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Hortensia y la Cueva de los Suspiros

Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta. 

Hortensia a veces se siente sola. Hortensia quiere a todo el mundo. A todas las personas que conoce es capaz de encontrarle al menos tres cualidades positivas. Hortensia a veces no encuentra al menos tres cualidades positivas para ella misma.

Hortensia a veces está triste. Hortensia entonces se esconde en su cueva secreta donde se calma poco a poco. Es una de esas cuevas que curan los corazones. Hay muchas repartidas por todo el mundo, concretamente cada 10 metros. Hortensia sólo conoce una e intenta entrar cuando está triste. No siempre lo consigue sobretodo si se encuentra en la escuela o en casa de su prima o en cualquier parte lejos de su cuarto. Hay personas que ni tan siquiera pueden ver una de estas cuevas en su vida, es una pena porque curan muchísimo.

Desde que Hortensia conoce a Yayo el caracol ha podido ver muchas de estas cuevas ya que juntos pasean tan despacio que es capaz de percibir los leves destellos que las delatan. Además, con sus antenas, Yayo localiza las entradas de estas misteriosas madrigueras pues irradian pequeños rayos de sol de esos que les gusta perseguir a los de su especie.

Yayo le cuenta a Hortensia que se llaman las Cuevas de los Suspiros y que en realidad hay una para cada persona de este mundo, repletas de las cosas que mas les gusta a su destinatario; helados, peluches, bañeras, cuentos… 

Yayo también le muestra a Hortensia la salida de su cueva. Hortensia reconoce que a veces es difícil encontrarla. Esta vez, la abertura de la Cueva de los Suspiros de Hortensia apareció justo en la habitación de sus padres donde su madre la recibió con un fuerte abrazo.

Es así como Hortensia es alegre y divertida, bailarina y trotamundos, curiosa y traviesa, simpática e inquieta… la mayor parte de sus días.

Hortensia y Yayo en la Cueva de los Suspiros

Las Tijeras Mágicas

Rita se sentía realmente perdida. Pero no perdida como aquella vez que olvidó el camino hasta casa de su tía. No, esta vez era diferente. Sentía que toda su vida estaba patas arriba:

– Su mejor amiga se había mudado de pueblo.

– Su perro había escapado hace varias semanas.

– Sus compañeras de clase se burlaban de ella.

– La abuela falleció hace apenas dos meses.

– Y, para colmo, sus padres le repetían constantemente: “¡No hay quién te entienda, estás en la edad del pavo!”

No tenía nadie ni nada en qué apoyarse… ni siquiera le apetecía dibujar, ¡con lo que disfrutaba!

 

La inquietante historia de Rita comenzó un día que se sentía harta de que sus compañeras se burlaran de ella, triste porque había suspendido un examen, cansada porque se le había escapado el autobús y tuvo que volver a pie del colegio. Y, claro, sus padres le regañaron por llegar tarde a comer.

– ¡Estaba harta! ¡No aguantaba más!

Se encerró en su habitación, cerró los ojos con fuerza y deseó, con más fuerza aún, no haber existido nunca.

Cuando instantes después los volvió a abrir, asombrada comprobó que se encontraba en mitad de un calle vacía, una calle que no recordaba haber visto nunca. Se frotó los ojos y se pellizcó las mejillas pues creía que estaba soñando. No lo estaba, seguía allí, en mitad de un lugar desconocido y solitario.

A lo lejos habían algunas casas y comenzó a andar por la calle en dirección a ellas. Caminaba por el centro pues el miedo le acompañaba a ambos lados. A medida que se acercaba un letrero decía así:

“BIENVENIDO AL PAÍS QUE NUNCA EXISTIÓ”

– ¡Qué extraño! – se dijo – no recuerdo que estudiásemos este país en clase de geografía.

Continúo andando; todo vacío, no veía a nadie, no oía nada. A lo lejos vio un cartel iluminado:

– ¡Hombre, parece que hay algo de vida allí! Iré a echar un vistazo.

