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Hay Noches…

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Hay noches que no son para dormir…
sino para ver monstruos y escuchar siniestros sonidos…
¡Qué miedo!

Hay noches que no son para dormir…
sino para buscar tesoros en casa con una diminuta linterna.
¡Impresionante!

Hay noches que no son para dormir…
sino para recordar a aquellos que ya no están.
¡Qué penita!

Hay noches que no son para dormir…
sino para hacer un teatro de sombras en la pared.
¡Qué divertido!

Hay noches que no son para dormir…
sino para llamar a mamá y que te arrope.
¡Qué calorcito!

Y es que hay noches que no son para dormir…
pero todas, todas, SON PARA SOÑAR.

REFLEXIÓN:

Vivimos en una sociedad en la que se nos recalca continuamente la importancia de un sueño reparador por la noche, de dormir mínimo ocho horas.

Esta claro que, a nivel físico, es necesario descansar pero con este cuento quiero invitarte a ver la noche con otros ojos, unos ojos abiertos y curiosos como de un niño.

Observarte en el silencio, en la calma, en la oscuridad, en el miedo, en la melancolía que la noche nos trae cuando permanecemos despiertos mientras todos duermen.

La noche es también ese espacio donde se dan las mejores veladas con los amigos, la conversaciones más íntimas y sinceras, la entrega apasionada de los amantes…el aliento tras la intensa actividad del día.

Y, por supuesto, lo mejor de la noche es ese puente que se nos brinda hacia nuestros sueños.

Nunca renuncies a tus sueños…mimalos cada noche.

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La Gallina Josefina

De todos es sabido que las gallinas son bastante cobardes pero Josefina era distinta. Desde pequeña deseaba salir del corral para vivir aventuras. Miraba a través de la valla,  soñando con picotear entre los limoneros que quedaban allí, lejos, al otro lado del mundo.

Cuando Josefina creció, un día, por fin, consiguió saltar la alambrada. Durante mucho tiempo se había estado preparando para ello, en realidad volar era fácil, sólo tenía que batir sus alas y apretar fuerte los ojos mientras se impulsaba con sus patitas.

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La Ola

Papá y mamá me llevaron a conocer el mar:

– ¡Ohhh, impresionante!

 

No lo pensé dos veces y fui corriendo a meterme al agua.

– ¡Qué divertido!

– ¡Qué fresquita!

– ¡Qué salada!

¡Era lo más emocionante que había vivido nunca!

 

Me divertía como nunca cuando, de repente, una ola gigante pasó por encima de mi cabeza y me cubrió por completo. Comencé a chapotear, ¡no sabía nadar! Estaba muy asustada; movía mis piernas y mis brazos tan fuerte como podía. Las olas me tambaleaban de un lado a otro, sacaba la cabeza pero, el instante, volvía a hundirme. Luché con todas mis fuerzas pero no encontraba el modo de salir a la superficie.

Agotada… me dejé caer.

– ¡Me rindo!

Y me hundía, me hundía cada vez más.

Curiosamente, mientras bajaba a lo más profundo, iba encontrando un sinfín de pececitos y plantas que nadaban tranquilamente a mi alrededor. ¡Había vida allí abajo! Pero no podían ayudarme…

Me hundí hasta lo más profundo, dónde todo era de un azul oscuro y silencioso. Fue entonces cuando algo frenó mi caída. Sentí la arena, las plantas de mis pies se apoyaron con suavidad.

– ¡Ya lo tengo! – me dije

Apoyé completamente mis pies en la arena, flexioné mis rodillas y, con todas mis fuerzas, empujé hacia arriba.

Conseguí salir a la superficie, con los brazos bien abiertos. Me sentía victoriosa. Con una profunda inspiración saboreé el aire como nunca antes lo había hecho. Y, entonces, cuando recuperé el aliento por completo y mi corazón palpitaba más tranquilo, entonces, erguí todo mi cuerpo y ¡oh sorpresa!… ¡el agua apenas me llegaba a la cintura!

Miré hacia la orilla: papá y mamá me saludaban sonrientes.

 

REFLEXIÓN:

Sumergirse en lo más profundo de nuestro ser no es fácil; nos asusta lo que podemos encontrar, nos asusta pues ahí, en la sombra, guardamos todo aquello que nos resulta difícil, doloroso, incómodo… pero, al fin y al cabo, también somos eso. Lo escondemos hasta el punto de ni siquiera recordar lo que hemos ido guardando en nuestras profundidades. Arriesgarse a esta inmersión no es fácil pues nosotros mismos nos pondremos los impedimentos más difíciles de atravesar y, cada parte de ti, se negará a llegar hasta el fondo.

