olor del agua fresca le ayudó a respirar profundamente calmando su ansiedad y, sin pensarlo dos veces, comenzó a echarse agua por el rostro. Fue en ese momento cuando Oliver tuvo aquella idea. Caminó por todo el pueblo convocando, a viva voz, a todos los habitantes para reunirse en la fuente.

Con una paciencia de tortuga, el niño aguardó a que todos estuvieran presentes. Entonces, se puso de pie en el borde de la fuente y comenzó a echarse agua por todo el cuerpo; comenzó por los pies, subiendo por las piernas, los brazos, los hombros, la cabeza, hasta terminar por su redondita cara.

Cuando el agua resbalaba por su rostro, una mueca se dibujó en sus labios: lo más parecido a una sonrisa que nadie había visto desde había mucho tiempo.

Uno por uno, todos los que allí se encontraban rodearon la fuente y comenzaron a tomar agua entre sus manos mojando así sus rostros. Se miraban unos a otros, asombrados, extrañados, como un niño que abre sus ojos por primera vez, observando la fina línea que dibujaban sus bocas.

Por un momento aquello parecía una fiesta como las de antes sólo que silenciosa y lenta, pues todos se miraban temerosos como si apenas se conociesen. Justo en el momento en que el último de los allí presentes mojó su rostro, justo en ese momento, las nubes grises que les habían acompañado esas tres últimas semanas se iluminaron con un relámpago seguido de un fuerte trueno. Comenzó a llover, una lluvia lenta, fina, fresca, que iba dejando su olor a tierra húmeda por todo el pueblo. Como si de un rayo se tratase, una sensación de alegría inundó los corazones de aquellas personas que rodeaban la fuente, haciéndoles sonreír a todos a la vez, una sonrisas suaves, silenciosas y placenteras. Y así fue como Villa Sentidos se convirtió en una única sonrisa, la sonrisa más grande del mundo.

 Sonrisas Encontradas

Bueno, he de decir que no todos los habitantes sonrieron aquella tarde. Hubo uno que lloró y pataleó. Podéis imaginad quién: aquel que semanas atrás robó las sonrisas para guardarlas en un cofre creyendo que así nunca estaría triste. Esa misma noche, todas las sonrisas robadas que guardaba bajo llave se convirtieron en burlas, gruñidos e incluso aullidos que le persiguieron durante aquella noche y volvían a sus oídos cada vez que intentaba robar sonrisas de nuevo.

 

REFLEXIÓN:

La pregunta no es quién ni cuándo te han robado una sonrisa. Eso es irrelevante pues ya pasó.

La pregunta es ¿Qué haces para recuperar tu sonrisa?

Una pista: MÓJATE

 

Los Pájaros del Alma

Cuenta una leyenda que existe un pájaro por cada alma humana. Hay personas que no ven al suyo en toda su vida, quizá porque no miran al cielo, quizá porque no están preparadas, o quizá porque no lo necesitan. Sin embargo, hay personas que, en un momento de su vida, su pájaro se presenta ante ellas.

 

>>Acababa de entrar en la habitación, la enfermera la acomodó en su cama.

– Tendrás el cuarto para ti sola – le dijo – ha sido una operación complicada y la recuperación ha de ser lo más tranquila posible.

Aún no estaba del todo despierta, el último rumor de la anestesia recorría su cuerpo produciéndole un agradable cosquilleo. Fuera llovía a cántaros.

Con los ojos entornados pudo ver a aquel amable señor de bata blanca que, unas semanas antes, le explicaba los detalles de la operación.

– Todo ha ido bien – le dijo –  Ahora descansa.

Cerró los ojos y durmió con una tranquilidad que hacía meses dejó de sentir.

 

Al cabo de unas horas un ruido sordo la despertó. Abrió perezosa los ojos. Él estaba sentado a su lado, en aquel incómodo sillón, echando una cebezada. El grueso libro descansaba sobre su pecho.

– ¡Toc! – otra vez aquel ruido.

Apenas podía distinguir su procedencia, se sentía aún demasiado aturdida. De nuevo lo escuchó.

– ¡Toc!

Esta vez acertó a reconocer un golpe en el cristal de la ventana. Giró su cabeza hacia la derecha y entonces lo vio. Un diminuto pájaro, de un negro brillante cuyo pecho lucía blanco como si de una elegante camisa se tratase. El animalito se golpeaba, tozudo, contra la ventana. Una y otra vez revoloteaba para volver a encontrarse con el crital.

