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Las Tijeras Mágicas

Rita se sentía realmente perdida. Pero no perdida como aquella vez que olvidó el camino hasta casa de su tía. No, esta vez era diferente. Sentía que toda su vida estaba patas arriba:

– Su mejor amiga se había mudado de pueblo.

– Su perro había escapado hace varias semanas.

– Sus compañeras de clase se burlaban de ella.

– La abuela falleció hace apenas dos meses.

– Y, para colmo, sus padres le repetían constantemente: “¡No hay quién te entienda, estás en la edad del pavo!”

No tenía nadie ni nada en qué apoyarse… ni siquiera le apetecía dibujar, ¡con lo que disfrutaba!

 

La inquietante historia de Rita comenzó un día que se sentía harta de que sus compañeras se burlaran de ella, triste porque había suspendido un examen, cansada porque se le había escapado el autobús y tuvo que volver a pie del colegio. Y, claro, sus padres le regañaron por llegar tarde a comer.

– ¡Estaba harta! ¡No aguantaba más!

Se encerró en su habitación, cerró los ojos con fuerza y deseó, con más fuerza aún, no haber existido nunca.

Cuando instantes después los volvió a abrir, asombrada comprobó que se encontraba en mitad de un calle vacía, una calle que no recordaba haber visto nunca. Se frotó los ojos y se pellizcó las mejillas pues creía que estaba soñando. No lo estaba, seguía allí, en mitad de un lugar desconocido y solitario.

A lo lejos habían algunas casas y comenzó a andar por la calle en dirección a ellas. Caminaba por el centro pues el miedo le acompañaba a ambos lados. A medida que se acercaba un letrero decía así:

“BIENVENIDO AL PAÍS QUE NUNCA EXISTIÓ”

– ¡Qué extraño! – se dijo – no recuerdo que estudiásemos este país en clase de geografía.

Continúo andando; todo vacío, no veía a nadie, no oía nada. A lo lejos vio un cartel iluminado:

– ¡Hombre, parece que hay algo de vida allí! Iré a echar un vistazo.

Se dirigió hacia aquella casa y, cuando estuvo delante, pudo leer el cartel:

“LA TRASTIENDA”

En el cristal otro cartelito que decía:

“Sin existencias”

– ¡Qué raro! ¿y para qué estará abierta? – se preguntó – Bueno, al menos puede que encuentre a alguien.

La campana de la puerta tintineó cuando la atravesó…eso fue todo lo que se podía escuchar en el interior de la vieja tienda. Estaba muy oscuro pero, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver una estantería tras otra. Eran de una madera tan vieja que parecía que, en cualquier momento, se desplomarían. Estaban llenas de cajas de madera, botes de cristal, libros y más objetos que era incapaz de distinguir. Lo único que reconocía era el polvo y lo viejo que resultaba todo.

Con miedo cruzó el largo pasillo de estanterías y, al fondo, pudo ver a una anciana tras un amplio y mugriento mostrador.

– Adelante Rita, hace días que te estaba esperando. Ya pensaba que te habías perdido – le dijo con una mueca que intentaba parecer una sonrisa.

– Pero… ¿cómo sabe mi nombre?

– No tenemos tiempo para preguntas y, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo importante es que has venido aquí a por algo, algo que hace tiempo vienes necesitando – contestó la anciana.

– Yo…

– ¡Shhh! – le interrumpió – Escucha atentamente, es importante que te quede todo muy claro pues no habrá tiempo para una segunda explicación.

La anciana cogió una sucia caja de madera de lo alto de un estante, le sopló para quitarle el polvo que la cubría y, a continuación, la abrió. Rita esperaba sin entender nada. De la caja sacó unas tijeras, no menos viejas que todo cuanto había en aquella tienda, estaban oxidadas como si nadie las hubiera usado durante siglos. La anciana se las ofreció. Cuando la chica iba a cogerlas, la mujer las apartó rápidamente de su mano y le dijo:

– Estas son unas tijeras mágicas. Con ellas podrás recortar todo cuanto desees.

Rita iba a hacerle una nueva pregunta cuando de nuevo le interrumpió:

– ¡Shhh! Escucha: es muy importante que escojas muy bien lo que recortas, no lo olvides.

Y a continuación canturreó unas palabras al tiempo que agitaba las tijeras:

 ¡Tijeras, tijeritas,

cortad todo lo que desee Rita!

 

Al fin le dio las tijeras. Ella continuaba sin entender nada pero la anciana le hizo un gesto con la mano indicándole que esperase. Sacó entonces de la caja una hermosa cadena dorada de la cual colgaba un precioso corazón, también de oro.

– Llévalo siempre alrededor de tu cuello, ¿entendido?

