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La Gallina Josefina

De todos es sabido que las gallinas son bastante cobardes pero Josefina era distinta. Desde pequeña deseaba salir del corral para vivir aventuras. Miraba a través de la valla,  soñando con picotear entre los limoneros que quedaban allí, lejos, al otro lado del mundo.

Cuando Josefina creció, un día, por fin, consiguió saltar la alambrada. Durante mucho tiempo se había estado preparando para ello, en realidad volar era fácil, sólo tenía que batir sus alas y apretar fuerte los ojos mientras se impulsaba con sus patitas.

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La Noria

Sofía y Roberto al fin fueron al parque de atracciones. Desde casa podían ver cómo, entre todas las demás, la noria era la atracción que más sobresalía e imaginaban cómo sería ver la ciudad desde allí arriba. Así que se dirigieron directos hacia ella.

Una vez sentados, la gran rueda empezó a girar, primero iba muy despacio; Roberto se aburría pero Sofía empezó a sentir cómo le subía algo por el estómago al tiempo que se alzaban en su columpio.

– Mira – decía Roberto – ¡qué pequeño se ve todo desde aquí!

Sofía miró, pero sintió un gran vértigo y, cuando empezaron a descender, estaba tan mareada que se tapó los ojos con las manos para no ver cómo caían.

La noria iba cada vez más rápido. Roberto estaba encantado, gritaba de júbilo. Sofía, sin embargo, no podía quitarse las manos de la cara y, lo peor, cada vez estaba más y más mareada. Sólo podía pensar en cuándo acabaría aquel infierno.

Por más que le decía su hermano que se destapase los ojos y mirase lo fascinante de aquel paseo, Sofía no podía evitarlo, sus manos estaban como pegadas a sus ojos… y la angustia y el mareo le recorrían todo el cuerpo.

Hasta que Roberto tiró de sus brazos hacia abajo y le dijo:

– ¡Es la última vuelta de la noria, abre los ojos!

Al oír que era la última vuelta, Sofía sintió un gran alivio y se decidió a destaparse los ojos ya que pronto estaría al fin sobre el firme suelo. Abrió los ojos con mucho miedo, encogiendo el cuello y casi todo su cuerpo pues el terrible mareo parecía que se la iba a llevar volando. Poco a poco fue mirando a su alrededor y, para su sorpresa, cuanto más abría los ojos y más contemplaba la ciudad desde lo alto, su mareo se iba disipando.

– Claro- dijo Roberto – dar vueltas con los ojos cerrados marea mucho más que si los abres y contemplas lo que te rodea. ¡Una y otra vez, ahora desde lo alto, ahora desde abajo…!

 

REFLEXIÓN:

A veces vivir es como subir a una noria; pasamos tantas veces por los mismos sitios y a tanta velocidad que preferimos taparnos los ojos. Lo curioso es que, igual que en el cuento, cuanto más cerramos los ojos ante lo que nos sucede, más nos marea pues caminamos a tientas dejándonos llevar por las circunstancias.

Cada uno de nosotros, por nuestro carácter, tenemos tendencia a dar un tipo de vueltas, a pasar una y otra vez por lo mismo y esa sensación nos angustia, por lo que  decidimos taparnos los ojos y evitar eso que no nos gusta. Pero la angustia sigue ahí y, peor aún, llega un momento en que hasta olvidamos lo que nos angustiaba.

Por eso, si abres los ojos podrás ver cómo esas situaciones que se te repiten nunca son igual pues a veces estarás en lo alto de la noria y las observarás desde una perspectiva elevada, seguramente satisfactoria, y otras veces estarás en lo más bajo y verás lo que te acontece desde esa parte tuya que menos te gusta.

 

Sea como sea… si decides subir a la noria, abre los ojos y contempla el paisaje, a veces hermoso a veces oscuro, pero siempre… el paisaje de tu vida.

En la Cuerda Floja

Hubo una vez un país dónde no existía suelo sobre el que andar o, al menos, sus habitantes ya no podían verlo. Hacía muchos años que comenzaron a pensar que estarían mejor cuanto más cerca del cielo que era lo más bello y les acercaba a lo divino. Así pues, las personas que allí vivían se movían por las alturas. En lo más elevado de sus calles tenían cuerdas a través de las cuales caminaban de un sitio para otro.

Cuando un niño aprendía a caminar sus padres lo llevaban agarrado a un cordel para evitar las caídas en sus primeros pasos. Más tarde, al llegar a la escuela, en clase de educación física perfeccionaban su técnica para andar en la cuerda floja.

Los habitantes de este país tenían tal maestría en caminar sobre las largas y finas cuerdas que pendían de cada rincón que, raramente, alguien se precipitaba al vacío por accidente. Paseaban, conversaban, bailaban e incluso comían, siempre con precaución, sobre los delgados cordeles. Todos tenían miedo a caer pues, seguramente, el infierno y las sombras más desconocidas y tenebrosas les esperaban al final de la caída.

El rey y la reina velaban a todas horas por sus ciudadanos para que nadie cometiera imprudencias sobre las cuerdas. A veces algunas personas cometían locuras como saltar o dar volteretas sobre un cordel e incluso colgarse boca abajo. En estas ocasiones se les prescribían medicinas pues, claramente, eran casos de locura y si aún así persistían los internaban en un psiquiátrico.

 

No obstante, existió en este país un grupo de personas que, de vez en cuando, se salían de la cuerda de las maneras más creativas, divertidas y bellas que lograban imaginar. Este grupo de personas eran admiradas por todos los habitantes que los contemplaban con gran devoción.

¡ES UN ARTISTA! – decían

 

 

REFLEXIÓN:

Vivimos en un mundo de cordura en el que nos desplazamos por la cuerda floja y cuando alguien se desmarca por un instante de lo que esperamos y conocemos les llamamos locos o inestables. Personas que tras estar cada día manteniendo el equilibrio sobre la cuerda floja, en algún momento de su vida pierden la estabilidad ante la fina hebra de la cordura.
En el fondo creo que todos tenemos un poco de envidia de esos momentos de enajenación, de esos momentos de dejar la cabeza, las normas, la educación y todas esas cosas que nos alinean, y poder así expresarnos sin límites.

Rompe un plato, grita en medio de la calle, manda al carajo a esa persona, besa a esa otra sin más, dile a ese desconocido que le amas, llora desconsolada en el supermercado, baila en medio de la plaza, sonríe a cuantos te cruces en tu camino…quién nunca haya si no cometido al menos  fantaseado con alguno de estos actos o parecidos que levante la mano.

“La autenticidad es no cambiar lo que uno es y acotar lo que uno tiene. Es la capacidad de manifestarse tal y como se es, sin ocultamientos. Lo auténtico es y tiene valor.” La locura lo cura, GUILLERMO BORJA