Cuando tu mente, tu cuerpo y hasta tu emoción te dicen que no puedes más…sumérgete en lo más profundo de tu ser, date una ducha de agua fría y llora, grita, patalea… haz todo lo necesario hasta que, tu mente, tu cuerpo y tu emoción, agotados, no puedan seguir diciéndote que no puedes más. Según me dijo un gran amigo y terapeuta, es entonces cuando aparece lo que él llama el segundo aliento. El segundo aliento es esa fuerza tranquila y desconocida que aparece cuando creemos haber llegado al límite y nos da un nuevo impulso para continuar. Esa fuerza que aparece en nosotros cuando creemos que todo está perdido.

La mayoría de las veces nuestros límites están más allá de lo que somos capaces de percibir…

¿Qué nos dicen los cuentos sobre… EL LOBO?

Los cuentos nos dicen que en la vida te encontrarás, tarde o temprano, con el lobo.

Nos dicen que cuando vayas por tu camino tengas cuidado con él pues, una cosa está clara, el lobo siempre querrá comerte. No te confíes si en algún momento es amable, sólo sera una táctica para embaucarte. Los cuentos nos dicen que el lobo tiene hambre de nosotros y que, por más que lo intente, no podrá ocultar durante mucho tiempo sus garras, sus dientes y su apetito feroz.

Los cuentos nos dicen que cuando el lobo aparezca te pongas en guardia pues su intención última es engullirte. No le importa que seas alto o bajo, joven o viejo, listo o tonto, guapo o feo, buena o mala persona… Él sólo quiere saciar su hambre y tú serás su objetivo.

Los cuentos nos dicen que cuando te encuentres con el lobo agudices tu ingenio para crear una estrategia que te permita salir vivo. Nos dicen que si no estas aún maduro para enfrentarte a él te sentirás tan diminutoncomo el cabritillo que cabía en la caja del reloj. Ante el lobo todos nos sentimos pequeños e indefensos; es grande, peludo, con grandes garras, ojos intensos y dientes afilados. No es fácil salir de ahí ileso, pues sabe muy bien cómo anularnos.

Aun así, los cuentos también nos dicen que sí se puede, nos dicen que nos construyamos una casa tan sólida que él no pueda invadir ni derribar. Que pongamos esmero en nuestros cimientos que nadie nos pueda tambalear con malas tretas. Nos dicen que pidamos ayuda a nuestros hermanos, compañeros o figuras de autoridad. Nos dicen que también es valiente el que pide ayuda, el que reconoce que hay lobos ante los cuáles uno no esta preparado para plantarle cara aún.

Los cuentos nos dicen que los lobos existen,  que la vida no es de color de rosa y que a veces sentirás que unos ojos salvajes te observan, a veces sentirás que unas puntiagudas orejas te espían, a veces sentirás que unas garras te aprisionan, a veces sentirás que eres el objetivo para saciar un hambre feroz.

Los cuentos nos dicen, siempre, que todo saldrá bien. Nos dicen que vencerás al lobo. Nos dicen que no hay que apiadarse de él, que tiene que recibir un castigo por el daño causado porque el lobo es malo y lo será siempre.

Los cuentos nos dicen que podemos dormir tranquilos por la noche y caminar en paz por el día puesto que quién te acosaba y quería devorarte ya ha pasado a mejor vida o se ha ido tan lejos que nunca más se supo de él…nunca nunca.

Y ahora yo te pregunto: ¿Qué lobo o lobos te persiguen? ¿puedes nombrarlos? ¿dónde viven…fuera o dentro de tí? Y, por último, ¿eres capaz de sacarlos de tu vida, con o sin ayuda?

wpid-wp-1443969545654.jpegAlgunos cuentos con lobos:
Cuentos de tradición oral:
> Los tres cerditos, los siete cabritillos, caperucita roja (busca siempre versiones originales)
Cuentos ilustrados:
> Un lobo así de grande, de Natalie Louis-Lucas y Kristen Aertssen, editorial Océano Travesía
> Monstruo pequeño dice ¡No!, de Áslaug Jónsdóttir, Rakel Helmsdal y Kalle Güettler, editorial Sushi Books (no aparece el lobo pero a nivel simbólico es el mismo arquetipo y ayuda a proyectar las amenazas tales como las del lobo)


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¿Qué nos dicen los cuentos sobre… EL BOSQUE?