– Si – contestó Rita – pero yo…

La anciana le volvió a interrumpir, esta vez para ofrecerle un vaso de agua helada. Cuando la chica lo vio se le olvidaron sus dudas y sólo podía pensar en bebérselo… ¡Estaba realmente sedienta! ¡Hacía tanto calor! Rita se bebió el vaso casi de un solo trago. Apenas lo hubo dejado en el mostrador, miró a su alrededor y de nuevo se vio en su habitación… con la caja de madera en sus manos y el collar rodeando su cuello.

– ¡Qué extraño es todo hoy!

Miró el reloj de su mesita y, ¡madre mía! Eran las nueve de la mañana, llegaría tarde a clase.

 

Ese día volvió del colegio no menos molesta que el anterior así que, en cuanto llegó a casa, subió a su habitación y sacó las tijeras de la caja.

– Recortó las palabras burlonas de sus compañeras de clase…y ya nunca más se metieron con ella.

– Recortó su nostalgia por la marcha de su amiga… y nunca más la echó de menos.

– Recortó la tristeza por la muerte de la abuela… y nunca más la recordó.

– Recortó las regañinas de sus padres… y nunca más discutieron.

– Recortó la rabia de haber perdido a su perro… y nunca más quiso acariciar uno.

¡Vaya, se sentía mucho mejor!

 

El tiempo pasó y Rita recortaba cada vez más cosas que no le gustaban o que le dañaban: exámenes, maestras, personas que le herían, palabras mal sonantes, postres que no le gustaban, películas que le daban miedo y un sinfín de cosas que iba encontrando en su camino.

Hasta que un día, un día que estaba realmente harta de todo, un día de esos que una solo quiere desaparecer, un día… ¡se recortó a sí misma! Estaba tan cansada de todo, de todos y hasta de ella misma, ¡se sentía tan desdichada! Se recortó y se colocó en el hueco de un árbol en medio de un frondoso bosque.

Al principio estaba muy a gusto.

– Ahora sí que nadie puede molestarme o dañarme.

Disfrutaba del silencio y la paz de estar sola pero, con el paso de los días, ese silencio se convirtió en ruidos internos, en pensamientos que no entendía, estaba llena de palabras y palabras pero ¿a quién podía decírselas? Fue entonces cuando esa paz se convirtió en una profunda soledad. ¡Volvía a sentirse desdichada!

– ¡Me siento sola! ¡He cortado demasiado!

Comenzó a llorar desconsolada y en esas que echó mano al colgante dorado y, con una furia que le asustó hasta a ella misma, estampó el corazón contra el suelo:

– ¡Estúpido corazón! – gritó

Al golpear contra el suelo, el corazón se abrió por la mitad. En realidad era una diminuta cajita con forma de corazón. Rita se quedó extrañada. Al volver a cogerlo, ahora abierto de par en par, vio que dentro guardaba una aguja y un hilo de plata y en el dorso una inscripción que decía:

“Aguja e hilo de plata

coserás con dedicación

lo que anhele tu corazón”

 

No tuvo que parar un segundo para que Rita entendiera la inscripción. Cogió la aguja y comenzó a coserse, en primer lugar a sí misma, con un precioso hilo de plata que ahora la unía al mundo.

Volvió corriendo a casa donde todo estaba vacío y silencioso… ¡claro, los había recortado a todos!

Abrió la caja de madera donde, sin saber en su momento por qué lo hizo, había ido guardando todas y cada una de las cosas, personas, lugares, sentimientos y pensamientos que hace mucho recortó , algunas de las cuales ahora añoraba profundamente y deseaba volver a ver o sentir.

Cosió a su madre y a su padre, cosió aquel lugar junto al río que tanto le gustaba, a su amiga Margarita, el recuerdo de los besos de la abuela, el de los ladridos de su perro, sus dibujos…

 

Durante tres días y tres noches se dedicó a coser sin parar, con el mayor esmero que pudo, cada uno de los retales de su vida. Ahora ésta se parecía bastante a su vida anterior. Excepto por un detalle; las puntadas de planta que fue dando en entre un recorte y otro no eran del todo perfectas pues ella no era una experta costurera, así que, de vez en cuando, se descosía algún punto. Entonces ella decidía entre arreglarlo y volverlo a coserlo o… recortarlo para siempre.

 

REFLEXIÓN:

A menudo, en nuestra vida tenemos que cortar con esto o aquello, otras coser con dedicación lo que deseamos conservar y otras veces, simplemente, quedarán los huecos vacíos.

El sufismo, nos habla de un hilo de plata que existe dentro de cada persona, un hilo que emerge de la fisura de nuestra máscara y que conecta el mundo exterior con la esencia. Cuando escribí este cuento desconocía este simbolismo…ahora un precioso hilo de plata me une a la tradición sufí.

