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Llorando Estrellas

La niña se subió al tejado y, sentada en la chimenea, lloró. Lloró tanto que la calle comenzó a inundarse, lloró tanto que el sol decidió esconderse, lloró tanto que la luna se despertó. Lloró tanto que se le agotaron las lágrimas y de sus ojos comenzaron a brotar estrellas.

Son esas cosas que pasan cuando alguien llora hasta quedarse sin lágrimas. Si es de noche y estás sobre un tejado empezarás a llorar estrellas, es así como nacen algunas. Primero son diminutas (claro que si no no podrían salir de los ojos) y luego van creciendo y creciendo hasta salir disparadas hacia el cielo infinito. Eso es lo que más les gusta a las estrellas, crecer e impulsarse en busca de un hogar, un hogar en el que pasar el resto de sus largas vidas brillando. Y con cada destello susurran el nombre de quien las lloró.

Las de aquella noche dicen en voz muy suave, casi imperceptible: Hortensia, Hortensia, Hortensia…

El Sendero de Sofía

Érase una vez un camino. Un camino antes de ser camino.

En medio de la jungla se escondía un hermoso lago repleto de frondosa vegetación, y una gran cascada, y un claro donde poder ver las estrellas, o eso decían. Había tantos árboles hasta el lago que ninguna persona había llegado nunca. Todos en el poblado conocían la existencia de los oasis o lugares mágicos ocultos en la selva pero nade se atrevía a adentrarse para buscarlos. Nadie excepto Sofía.

Sofía paseaba entre las espesura de aquellos árboles desde que sus padres le permitieron hacerlo con la compañía de Libre, su fiel y hermoso perro. Cada día la niña iba un poquito más lejos… y volvía. Andaba un pasito y memorizaba sus huellas, eligiendo, en  cada tramo, algo que le sirviera de señal, un árbol, una madriguera, una piedra… Después volvía sobre sus pasos. Y así, durante muchas semanas, semanas que se convirtieron en meses y éstos, a su vez, en años.

Algunos días, la muchacha, caminaba largos tramos…los cuáles eran más difíciles memorizar, otros caminaba pequeñas distancias pues se encontraba con alguna dificultad, otros llegaba a donde el día anterior y no avanzaba, sino que se limitaba a descansar allí y disfrutar de cuánto le rodeaba. Otros, incluso, se paraba mucho antes, observando orgullosa lo que ya conocía, a veces se deleitaba con buenos olores, o bellos colores,  o simplemente añoranzas de unos días atrás. También había días en los que  Sofía no podía caminar porque algo le impedía siquiera salir del poblado… una enfermedad, la escuela, un cumpleaños o una intensa lluvia. Pero esos días la niña no olvidaba su sendero y, desde la ventana de su habitación, alumbrado por la luna, sentía poder distinguirlo a la salida del poblado. En las oscuras noches de invierno, Sofía lo trazaba, paso por paso, en su imaginación y, mientras lo recorría, se quedaba profundamente dormida.

El sendero de SofíaMuchos años trascurrieron hasta que, al fin, Sofía llegó al lago. Era realmente hermoso, más de lo que había imaginado. Una parte de ella sentía que ese era su sitio. Y la sensación de paz al mirar hacia delante y sentir que lo había logrado, era lo que más le satisfacía.

Aquel lugar fue un secreto para Sofía durante muchos años, hasta que un día su amiga Clara andaba muy afligida por la pérdida reciente de su padre. La chica no lo dudó un instante, la tomó de la mano y la llevó a allí, por su sendero, sobre sus pasos, hasta su lago. Lo que allí pasó sólo lo saben ellas pero Clara recuperó el color de sus mejillas.

Desde entonces, Sofía continúa tomando de la mano a diversas personas y las conduce a su lago escondido, por su secreto sendero, pisando sobre sus pasos. A veces lleva a algún amigo, pariente o conocido que  ella presiente que le irá bien. Algunos tan solo caminan un rato pues se cansan pronto o simplemente les reconforta tanto el hecho de andar sobre las huellas de la chica, conociendo los misterios de la senda misteriosa, que eso les fortalece lo suficiente. Otros se quedan mucho rato en el lago hasta que Sofía les ayuda a volver. Otros, los más atrevidos, deciden trazar su propio camino de vuelta. Otros, incluso,  se deciden a ir en busca de su propio oasis. Y otros, otros ni se atreven a pisarlo y se limitan a divisarlo desde el poblado…hasta que sea su momento.

*Dedicado a todas esas personas que alguna vez me han mostrado parte de su andadura en este mundo ayudándome a seguir adelante…y a aquellas otras que confían en que mi mano les muestre parte la mía.