Se dirigió hacia aquella casa y, cuando estuvo delante, pudo leer el cartel:

“LA TRASTIENDA”

En el cristal otro cartelito que decía:

“Sin existencias”

– ¡Qué raro! ¿y para qué estará abierta? – se preguntó – Bueno, al menos puede que encuentre a alguien.

La campana de la puerta tintineó cuando la atravesó…eso fue todo lo que se podía escuchar en el interior de la vieja tienda. Estaba muy oscuro pero, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver una estantería tras otra. Eran de una madera tan vieja que parecía que, en cualquier momento, se desplomarían. Estaban llenas de cajas de madera, botes de cristal, libros y más objetos que era incapaz de distinguir. Lo único que reconocía era el polvo y lo viejo que resultaba todo.

Con miedo cruzó el largo pasillo de estanterías y, al fondo, pudo ver a una anciana tras un amplio y mugriento mostrador.

– Adelante Rita, hace días que te estaba esperando. Ya pensaba que te habías perdido – le dijo con una mueca que intentaba parecer una sonrisa.

– Pero… ¿cómo sabe mi nombre?

– No tenemos tiempo para preguntas y, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo importante es que has venido aquí a por algo, algo que hace tiempo vienes necesitando – contestó la anciana.

– Yo…

– ¡Shhh! – le interrumpió – Escucha atentamente, es importante que te quede todo muy claro pues no habrá tiempo para una segunda explicación.

La anciana cogió una sucia caja de madera de lo alto de un estante, le sopló para quitarle el polvo que la cubría y, a continuación, la abrió. Rita esperaba sin entender nada. De la caja sacó unas tijeras, no menos viejas que todo cuanto había en aquella tienda, estaban oxidadas como si nadie las hubiera usado durante siglos. La anciana se las ofreció. Cuando la chica iba a cogerlas, la mujer las apartó rápidamente de su mano y le dijo:

– Estas son unas tijeras mágicas. Con ellas podrás recortar todo cuanto desees.

Rita iba a hacerle una nueva pregunta cuando de nuevo le interrumpió:

– ¡Shhh! Escucha: es muy importante que escojas muy bien lo que recortas, no lo olvides.

Y a continuación canturreó unas palabras al tiempo que agitaba las tijeras:

 ¡Tijeras, tijeritas,

cortad todo lo que desee Rita!

 

Al fin le dio las tijeras. Ella continuaba sin entender nada pero la anciana le hizo un gesto con la mano indicándole que esperase. Sacó entonces de la caja una hermosa cadena dorada de la cual colgaba un precioso corazón, también de oro.

– Llévalo siempre alrededor de tu cuello, ¿entendido?

– Si – contestó Rita – pero yo…

La anciana le volvió a interrumpir, esta vez para ofrecerle un vaso de agua helada. Cuando la chica lo vio se le olvidaron sus dudas y sólo podía pensar en bebérselo… ¡Estaba realmente sedienta! ¡Hacía tanto calor! Rita se bebió el vaso casi de un solo trago. Apenas lo hubo dejado en el mostrador, miró a su alrededor y de nuevo se vio en su habitación… con la caja de madera en sus manos y el collar rodeando su cuello.

– ¡Qué extraño es todo hoy!

Miró el reloj de su mesita y, ¡madre mía! Eran las nueve de la mañana, llegaría tarde a clase.

 

Ese día volvió del colegio no menos molesta que el anterior así que, en cuanto llegó a casa, subió a su habitación y sacó las tijeras de la caja.

– Recortó las palabras burlonas de sus compañeras de clase…y ya nunca más se metieron con ella.

– Recortó su nostalgia por la marcha de su amiga… y nunca más la echó de menos.

– Recortó la tristeza por la muerte de la abuela… y nunca más la recordó.

– Recortó las regañinas de sus padres… y nunca más discutieron.

– Recortó la rabia de haber perdido a su perro… y nunca más quiso acariciar uno.

¡Vaya, se sentía mucho mejor!