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Más Allá del Bosque

Rodeando el pueblo había un sendero por el que la gente solía salir a pasear. Era un caminito de tierra, con barandilla de madera y un bonito paisaje de árboles y montañas. El sendero terminaba en un espeso bosque. Cuando alguien paseaba por allí, al llegar al bosque siempre se daban la vuelta y regresaban al pueblo.

Amanecer en el bosquePero a ella, desde bien pequeña, le había parecido entrever que el sendero continuaba, haciendo zigzag entre los opulentos árboles. Todos le decían que era fruto de su elevada imaginación, que el bosque era peligroso y en él no había ningún sendero ni nada parecido por donde caminar. Es más, todo el que en él se había aventurado no había vuelto jamás.

Aun así, cada vez que llegaban al filo del bosque y tenían que dar la vuelta, ella seguía apreciando como el camino continuaba serpenteando entre los árboles. Por eso, cuando fue lo bastante mayor como para poder pasear sola, un día decidió adentrarse en el bosque.

En efecto, una fina vereda continuaba por entre los árboles. Y caminó durante horas. El sendero era oscuro y silencioso, apenas algún rayo de sol conseguía atravesar la espesa vegetación, apenas algún crujir de ramas acompañaba sus pasos.

Comenzaba a anochecer, hacía frío, pero llegado este punto, sólo tenía dos opciones: regresar sobre sus pasos a aquel lugar donde le esperaba el calor humano o continuar hacia delante corriendo el riesgo de caminar siempre sola. Continuó caminando pues, a pesar de que la soledad le quemaba por dentro, una brisa fresca le aliviaba ese calor a medida que avanzaba. Por momentos, no le seguía ni su propia sombra, sólo la soledad.

Después de tres días y tres noches en los cuales el miedo fue su única compañía, de repente un día, cuando el sol empezaba a asomar, el bosque acabó. Era como si hubiera sido cortado por una sierra, una línea recta perfecta de cientos de kilómetros. El amanecer le dio la bienvenida a aquel precioso lugar que se abrió ante sus ojos. Llano, limpio, luminoso. Un horizonte infinito custodiado por el sol.

A lo lejos pudo reconocer a personas, algunos rostros le resultaron familiares, hombres y mujeres desaparecidos de su pueblo años atrás, otros eran completos desconocidos para ella. Pero lo que todos tenían en común era que habían visto un camino donde otros sólo vieron árboles.

REFLEXIÓN:

A veces hay q tomar caminos en los q dejamos atrás personas y lugares queridos, caminos en los que nos sentimos solos, caminos que nos asustan. Pero a veces no nos queda otra pues lo que hasta ahora conocíamos no nos llena, no nos sirve. Y si continuamos, a pesar del miedo a la soledad, encontraremos ese lugar en el que poder descansar, ese nuevo amanecer, que, una vez encontrado, nos acompañará dentro de nosotros allá donde vayamos.

Esa recompensa de un lugar mágico, sólo está disponible para aquellos que ven más allá de la obviedad, para aquellos que ven el sendero entre los árboles, para aquellos que no se creen todo lo que les dicen y deciden caminar por sí mismos.

Todo final conlleva un principio, todo principio conlleva un final.

 

Érase una vez una niña que se perdió

Érase una vez una niña que se perdió en la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura.

Nadie se daba cuenta de que una muchachita de tan corta edad andaba sola por aquellas peligrosas y transitadas avenidas.

Ella miraba hacia arriba a aquellas altas y apresuradas personas desconocidas pero nadie le devolvía la mirada. Ella las llamaba con su temblorosa voz afilada y dulce pero nadie le escuchaba.

La niña, triste y asustada, se sentó en un diminuto portal y comenzó a llorar. Parecía invisible, no veían su miedo, no escuchaban su llanto. Una joven y bella mujer, despeinada, con ojeras y un caminar desordenado se sentó a su lado. En el minúsculo hueco que quedaba en aquel solitario escalón, agachando la cabeza, comenzó a llorar. También. Entonces la mujer sintió a la niña a su lado, y la niña sintió a la mujer. Se miraron a los ojos. Las últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ya no estaban solas.

Niña y mujerLa mujer tendió su mano a la niña, y ésta se la apretó con fuerza. Y así, agarradas, se disolvieron entre la multitud.

Ahora, a veces, se vuelven a perder pero ambas saben dónde se podrán reencontrar: en aquél minúsculo portal en medio de la gran ciudad, entre ruido, humo de coches, pasos acelerados, perros hambrientos y calles repletas de basura, donde un día se perdió una niña.

Y colorín colorado este cuento se ha encontrado… y acabado.

REFLEXIÓN:

Hay pocas veces en las que nuestro niño/a interior y nuestro adulto se encuentran, hay pocas, pero las hay. Y esas veces nos reencontramos con nosotros mismos y nos cuidamos como se cuida a una niña indefensa.