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¿Qué nos dicen los cuentos sobre… EL BOSQUE?

El bosque y yoLos cuentos nos dicen que un día te adentrarás en el bosque y que en él, te perderás. Te perderás en un lugar oscuro, sombrío y repleto de animales salvajes que acechan desde la penumbra.

Los cuentos nos dicen que un día saldrás de la comodidad de tu hogar y te sumergirás en la incertidumbre de lo desconocido, en un oscuro y espeso bosque donde cada paso que des será crucial para tu destino.

Los cuentos nos dicen que, a pesar de caminar por un lugar salvaje e inexplorado para ti, continuarás avanzando. Porque en los cuentos no hay marcha atrás ni rendición y el protagonista nunca se plantea perder.

Los cuentos nos dicen que salir del bosque con vida, triunfante y con una mayor autonomía y maduración es posible. Apartar ramas, ignorar ojos que observan, parar monstruos devoradores y engañar a brujas, ogros y lobos siendo más astutos que ellos son sólo algunas de las pruebas que nos esperan.

Los cuentos nos dicen que dentro de nosotros hay un valor y un coraje que desconocemos. Sólo caminando y atravesando nuestros miedos, podremos nombrarlos y ponernos a prueba.

Los cuentos nos dicen que, para sobrevivir en el bosque, la mejor estrategia es continuar, siempre adelante y sin mirar atrás. Y así, llegarás a tu nuevo estado, a tu nuevo hogar, a tu final feliz.

Tan sólo una advertencia: posiblemente, cuando hayas atravesado el bosque, ya no serás la misma persona, igual has crecido uno o dos centímetros. No te asustes, sigues siendo Tú.

>>>Y ahora te pregunto:¿Cómo es tu bosque?, ¿qué peligros hay en él? y, como no, ¿te atreves a entrar?<<<<

Algunos cuentos del bosque:

Cuentos de tradición oral: Hay numerosos cuentos en los que el bosque aparece: Hansel y Gretel, cpaerucita roja, ricitos de oro, los tres cerditos, el príncipe durmiente, el príncipe sapo, pulgarcito, entre otros.

Cuentos ilustrados: El camino que no iba a ninguna parte, de Gianni Rodari


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CUENTO: Más allá del bosque

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

El Mundo de Mamá

Hace unos días una amiga, madre de tres hijos, me hablaba de cómo, de repente, en los últimos meses, su hijo tiene malos comportamientos; ha pasado de sacar muy buenas notas y ser obediente a bajar nota, contestar mal a los adultos y relacionarse en el colegio con los niños más traviesos y problemáticos.

Muy preocupada  me cuenta que no sabe cómo manejar la situación, lo que le produce mucha ansiedad. De los tres hijos, la más pequeña es un bebé de unos seis meses, que aún toma pecho, la mediana que tiene apenas tres años y el mayor que tiene seis. Además de sus ocupaciones como madre, trabaja por las mañana en una escuela infantil,  por las tardes acude a la universidad para sacarse la carrera de magisterio, lleva a sus hijos a sus respectivas actividades extraescolares y, entre tarea y tarea, acude a casa de sus padres que, debido a su avanzada edad siempre tienen alguna complicación. Su marido trabaja todo el día y cuando llega a casa hace la cena y ayuda con los niños.

Bien, a todo esto, como decía al principio, estos últimos meses se le suman los problemas de conducta de su hijo además de emocionales pues, de vez en cuando, se enrabieta o sufre de miedos nocturnos.

Durante la conversación me cuenta cómo está de estresada con la situación y cómo el comportamiento dificultoso de su hijo le aumenta ese estrés. No entiende por qué; habla con él, lo cual no le aclara nada. Refuerzos, castigos y demás intentos de corregir ese problema no funcionan. Mi amiga es consciente de que el niño lo está pasando mal desde el nacimiento de la hermana más pequeña, mostrando comportamientos regresivos y demandas de atención. Pero aun así, para ella, eso no explica la rabia, los enfados y los comportamientos ansiosos y desafiantes del niño.

Después de escucharla un buen rato me doy cuenta de algo. Todo el tiempo mientras hablábamos he estado empatizando con ella e intentando calmarla. Pero ¿y el niño? ¿Quién empatiza con él?