Le pareció curioso. Pobrecito, pensó, no se dará cuenta de que no puede traspasar la cristalera  . Y volvió a quedarse dormida.

 

Cuando despertó ya era otro día. Había salido el sol.

– ¡Mira, ya está aquí otra vez! – exclamó su madre señalando la ventana con la cabeza – El animalito lleva toda la mañana chocando contra el cristal. ¡Pobrecito!

Ella miró hacia la ventana y comprobó como, insistente, aquel diminuto ser, continuaba golpeándose del mismo modo que hacía apenas unas horas.

 

Fueron cinco días los que estuvo en aquella habitación, cinco días en los que aquel pajarito llamaba su atención hacia el exterior cada mañana. El viernes despertó y lo primero que hizo fue mirar a la ventana. Su diminuto amigo ya no estaba. Igual se ha dañado de tanto golpe, pensó.

Apenas unos minutos después el doctor vino como cada mañana.

– Recoge tus cosas que te vas a casa – le dijo con aquella cálida sonrisa.

– Pero, ¿cómo? – replicó ella asombrada – ¿Tan pronto? ¿Está usted seguro? ¿No sería mejor que me quedase aquí algún día más?

– Querida, en tu sofá, con tu niña correteando alrededor, estarás mucho mejor.

Los pájaros del alma

 

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Confiaba en el criterio del doctor pero le asustaba salir del hospital cuando apenas podía levantarse de la cama. Entonces, con un suspiro, miró hacia la ventana. El sol le cegó por un instante. A medida que podía ver con claridad pudo distinguirlo. Allí estaba, su pajarillo. Sus plumas brillaban más que ningún día. Esta vez no se golpeaba contra el cristal. Apoyado sobre sus finas patitas descansaba en la repisa de la ventana, mirando hacia las montañas. Movió con ligereza la cabeza, de un lado a otro y, tras piar un par de veces, emprendió un lento y suave vuelo. Ella lo observó alejarse, planeando, hasta que su vista lo perdió entre el paisaje.

– ¡En cuanto lleguemos a casa tienes que arreglarme estos pelos! – le reclamó a su hermana.

 

REFLEXIÓN:

La vida está repleta de cuentos, este es uno más de los tantos que voy encontrando por mi camino.

La vida también está repleta de pájaros…obsérvalos, uno puede ser el tuyo.

El Hueso de Cereza

La niña y las cerezas

 

 

Había una vez una niña a la que le encantaba comer cerezas. Le gustaba su color rojo, su forma de corazón y, sobre todo, su dulce y a la vez ácido sabor.

 

 

 

 

Un día, mientras comía cerezas, le dieron una mala noticia. Y se puso tan triste y se asustó tanto que se le olvidó escupir el hueso de la cereza y… ¡se lo tragó! pero con tan mala suerte que se le quedó atascado en mitad de la garganta.

El hueso no le impedía comer, ni respirar, ni hablar… pero cuando alguien le daba una mala noticia, entonces éste parecía crecer y crecer en su garganta, tanto que no podía ni tragar saliva. Y pasaba un largo rato intentándolo pero no iba ni para dentro ni para fuera.
A veces, cuando la noticia le ponía muy triste, el hueso se hinchaba tanto que le dolía muchísimo la garganta y se ponía hasta colorada. Otras veces, cuando algo le asustaba mucho, el hueso subía de arriba abajo a lo largo de su garganta haciéndole toser e incluso vomitar.
Estaba claro que el hueso de cereza era un auténtico estorbo pero los años pasaron y la niña se acostumbró a vivir con él, ahí, en su garganta. Aprendió a evitar a toda costa las situaciones tristes o que le daban miedo para así evitar que el hueso se hinchase o se moviese.
Hasta que un día, uno de esos días grises que no para de llover, se resbaló en el mojado pavimento de la calle y ¡zas! cayó bruscamente al suelo dándose un fuerte golpe en el pecho…sintió mucho miedo y comenzó a llorar sin parar. Entonces, cuando comenzó a incorporarse de su aparatosa caída, pudo ver ahí, en el suelo, el pequeño hueso de cereza que tanto tiempo le había acompañado. Se quedó sentada en el suelo, miró a su alrededor y comenzó a reír sin parar.

