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Hay Noches…

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Hay noches que no son para dormir…
sino para ver monstruos y escuchar siniestros sonidos…
¡Qué miedo!

Hay noches que no son para dormir…
sino para buscar tesoros en casa con una diminuta linterna.
¡Impresionante!

Hay noches que no son para dormir…
sino para recordar a aquellos que ya no están.
¡Qué penita!

Hay noches que no son para dormir…
sino para hacer un teatro de sombras en la pared.
¡Qué divertido!

Hay noches que no son para dormir…
sino para llamar a mamá y que te arrope.
¡Qué calorcito!

Y es que hay noches que no son para dormir…
pero todas, todas, SON PARA SOÑAR.

REFLEXIÓN:

Vivimos en una sociedad en la que se nos recalca continuamente la importancia de un sueño reparador por la noche, de dormir mínimo ocho horas.

Esta claro que, a nivel físico, es necesario descansar pero con este cuento quiero invitarte a ver la noche con otros ojos, unos ojos abiertos y curiosos como de un niño.

Observarte en el silencio, en la calma, en la oscuridad, en el miedo, en la melancolía que la noche nos trae cuando permanecemos despiertos mientras todos duermen.

La noche es también ese espacio donde se dan las mejores veladas con los amigos, la conversaciones más íntimas y sinceras, la entrega apasionada de los amantes…el aliento tras la intensa actividad del día.

Y, por supuesto, lo mejor de la noche es ese puente que se nos brinda hacia nuestros sueños.

Nunca renuncies a tus sueños…mimalos cada noche.

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo.

ImagenDesde que comenzó a andar, cuando el sol brillaba con más intensidad, en su sombra se apreciaba algo extraño. A medida que fue creciendo, la sombra del niño se volvía cada vez más monstruosa…orejas puntiagudas, pezuñas y rabo de animal, un par de cuernos que crecían cada año y gordo, cada vez más gordo y alto.  Así que el niño comenzó a encerrarse en casa cuando era de día, sólo salía de noche.

El niño creció y se hizo hombre. Un hombre que había pasado toda su vida encerrado en la más oscura soledad del sótano de su casa. Un hombre que no había cruzado palabra con nadie desde que sus padres murieron. Un hombre que sólo salía de casa por las noches y, como no había tiendas abiertas, se alimentaba de restos que encontraba en las basuras hasta que empezó a cazar ratas, gatos y cualquier bicho viviente. Un horrible monstruo decían. Un horrible monstruo que andaba encorvado, despeinado, desdentado, sucio y maloliente que hasta gruñía si por error alguien se cruzaba en su camino. Un horrible monstruo al que todos temían.

Una noche de luna llena salió a buscar alimento y, en medio de un pequeño solar donde solía cazar gatos, encontró a una niña.

– ¡Hola! – le dijo con una cálida sonrisa – ¿me ayudas a buscar a Pancho? Es un perrito muy travieso y ha desaparecido entre las ramas persiguiendo un gatito.

Y la niña le extendió la mano con dulzura para que le acompañara. Él, asombrado, le preguntó:

– Pero, ¿cómo? ¿No ves que soy un monstruo?

– Si – contestó la niña despreocupada mientras insistía con su mano para que le acompañase.

– Y… ¿no te doy miedo?

La niña bajó su mano y se puso muy seria. Entonces lo miró de arriba abajo mientras él aguantaba sus ganas de salir corriendo. Después lo rodeo lentamente escudriñándolo con sus infantiles ojitos curiosos y le dijo:

– ¿Miedo? – contestó la niña – Miedo, no. Un monstruo con sombra de niño no me da ningún miedo – añadió como si nada mientras se agachaba para recibir a su perrito.

Él se estremeció por un segundo, bajó la mirada hacia su sombra que lucía más oscura que nunca ante aquella luna llena. Y si, allí estaba, ese niño que hace tiempo tuvo sombra de monstruo.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

 

REFLEXIÓN:

A veces ponemos tanta atención a eso que no nos gusta de nosotros que olvidamos por completo lo que nos gusta, identificándonos sólo con nuestros aspectos negativos.

Te planteo la siguiente cuestión: ¿qué aspectos tuyos guardas más en la sombra? ¿Los que te ayudan o los que te hacen daño?

Recuerda que todo eso eres tu…sólo tienes que aprender juegos de luces y sombras.

 

La Pradera de la Luz

Existió hace mucho tiempo un pueblo delimitado por dos grandes árboles, uno en la puerta delantera de sus murallas, la entrada, y otro en la puerta trasera, la salida.

El árbol de la entrada era muy frondoso, con un robusto tronco y unas ramas que casi rozaban el suelo. Todo el que se cobijaba bajo su sombra, se sentía arropado, protegido y tranquilo. Era El Árbol de los Recuerdos pues todo el que allí descansaba, inevitablemente viajaba por sus vivencias más profundas, evocaba las historias, los abrazos, los secretos y las caricias que un día le nutrieron. En ocasiones, quienes bajo este árbol se encontraba, se sentían tristes al rememorar a los que ya no estaban y otras, se sentían alegres de recordar tiempos hermosos.

Al otro extremo del pueblo, en la salida, había otro árbol. Éste era de tronco fino y  delgado, su sombra se extendía a lo largo de varios metros y sus ramas parecían tocar el cielo. Era El Árbol de los Sueños y todo el que en él se cobijaba se deleitaba viajando a través de sus más preciados anhelos. En ocasiones, quienes bajo este árbol se encontraban, se sentían tristes al advertir cuánto les quedaba aún por recorrer para conseguir sus sueños y otras, se sentían alegres al poder disfrutar, con su imaginación, de un mundo maravilloso.