Lamentablemente, siempre, tarde o temprano, volvemos a perdernos. Así que puedes poner atención a las señales de dónde encontrarla/, como un lugar, un cuento, dibujar, cantar, un helado, un baño… para poder buscarla cuando necesites coger su mano…

…y que ella coja la tuya.

La Pequeña Palmera

Érase una vez una palmera, pequeña, apenas era una hojita que comenzaba a crecer. Sabía que su vida no sería fácil, sabía que podría no vivir más de un día o dos, lo sabía. La Gran Palmera lucía preciosa en el jardín pero ella no tuvo la fortuna de caer en aquella hermosa y frondosa zona donde flores y árboles servían de cobijo a los pájaros urbanos. Ella, en cambio, crecía en la estrecha línea que unía dos losas de las escaleras de entrada al parque. Nadie la veía, nadie sabía de su existencia pero la Pequeña Palmera no podía hacer otra cosa que continuar. Siempre hacia arriba, continuar. Una de sus compañeras se secó muy pronto, otra fue pisoteada y otra, simplemente, no consiguió hacerse el hueco suficiente entre las baldosas.

Y llegó su hora. Aquella mañana una sombra la cubrió y sintió que la desgarraban por completo. Le dolió; parte de sus raíces quedaron en la tierra pero no quiso aferrarse demasiado para no morir en ese instante. Así se vio, volando, despidiéndose de una parte de ella que quedó entre las baldosas, le costaba respirar, todo era aire a su alrededor. Estaba asustada, muy asustada. Aturdida, muy aturdida. La Pequeña Palmera perdió el conocimiento.

El jardinero, arrancó la hermosa y minúscula palmerita, con el mayor cuidado que su experiencia le había enseñado.

–          ¡Vaya un sitio para nacer, pequeña! – dijo mientras se arrodillaba en las escaleras.

Unas horas más tarde, la Pequeña Palmera abrió los ojos, estiró sus raíces y se sintió máspalmeras libre que nunca. Estaba en lo alto de una gran plaza redonda donde, alegres y juguetones, los niños correteaban y los pájaros revoloteaban. A lo lejos podía distinguir cientos de palmeras, de todos los tamaños, formando grandes filas. Unos metros delante de ella un cartel decía así:

“BIENVENIDOS A LA URBANIZACIÓN LAS MIL PALMERAS”

Presidiendo la entrada de aquella residencia de la costa, vivió el resto de su vida nuestra Pequeña Palmera, creciendo muy muy alto, convirtiéndose así en una referencia para todo el que llegaba a aquel paraíso.

– ¡Mira, allí esta la urbanización de las palmeras! – gritaban señalándola, año tras año, miles de visitantes que la divisaban a lo lejos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

REFLEXIÓN:

Si, a veces las circunstancias de nuestro nacimiento no son fáciles, nuestro entorno, lo que nos es dado al nacer, y es difícil salir adelante. A veces, sólo nos queda aceptar, confiar y esperar hasta encontrar un sentido a nuestra existencia. Entonces, pueden ocurrir cosas maravillosas.

En momentos como esos pueden calmarnos frases motivadoras e, incluso, oraciones como esta que nos regaló La Madre Teresa de Calcuta:

¡Nunca te detengas!

Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
Los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.

¡¡¡Pero nunca te detengas!!!

La Madre Teresa de Calcuta

El Sendero de Sofía

Érase una vez un camino. Un camino antes de ser camino.

En medio de la jungla se escondía un hermoso lago repleto de frondosa vegetación, y una gran cascada, y un claro donde poder ver las estrellas, o eso decían. Había tantos árboles hasta el lago que ninguna persona había llegado nunca. Todos en el poblado conocían la existencia de los oasis o lugares mágicos ocultos en la selva pero nade se atrevía a adentrarse para buscarlos. Nadie excepto Sofía.

Sofía paseaba entre las espesura de aquellos árboles desde que sus padres le permitieron hacerlo con la compañía de Libre, su fiel y hermoso perro. Cada día la niña iba un poquito más lejos… y volvía. Andaba un pasito y memorizaba sus huellas, eligiendo, en  cada tramo, algo que le sirviera de señal, un árbol, una madriguera, una piedra… Después volvía sobre sus pasos. Y así, durante muchas semanas, semanas que se convirtieron en meses y éstos, a su vez, en años.

Algunos días, la muchacha, caminaba largos tramos…los cuáles eran más difíciles memorizar, otros caminaba pequeñas distancias pues se encontraba con alguna dificultad, otros llegaba a donde el día anterior y no avanzaba, sino que se limitaba a descansar allí y disfrutar de cuánto le rodeaba. Otros, incluso, se paraba mucho antes, observando orgullosa lo que ya conocía, a veces se deleitaba con buenos olores, o bellos colores,  o simplemente añoranzas de unos días atrás. También había días en los que  Sofía no podía caminar porque algo le impedía siquiera salir del poblado… una enfermedad, la escuela, un cumpleaños o una intensa lluvia. Pero esos días la niña no olvidaba su sendero y, desde la ventana de su habitación, alumbrado por la luna, sentía poder distinguirlo a la salida del poblado. En las oscuras noches de invierno, Sofía lo trazaba, paso por paso, en su imaginación y, mientras lo recorría, se quedaba profundamente dormida.