 

REFLEXIÓN:

A veces hay malas noticias, situaciones tristes, dolorosas o que nos producen miedo que se nos quedan atascadas pues en el momento de recibirlas nos quedamos bloqueados. Hasta el punto de que tenemos que sufrir algún golpe, literal o metafórico, para desbloquearnos.

¿Quién no ha sentido alguna vez ese nudo en la garganta? Ese nudo en la garganta nos está indicando que algo está atascado, que algo tiene que salir. A veces evitamos llorar o incluso gritar porque creemos que es de débiles llorar o estar asustados o porque no queremos que los demás nos vean vulnerables… hay tantas razones como personas.

Una vez más te invito a expresar. Observa cuándo se te queda ese hueso atascado en la garganta y busca la manera de sacarlo fuera, a veces puede ser pidiendo ayuda, otras estando a solas… también hay tantas como personas.

En la Calle

Como cada mañana, tomó su cuaderno y su lápiz y salió apresurada de aquel concurrido y mugriento piso, cualquiera habría pensado que llegaba tarde a trabajar.

Tomó asiento en el mismo rincón de su ya familiar portal, que parecía invisible ante el ajetreo de amigos que compraban regalos o tomaban café sonrientes.

Colocó su vieja cajita de cartón delante de sus pies y comenzó a dibujar. Lo que más le gustaba eran los rostros, esbozaba cada línea con la misma delicadeza que mueve sus caderas una bailarina oriental. Pero había otra cosa que aún le gustaba más: imaginar qué historias se escondían detrás de cada cara, ¿dónde irá esa mujer?, ¿en quién piensa ese hombre?, ¿a quién espera esa chica?, ¿estará enamorada?

Y así, mientras llenaba de rostros su cuaderno, creaba una vida para cada uno de ellos. Lo único que en ocasiones la sacaba de su éxtasis creativo era el tintineo de las monedas que, muy de vez en cuando, caían en su cajita. Entonces ella alzaba la vista y daba las gracias, sonriente, a personas que tan sólo eran capaces de sostenerle la mirada apenas el tiempo de un parpadeo.

Aquella tarde de diciembre, algo cayó entre el resto de monedas sin apenas hacer ruido. Cuando levantó la cabeza él ya se había girado y sólo pudo verle la espalda. Miró entonces a su cajita donde, entre todas las limosnas de aquel día, asomaba lo que parecía un dibujo. Lo tomó entre sus manos y pudo reconocerse. Su rostro, triste y cansado desde hacía tanto como el tiempo que no se miraba al espejo.

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En ese instante, la espeluznante, triste y sobrecogedora historia de su vida pasó ante sus ojos como si en aquel retrato pudiera leerse a sí misma.

 

 

 

 

REFLEXIÓN:

Compasión, según su origen griego está compuesta por dos palabras cuyo significado es “sufrir juntos”. Partiendo de esta acepción podemos decir que es un sentimiento humano que manifiesta a partir del sufrimiento de otro ser. Más intensa que la empatía, la compasión describe el entendimiento del estado emocional de otro, y es con frecuencia combinada con un deseo de aliviar o reducir su sufrimiento.

Hasta aquí puede resultar más o menos sencillo pero ¿qué hay de la autocompasión?, ¿podemos llegar a sentir ese “sufrir juntos” con nosotros mismos? Erróneamente creemos que la autocompasión es caer en el victimismo y en la lástima por uno mismo pero no es así pues, según la definición arriba expuesta, una persona autocompasiva es capaz de acompañarse a sí misma en su sufrimiento y, lo que aún resulta más difícil, ser comprensivo con su propio estado emocional. Partiendo de la base de que lo que mejor aprendemos es aquello que antes experimentamos por nosotros, la compasión por uno mismo nos llevará a un mayor acercamiento hacia los demás.

Paradójicamente, es más fácil ver a los demás que a nosotros mismos. Es más fácil sentir compasión por los demás que por nosotros mismos.

Pero si somos capaces de hacer esa mirada interior, respetarnos, sentirnos, escucharnos y amarnos a nosotros mismos, podemos llegar a sorprendernos al preguntarnos ¿esta o este soy yo?, ¿esta es mi vida?

Una vez llegados a ese punto, nos vendrá un hermoso y sereno sentimiento de que, en lo más profundo de nuestro ser, no estamos solos y, a su vez, veremos al otro más allá de lo que nuestra mirada nos permite.