REFLEXIÓN:

El camino propio sólo podemos crearlo nosotros mismos pero hay veces que es necesario dejarnos guiar por aquellos sabios que ya lo andaron, sabios no más porque “saben”, conocen el camino. Estos guías pueden ser desde terapeutas, maestros, abuelas, madres, padres, amigos o simplemente esa persona desconocida que un día, incluso sin conciencia, nos mostró por donde pisar.

La Alfombra Mágica de los Cuentos

La abuela de Sofía tejió para ella una mantita confeccionada a base de retales de tela inservibles que fue uniendo hasta que dio como resultado… ¡una alfombra mágica!

Por las tardes, después de merendar, Sofía echaba su mantita al suelo, frente al abuelo, y lo escuchaba atenta y entusiasmada. A veces le contaba cuentos de esos de toda la vida como caperucita roja, Juan sin miedo o Garbancito, otras, le relataba anécdotas de su experimentada vida, y, otras veces, historias que inventaba sobre la marcha en las cuales Sofía era la protagonista y vivía un sinfín de aventuras. La abuela, sentada en su sillón de la salita de estar, los contemplaba con un gran placer como si de su novela preferida se tratase.

La mamá de Sofía le decía:

– ¡Niña, vas a coger frío ahí, tirada en el suelo!

A lo que Sofía contestaba:

– Pero mamá… ¡no te enteras!, ¿no ves que es una alfombra mágica? No estoy tirada en el suelo sino… ¡volando por el aire!

Y realmente era una alfombra mágica pues cada vez que la niña la echaba al suelo surgían montones de cuentos e historias para contar y escuchar.

 

Sofía creció… y se dedicó a volar por todo el mundo en su alfombra mágica escuchando y contando cuentos, relatando las más divertidas anécdotas y, en ocasiones, inventando historias sobre la marcha para todas esas personas especiales que encontraba en su camino.

 

REFLEXIÓN:

A todos los niños les gusta que les cuenten cuentos… a los mayores también. A todos nos han contado cuentos alguna vez, en unas ocasiones en forma de cuentos como tal y otras como historias, anécdotas o leyendas familiares o del barrio. A todos, niños y adultos, se nos ilumina la cara cuando escuchamos una bonita historia.

Con este cuento quiero invitarte a que cuentes cuentos siempre que puedas, reales o inventados, pues hay muchos niños deseosos de que alguien lo haga para ellos. Estos niños, a veces, son de corta edad y otras, sin embargo, son personas cuyo niño interior sigue deseoso de que alguien le dedique un poco de su tiempo.

El Desván

El desván de la antigua casa de campo siempre estaba cerrado. Susi y Pablo veían la llave colgada del cuello de su anciana tía y morían de ganas de cogerla y abrir rápidamente la puerta para investigar. Pero tía Gilda era grande y fuerte, y no se separaba de aquella llave ni cuando dormía.

Susi y Pablo se preguntaban qué secretos escondía el desván y pasaban las horas asomando un ojo por la cerradura intentando vislumbrar alguna sombra o pegando bien la oreja a la puerta para escuchar qué sucedía allí dentro.

Y cada día, entre los dos, creaban sus propias historias a partir de algún extraño ruido o alguna sombra sospechosa:

– Desfiguradas formas de lo que parecían ser enormes ogros.

– Las fuertes pisadas de un rabioso gigante.

– La silueta de un ratón que bailaba claqué.

– El susurro de los conjuros de una malvada bruja.

– Extrañas criaturas que revoloteaban en el techo.

– El llanto de una princesa encerrada.

– Hadas que jugaban al escondite.

– Duendes que cosían los vestidos de tía Gilda.

A partir de cada sonido o cada sombra que débilmente percibían, los niños creaban historias secretas que les mantenían unidos en el misterio.

 

Susi y Pablo crecieron y heredaron de su tía aquella maravillosa casa de campo y, con ella, la misteriosa llave. Al cabo de los años, volvieron a la puerta del desván, esta vez la llave colgaba del cuello de Susi. Junto a aquella cerradura los dos hermanos se miraron fijamente durante un largo rato, ella sostenía la llave en sus manos.

En ese momento, Clara, la hijita de Susi subió corriendo las escaleras:

– “¡Mamá, mamá, ¿qué hay en el desván?, ¿qué hay en el desván?”

Los dos hermanos se miraron fijamente, esbozando la misma sonrisa cómplice que en otro tiempo les unió en los largos veranos de aquella vieja casa. Susi, volvió a colgar la llave de su cuello y Pablo le asintió en silencio.

– “Un misterio pequeña, un misterio…” – contestó Susi, apretando, con fuerza, la llave entre sus manos.

 

REFLEXIÓN:

Cuando somos niños, nuestra colorida fantasía nos ayuda a entender el mundo y sus misterios y esto nos da una energía especial en nuestro interior…el gusanillo de lo mágico y desconocido.

Al crecer y ser adultos esta magia se pierde… a no ser que, conscientemente, dejemos parcelas de nuestra vida en manos del misterio.