El sendero de SofíaMuchos años trascurrieron hasta que, al fin, Sofía llegó al lago. Era realmente hermoso, más de lo que había imaginado. Una parte de ella sentía que ese era su sitio. Y la sensación de paz al mirar hacia delante y sentir que lo había logrado, era lo que más le satisfacía.

Aquel lugar fue un secreto para Sofía durante muchos años, hasta que un día su amiga Clara andaba muy afligida por la pérdida reciente de su padre. La chica no lo dudó un instante, la tomó de la mano y la llevó a allí, por su sendero, sobre sus pasos, hasta su lago. Lo que allí pasó sólo lo saben ellas pero Clara recuperó el color de sus mejillas.

Desde entonces, Sofía continúa tomando de la mano a diversas personas y las conduce a su lago escondido, por su secreto sendero, pisando sobre sus pasos. A veces lleva a algún amigo, pariente o conocido que  ella presiente que le irá bien. Algunos tan solo caminan un rato pues se cansan pronto o simplemente les reconforta tanto el hecho de andar sobre las huellas de la chica, conociendo los misterios de la senda misteriosa, que eso les fortalece lo suficiente. Otros se quedan mucho rato en el lago hasta que Sofía les ayuda a volver. Otros, los más atrevidos, deciden trazar su propio camino de vuelta. Otros, incluso,  se deciden a ir en busca de su propio oasis. Y otros, otros ni se atreven a pisarlo y se limitan a divisarlo desde el poblado…hasta que sea su momento.

*Dedicado a todas esas personas que alguna vez me han mostrado parte de su andadura en este mundo ayudándome a seguir adelante…y a aquellas otras que confían en que mi mano les muestre parte la mía.

REFLEXIÓN:

El camino propio sólo podemos crearlo nosotros mismos pero hay veces que es necesario dejarnos guiar por aquellos sabios que ya lo andaron, sabios no más porque “saben”, conocen el camino. Estos guías pueden ser desde terapeutas, maestros, abuelas, madres, padres, amigos o simplemente esa persona desconocida que un día, incluso sin conciencia, nos mostró por donde pisar.

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo

Érase una vez un niño que tenía sombra de monstruo.

ImagenDesde que comenzó a andar, cuando el sol brillaba con más intensidad, en su sombra se apreciaba algo extraño. A medida que fue creciendo, la sombra del niño se volvía cada vez más monstruosa…orejas puntiagudas, pezuñas y rabo de animal, un par de cuernos que crecían cada año y gordo, cada vez más gordo y alto.  Así que el niño comenzó a encerrarse en casa cuando era de día, sólo salía de noche.

El niño creció y se hizo hombre. Un hombre que había pasado toda su vida encerrado en la más oscura soledad del sótano de su casa. Un hombre que no había cruzado palabra con nadie desde que sus padres murieron. Un hombre que sólo salía de casa por las noches y, como no había tiendas abiertas, se alimentaba de restos que encontraba en las basuras hasta que empezó a cazar ratas, gatos y cualquier bicho viviente. Un horrible monstruo decían. Un horrible monstruo que andaba encorvado, despeinado, desdentado, sucio y maloliente que hasta gruñía si por error alguien se cruzaba en su camino. Un horrible monstruo al que todos temían.

Una noche de luna llena salió a buscar alimento y, en medio de un pequeño solar donde solía cazar gatos, encontró a una niña.

– ¡Hola! – le dijo con una cálida sonrisa – ¿me ayudas a buscar a Pancho? Es un perrito muy travieso y ha desaparecido entre las ramas persiguiendo un gatito.

Y la niña le extendió la mano con dulzura para que le acompañara. Él, asombrado, le preguntó:

– Pero, ¿cómo? ¿No ves que soy un monstruo?

– Si – contestó la niña despreocupada mientras insistía con su mano para que le acompañase.

– Y… ¿no te doy miedo?

La niña bajó su mano y se puso muy seria. Entonces lo miró de arriba abajo mientras él aguantaba sus ganas de salir corriendo. Después lo rodeo lentamente escudriñándolo con sus infantiles ojitos curiosos y le dijo:

– ¿Miedo? – contestó la niña – Miedo, no. Un monstruo con sombra de niño no me da ningún miedo – añadió como si nada mientras se agachaba para recibir a su perrito.