 

El tiempo pasó y Rita recortaba cada vez más cosas que no le gustaban o que le dañaban: exámenes, maestras, personas que le herían, palabras mal sonantes, postres que no le gustaban, películas que le daban miedo y un sinfín de cosas que iba encontrando en su camino.

Hasta que un día, un día que estaba realmente harta de todo, un día de esos que una solo quiere desaparecer, un día… ¡se recortó a sí misma! Estaba tan cansada de todo, de todos y hasta de ella misma, ¡se sentía tan desdichada! Se recortó y se colocó en el hueco de un árbol en medio de un frondoso bosque.

Al principio estaba muy a gusto.

– Ahora sí que nadie puede molestarme o dañarme.

Disfrutaba del silencio y la paz de estar sola pero, con el paso de los días, ese silencio se convirtió en ruidos internos, en pensamientos que no entendía, estaba llena de palabras y palabras pero ¿a quién podía decírselas? Fue entonces cuando esa paz se convirtió en una profunda soledad. ¡Volvía a sentirse desdichada!

– ¡Me siento sola! ¡He cortado demasiado!

Comenzó a llorar desconsolada y en esas que echó mano al colgante dorado y, con una furia que le asustó hasta a ella misma, estampó el corazón contra el suelo:

– ¡Estúpido corazón! – gritó

Al golpear contra el suelo, el corazón se abrió por la mitad. En realidad era una diminuta cajita con forma de corazón. Rita se quedó extrañada. Al volver a cogerlo, ahora abierto de par en par, vio que dentro guardaba una aguja y un hilo de plata y en el dorso una inscripción que decía:

“Aguja e hilo de plata

coserás con dedicación

lo que anhele tu corazón”

 

No tuvo que parar un segundo para que Rita entendiera la inscripción. Cogió la aguja y comenzó a coserse, en primer lugar a sí misma, con un precioso hilo de plata que ahora la unía al mundo.

Volvió corriendo a casa donde todo estaba vacío y silencioso… ¡claro, los había recortado a todos!

Abrió la caja de madera donde, sin saber en su momento por qué lo hizo, había ido guardando todas y cada una de las cosas, personas, lugares, sentimientos y pensamientos que hace mucho recortó , algunas de las cuales ahora añoraba profundamente y deseaba volver a ver o sentir.

Cosió a su madre y a su padre, cosió aquel lugar junto al río que tanto le gustaba, a su amiga Margarita, el recuerdo de los besos de la abuela, el de los ladridos de su perro, sus dibujos…

 

Durante tres días y tres noches se dedicó a coser sin parar, con el mayor esmero que pudo, cada uno de los retales de su vida. Ahora ésta se parecía bastante a su vida anterior. Excepto por un detalle; las puntadas de planta que fue dando en entre un recorte y otro no eran del todo perfectas pues ella no era una experta costurera, así que, de vez en cuando, se descosía algún punto. Entonces ella decidía entre arreglarlo y volverlo a coserlo o… recortarlo para siempre.

 

REFLEXIÓN:

A menudo, en nuestra vida tenemos que cortar con esto o aquello, otras coser con dedicación lo que deseamos conservar y otras veces, simplemente, quedarán los huecos vacíos.

El sufismo, nos habla de un hilo de plata que existe dentro de cada persona, un hilo que emerge de la fisura de nuestra máscara y que conecta el mundo exterior con la esencia. Cuando escribí este cuento desconocía este simbolismo…ahora un precioso hilo de plata me une a la tradición sufí.

¿Cómo estás hoy?

Teresa despierta muy temprano esta mañana cuando su madre descorre las cortinas de su cuarto al tiempo que le dice:

– ¡Buenos días, Teresa! ¿Cómo estás hoy? Mira qué bonito día hace…seguro que estarás contenta.

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Detesto madrugar! Con lo a gusto y calentita que estaba en la cama…me quedaría aquí todo el día.”

 

Comienza el día de Teresa y, al llegar al colegio, la maestra le dice:

– ¡Vaya, Teresa! Hoy no ha venido Paula, tu compañera de pupitre. ¡Qué triste tienes que estar! ¡Cuánto la echarás de menos!