Ahí está la clave de por dónde empezar a ayudar al pequeño y es que su vida, en estos momentos, no es menos estresante que la de su madre. Acaba de tener una hermana, ahora que estaba empezando a superar el nacimiento de la otra que nació tras él y le robó un poquito de su espacio, único para él. Ahora tiene que hacer cosas de mayor, como ayudar a su hermana o echar una mano a mamá, aunque ella no lo pida. En la escuela ha pasado de infantil a primaria, con las exigencias y los cambios que eso conlleva, como bajar las notas (en una edad en la que no deberían existir aún) o como el cambio de maestra. Su madre está nerviosa, ansiosa y muy ocupada. Su padre también. Sus abuelos están viejitos. Su madre no puede con todo. Él lo sabe. Y, encima, todo lo que se le ocurre para calmar esa rabia y ese miedo sólo le trae problemas y decepciona a sus padres.

Y esta situación, ¿te parece estresante?

Si lo es, y mucho. En el mundo del niño esta situación es lo más parecido a la de su madre. Ambos están en el mismo nivel de ansiedad y exigencia, ambos tienen que hacer frente a situaciones nuevas en las que han de dar más cada día, ambos tienen momentos de sentirse impotentes, ambos tienen miedo a decepcionar a los que les quieren, ambos están realmente asustados a no poder estar a la altura de la situación. El niño vive a través de la madre y ve el mundo cómo ella lo muestra. Si, además, sus situaciones son parecidas pueden llegar a vivenciarlas de modo muy similar. En este caso ambos sufren un gran estrés y mucha frustración ante la sensación de no llegar.

Entonces, ¿por qué no darle a tu hijo lo mismo que tú necesitas? Cariño, paciencia, compasión, mimos, empatía, confianza, amor, comprensión, entre otras muchas cosas nutritivas que se te ocurran. Y, sobre todo, no etiquetarlo, no identificarlo con el problema actual. Ahora es ahora; ahora es una situación delicada y mamá también estará aquí queriéndote y confiando en ti, igual que cuando estás relajado y te portas bien.

Ahora, démosle otra vuelta más. Y a ti, ¿eres capaz de darte todo eso? ¿Eres capaz de quererte y confiar en ti ante una situación delicada igual que lo haces cuando estás feliz y relajada?

Regalos de niño

La Pequeña Palmera

Érase una vez una palmera, pequeña, apenas era una hojita que comenzaba a crecer. Sabía que su vida no sería fácil, sabía que podría no vivir más de un día o dos, lo sabía. La Gran Palmera lucía preciosa en el jardín pero ella no tuvo la fortuna de caer en aquella hermosa y frondosa zona donde flores y árboles servían de cobijo a los pájaros urbanos. Ella, en cambio, crecía en la estrecha línea que unía dos losas de las escaleras de entrada al parque. Nadie la veía, nadie sabía de su existencia pero la Pequeña Palmera no podía hacer otra cosa que continuar. Siempre hacia arriba, continuar. Una de sus compañeras se secó muy pronto, otra fue pisoteada y otra, simplemente, no consiguió hacerse el hueco suficiente entre las baldosas.

Y llegó su hora. Aquella mañana una sombra la cubrió y sintió que la desgarraban por completo. Le dolió; parte de sus raíces quedaron en la tierra pero no quiso aferrarse demasiado para no morir en ese instante. Así se vio, volando, despidiéndose de una parte de ella que quedó entre las baldosas, le costaba respirar, todo era aire a su alrededor. Estaba asustada, muy asustada. Aturdida, muy aturdida. La Pequeña Palmera perdió el conocimiento.

El jardinero, arrancó la hermosa y minúscula palmerita, con el mayor cuidado que su experiencia le había enseñado.

–          ¡Vaya un sitio para nacer, pequeña! – dijo mientras se arrodillaba en las escaleras.

Unas horas más tarde, la Pequeña Palmera abrió los ojos, estiró sus raíces y se sintió máspalmeras libre que nunca. Estaba en lo alto de una gran plaza redonda donde, alegres y juguetones, los niños correteaban y los pájaros revoloteaban. A lo lejos podía distinguir cientos de palmeras, de todos los tamaños, formando grandes filas. Unos metros delante de ella un cartel decía así:

“BIENVENIDOS A LA URBANIZACIÓN LAS MIL PALMERAS”

Presidiendo la entrada de aquella residencia de la costa, vivió el resto de su vida nuestra Pequeña Palmera, creciendo muy muy alto, convirtiéndose así en una referencia para todo el que llegaba a aquel paraíso.