Él se estremeció por un segundo, bajó la mirada hacia su sombra que lucía más oscura que nunca ante aquella luna llena. Y si, allí estaba, ese niño que hace tiempo tuvo sombra de monstruo.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

 

REFLEXIÓN:

A veces ponemos tanta atención a eso que no nos gusta de nosotros que olvidamos por completo lo que nos gusta, identificándonos sólo con nuestros aspectos negativos.

Te planteo la siguiente cuestión: ¿qué aspectos tuyos guardas más en la sombra? ¿Los que te ayudan o los que te hacen daño?

Recuerda que todo eso eres tu…sólo tienes que aprender juegos de luces y sombras.

 

El Corazón Colgante

Le dolía tanto sentir que, siendo aún apenas un niño, se arrancó el corazón y lo metió en un botecito de cristal que colgó de su cuello. Ya no le dolería más el pecho, ya no le faltaría la respiración por las noches, ya no creería morir escuchando el latido acelerado de su corazón. Ahora podría cuidarlo mejor, ahora podría tenerlo controlado todo el día, ahora sólo escucharía la calma.

El Corazón ColganteEl niño fue creciendo y, gracias al botecito de cristal, su corazón permanecía intacto. Sólo que para protegerlo de posibles choques tuvo que dejar de hacer algunas cosas…empezó dejando de dar abrazos pues podrían chafarle el botecito, después dejó de dar besos pues estos siempre iban acompañados de abrazos, hasta que al fin, dejó de relacionarse con otras personas pues era probable que cualquier mínima conversación pudiera acabar en besos, abrazos o un simple apretón de manos. Todo suponía un peligro potencial para su preciado botecito de cristal y, por tanto, para su corazón.

Se convirtió en un joven y apuesto muchacho que se refugiaba en un pequeño apartamento; vivía solo, comía solo, dormía solo. De vez en cuando tomaba su botecito entre sus manos y recordaba por qué había merecido la pena tantos sacrificios, entonces continuaba con su vida apartada de cualquier contacto humano.

Pero un día, uno de esos días de invierno que el sol brilla impulsando a la gente a salir a la calle, desde su habitación  escuchó, bajo su ventana, niños jugando, hombres hablando, mujeres abrazando a sus hijos, hombres besando a sus mujeres, niños saltando a los brazos de sus padres. Un terrible vacío sintió en lo más profundo de su pecho, algo deseaba, algo le faltaba y no sabía el qué. Se incorporó de la cama y pudo observar su torso desnudo reflejado en el espejo del armario. Entonces, por primera vez en muchos años, clavó su mirada en aquel botecito que pendía de su cuello. Se lo descolgó, lo abrió y, cerrando suavemente los ojos, tomó su corazón entre sus manos. Aún estaba caliente. Con un profundo y largo suspiro volvió a colocarlo, delicadamente, en su pecho. Sintió correr la sangre por todo su cuerpo, sintió alegría, placer, tristeza, miedo. Y volvió a escuchar ese latido pom-pom, pom-pom, que, desde ese día, le acompañó en cada abrazo, beso o apretón de manos.

 

REFLEXIÓN:

¿Cuántas veces desearíamos dejar de sentir tras un acontecimiento doloroso? Muchas. Y, desgraciadamente, las experiencias desagradables van haciendo que cada vez sea más difícil llegar a nuestro corazón. La mente nos dice que es mejor no sentir, que duele. La mente nos dice que estamos mejor así, en nuestro pequeño cerco alejados del resto del mundo.

Lo triste es que si dejamos de sentir no sólo dejaremos de padecer dolor, miedo o tristeza sino también dejaremos de reír, de disfrutar y de amar.

Cómo dice un buen amigo: “Cuando el corazón se abre la mente se acalla”.

Dejemos pues que el corazón se abra pues él mismo es capaz de sanar nuestras heridas.

Leonard, un Bicho Peculiar

Leonard era un bicho muy peculiar. No se parecía a ninguno de los que vivían en el valle. Tenía una boca rara y retorcida, unos ojos en forma de rombo y una nariz puntiaguda. Sus orejas no eran ni las de un lobo ni las de un elefante y su cuerpo era pequeño y redondo. Pero, eso sí, tenía la sonrisa más dulce, la mirada más tierna y sabía escuchar mejor que nadie. Su pelo, suave y blandito, era lo que más gustaba a los demás animales, tanto que sus abrazos eran los mejores de todo el valle… tiernos y calentitos.

A todos les encantaba abrazar a Leonard. Cuando alguien se sentía triste o cansado, o incluso cuando tenían miedo o estaban enfadados, se apresuraban en ir en busca de este bichito y le pedían un abrazo de esos tiernos y calentitos. Eran los abrazos más largos que nadie había conocido antes pues el afortunado se quedaba tan a gusto que no podía separarse, algunos hasta se quedaban dormidos.