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Qué descanso! Hoy Paula no se pasará en día molestando pidiéndome mis colores.”

 

Ya es mediodía y todo está listo para comer… ¡espinacas!

– Mira Teresa – dice mamá – Hoy comemos verduritas, tienen muchas vitaminas y te pondrás muy fuerte. Además, ¡sé que te encantan!

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Puag! ¡Qué asco! Me gustan las verduritas pero no la comida de vacas.

 

¡Papá ha traído un regalo para Teresa!

– ¡Sorpresa! – le dice – Como sé cuánto te gustan los perros… te he traído un perrito… ¡de peluche! Seguro que estás contenta, ¡eh!

-Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Menuda sorpresa! Yo lo que quiero es un perrito de verdad, ¡qué rollo!”

 

Todas las tardes Teresa va al parque con la abuela, pero esta tarde no ha podido venir a recogerla.

– Lo siento mucho, querida nieta – le dice la abuela al teléfono – Esta tarde te aburrirás en casa, con lo que te gusta pasear conmigo y mis amigas.

– Si… – contesta Teresa

Aunque, para sus adentros, piensa: “¡Bien! Hoy podré pasar la tarde entera en mi cuarto, jugando con mis muñecas y pintando en mi cuaderno nuevo.”

 

Es hora de ir a dormir y mamá viene a la cama  de Teresa a darle las buenas noches.

– Que descanses hijita – le dice mientras le arropa – Pareces un poco asustada, no tengas miedo a la oscuridad, verás como pronto estás tranquilamente dormida.

– Si… – contesta Teresa

Cuando mamá cierra la puerta Teresa coge su nueva y preciosa linterna que guarda bajo la almohada y se pone en pie en la cama:

– ¡Empieza la diversión!

 

 

REFLEXIÓN:

 De pequeños nos enseñan a ser niños y niñas buenos…tenemos que adaptarnos al mundo adulto.

Esto, muchas veces, supone vivir más volcados hacia los demás que hacia nosotros mismos. Los demás deciden cómo nos sentimos, qué nos gusta o qué detestamos. Y nos dejamos llevar… todo por ser buenos niños y buenas niñas.

Vivimos en una sociedad en la que no siempre es adaptativo contestar o comportarnos sinceramente de cara a los demás. No obstante, en nuestro interior, siempre hay sitio para una emoción auténtica y nadie nos puede impedir ser sinceros, al menos, con nosotros mismos.

Y tu… ¿cómo estás hoy?

Nunca dejes de preguntarte…

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

Cuidando a nuestro Niño Interior

Todos hemos oído hablar de nuestro “Niño Interior”, pero ¿a qué nos referimos realmente?

En el ámbito de la psicología, fue Piaget quién, en sus estudios sobre el mundo psicológico infantil, estableció las etapas o períodos del desarrollo cognitivo. El autor nos habla del pensamiento mágico simbólico, característico de la etapa comprendida entre los 2 y los 7 años, a la que denominó mágico-simbólica, y que más tarde pasaron a llamar pre-operacional (lo de mágico-simbólica parece que no lo consideraban un nombre muy serio). Según Piaget, en este período, el pensamiento del infante, entre otras cosas, es egocéntrico y mágico. Bien sabemos que el niño en esta edad se cree el centro de todos los sucesos, resultándole muy difícil ver las cosas desde otro punto de vista diferente al suyo. Y a esta cualidad se le añade el aspecto mágico, por lo que el niño cree que la magia puede producir acontecimientos, es más, muchos acontecimientos del día a día les pueden parecer productos de ésta, así como la lluvia, un horno que transforma una masa en magdalenas, la luna, un pájaro, una lupa, un teléfono, etc. De ahí que los cuentos de hadas les resulten muy atrayentes en estas edades pues les hablan en su propio lenguaje.