La Pradera de la Luz

Entre los dos árboles, fuera de las murallas del pueblo, había una verde pradera. Nadie se fijaba en ella pues, al lado de los árboles, no llamaba la atención, sólo era un montón de tierra llena de hierba, lisa, sin ninguna característica especial. Pero había unos pocos que, en ocasiones, tras echar una siesta en el Árbol de los Recuerdos y refrescarse otro poco en el Árbol de los Sueños, se dirigían a la pradera, se tumbaban en cualquier punto sobre la hierba y dejaban que el sol les inundase por completo. Algunos se cegaban y tenían que volver enseguida a refugiarse en uno de los árboles, otros se abrasaban y volvían corriendo al pueblo a darse un baño de agua fría y otros, simplemente respiraban y se dejaban llenar por los cálidos rayos del sol esperando, pacientes, la brisa fresca que, durante la noche, traería la Luna. Esta era, sin duda, La Pradera de La Luz.

 

REFLEXIÓN:

La Pradera de la Luz es ese lugar en nuestro interior que, a veces, en instantes tan breves como el latir de un corazón, nos hacer sentir que estamos aquí y ahora y que estamos vivos, nos hace ser conscientes que estamos donde estamos porque elegimos un camino que nos trajo hasta aquí.

A veces, la cotidianeidad nos impide ver lo hermoso que hay en las pequeñas cosas, en la sencillez de lo “normal”. No es fácil aprender a vivir en el presente, no es fácil aprender a ver la luz que a veces ilumina el mundo y nos permite ver nuestra alma y la de los que nos rodean. Por eso existe la noche, para seguir iluminándonos desde la oscuridad.

Ya sea en la luz, ya sea en la sombra, nunca dejes de ver.

 

“Vivimos para un futuro, un futuro que pronto se convierte en pasado, un pasado que forma nuestro ser, que nos llena de recuerdos, unos recuerdos que revivimos continuamente mientras el presente pasa desapercibido.” (María Valgo)

En la Niebla

Cada vez que Sofía y Roberto iban a visitar a la abuela paseaban por el pequeño bosque de chopos que había rodeando la casa, les encantaba jugar al escondite entre sus alargados troncos.

Pero aquel día de invierno, una densa niebla cubrió los árboles en cuestión de segundos mientras los niños se escondían. De repente todo se volvió blanco, el aire era espeso y no alcanzaban a ver más allá de un paso. Se asustaron. Roberto llamaba a Sofía y ésta llamaba a su hermano pero les resultaba imposible reconocer de dónde procedían las voces. Era como si aquella bruma lo cubriera todo, hasta los sonidos.

Los niños cada vez tenían más miedo, caminaban despacio temiendo chocar con algún árbol al tiempo que gritaban sus nombres… pero no había manera. La niebla les aturdía cada vez más.

Entonces, Sofía tuvo una idea:

– ¡Juguemos a la gallinita ciega! – gritó sin saber muy bien hacia dónde – siempre se nos ha dado bien y no es muy diferente a esto… sólo tenemos que cerrar los ojos y buscarnos en silencio.

Así lo hicieron, cerraron fuerte los ojos y la blanca niebla se volvió oscuridad. Caminando con las manos hacia adelante fueron esquivando árboles y arrastrando sus pies fueron esquivando piedras. Tan sólo guiándose por el sonido de sus pisadas, sus manos fueron reconociendo aquellos rincones entre los chopos que tantas veces habían recorrido. Al fin, las manos de Sofía y Roberto se encontraron entre la niebla.

Volvieron a casa jugando a los piratas, rastreando el camino de vuelta en busca del tesoro… ¡la tarta de chocolate de la abuela!

 

REFLEXIÓN:

A veces nos perdemos en la niebla de nuestros pensamientos. Cuando esto pasa, cuando no podemos pensar con claridad, lo mejor es no hacerles caso y dejarnos guiar por nuestra intuición… andando a tientas como si tuviésemos los ojos vendados.

Este cuento nos invita a reflexionar sobre como cuánto más miremos la niebla, más nos entorpecerá.

Por otro lado, también nos empuja a buscar maneras diferentes de salir de situaciones en las que nos sentimos atrapados. La mayoría de las veces, la solución está en ti, sólo tienes que dejar fluir al niño interno que llevas dentro y que se deje llevar por su intuición… aunque puedan parecer alocadas sus respuestas.

Con niebla o sin ella tu camino seguirá estando ante ti.

Luz y Oscuridad

Desde que podía recordar, había esperado este momento, el momento que podría ser luz; sentir su calor, vibrar con ella, inundarse por completo con su claridad.

Sabía que esta luz podía durar segundos, como un fugaz destello o, tal vez, varias horas. Sabía que no sería para siempre. Sabía que cuánta más luz hubiese en ella, más se acercaría a la eterna y silenciosa oscuridad. Y, en esa oscuridad, descansaría para siempre con la satisfacción de haber prendido su llama.

Había nacido para ello. Era una vela.

 

REFLEXIÓN:

Tras la luz siempre hay oscuridad.

Vive tu oscuridad igual que tus momentos de claridad, con la misma consciencia. Y, cuando estés en ella, recuerda que también viste la luz.