Leonard, un bicho peculiar

Pero una fría noche de invierno se posó entre las ramas del árbol donde vivía Leonard, un gran búho blanco, con unos enormes ojos amarillos que lo observaban todo muy atentos desde las alturas. El búho se quedó mirando al bichito y comenzó a burlarse de él:

– ¡Mírate! – le gritó entre risas – no eres más que un bicho raro, ni siquiera eres un animal. Nadie sabe quiénes son tus padres, nadie sabe de dónde saliste. Yo prefiero que no te acerques a mí con esos abrazos pegajosos… ¡puaaagg!

Muchas más cosas feas le dijo el búho, tantas como uno pueda imaginarse, lo que hizo que Leonard sintiera tanta tristeza y tanta vergüenza que se metió en su agujerito del árbol, se hizo una bolita y no quiso volver a salir. Al día siguiente todos llamaron a su puerta en busca de sus abrazos pero él no quiso salir. Entonces se sintió más triste aún y se encerró aún más, por lo que se sintió más triste aún, y cada vez más y más débil.

 

Los días pasaron y los animales del valle se reunían cada mañana junto al árbol de Leonard para intentar convencerle de que saliese pero éste ni les contestaba. En una de esas reuniones, una pequeña hormiga se separó sigilosa del grupo y comenzó a rodear la puerta de la casita de Leonard hasta que, al fin, ¡encontró un agujero por el que colarse! Una vez dentro no se lo pensó dos veces, tomó a Leonard entre sus diminutas patitas y le dio un gran abrazo de hormiguita, de esos que hacen cosquillas y uno no puede parar de reír. Leonard rompió a carcajadas y moviendo todas sus patitas salió de su árbol muerto de risa. Todos se pusieron muy contento al verle y, como estaba muy débil y descuidado, prepararon una gran merienda junto al río, donde, después de comer, dieron un baño a Leonard y lo peinaron hasta que quedó igual de suave y blandito como que siempre.

Entonces Leonard, volvió a reír con su dulce y retorcida sonrisa, volvió a mirar con sus tiernos ojos de rombo, volvió a escuchar con sus orejas ni de lobo ni de elefante y, con su puntiaguda nariz, volvió a sentir el aroma de los buenos amigos.

Y así fue como Leonard recuperó sus calentitos abrazos.

En cuanto al búho burlón, cuentan que, días después, lo vieron con un ala rota y todo desplumado… parece ser que le hizo lo mismo que a Leonard a un león viejo y furioso.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

 

REFLEXIÓN:

Este cuento tiene muchas posibilidades de reflexión, yo voy a escoger una que es la de la necesidad de cuidar al cuidador. Leonard es querido por sus cálidos abrazos pero, en un momento de debilidad, también se encuentra necesitado del apoyo y calor de los demás animales.

A veces nos encontramos con personas especiales, que tienen un don para escucharnos, para vernos, para hacer que sintamos que podemos apoyarnos en ellas, dejarnos caer. En ocasiones, este tipo de personas pueden sentir momentos de profunda soledad pues para ellas es más difícil encontrar dónde caer y a veces sólo les queda recogerse a sí mismas.

No olvidemos que todas las personas por igual necesitamos la nutrición de un buen abrazo, una sonrisa, una caricia, una tierna mirada.

Abraza, sonríe, acaricia, mira, ama.

Flores en el Balcón

Siempre mantenía su hermoso balcón repleto de flores pero aquel invierno estaba siendo realmente duro. Sus preciosos brotes se habían helado y las macetas lucían ahora un aspecto triste y hostil.

Para ella también era un invierno duro. Desde que él se marchó la casa se la hacía cada vez más grande y ver su amado jardín, sin vida y sin color, le hacía recordar lo sola que se sentía. Decidió esperar a la primavera para plantar nuevas semillas, confiando que el sol haría su trabajo.

Para su sorpresa, un día de invierno, uno de esos días soleados que, a pesar del frío, nos anuncian que la primavera está al llegar, una pequeña florecilla comenzó a brotar en una de sus vacías macetas. Era débil, con un delgado tallo en cuyo extremo asomaba una tímida florecilla blanca, delicada y aromática. La cuidó como si de ella misma se tratase.

Sin embargo, apenas una semana después su preciada flor se marchitó y ella se sintió muy triste.

 

Pasaron los días y el invierno llegaba a su fin, por lo que se decidió a ir a la floristería a comprar nuevas semillas para cultivar. Pero grande fue su sorpresa cuando, al asomarse aquella mañana al balcón, observó que en cada una de sus macetas brotaban, tímidamente, diminutos tallos similares a los de su querida flor de invierno.

 

Cuando al fin llegó la primavera, su balcón lucía más florido que nunca y todos los floristas del lugar acudían frente a él a contemplarlo, preguntándose quién de ellos le había vendido aquellos insólitos y hermosos ejemplares.