Estas características que Piaget atribuyó al pensamiento mágico-simbólico son las que podemos encontrar en nuestro niño interior. Todos, de un modo u otro, sentimos que dentro de nosotros albergamos a un niño, un niño que nos ha ido acompañando en nuestras experiencias vitales y que solemos sentir frágil, por lo que necesitamos cuidarlo y escucharlo, actuar con él como una madre que lo nutre y lo ampara.

Desde siempre han existido personas que intentan recomponer los traumas y daños emocionales que tenemos los seres humanos pero a veces no basta con una explicación psicológica pues en ocasiones es ese niño interior el que está dañado. Este se aferra, es cabezota como ese chiquito empeñado en un helado, y nos resulta difícil desviar su atención. Lo que nos lleva a repetir patrones que sabemos que no queremos o que no nos gustan, como enamorarnos siempre del mismo tipo de personas o que otras personas nos engañen siempre en las mismas situaciones. Esto sucede porque las cosas pasan por el niño interno, que no es nada lógico ni razonable y que sigue atascándose en las mismas cosas, equivocándose en lo mismo. Como niño que es, necesita un poco de atención, que lo calmen y que lo mimen. Para que se sienta escuchado y cuidado hay que hablarle en su lenguaje, por medio de mensajes simbólicos que llegan a nuestro inconsciente, lugar dónde vive el pensamiento mágico-simbólico. Él mismo se comunica con nosotros a su manera, a través de los sueños o pesadillas, que a veces se convierten en recurrentes pues no se siente escuchado e insiste, como cualquier niño que necesita que el adulto, nuestro adulto, escuche sus problemas y le ayude a solucionarlos.

¿Y cuáles son esos mensajes simbólicos? Los cuentos son, como ya sabemos, los mensajes preferidos de este niño interior, pues están escritos desde un niño para otro niño. De ahí que, como he podido comprobar cuando cuento cuentos, tanto a los más pequeños como a los que ya no lo somos, nos dejan embobados, curiosos, atentos, y nos dibuja una especie de sonrisa que sólo sabe sacarnos un niño, el nuestro.

No obstante, podemos encontrar muchos más mensajes tranquilizadores que nos hablan desde lo simbólico… y suelen ser las cosas que nos dan placer pero que consideramos más absurdas o simples y no les damos importancia, como pasear al perro, dibujar, darnos un baño de espuma, tomarnos un helado de chocolate, bailar, reír porque sí…y tantas formas y maneras como personitas aún existen dentro de nosotros.

Cuentos

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo.

ImagenDesde que comenzó a andar, cuando el sol brillaba con más intensidad, en su sombra se apreciaba algo extraño. A medida que fue creciendo, la sombra del niño se volvía cada vez más monstruosa…orejas puntiagudas, pezuñas y rabo de animal, un par de cuernos que crecían cada año y gordo, cada vez más gordo y alto.  Así que el niño comenzó a encerrarse en casa cuando era de día, sólo salía de noche.

El niño creció y se hizo hombre. Un hombre que había pasado toda su vida encerrado en la más oscura soledad del sótano de su casa. Un hombre que no había cruzado palabra con nadie desde que sus padres murieron. Un hombre que sólo salía de casa por las noches y, como no había tiendas abiertas, se alimentaba de restos que encontraba en las basuras hasta que empezó a cazar ratas, gatos y cualquier bicho viviente. Un horrible monstruo decían. Un horrible monstruo que andaba encorvado, despeinado, desdentado, sucio y maloliente que hasta gruñía si por error alguien se cruzaba en su camino. Un horrible monstruo al que todos temían.

Una noche de luna llena salió a buscar alimento y, en medio de un pequeño solar donde solía cazar gatos, encontró a una niña.

– ¡Hola! – le dijo con una cálida sonrisa – ¿me ayudas a buscar a Pancho? Es un perrito muy travieso y ha desaparecido entre las ramas persiguiendo un gatito.

Y la niña le extendió la mano con dulzura para que le acompañara. Él, asombrado, le preguntó:

– Pero, ¿cómo? ¿No ves que soy un monstruo?

– Si – contestó la niña despreocupada mientras insistía con su mano para que le acompañase.