– ¡Mira, allí esta la urbanización de las palmeras! – gritaban señalándola, año tras año, miles de visitantes que la divisaban a lo lejos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

REFLEXIÓN:

Si, a veces las circunstancias de nuestro nacimiento no son fáciles, nuestro entorno, lo que nos es dado al nacer, y es difícil salir adelante. A veces, sólo nos queda aceptar, confiar y esperar hasta encontrar un sentido a nuestra existencia. Entonces, pueden ocurrir cosas maravillosas.

En momentos como esos pueden calmarnos frases motivadoras e, incluso, oraciones como esta que nos regaló La Madre Teresa de Calcuta:

¡Nunca te detengas!

Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
Los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.

¡¡¡Pero nunca te detengas!!!

La Madre Teresa de Calcuta

El Sendero de Sofía

Érase una vez un camino. Un camino antes de ser camino.

En medio de la jungla se escondía un hermoso lago repleto de frondosa vegetación, y una gran cascada, y un claro donde poder ver las estrellas, o eso decían. Había tantos árboles hasta el lago que ninguna persona había llegado nunca. Todos en el poblado conocían la existencia de los oasis o lugares mágicos ocultos en la selva pero nade se atrevía a adentrarse para buscarlos. Nadie excepto Sofía.

Sofía paseaba entre las espesura de aquellos árboles desde que sus padres le permitieron hacerlo con la compañía de Libre, su fiel y hermoso perro. Cada día la niña iba un poquito más lejos… y volvía. Andaba un pasito y memorizaba sus huellas, eligiendo, en  cada tramo, algo que le sirviera de señal, un árbol, una madriguera, una piedra… Después volvía sobre sus pasos. Y así, durante muchas semanas, semanas que se convirtieron en meses y éstos, a su vez, en años.

Algunos días, la muchacha, caminaba largos tramos…los cuáles eran más difíciles memorizar, otros caminaba pequeñas distancias pues se encontraba con alguna dificultad, otros llegaba a donde el día anterior y no avanzaba, sino que se limitaba a descansar allí y disfrutar de cuánto le rodeaba. Otros, incluso, se paraba mucho antes, observando orgullosa lo que ya conocía, a veces se deleitaba con buenos olores, o bellos colores,  o simplemente añoranzas de unos días atrás. También había días en los que  Sofía no podía caminar porque algo le impedía siquiera salir del poblado… una enfermedad, la escuela, un cumpleaños o una intensa lluvia. Pero esos días la niña no olvidaba su sendero y, desde la ventana de su habitación, alumbrado por la luna, sentía poder distinguirlo a la salida del poblado. En las oscuras noches de invierno, Sofía lo trazaba, paso por paso, en su imaginación y, mientras lo recorría, se quedaba profundamente dormida.

El sendero de SofíaMuchos años trascurrieron hasta que, al fin, Sofía llegó al lago. Era realmente hermoso, más de lo que había imaginado. Una parte de ella sentía que ese era su sitio. Y la sensación de paz al mirar hacia delante y sentir que lo había logrado, era lo que más le satisfacía.

Aquel lugar fue un secreto para Sofía durante muchos años, hasta que un día su amiga Clara andaba muy afligida por la pérdida reciente de su padre. La chica no lo dudó un instante, la tomó de la mano y la llevó a allí, por su sendero, sobre sus pasos, hasta su lago. Lo que allí pasó sólo lo saben ellas pero Clara recuperó el color de sus mejillas.

Desde entonces, Sofía continúa tomando de la mano a diversas personas y las conduce a su lago escondido, por su secreto sendero, pisando sobre sus pasos. A veces lleva a algún amigo, pariente o conocido que  ella presiente que le irá bien. Algunos tan solo caminan un rato pues se cansan pronto o simplemente les reconforta tanto el hecho de andar sobre las huellas de la chica, conociendo los misterios de la senda misteriosa, que eso les fortalece lo suficiente. Otros se quedan mucho rato en el lago hasta que Sofía les ayuda a volver. Otros, los más atrevidos, deciden trazar su propio camino de vuelta. Otros, incluso,  se deciden a ir en busca de su propio oasis. Y otros, otros ni se atreven a pisarlo y se limitan a divisarlo desde el poblado…hasta que sea su momento.