 

 

REFLEXIÓN:

A menudo nos resulta fácil “echar flores a los demás”, hacerles halagos, ver lo positivo de los otros pero, en cuanto a nosotros mismos, nos resulta más difícil encontrar eso que nos agrada e  incluso buscamos “flores” externas con las que adornarnos, que compramos en cualquier floristería.

Te invito a buscar esas semillas que llevas dentro de ti, regarlas poquito a poco, aunque en principio no puedas verlas. Confía en que un día llegará la primavera, tu primavera, y te sorprenderás del hermoso jardín que espera florecer en tu interior.

La semilla ya está plantada, confía en que lo está, riégala, mímala, ponla al sol…y, una vez que brote, no te avergüences de ella. Eso también eres tú.

 

 

Papel en Blanco

Estaba sentado en su escritorio, como cada mañana. Frente a él, aquel papel en blanco no parecía dispuesto a ponérselo fácil.

– ¿Dónde está mi inspiración? – se preguntaba.

A través de la ventana, el ruido de los coches, las voces de aquellos que caminaban por la calle y el sofocante calor, no le ayudaban a dejar volar su imaginación.

– Estoy realmente perdido – pensó.

Casi sin darse cuenta escribió en aquel papel en blanco: “ESTOY PERDIDO”. Se dejó llevar por no sabía qué impulso que le llevo a fabricar un avión, con aquella hoja, y lanzarlo a por la ventana.

 

El avión cayó a los pies del repartidor del supermercado de la esquina. Éste lo abrió y asintió con la cabeza al leer aquellas palabras. A continuación tomó el bolígrafo que llevaba tras la oreja y escribió:

– HOY ES MI ÚLTIMO DÍA DE TRABAJO.

 

El hombre rehízo el avión y, cuando subió a su camioneta, lo lazó por los aires. Éste planeó hasta caer sobre un banco del parque en el que se encontraba sentada una jovencita de ojos llorosos. La muchacha abrió el avión y leyó asintiendo con la cabeza. A continuación, buscó en su bolso algo para escribir, el lápiz de ojos le serviría, y añadió:

– ACABO DE ROMPER CON MI PAREJA.

 

La chica hizo de nuevo el avión y lo lazó. Al otro lado del parque, a un joven estudiante apresurado le cayó el avión de papel sobre la montaña de libros que sostenía entre sus brazos. El chico deshizo el avión y, tras leerlo asintiendo con su cabeza, escribió:

– NO ENCUENTRO MI VOCACIÓN.

 

El joven volvió a armar el avión y lo lanzó con fuerza por las alturas. En la calle frente al parque, una ancianita se encontraba, como de costumbre, sentada en su hamaca en la puerta de su casa, contemplando el paso de los coches y el vaivén de los niños. El avión llegó a sus pies. La mujer lo sostuvo extrañada entre sus manos y, entonces, apreció que en su interior llevaba algo escrito. Lo abrió y asintió con la cabeza al tiempo que leía aquellas frases. Entonces pidió a su nieto que le prestase un lápiz:

– TENGO 90 AÑOS. CADA DÍA ES UN REGALO PARA PERDERME, A TRAVÉS DEL TIEMPO, CONTEMPLANDO LA SENCILLEZ DEL MUNDO QUE ME RODEA.

 

La anciana no sabía hacer aviones de papel así que volvió a pedir ayuda a su nieto, esta vez para que rehiciera el avión y lo lanzase. El niño así lo hizo, aunque no pudo evitar decorar sus alas antes de lanzarlo:

– LÍNEAS AÉREAS DEL BARRIO DE SANTA FÉ.

 

Varios días después, un escritor paseaba por las calles de su barrio y tropezó con algo que le resultó familiar: ¡un avión de papel perdido! Lo agarró con una mano y con la otra lo desplegó. Leyó lo que sus vecinos habían escrito y, cómo no, asintió con la cabeza al tiempo que esbozaba una grata sonrisa.

 

REFLEXIÓN:

Paul Watzlawick, padre de la terapia familiar y sistémica, fue uno de los autores de la Teoría de la Comunicación humana. Uno de los cinco axiomas que el autor establece en su teoría dice así:

Es imposible no comunicarse: todo comportamiento es una forma de comunicación. Como no existe forma contraria al comportamiento (“no comportamiento” o “anticomportamiento”), tampoco existe “no comunicación”.

La historia del avión de papel nos ilustra este hecho que nos relataba Watzlawick, queramos o no, los seres humanos nos comunicamos entre nosotros más allá de lo que nuestra propia consciencia se percata. Estamos aquí, compartiendo espacios, tiempos, vidas, anhelos…

Este cuento nos invita a abrirnos al mundo… aunque sea para decir que estamos perdidos… aunque sea sin decir una sola palabra.