– Y… ¿no te doy miedo?

La niña bajó su mano y se puso muy seria. Entonces lo miró de arriba abajo mientras él aguantaba sus ganas de salir corriendo. Después lo rodeo lentamente escudriñándolo con sus infantiles ojitos curiosos y le dijo:

– ¿Miedo? – contestó la niña – Miedo, no. Un monstruo con sombra de niño no me da ningún miedo – añadió como si nada mientras se agachaba para recibir a su perrito.

Él se estremeció por un segundo, bajó la mirada hacia su sombra que lucía más oscura que nunca ante aquella luna llena. Y si, allí estaba, ese niño que hace tiempo tuvo sombra de monstruo.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

 

REFLEXIÓN:

A veces ponemos tanta atención a eso que no nos gusta de nosotros que olvidamos por completo lo que nos gusta, identificándonos sólo con nuestros aspectos negativos.

Te planteo la siguiente cuestión: ¿qué aspectos tuyos guardas más en la sombra? ¿Los que te ayudan o los que te hacen daño?

Recuerda que todo eso eres tu…sólo tienes que aprender juegos de luces y sombras.

 

Las Sonrisas Perdidas

Aquella noche, después de la función anual de teatro, tras una hermosa sesión, todos los habitantes de Villa Sentido, contentos y satisfechos, volvieron a sus casas. Todos menos uno. Aquel ladronzuelo aprovechó que todos dormían para robarles lo más preciado que tenían: las sonrisas.

Desde ese día Villa Sentido se convirtió en un lugar silencioso, sus calles parecían desiertas y el cielo siempre estaba nublado. Las personas se cruzaban unas con otras y apenas levantaban la mano para saludarse, ya no habían palmadas en el hombro, ni besos en las mejillas, ni si quiera un “Hola, ¿qué tal la familia?”.

El pequeño Oliver, la alegría del pueblo, hasta dejó de comer. ¡Con lo que gustaba devorar las tortas de azúcar! Pero claro, las tortas de azúcar siempre le sacaban una gran sonrisa. Bueno, la comida en general le hacía tan feliz que siempre sonreía mientras comía.

Una mañana Oliver no podía más, estaba muerto de hambre y decidió buscar las sonrisas por todo Villa Sentido. Las buscó casa por casa, en cada árbol, en cada farola, en cada esquina. Pero nada. Por un momento perdió la esperanza, apenas tenía fuerzas después de tres semanas sin probar bocado. Sin su placentera sonrisa no tenía apetito. Triste y cabizbajo, se dirigió a la plaza del pueblo y se sentó al borde de la fuente. El olor del agua fresca le ayudó a respirar profundamente calmando su ansiedad y, sin pensarlo dos veces, comenzó a echarse agua por el rostro. Fue en ese momento cuando Oliver tuvo aquella idea. Caminó por todo el pueblo convocando, a viva voz, a todos los habitantes para reunirse en la fuente.

Con una paciencia de tortuga, el niño aguardó a que todos estuvieran presentes. Entonces, se puso de pie en el borde de la fuente y comenzó a echarse agua por todo el cuerpo; comenzó por los pies, subiendo por las piernas, los brazos, los hombros, la cabeza, hasta terminar por su redondita cara.

Cuando el agua resbalaba por su rostro, una mueca se dibujó en sus labios: lo más parecido a una sonrisa que nadie había visto desde había mucho tiempo.

Uno por uno, todos los que allí se encontraban rodearon la fuente y comenzaron a tomar agua entre sus manos mojando así sus rostros. Se miraban unos a otros, asombrados, extrañados, como un niño que abre sus ojos por primera vez, observando la fina línea que dibujaban sus bocas.