*Dedicado a todas esas personas que alguna vez me han mostrado parte de su andadura en este mundo ayudándome a seguir adelante…y a aquellas otras que confían en que mi mano les muestre parte la mía.

REFLEXIÓN:

El camino propio sólo podemos crearlo nosotros mismos pero hay veces que es necesario dejarnos guiar por aquellos sabios que ya lo andaron, sabios no más porque “saben”, conocen el camino. Estos guías pueden ser desde terapeutas, maestros, abuelas, madres, padres, amigos o simplemente esa persona desconocida que un día, incluso sin conciencia, nos mostró por donde pisar.

Cuidando a nuestro Niño Interior

Todos hemos oído hablar de nuestro “Niño Interior”, pero ¿a qué nos referimos realmente?

En el ámbito de la psicología, fue Piaget quién, en sus estudios sobre el mundo psicológico infantil, estableció las etapas o períodos del desarrollo cognitivo. El autor nos habla del pensamiento mágico simbólico, característico de la etapa comprendida entre los 2 y los 7 años, a la que denominó mágico-simbólica, y que más tarde pasaron a llamar pre-operacional (lo de mágico-simbólica parece que no lo consideraban un nombre muy serio). Según Piaget, en este período, el pensamiento del infante, entre otras cosas, es egocéntrico y mágico. Bien sabemos que el niño en esta edad se cree el centro de todos los sucesos, resultándole muy difícil ver las cosas desde otro punto de vista diferente al suyo. Y a esta cualidad se le añade el aspecto mágico, por lo que el niño cree que la magia puede producir acontecimientos, es más, muchos acontecimientos del día a día les pueden parecer productos de ésta, así como la lluvia, un horno que transforma una masa en magdalenas, la luna, un pájaro, una lupa, un teléfono, etc. De ahí que los cuentos de hadas les resulten muy atrayentes en estas edades pues les hablan en su propio lenguaje.

Estas características que Piaget atribuyó al pensamiento mágico-simbólico son las que podemos encontrar en nuestro niño interior. Todos, de un modo u otro, sentimos que dentro de nosotros albergamos a un niño, un niño que nos ha ido acompañando en nuestras experiencias vitales y que solemos sentir frágil, por lo que necesitamos cuidarlo y escucharlo, actuar con él como una madre que lo nutre y lo ampara.

Desde siempre han existido personas que intentan recomponer los traumas y daños emocionales que tenemos los seres humanos pero a veces no basta con una explicación psicológica pues en ocasiones es ese niño interior el que está dañado. Este se aferra, es cabezota como ese chiquito empeñado en un helado, y nos resulta difícil desviar su atención. Lo que nos lleva a repetir patrones que sabemos que no queremos o que no nos gustan, como enamorarnos siempre del mismo tipo de personas o que otras personas nos engañen siempre en las mismas situaciones. Esto sucede porque las cosas pasan por el niño interno, que no es nada lógico ni razonable y que sigue atascándose en las mismas cosas, equivocándose en lo mismo. Como niño que es, necesita un poco de atención, que lo calmen y que lo mimen. Para que se sienta escuchado y cuidado hay que hablarle en su lenguaje, por medio de mensajes simbólicos que llegan a nuestro inconsciente, lugar dónde vive el pensamiento mágico-simbólico. Él mismo se comunica con nosotros a su manera, a través de los sueños o pesadillas, que a veces se convierten en recurrentes pues no se siente escuchado e insiste, como cualquier niño que necesita que el adulto, nuestro adulto, escuche sus problemas y le ayude a solucionarlos.

¿Y cuáles son esos mensajes simbólicos? Los cuentos son, como ya sabemos, los mensajes preferidos de este niño interior, pues están escritos desde un niño para otro niño. De ahí que, como he podido comprobar cuando cuento cuentos, tanto a los más pequeños como a los que ya no lo somos, nos dejan embobados, curiosos, atentos, y nos dibuja una especie de sonrisa que sólo sabe sacarnos un niño, el nuestro.

No obstante, podemos encontrar muchos más mensajes tranquilizadores que nos hablan desde lo simbólico… y suelen ser las cosas que nos dan placer pero que consideramos más absurdas o simples y no les damos importancia, como pasear al perro, dibujar, darnos un baño de espuma, tomarnos un helado de chocolate, bailar, reír porque sí…y tantas formas y maneras como personitas aún existen dentro de nosotros.

Cuentos