Por un momento aquello parecía una fiesta como las de antes sólo que silenciosa y lenta, pues todos se miraban temerosos como si apenas se conociesen. Justo en el momento en que el último de los allí presentes mojó su rostro, justo en ese momento, las nubes grises que les habían acompañado esas tres últimas semanas se iluminaron con un relámpago seguido de un fuerte trueno. Comenzó a llover, una lluvia lenta, fina, fresca, que iba dejando su olor a tierra húmeda por todo el pueblo. Como si de un rayo se tratase, una sensación de alegría inundó los corazones de aquellas personas que rodeaban la fuente, haciéndoles sonreír a todos a la vez, una sonrisas suaves, silenciosas y placenteras. Y así fue como Villa Sentidos se convirtió en una única sonrisa, la sonrisa más grande del mundo.

 Sonrisas Encontradas

Bueno, he de decir que no todos los habitantes sonrieron aquella tarde. Hubo uno que lloró y pataleó. Podéis imaginad quién: aquel que semanas atrás robó las sonrisas para guardarlas en un cofre creyendo que así nunca estaría triste. Esa misma noche, todas las sonrisas robadas que guardaba bajo llave se convirtieron en burlas, gruñidos e incluso aullidos que le persiguieron durante aquella noche y volvían a sus oídos cada vez que intentaba robar sonrisas de nuevo.

 

REFLEXIÓN:

La pregunta no es quién ni cuándo te han robado una sonrisa. Eso es irrelevante pues ya pasó.

La pregunta es ¿Qué haces para recuperar tu sonrisa?

Una pista: MÓJATE

 

El Hueso de Cereza

La niña y las cerezas

 

 

Había una vez una niña a la que le encantaba comer cerezas. Le gustaba su color rojo, su forma de corazón y, sobre todo, su dulce y a la vez ácido sabor.

 

 

 

 

Un día, mientras comía cerezas, le dieron una mala noticia. Y se puso tan triste y se asustó tanto que se le olvidó escupir el hueso de la cereza y… ¡se lo tragó! pero con tan mala suerte que se le quedó atascado en mitad de la garganta.

El hueso no le impedía comer, ni respirar, ni hablar… pero cuando alguien le daba una mala noticia, entonces éste parecía crecer y crecer en su garganta, tanto que no podía ni tragar saliva. Y pasaba un largo rato intentándolo pero no iba ni para dentro ni para fuera.
A veces, cuando la noticia le ponía muy triste, el hueso se hinchaba tanto que le dolía muchísimo la garganta y se ponía hasta colorada. Otras veces, cuando algo le asustaba mucho, el hueso subía de arriba abajo a lo largo de su garganta haciéndole toser e incluso vomitar.
Estaba claro que el hueso de cereza era un auténtico estorbo pero los años pasaron y la niña se acostumbró a vivir con él, ahí, en su garganta. Aprendió a evitar a toda costa las situaciones tristes o que le daban miedo para así evitar que el hueso se hinchase o se moviese.
Hasta que un día, uno de esos días grises que no para de llover, se resbaló en el mojado pavimento de la calle y ¡zas! cayó bruscamente al suelo dándose un fuerte golpe en el pecho…sintió mucho miedo y comenzó a llorar sin parar. Entonces, cuando comenzó a incorporarse de su aparatosa caída, pudo ver ahí, en el suelo, el pequeño hueso de cereza que tanto tiempo le había acompañado. Se quedó sentada en el suelo, miró a su alrededor y comenzó a reír sin parar.

 

REFLEXIÓN:

A veces hay malas noticias, situaciones tristes, dolorosas o que nos producen miedo que se nos quedan atascadas pues en el momento de recibirlas nos quedamos bloqueados. Hasta el punto de que tenemos que sufrir algún golpe, literal o metafórico, para desbloquearnos.

¿Quién no ha sentido alguna vez ese nudo en la garganta? Ese nudo en la garganta nos está indicando que algo está atascado, que algo tiene que salir. A veces evitamos llorar o incluso gritar porque creemos que es de débiles llorar o estar asustados o porque no queremos que los demás nos vean vulnerables… hay tantas razones como personas.

Una vez más te invito a expresar. Observa cuándo se te queda ese hueso atascado en la garganta y busca la manera de sacarlo fuera, a veces puede ser pidiendo ayuda, otras estando a solas… también hay tantas como personas.